Fotogalería

sábado, 17 de octubre de 2009

El Síndrome de Octavia (1)

CAPÍTULO I

Don Mariano Pedruelo Pesares y Doña Concepción Camilla sin Más, Concha para los amigos, (los suyos), maestro multi-trienal de profesión el primero, y ex-asistenta ocasional de instituto, la segunda, ambos debida¬mente casados y residentes en un pisito muy pitoño del matriz¬eño barrio de Opereta, tomaron asiento tras el preceptivo rato de espera, en la consulta número sesenta y nueve del departamento de orienta¬ción sexológica y planifica-ción familiar del ultra modernísimo hospital: Solución Final de la S.S. (Seguridad Social).
En este protuberante centro, que inauguró en su día con gran bombo, trascendencia y sonrisa, amén de unas descomunales tijeras, el máximo protohombre gubernamental del momento, se daban cita los casos más graves y recalcitrantes del país. Las más reticentes enfermedades naciona¬les, los más extraños y peregrinos síntomas de nuestra geografía, acudían a deposi¬tar allí sus últimas esperanzas, en la confianza de hallar en él, el remedio definitivo para su mal. Casi siempre, en efecto, solía suceder así.
A mano derecha según se iba, se erguía el hospital, níveo e imponente y a la izquierda, más imponente todavía, una sospechosa fábrica de indus¬trias cárnicas y piensos compuestos (sabe Dios de qué), que humeaba incansablemente. Por el centro, discurría una amplia avenida de ocho carriles, llena de coches atascados, que ofrecían un recital perma-nente de paciente silencio y comportamiento solidario. Detrás del hospital se encontraba un campo santo y saltando la tapia, cosa que no solían hacer muchos, el campo inculto convertido en vertedero municipal por el Ayunta¬miento, infinito a la vista, impresentable al olfato. Sobre todo ello, gobernando el mundo como correspondía al rey de oros, el mismo sol de toda la vida, velado tras el tecnológico filtro de la polución.
A los ojos de quienes los conocían, Doña Concha era madura, amplia, esparramada hacia los cuatro puntos cardinales con descuidada ansia y abandono. Don Mariano no. Don Mariano era menudo, tierno y gris. Apocado y gris, igual que su vida y el traje que llevaba puesto. También era calvo, descapotable como los coches pijos en verano y aunque ahora ya lo tenía superado, hubo un tiempo en que sin su pelo, más que desnudo, decía sentirse como descalzo. A primera vista se adivinaba que no había sido suya la idea de acudir a aquella consulta y por eso, cuando ella carraspeó y dijo con voz de madre impaciente- Anda Mariano, hijo, cuéntale a la doctora lo que te ocurre- este, muy al contrario, permaneció mudo, esperando a ver si con un poco de suerte empezaba el Apocalipsis y se lo tragaba la tierra junto con la blanca sillita de sky sobre la que le habían sentado y, hasta la que había sido literalmente arrastrado tras una encarni¬zada contienda que se remonta¬ba a la mismísima noche de bodas.
- Mi Mariano es un fenómeno, ¿sabe usted doctora? -informó doña Concha, en vista de que su Mariano pasaba muy mucho de abrir la boca- un portento raro y único, porqué no hay otro igual.
- "¡Ah! Pues mira tú que bien"- se dijo la doctora- " Me acaba de sacar de dudas".
La doctora era morena, lozana, a lo mejor andaluza. La doctora miró a Don Mariano que miraba para el suelo fija, empecinadamente, en una ausencia total. Así, a segunda vista no le pareció nada fenoménico, ni portentoso. Muy al contrario, se le antojó vulgar y un tanto abotijado. Para infundirle confianza, sonrió, pero su sonrisa se desperdició contra su evasiva obstinación. "En fin". Esa tarde, cuando terminara la consulta, la doctora tenía decidido ir a la peluquería para darse unas mechas reflecto¬ras, rojas y modernas, que en contraste con su ala de cuervo natural le iban a quedar guay del Paraguay.

2 comentarios:

  1. Gracias Niebla por tus ánimos, espero irlo alimentando poco a poco, para que puedas disfrutar de otros buenos ratos.
    Eres mi primera visita¡¡¡¡

    ResponderEliminar