Fotogalería

miércoles, 18 de noviembre de 2009

La Memoria del Elefante

MURIEMBRE

Hotel Standford, Mwanza, Tanzania. Una fecha cualquiera después del año 2.010.

El día de mañana había llegado ya. Cincuenta años habían transcurrido de golpe, todos a la vez y el futuro me había cogido desprevenido, como siempre supe que sucedería.
Llevaba eludiendo ese momento cincuenta años con cierta habilidad y mucho tesón, pe-ro esta vez iba a tener que claudicar. Esta vez iba a tener que resignarme y que aceptar lo que no había querido aceptar nunca. La vida tal cual era, sin zafarme de ella inventando mi propia realidad. Los que habíamos crecido a caballo entre la generación del futbolín y la de las maquinitas de marcianos, o sea, los de la generación Pimball, habíamos salido casi todos así, propensos a... divagar.
• "¿Cuántos caballos fiscales tendrán las potencias del alma? ¿Para qué tienen matriz los talones bancarios? Los simposios de obesos, ¿se llaman “congrue-sos”?"
La última navidad, también me había pillado desprevenido, me había cogido en lo alto del guindo dando vueltas alrededor de mi doliente ombligo y había tardado después un mes entero en darme cuenta de que el mundo cristiano ya había celebrado su dos mil décimo aniversario. Desde entonces, y ya se iba a cumplir otro año más, lo único que ocurría es que pasaban los días, uno tras otro, todos exactamente igual, tan anodinos, marciales y clonados, que a menudo me preguntaba si no sería siempre el mismo. Si no despertaría una y otra vez a la misma mañana y me llevaría a la cama la misma luna ¿Qué significaba aquello de lunes, martes, miércoles... ? ¿Qué sentido tenía ponerle nombres distintos a la misma cosa? Me aburría soberanamente lo rutinario de mi existencia porque era incapaz de asimilar que de pronto, ya sólo fuera viejo y enfermo. Tedio, desgana, hastío... así tendrían que llamarse los días de mis semanas, ahora que ya no podía seguir toreando a la realidad. Decepciembre, aburriente, muriembre... meses y días apilados en aquel cuarto y, todos igual. Desde hacía un año se me aburrían las manos y las ideas, el ocio y el trabajo, el sueño y las comidas. Desde hacía un año se me aburría la vida con un bostezo de siesta de gigante y me dolía que se me escaparan los días, pero era incapaz de reaccionar.
Y el caso es que había empezado el año sintiéndome pujante, casi eufórico, midiendo dos metros o más, y que permanecí así hasta un lunes resacoso de febrero en el que sin razón aparente, al levantarme, noté que había menguado un poco. Después, esto continuó sucediendo con bastante regularidad, primero todos los lunes y luego también todos los jueves, de manera que por el mes de mayo había menguado ya hasta el metro y medio y empezaba a parecer una rara variedad de pigmeo blanco. Por último, cuando recogí aquel funesto diagnóstico del Hospital General de Tanzania, acabé por hundirme del todo dentro de mi ombligo, hasta no conseguir levantar un palmo sobre el suelo. Seguramente ya nadie me veía, y si yo mismo me miraba de forma demasiado insistente en el espejo, me hacía más minúsculo aún, una simple mota. Esa tarde empecé a tener miedo del viento y por eso hacía casi un año que como sin querer, me había confinado en el sempiterno cuarto alquilado del hotel Standford de Mwanza llevando bajo el brazo el negro diagnóstico de papel de estraza y en el corazón todas las grandezas y miserias del ser humano. Había entrado como un preso entra en su celda y las había desparramado sobre la cama de forma que me pesaran lo menos posible. En aquel momento me daba igual si volvía a crecer o no, me daba igual hacerme un átomo o desaparecer para el resto del mundo. Sólo sabía que el detestable día de mañana acababa de llegar metido en un sobre y que había arrasado mi vida, como arrasa la sabana un incendio.
De pronto el tiempo y las cosas se habían precipitado, habían ido demasiado deprisa y cualquiera se paraba a verlas mejor. Todo estaba confuso, espeso, el mundo había dejado de ser un pañuelo, un torbellino giraba a mi alrededor y yo, en el ojo del huracán, sólo podía mirar a ver si me encontraba conmigo por allí.
Por lo visto las cosas a mi alrededor siempre habían discurrido igual. En un torbellino envuelto en un santiamén del que yo me había ausentado. Y en ese santiamén, el resto de la generación pimball, había pasado de la edad de las chapas a la de los arrumacos en los ban-cos del parque y antes de que hubiera podido sacarle todo el jugo, le había asaltado la odio-sa madurez. Mucho antes de lo que ellos se habían prometido, habían perdido la alegría inconsciente, el cosquilleo nervioso que produce en el vientre tener el regalo de la vida por desenvolver y como si hubieran dejado de creer por segunda vez en los Reyes Magos, todos de golpe, habían empezado a decir adulteces. Después, en cuanto se descuidaron, sus vidas comenzaron a parecerse peligrosamente unas a otras, se les abultó la barriga, se les cayó el pelo, se convirtieron en un mero tubo digestivo más o menos concienciado de lo efímero de la juventud y cada vez se fueron pareciendo más al retrato de sus padres. Ese había sido el día de mañana en el que yo no había querido estar antes de que enfermara y así había con-seguido ser joven durante cincuenta años, pero ahora, con mucha suerte, a duras penas iba a poder ser sólo viejo, durante dos o tres más.
• "Los análisis son concluyentes, con este clima su organismo no aguantará mucho tiempo. Debe usted regresar a su país. Allí el clima es más seco, más benévolo y con el tratamiento adecuado aún puede dar mucha guerra".
Desde aquellas palabras mortales no había tiempo mensurable en horas, semanas o me-ses, sino un único tiempo, más relativo que nunca, dimensionado en recuerdos o en una simple sensación. Ya nada quedaba hacia adelante para mí y no sabía qué hacer con aquel resto de vida enferma que me palpitaba entre las manos como un pájaro con las alas rotas. A cada rato me decía que no podía seguir así, derruido sobre un sillón, aguardando a que se pasara la vida igual que una mala película. Me decía que tenía que remontar el bache, salir de aquella depresión. Me decía que todas las depresiones se remontan porque sino ya no serían depresiones sino estepas yermas e interminables, estepas de sillón. Me lo decía mil veces pero era incapaz de salir del marasmo, de apagar aquel absurdo tocadiscos de música rancia que Isabel se había olvidado allí, junto con un lote de discos y volver a mi barrio de ciudadano del mundo, a España. Hacía un año que había llegado el momento de decir adiós a África, a los cielos inmensos y a las sonrisas más blancas de la tierra cuando se podían reír. Hacía un año que había llegado el momento de decir adiós al agua hervida y a las pastillas de quinina, a ese sentimiento de hijo de la tierra que solamente allí podía darse en toda su plenitud. Había llegado la hora de despedirse de once años de días distintos, de darme con ellos un abrazo de elefante y suspirarles un suspiro de mole gris anegado en pesadumbres, como el respirar de África. Había llegado el momento de volver definitivamente a Madrid, a la cruda y sórdida realidad, exenta de divagaciones.
• “Un suspiro, es el abrigo con el que sale a la calle un sentimiento .”

No hay comentarios:

Publicar un comentario