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jueves, 14 de enero de 2010

La Ventana

Me molestaba sorprenderme a mí mismo parado, de pie frente a la ventana, mirando con gesto pasmado y absurdo, sin saber a dónde se había ido el tiempo. No lo podía evitar. Me decía, voy a hacer esto, o lo otro, y de pronto estaba allí, ensimismado en la cara anodina y gris de la casa de enfrente. Pero, ¿por qué me ocurría aquello? ¿ Qué extraña e irritante atracción era esa que se apoderaba de mi voluntad y me pegaba la nariz contra el cristal igual que a un niño contra el escaparate de una juguete­ría? Además, ¿por qué a aquella ventana precisamente? Allí sólo había una casa vieja y vul­gar, en tanto que en las ventanas de la fachada opuesta, había muchas más cosas con las que poder entretenerse. Estaba la calle, ancha avenida llena de actividad y de gente, por la que podía distraer la vista sin interrupciones hasta la sierra de Madrid, sobrevolando el Palacio Real y la Casa de Campo. ¿Por qué no me daba cuenta? ¿Me estaba volviendo paranoico, o algo así?
La misteriosa atracción duró un mes aproximadamente, y cada día la ventana me llamaba con mayor insistencia y durante más tiempo, como si se empeñase en que tuviera que ver algo que luego no sucedía. Y yo permanecía del otro lado del cristal, estático y absurdo, hasta que me escocían los ojos y no podía seguir manteniendo la atención. Empezé a plantearme la conveniencia de acudir a un médico.
Una noche me llamó en mitad de un profundo y merecido sueño. Me sacó de la cama casi con apremio y me arrastró medio inconsciente hasta ella. Sin embargo al otro lado del cristal, una vez más, no había nada. Sólo la fachada de siempre, apagada y sensatamente dormida. Muda, excepto por una ventana que perma­necía bañada en la luz azul de un neón. Nuevamente, permanecí allí un buen rato sin moverme, subyugado y llamándome idiota, pero sin moverme, hasta que logré despejar mi mente lo suficiente, como para echar de menos la tibieza de la cama. "No se puede ser tan idiota" -me recriminé, e iba a darme ya la vuel­ta hacía ella, hacia el sueño que había dejado en ella, a medias, cuando de golpe mi corazón se puso a latir desacompasáda­mente. Entonces lo vi. Vi como una silueta oscura e imprecisa, se encaramaba, recortándose contra el rectángulo de luz azul y enseguida, sin darme tiempo a entender lo que veía, como se precipitaba al abismo negro de la noche, hacia la borrosa línea gris que dibujaba la acera, muchos pisos más abajo. Después, como a destiempo, oí el grito. Largo, salvaje, más próximo a un aullido animal que a un grito de espanto humano, y que duró una eternidad pero se quebró de golpe, cuando ya empezaba a parecerme que no iba a terminarse nunca.

1 comentario:

  1. El miedo es un arma de doble filo. Has de afilarla roma para que no te hiera. Tras el cristal todo es mas fácil. Encapsular el miedo es de valientes, observarlo de curiosos, gatos con demasiadas vidas.

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