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viernes, 5 de febrero de 2010

Erotik-On (fragmento II)

Lo de las bragas por los tobillos debía ser un eufemismo por que yo no le había visto bajarse nada.

- ¿Y perderme el espectáculo de tu urgencia desbordándose junto a la carretera? ¡Ni hablar! – bromeé.- Este coche no vale tanto.

Ella rió conmigo, por primera vez me miró con confianza y entonces fue cuando nos presentamos. Ella lo hizo después que yo.

- Mi madre se empeñó en llamarme cómo a la suya y por eso vino lo de Patricia.

- No te gusta el nombre.

Sopló una especie de pedorreta.

- Me da igual. Es un nombre cómo otro cualquiera.

- A mí, me mola – reconocí – No sé porqué pero siempre me ha sonado a guiri francesa en top-less.

- ¡Qué chorrada!.

- Si. Pero así es. En algún lugar olvidado de mi memoria, estará impresa la asociación.

Patricia cambió de tema

- ¿Sabes liar porros?

- Más o menos – asentí y luego añadí – pero no tengo.

Sin decir nada más, para mi espanto, soltó el volante y se giró hacia el asiento de atrás para rescatar de entre sus mercaderías un bolso, tipo zurrón militar. Volviendo a coger el volante, me lo tendió.

- Ahí encontrarás de todo, busca una cajita metálica, de esas de gominolas.

Lo hice. El bolso sobre mis piernas, pesaba bastante y al asomarme a su interior comprendí que estaba frente a una de esas mujeres que confunden el bolso, con un capitoné. Tardé en dar con la cajita un buen rato y otro más en localizar la cajetilla de tabaco. Dentro de la caja, además del costo, estaba el papel. uno amarillento y con letras impresas.

- ¿Que llevas aquí – le pregunte -, la casa a cuestas?.
Patricia rió otra vez toda espontaneidad.

- Me gusta ir bien preparada, por si acaso –fingió voz de mujer fatal- Cómo nunca sé dónde voy a terminar...

Aquello me sonó sugerente, prometedor y fue la primera vez que su voz me provocó un cosquilleo bajo la línea del cinturón . Acabé de liarme el peta, que me quedó bastante bien teniendo en cuenta los volantazos y bandeos del Citroen, lo encendí y tras un par de caladas se lo pasé.

- Fuma, fuma – dijo – no hay prisa.

Fumé, fumé Era bueno. Últimamente había dejado de comprar hachís, porque todo lo que encontraba en Madrid era una mierda.

- ¿A qué te dedicas? – preguntó al poco, quitándome de la boca el canuto y la pregunta.

- Soy windsurfero –solté a bote pronto lo primero que se me ocurrió.

Me miró con perplejidad.

- ¿En serio? ¿Qué pasa, eres un niño de papá, o algo así?

- Es broma, hombre. Sólo soy corresponsal de un periódico.

- -¿De cuál? -quiso saber entonces con súbito interés, e incluso casi con cierto apremio.

- Del Liberal- respondí.

- ¡Del Liberal! - ¿En serio? Esta vez ,sorprendidísima, me espurreó el humo a la cara envuelto en otra pedorreta rijosa y luego se llevó el cuenco de la mano a la nariz y a la boca, tapándose una sonrisa que se me antojó burlona.

- ¿Qué pasa?, ¿Qué es tan gracioso?

- No, nada- agitó la mano toda misterio, dejándome con la intriga.

- ¿Pasa algo con el periódico? insistí sin éxito.

- -Toma fuma- ordenó ella a cambio, volviendo a ponerme el canuto en la boca.

- Bonita forma de acallar mis preguntas -le agradecí y luego cambié de tema-¿En qué clase de papel te lías tú los porros? ¿Que pone aquí?

- ¡Oh!, es papel de Biblia.

- ¿Te lías los porros con papel de Biblia?

- No siempre, también uso él de los evangelios y los misales.

- ¿Por qué lo haces.? ¿Te has propuesto batir un record de irreverencia o algo así? Me refiero a que es innecesario. En todos los estancos tienes papelillos.

- Si, pero no como este. El papel bueno de las Biblias buenas es insuperable. El más fino. Como liarlos con aire. –Ahora la que cambió de tercio fue ella. Parecía evidente que no le gustaba seguir el guión que le marcaban.- Hoy el mar está en plan colega –dijo- ¿quieres que te enseñe una cala de flipar?- antes de que pudiera responderle, los dos caballos del Citroen brincaban desbocados por una pista de piedras, fuera de la carretera- Está aquí al lado-siguió a lo suyo- te va a encantar.

Fuimos a la Cala de flipar, flipamos un par de canciones en el coche mientras se consumía el canuto y luego se bajó y me invitó a que eligiera una moto de agua. Hasta ese momento no había reparado en que era más alta de lo normal.

-Venga, sube. Aún hay otra cala mejor.

- Pero es que...yo, el hotel..., mira como voy vestido,… sería mejor soltar antes el equipaje, no te parece?.

- Tú hazme caso. Luego iremos a San Antonio y podrás elegir entre un montón de apartamentos.

Nos embarcamos en la moto. Una de color rojo con aspecto aerodinámico que Patricia manejó con soltura hasta salir de la cala y tras virar a babor, a unos cien metros, en la línea de la costa, apareció efectivamente una pequeña franja de arena, al abrigo de las rocas, inaccesible por tierra y de aspecto inmejorable.

- Espero que no haya nadie – dijo.

Había una pareja, alemanes me parecieron, que nos sonrió amigable, cómplicemente, como dando a entender que no les molestaba compartir aquel trozo de paraíso con nosotros y sin más, siguieron a lo suyo. Que si te quito una espinillita por aquí, que si un chusquito por allá, los dos muy estrechamente tumbados, como si la cala les pareciera aún más pequeña de lo que ya era.

Patricia extendió una jarapa que sacó de su bolso armario y se desnudó. Luego empezó a liarse otro canuto.

- Bueno, venga, ¿a qué esperas? – me apremió – Se va a ir el sol.

Le hice caso otra vez. Me sentía más ridículo en aquel entorno, vestido con mi ropa de Madrid, zapatos y calcetines incluidos, que como Dios me trajo al mundo aunque fuera con el culo blanco como un yogurt. Patricia, con el suyo al aire, evidenciaba que no solía usar bañador. Llevaba tatuado un alambre de espino alrededor del tobillo izquierdo y un escorpión en el hombro derecho. Cuando se puso en pie para aproximarse a la orilla del agua, vi que además encima de las nalgas, llevaba un trozo de selva tropical en forma de cenefa que casi le llegaba hasta las caderas. Pensé que se zambulliría sin más, pero cuando metió los pies en los rizos del agua, se quedó allí parada, ofreciéndome la visión de su cuerpo a contraluz. Absurdamente se me pasó por la cabeza, que lo estaba haciendo a propósito.

Fuera como fuese, íntimamente se lo agradecí. No tenía uno todos los días la oportunidad de contemplar a sus anchas un cuerpo como el suyo, ni desde luego a alguien con tan poco complejo por enseñarlo. Su melena oscura se lanzó al aire delatando escondidos tonos de color rojizo y caoba, mientras se quitaba la coleta, se peinaba con el viento y se la volvía a poner, bien tensa y bien alta en la coronilla. Desde ahí, hacia abajo todo estaba bien, el cuello largo, los hombros rectos, el talle de mimbre y los pechos generosos y altos, caderas las justas, redondas, el culo relleno y rotundamente morboso y respingón, y unas piernas interminables, perfectas, a las que mi imaginación puso unas medias negras para descubrir que eran de anuncio. Tanto sus manos como sus pies eran largos y de dedos estilizados. En la ingle izquierda, junto al vello de su pubis, apretado de rizos negros cuidadosamente recortados, lucía otro escorpión tatuado pero de menor tamaño. Patricia me pilló mirándole justo allí.

-¿Por qué tantos escorpiones. Eres Escorpio? –salí del paso.

-Sí –respondió escondiendo una sonrisa maliciosa –¿Se nota, no?

-De qué día –sonreí a mi vez

-Del diecinueve de noviembre.

-Yo del once.

-¿Eres Escorpio también?

Asentí con la cabeza sin dejar de sonreír y sin dejar de mirarla, mientras ella se acercaba manteniéndome la mirada en un pueril pulso de intensidad y se arrodillaba frente a mí. Por un instante me hizo sentir como una cigarra frente a una mantis religiosa.

-Entonces tendremos que hacer que salten chiribitas de nuestros ojos – dijo acercándolos hasta hacerlos borrosos frente a los míos.

Los suyos eran verdes, con pintitas marrones y negras, intensos como se correspondía con su signo zodiacal y grandes. Sentí su aliento en mi boca, fresco y canela, y el calor salado de su cuerpo próximo al mío, erizándome el vello de excitante electricidad. De las fresas reventonas de sus labios colgaba una sonrisa socarrona, retadora. Por segunda vez y con una mayor intensidad, me pareció peligrosamente bella, intimidadora. Una mujer de ensueño de la que sería doloroso encariñarse. Era mi instinto arácnido quién me lo advertía y en ese preciso instante me prometí a mi mismo que jugara a lo que jugara, no me dejaría embaucar más allá de lo prudente.

-¿No te bañas? –decidí cortar con el ensalmo.

Patricia pareció entenderme, me sostuvo aún la mirada unos segundos, mordiéndose el labio inferior como si meditara su próximo movimiento y luego, cogiendo un puñado de arena, me lo arrojó entre las piernas en una especie de entierro simbólico. Se levantó.

-Te espero en el agua, Culo Blanco – dijo regalándome otra vez el hipnótico contoneo del suyo mientras trotaba de nuevo hacia la orilla- Luego te llevaré a que elijas un apartamento .

Me levanté, me sacudí y fui tras ella. El agua estaba tibia, casi caliente y tan cristalina, que me pareció flotar sobre aire a su alrededor. ¿O era por el papel de los canutos irreverentes por lo que flotaba? En ese momento, Goñi y todos sus malos rollos me pareció que se hubieran ido a buscar el apartamento en otra galaxia.

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