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viernes, 5 de febrero de 2010

La Barca de Maestro Juan (I)

Hoy os dejo un primer fragmento de un cuento escrito cuando vivía en Lanzarote, allá por el año 84, ( y que irè completando) de cuando Lanzarote aún no era Torremolinos y se podía encontrar todavía gente pintoresca y auténtica. Por ejemplo conocí a una mujer octogenaría , que nunca había montado en "auto" , que no conicía la capital de la isla, Arrecife y que por supuesto, jamás se había bañado en el mar.
- "Yo hasta las canillas, de joven y punto. Chacho, a mi me parió mi madre en tierra en firme y digo yo que por algo sería. El agua es pa los peces."

Este relato es la historia veridica de uno de ellos.


Maestro Juan y su perro Bardino, destapaban el día como quien abre un regalo, y con las primeras luces del alba bajaban pisando hasta la orilla del mar por un camino de lava fría, que fue trazado en el origen de la isla por la furia de un volcán.

Maestro Juan era pescador, respiraba a través de una cachimba y se protegía las ideas del sol con un sombrero de paja, que se le hizo insepa¬rable allá por la juventud. Pisaba descalzo el mundo con la confianza de los callos que nunca vieron un zapato y se enrollaba los remiendos del pantalón por encima de las pantorrillas, porque la blanca espuma del agua se los quería mojar.

Maestro Juan tenía una barca que se llamaba Abenchara, setenta años entre redes, y una choza sin ventanas, que compartía con Bardino y un montón de soledad. Antaño tuvo familia. Una Isabel entrañable que se le murió entre la impotencia de los brazos y tres hijos inquietos de curiosidad, que cuando crecieron, no cupieron en la isla y se tuvieron que marchar.

-El mundo es grande Viejito- le dijeron como despedida y luego los vio alejarse sobre su pena y el agua, a medir la inmensidad.

Abenchara aguardaba obediente en el sosiego de una cala y cabeceaba contenta hacia la orilla cuando los veía llegar. Abenchara era valiente en el agua y embestía las olas con confianza, segura y serena, porque sabía nadar. Abenchara era azul y pequeña, muy pequeña. Por eso, Bardino se quedaba ladrando en la orilla mientras ellos se alejaban hacia el horizonte, siguiendo el reflejo naranja del sol y esperaba echado sobre las negras rocas de lava hasta que los veía regresar.

Maestro Juan era delgado y fibroso. Tenía el pelo nevado y el moreno de su piel era de cobre y marrón. Olía a sudor limpio, a agua salada y a alga seca y, miraba siempre hacia lo lejos con unos ojos azabache, brillantes como el carbón.

Maestro Juan sabía de peces, de corrientes y de técnicas de pesca. Solía escuchar a la mar de noche y podía leer el tiempo en los cielos del amanecer. Cuando navegaba, apretaba con fuerza los puños sobre los remos y bogaba aprovechando la pendiente de las olas, para impulsar su barca hasta donde quería pescar. Maestro Juan en tierra firme hablaba siempre con Bardino, y en el bote, conversaba sin palabras con las olas y dejaba que Abenchara se entendiera con la mar. Usaba caña larga de una sola pieza y se tenía prohibidas la nasa y las líneas, porque como no entendían de tamaños no sabían distinguir. Si su caña robaba del agua un pez pequeño, lo soltaba con cuidado del anzuelo y se lo devolvía al mar, envuelto en mil perdones, porque su estricto código de medidas no se lo dejaba quedar. Algunas veces también, aunque el pez fuera de los grandes, si le parecía que era muy joven o hermoso, una fuerza imperiosa le hacía soltarlo con respeto del engaño y dejarlo en el agua, para que se ahogara de libertad. Entonces su pecho marinero, se inflaba satisfecho como una vela y se sentía doblemente contento. Una vez por la presa capturada y otra por haberle concedido una segunda oportunidad. Maestro Juan no sabía nadar. Era pescador y como todos ellos miraba hacia el mar con cautela. Se separaba de la orilla lo suficiente para que los peces fueran grandes, pero siempre vigilaba que las traicioneras corrientes no le cogieran distraído y le arrastraran por la fuerza a la deriva, más allá del mar, hacia los misterios del océano remoto, en donde moraban la galerna y el tifón. Con calma de viejo, preparaba la carnaza en el anzuelo, estudiaba la dirección del viento y oteaba el horizonte puesto en pie sobre la barca, agrandando la visera del sombrero con una mano calluda. Luego se acomodaba en el regazo de Abenchara y pescaba a sus anchas cuanto quería sacar. Lo justo para espantar el hambre y un poquito más, por si el tiempo se enfadaba al día siguiente y no podía salir a navegar. Además, no había que olvidarse de Bardino.

Bardino se llamaba Bardino porque era de raza bardina y si hubiera sido un perdiguero, se habría llamado seguramente Perdigón, porque Maestro Juan tenía por costumbre no complicarse la vida, con lo que uno no se la debía complicar.

Cuando el cielo se vestía de rojo y el sol se caía rodando por la otra cuesta del mundo, Abenchara apuntaba la proa hacia casa y Maestro Juan remaba con fuerza y con hambre hasta la orilla. Bajaba el cubo de zinc con las capturas del día y agachado en cuclillas en el borde de una ola, las limpiaba a conciencia con el cuchillo, mientras Bardino ladraba y lamía su llegada, saltando feliz a su alrededor. Empujaba después el bote fuera del agua si andaba la mar revuelta, confiaba los aparejos al secreto de una roca y subía el pescado hacia la casa, limpio de escamas y remordimientos, trepando ágilmente por la furia olvidada del volcán.

De tarde en tarde, Maestro Juan pescaba de más, adrede. Se hacía con unos cuantos meros, viejas, o sargos y se dejaba caer con ellos por el mercado de Arrecife, en donde los cambiaba por leche, queso de cabra, harina de gofio y vino de la Geria. Además, cuando podía, se procuraba un buen montón de semillas a las que luego mimaba con algo más que paciencia y agua, en el pequeño huerto que crecía a la espalda de su casa.

Maestro Juan cenaba solo. Bueno, con Bardino. Sancochaba el pescado a la brasa y lo rodeaba en el plato con unas cuantas papas arrugadas del huertito que, cocía en agua de mar. De tanto en tanto le iba dando pequeños mordiscos a una torta de gofio, amasada en zurrón de piel de cabra y ayudaba a pasar la comida con un vaso de vino generoso, del que pisaban en la Geria.

Algunas veces, sobre todo cuando la melancolía se colaba por las grietas de la choza y despertaba a los recuerdos, el viejo pescador, apoyaba los ojos con dulzura en la única foto que existía de su boda con Isabel y alzando el vaso por encima del sombrero, dejaba que desde el fondo de su añoranza brotara un brindis silencioso, mientras su cara curtida se rompía en mil arrugas indescifrables, alrededor de sus ojos de azabache.

En aquella foto amarillenta, medio mentida por los años, una Isabel infantil de quince otoños, posaba luciendo un vestido blanco y una sonrisa a juego, que sin embargo él no recordaba así. Les tomó el retrato, su tocayo, amigo y patrón, Juan Barreto, al pie de la iglesia de Teguise, un día antes de que el mar se lo tragara con su barco, frente a la caleta de Famara. El hecho de que la luna que brilló en el cielo de Maestro Juan aquella noche, estuviera hecha de miel, lo había salvado milagrosamente de irse a pique con ellos.

Por aquel tiempo y aunque en la foto estuviera muy serio, él también solía sonreír a menudo. La vida en general les sonreía entonces, pero después, por alguna razón que iba más allá de su entendimiento, todo había ido complicándose y perdiendo la gracia poco a poco.
La pequeña Celia nunca llegó a crecer. Se les fue con la marea de la mañana y al partir dejó en el seno de Isabel, el veneno de unas fiebres, contra las que el débil bolsillo del pescador poco pudo luchar. Juanito y Abián, se marcharon después con su hatillo de curiosidad, navegando sobre el agua de un mar triste, hacia el mundo de las cosas importantes que querían calibrar. Con el tiempo mandaron recado desde una tierra sin playas, y entonces, el pequeño Antonio, también se fue a vivir su tiempo al otro lado de las olas. Maestro Juan no quiso ir. Intentaron convencerle muchas veces, mucha gente, pero al pescador ya no le importaba lo grande que fuera el mundo, ni recordaba en que momento, o donde, había perdido la curiosidad.

- Volveré con un gran barco, viejito, en él que tú y yo saldremos a faenar, y lo llenaremos de peces, hasta que el peso lo desfonde.

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