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viernes, 12 de febrero de 2010

La Barca de Maestro Juan (II)

Al final de su primera juventud, mucho antes de que el sombrero de paja se le hiciera inseparable, Maestro Juan anduvo por tierra de moros. Lo mandó llamar la patria, para servir a las armas y estuvo dos años en los regulares de Melilla, con los pies encarcelados en unas botas insufribles. Cuando finalmente se las pudo quitar y la patria se lo devolvió a Lanzaro¬te, lo único que se trajo consigo fue un corazón tatuado en el pecho, que decía amor de madre y la promesa firme y cumplida, de no volver jamás.
En los días que la mar se enfadaba y Abenchara no podía navegar, los primeros rayos del sol solían sorprender a "Maestro Juan" afanado en su huerto. Esperaba a que bajase la marea, arropando de picón sus cebollas, tomates, patatas y garbanzos y armado de su cubo y el cuchillo, saltaba luego por la orilla, de roca en roca, con un Bardino especialmente feliz pisándole los talones. Despegaba lapas, amontonaba bígaros, perseguía con malicia infantil a los cangrejos, acorralándolos contra Bardino y acechaba con mil ojos expertos los agujeros y grietas en los que podía caber un pulpo. Cuando el cubo se mediaba, lo llevaba de nuevo hasta la choza y mientras dejaba escaldando su contenido en agua salada, se ocupaba de lleno en las modestas tareas de su pequeña granja. Proporcionaba hierba fresca a la familia de conejos, recolectaba los huevos de sus cinco gallinas ponedoras, les repartía granos de maíz con trocitos de concha, para que tuvieran calcio, y durante media hora se daba un descanso de queso cabrero y torta de gofio, remojados con buen vino. Más tarde ordenaba un poco la casa, les echaba un vistazo a las grietas y al tejado y terminaba de prepararse la comida, seleccionando los mejores ejemplares del cercado.
Maestro Juan también comía solo. Es decir, con Bardino. Instalaba una mesa improvisada bajo el dintel de la puerta y con el perro ovillado entre los pies, esperando pacientemente su turno, sentaba al otro lado de la tabla, al mar azul de mediodía y sin palabras, mientras iba masticando despacio y silencioso, lo miraba. Cuando él terminaba, entonces comía Bardino. Bardino rebañaba platos, quebraba huesos y trituraba espinas, con comprensible voracidad. Después levantaba las orejas y miraba para su amo con ojos interrogantes.
-Por hoy ya se acabó muchacho. Tú sabes que el amito es pobre- le decía en tono de disculpa y, el animal bajaba la cabeza y volvía a lamer el plato hasta que brillaba. Cuando el plato brillaba y no quedaba nada que lamer, lo lamía un poco más todavía.
Bardino nunca supo lo que era estar ahíto y jamás hizo falta andarle palpando el lomo, para encontrarle las costillas.
Las tardes sin pesca de Maestro Juan, a veces eran largas y a veces eran cortas. A veces eran divertidas y, a veces, en cambio, melancólicas y anodinas. Si la mar se había reposado, aprovechaba la subida de la marea y le daba hilo a la caña desde la orilla. Capturaba un par de peces para su "despensa" y las horas entonces pasaban rápidas, entretenidas y, la tarde se acortaba. Si por el contrario la mar seguía en sus trece, iracunda e intratable, el pescador se quedaba tierra adentro y resignadamente buscaba algo que hacer. Solía ser entonces, cuando se dejaba caer por el mercado de Arrecife con su exceso de pescado y cuando, ya de paso, se asomaba a los amigos olvidados de la taberna de Arcadio, en el puerto. Vaciaba con ellos un par de vasos de alegría, estrechaba sus manos, palmeaba sus hombros y se jugaba deportivamente los vinos, en una fraternal partida de bolas. Luego, con la tarde echada al hombro, montaba sus mercancías en la vieja guagua de Arrieta y, la guagua de Arrieta lo llevaba de traqueteo, rugiendo y bufando por toda la costa, hasta su choza y su perro, en su trocito de mundo aislado y particular.
A Maestro Juan, le gustaban los combates de luchada y las peleas furtivas de gallos, que se celebraban a escondidas de ojos curiosos y de turistas, en el lugar más recóndito de la isla. Todos los domingos desde hacía sesenta años, había acudido a ellas y ahora, después de las tareas del huerto y la granjita, lo seguía dejando todo, para enfundarse en una camisa menos gastada, calzarse unas sandalias caseras de suela de neumático y, mezclarse el día entero, entre el palpitante fragor de las contiendas. Maestro Juan nunca apostaba. No tenía dinero para hacerlo, pero no importa¬ba. A él le bastaba con mirar.
Sólo cuando el último gallo torcía el cuello y el último luchador se derrumbaba vencido sobre el jable de la playa, el pescador se despedía de todos y caminaba de vuelta por el final de otra tarde dichosa. Y mientras andaba, se sentía cada vez más feliz, respirando el aire de su vida, por que aunque Maestro Juan fuera solemnemente pobre, era también, sin embargo, señor y dueño absoluto de sus pasos y, de cada minuto de su tiempo.

Las tardes largas y anodinas que el destino caprichosa¬mente alterna¬ba con los días estupendos, se apoyaban, esencialmente, en su soledad y en el peso de los años. Principalmente, le hacían deambular inquieto de un lado para otro, revolviéndolo todo, sin pescado que vender y sin nada que pescar, arras¬trando taciturnamente los pies y un espeso entrecejo, hacia las horas de melancolía. Cuando llegaban, se sentaba en una silla de cara al océano furioso, arrimaba un ascua a la cachimba y fijaba la vista en el agua plateada del crepúsculo, mientras el humo salía de la pipa y se enroscaba en torno a su sombrero, como se enroscan las nubes a los picachos de las montañas. El cofre de su memoria se abría entonces y, de dentro, brotaban a retazos y jirones, setenta años con olor a sal, que reblande¬cían lo más tierno de su pecho tatuado y lo iban oprimiendo hasta hacerle sentir daño. Un rato después, las primeras estrellas se encendían en su cielo y el mar de plata se iba volviendo de plomo. De golpe el viento y el agua acallaban su murmullo y, suavemente, de igual forma que caían sus pensa¬mientos a la orilla de la playa, llegaba la noche. Sus ojos azabache escrutaban entonces como sin querer, lo negro del horizonte y, por unos instantes, jugaba con la idea de ver aparecer la luz de un barco en la distancia, trazando el rumbo de la isla, con tres marineros a bordo que volvían a su casa, después de gastarse el tiempo en medir la inmensidad. Del cofre de los recuerdos, surgía a continuación un prolongado suspiro, que se unía con el humo de la pipa, rumbo al cielo ya cuajado de estrellas y, Bardino, apretaba enseguida su hocico incondicional contra los pies del amo, y lamía su tristeza. Llegado a este punto, el tiempo solía dormirse, cautivo de un segundo de la noche, hasta que sobre ese segundo, sobre la choza, la memoria y las penas del solitario pescador, se asomaba el hambre de la cena.
-Chacho, chacho, fuerte vida esta que nos toca- le dejaba caer con dos palmadas entre las orejas al perro y, el perro paseaba la lengua por sus manos tostadas y agitaba la cola con bandera de amigo, únicamente para él.
Después de la cena, Maestro Juan ahuecaba su camastro de hojas de palmera y se tumbaba boca arriba, con las manos cruzadas sobre su corazón de tinta y el hilo de los pensamientos suspendido del techo de cañizo, algas y barro. Permanecía un rato así, hasta que el sueño le empezaba a pesar en los párpados y luego se volvía sobre un costado, reclinaba la cabeza en la almohada de su brazo, alargaba una última palmada hacia el bardino y apagaba sin más el día.

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