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domingo, 28 de febrero de 2010

La barca de Maestro Juan (III)

Muchos años atrás, en aquella choza que con tanto esmero conservaba, hubo una buena cama de madera, amplia y confortable, que diseñó y construyó él mismo con madera de nogal traída de la península, para amarse en ella con Isabel. Cuando Isabel le dejó, la sacó a la calle, y junto con el colchón, las sábanas y los escasos objetos y enseres que poseía, la echó al fuego para no tener que verla nunca más y, para ver si de esa forma, al acostarse, la pena no le mataba.

Algunas noches, mientras se despegaba la ropa del cuerpo y se desatascaba el sombrero, Maestro Juan se distraía por esas cosas de la edad, y se le escapaba el santo al cielo. El insomnio aprovechaba entonces la deserción de su beato y, antes de que volviera, trepaba por una pata del jergón y se instalaba entre los crujidos de las hojas de palmera. Como en la casa nunca hubo libros, por que tampoco hubo nunca nadie que supiera descifrarlos, el pescador empezaba a dar vueltas nerviosas sobre la vigilia y el ruido de palmera, sin más entretenimiento que ensayar posturas que condujeran al sueño, o escuchar el misterioso monologo del océano, que desde el origen del agua, se acercaba con la cresta de las olas hasta el borde de las playas, para contarle a las cosas de la orilla los secretos de las algas.
El misterioso monólogo de del océano, también bramaba algunas veces con furia de espuma y presagios, encrespando olas en el sosiego de su cala y, estampándolas luego contra las rocas, en mil lagrimas de ira, que retumbaban como un trueno lejano, en el hueco de su almohada de brazo. Un océano negro de noche oscura de tempestad, de golpes de mar traidores, arrecifes acechantes y lúgubres historias de tétricos naufragios, embestía contra la raya impasible de la orilla, como queriéndola borrar y, subía a buscarle hasta el jergón, para explicarle también, con voz de alga, la razón de su ser y sus motivos.
Cuando esto sucedía, el anciano se acurrucaba en la litera, intentando comprender algún oculto significado y mientras esperaba a que llegase la ola que le traía el sueño, se iba sintiendo un poco más solo que de costumbre, más vulnerable y desamparado y, se le empezaban a ocurrir un montón de preguntas sobre la vida, Dios y la muerte, que casi le daban miedo, por que no se las sabía contestar.
Maestro Juan, entonces, echaba de menos las noches en las que el océano le hablaba con calma y, descubría que en esas noches, el océano ya no era océano, ni mar, sino solamente agua mansa. Agua amiga de brillos cálidos y suaves lomos de luna, que se acercaba como una caricia hasta el comienzo de la tierra y se deshacía en confidencias, murmullos y siseos, por entre los huecos de las rocas, originando un suave vaivén de arrullo, con el que enseguida aparecía la ola de dormir.

Aquella tarde de aquel día, Maestro Juan hubiera obrado mucho más prudentemente, de haber permanecido al amparo de su choza, despistando las ganas que tenía de pescar, con cualquiera de las otras actividades, que en circunstancias como esas, le solían tener apartado de la tentación de la caña. Un cielo oscuro cargado de amenazas y, un agua nerviosa, encrespada y turbia, le estuvieron advirtiendo ya desde por la mañana, que la mar ese día, no andaba para bromas. La noche anterior la estuvo oyendo retumbar contra el hueco de su brazo hasta muy tarde y, nada más desperezarse aquel amanecer frente a la puerta abierta de la choza, comprendió enseguida que Abenchara, no podría salir a navegar. El viejo pescador, sin embargo, era algo testarudo. Sentía verdaderos deseos de lanzar la caña y, más que deseos, tenía necesidad. Su breve despensa de pescado llevaba dos días vacía y casi todas las provisiones canjeadas en su última aparición de toma y daca por Arrecife, se habían gastado ya. Por eso, después de almorzar una frugal ración de huertito sentado de cara al océano furioso y quemar una cachimba, calibrando la situación, decidió aprovechar que se abría una tregua azul entre las amenazas del cielo y que el mar parecía relajarse con la marea de la siesta, para bajar corriendo como un pilluelo escapado de su madre, hasta la cala y el secreto de la roca, que cuidaba sus aperos de pescar. Lo peor que podía sucederle -pensaba- era que a la vuelta y, por efectos de la corriente, se viera obligado a tener que desembarcar un poco más al sur, hacia el puertecito de los pescadores de Arrecife y, desde allí, que regresar luego caminando por la frontera de la costa, con Abenchara, el equipo y, lo que hubiera pescado, cargado sobre los hombros. Pero a Maestro Juan eso tampoco le importaba, por que Abenchara era liviana como una pluma y porque dos, o tres de horas de pesca, con ella, compensaban casi todas las molestias de este mundo.
Abenchara entró en el agua con decisión y recogió la caña y el cubo con la carnaza que le tendía su dueño, luego el anciano se columpió en la borda, saltó adentro, e hizo unos cuantos equilibrios sobre la pequeña embarcación, antes de sentarse y empuñar los remos. Cuando se acopló en el regazo de la barca, y se dispuso a bregar con la primera serie de olas, cayó en la cuenta de que, una vez más, la blanca espuma del agua había vuelto a mojar los remiendos enrollados de su gastado pantalón.
-Tú, quédate ahí, Bardino -le apuntó al perro y no me pierdas de vista, que en cuanto que pique la cena, me vuelvo.
Y Bardino los vió alejarse como tantas otras veces hacía la raya del horizonte, ladrándoles reproches y advertencias, que se fueron apagando tras la sorda estela de la Abenchara.
Tarareando una canción, Maestro Juan, remó con energía, sin pausas, hasta que la costa quedó convertida por la distancia, en una débil franja gris, salpicada de olas rotas. Entonces, paró de bogar. Descansó los remos en el suelo del bote y mandó el pequeño ancla de tres puntas y como de juguete, a la búsqueda del fondo. La cuerda que lo sujetaba, se deslizó rápidamente tras él y cuando quedó quieta, apoyada, sin tensión sobre la borda, el pescador miró la última marca de pintura roja que asomaba a la superficie y sonrío -Veinticinco metros justos- dijo en voz alta y, añadió -este es el sitio- Después, siguió tarareando su canción.
Maestro Juan sospechaba que el mar estaría revuelto sólo en la piel del agua, y que diez o quince metros más abajo, esas turbulencias apenas se notarían, por lo que con toda probabilidad los peces estarían esperándole ahí. Empezaba a sentirse a sus anchas. Ahora que se encontraba donde quería estar y que veía que no existía tanto riesgo como en un principio aventurara, se felicitó por su brava decisión, se relajó del todo y, siguió canturreando Una Casita en el Monte, sin dejar de apretar orgullosamente entre los dientes, su cachimba de capitán.
Con la meticulosa parsimonia de costumbre, enganchó la carnaza en el anzuelo, repasó los plomos, comprobó el corchito, observó la dirección del viento y haciendo nuevamente equilibrios sobre el bote, se puso en pie. Luego inclinó el cuerpo hacia atrás, cimbreó la caña y lanzó el cebo al agua, que salió perseguido del sedal, silbándole al aire en una carrera larga y perfecta. Entonces Maestro Juan se acomodó otra vez en el regazo de Abenchara, encendió por segunda vez en el día la pipa y, se sintió completamente feliz.

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