Fotogalería

miércoles, 3 de febrero de 2010

La Batalla de la Mariposa

Todos los olores recién estrenados de la primavera se colaban por la ventana abierta del salón y competían por meterse en su nariz somnolienta de domingo por la tarde, que permanecía derrumbada sobre el sofá. La casa, sosegada, respetaba el tenue murmullo de la brisa en los abetos del jardín y mantenía callados, con inyecciones de modorra y vaguería, al incongruente ejército de electrodomésticos y artilugios cibernéticos que usualmente, limpiaban, cocinaban, entretenían o ayudaban en los quehaceres cotidianos de la casa, como si de un tercer brazo se trataran. Sólo el pequeño rectángulo iluminado del televisor, susurraba un estreno romántico-sensi¬blero de voz monocorde y nasal, que lejos de interesar, incitaba más todavía al sopor. Hasta su hijo de dos años, generalmente gritón y escanda¬loso, permanecía ahora tranquilamente sentado sobre un mullido trasero de pañales y de alfombra, amontonando pacientemente una Babel de cubitos multicolor, que se empeñaba en no subir de la cuarta planta.

La mariposa entró confiada, con todos los colores del arco iris esparcidos por sus alas nuevas, dejándose llevar por un revoloteo capricho¬so, que circundó por dos veces la araña de cristal del techo repleta de lágrimas colgantes y luego se encaminó con su vuelo de altibajos hacia la pantalla del televisor. Allí propinó un par de cabezazos de amonestación a la joven pareja que se devoraba en un beso demasiado apretado y regresó después sobre sus pasos hasta la lámpara llorona. Pareció entonces que iba a aterrizar sobre una de sus lágrimas, pero a última hora cambió de nuevo de opinión y tras cruzar el cuarto hasta la otra punta, se instaló finalmente en el complicado marco de un cuadro, en donde una especie de lagarterana dormía también la siesta, en el asueto de la era, mientras que un burro de orejas desproporcionadas y momentáneamente liberado de su carro, buscaba la sombra de un olivo que jamás daría aceitunas.

Fue el niño quien luego de estudiar atentamente las evoluciones del multicolor intruso, delató su presencia apuntándole con un índice regordete y lanzando al aire un pípi de aviso, que hizo que la nariz del sofá respingara asustada, allá en el séptimo cielo. Su escueto diccionario infantil definía con la palabra pípi cualquier objeto volante, ya fuera este un pájaro, un avión, una nube, o una piedra lanzada. Así mismo tenía, aparte de los consabidos, Mamá, caca, agua y pan, la palabra cae para nombrar todo tipo de accidentes, y el vocablo tana que rebosaba misterio y peligro, y definía lo inalcanzable, lo intocable y lo prohibido. La luna era tana, la noche era tana, el vidrio y los cuchillos de la cocina eran dos tanas enormes y las gafas de papá eran tana también.

Precisamente centrándose las gruesas tanas de miope en la sobresalta¬da nariz, el hombre miró en la dirección que apuntaba el morcilloso dedo de su hijo y observando el compulsivo abrir y cerrar de alas de la mariposa, se le vino a la cabeza una repentina idea docente e ilustrativa, que de paso, supuso, le serviría para espantar el aburrimiento.

Cazaría la mariposa y después haría con ella un acto simbólico de libertad, soltándola desde la cárcel de sus manos, por la ventana, con su hijo apoyado en el alfeizar, para que de esta forma tuviera un claro ejemplo de generosidad de co-razón, de bienintencionada conciencia ecológi¬ca, o de algo por el estilo.

-Mira Jorge- le dijo- Fíjate bien y aprende.

La primera medida que tomó entonces, fue la de cerrar previsoramente la ventana para no echar a perder la lección y enseguida, pinzando el índice con el pulgar, se encamino con andares de indio sigiloso hacia al paisaje andaluz del cuadro. El niño, silencioso y curioso, desde su mundo de alfombra le observaba.

El primer ataque de la pinza, rápido y certero, cogió desprevenido al insecto, que súbitamente vio atrapado su prometedor futuro en aquella gigantesca trampa carnosa. Pero su reacción sin embargo no se hizo esperar y agitándo¬se con desesperación, logró liberarse de un ala primero, y luego la pinza, intuyendo que le iba a desgraciar la otra, aflojó el abusivo cepo y la dejo escapar.

En un vuelo taquicárdico, el animal cruzó disparado la habitación en dirección a la ventana y con las mismas se estampó las ideas contra el inesperado muro de aire sólido del vidrio. Dado que en su manual de vuelo no figuraba nada sobre el aire sólido, intentó atravesarlo un par de veces más, llevado del frenesí y después, comprendiendo seguramente que tampoco le serviría de nada romperse la cabeza, optó por refugiarse en el espeso bosque de lágrimas luminotécnicas.

Desde detrás de las gafas, el hombre se miró sorprendido los peligro¬sos dedos cazadores y al verlos impregnados del polvillo variopinto de las alas, recordó que si se lo deterioraba la impediría volar. Meditando entonces cómo podría fabricarse un caza mariposas casero, se dirigió hacia la cocina rascándose la cabeza y tras unos momentos de revolver cajones, regresó sobre sus pasos con una bolsa de plástico y un plan preconcebido.

Tendría que espantar al animalito para que se separara de la lámpara y cuando estuviera en pleno vuelo, le lanzaría una andanada de caza mari¬po¬sas made in supermercado, bien calculada, que daría con ella en el fondo del saco, sin producirle ningún daño.

La primera parte del plan salió a la perfección. Pues nada más rozar el vidrio, la pajarilla se lanzó al aire y empezó a huir dando vueltas a ras del techo con entusiástica dedicación. Pero el invento en sí, no funcionaba. Con la velocidad se plegaba por los lados, cerrándose el agujero y la mariposa, preparada y atenta, conseguía esquivarla con facilidad.

El niño, viendo a su padre ir y venir sin aparente rumbo, haciendo aspavientos con los brazos y dando extraños saltitos sin mirar al suelo, barruntó sagazmente un presumible pisotón y haciendo un alarde de cautela se quitó de en medio, encaramándose a la esponjosa seguridad del sofá.
Todavía empeñado en la maniobra de la bolsa, el papá cazador le practicó un par de agujeritos en el fondo, para que pudiera pasar el aire a través y siguió probando unas cuantas veces más su chapucero artilugio sin ningún éxito. En uno de esos ataques, a punto ya de desistir, uno de sus pies despistados se apoyó confiadamente sobre los cubitos de la inconstrui¬ble Babel y tras dibujar una contorsión complicadísima en el aire, se derrumbó aparatosamente sobre la alfombra. El caza mariposas quedó un momento suspendido en el vacío del cuarto y luego cayó a su vez, colocándo¬se a modo de gorro de cocina, sobre la atolondrada cabeza del indio sigilo¬so.
-¡ Se cae!- aplaudió el niño encantado, celebrando las insospechadas aptitudes malabares de su padre y en seguida, fusilando a la mariposa con su dedo bien nutrido opinó- Pípi tana.

Pípi Tana dio un par de vueltas gallardas al ruedo de la lámpara y después se posó graciosamente en lo alto de la librería, en medio de la enciclopedia universal para, desde allí, observar la reacción de su contrincante, que algo aturdido, aunque más enfadado que dolorido, se ensañaba con la inocente bolsa, dividiéndola en plásticas partículas diminutas. A continuación se puso en pie de un salto, repartió indiscriminadamente unas cuantas patadas a los cubitos de color, recolocó en su sitio a las alteradas gafas y miró a su alrededor buscando y bufando como un toro de lidia.

- ¿Maldita sea! - dijo hacia la sabia enciclopedia -. ¿Así que quieres guerra, eh?

Renegando entonces de su inservible artilugio, se abalanzó sobre una silla, trepándose a ella con brusquedad y lanzó de nuevo su pinza de índice y pulgar sin contemplaciones sobre el escurridizo objetivo.

El insecto, ya prevenido, esquivó una vez más con agilidad el ataque y despegó de la librería a toda velocidad, rozando al pasar una de sus orejas. Probó con la ventana por si ya hubieran levantado el extraño muro invisible y al comprobar que no era así, dibujó dos luping a lo Barón Rojo en el cielo del cuarto de estar y aterrizó con buen tiempo y perfecta visibilidad entre las amortajadas lilas de un florero.

Indio sigilosos se apeó del caballo con respaldo y volvió a la carga.
Esta vez ni siquiera tuvo tiempo de ensayar el golpe, pues la astuta maripo-sa, aunque joven, se veía que no había andado perdiendo el tiempo y con gran desesperación por su parte, continuó haciendo gala de una condi¬ción física y unos reflejos inigualables. Cruzó por enésima vez la estan¬cia, montada en cabriolas y piruetas y se regaló un nuevo descanso en el cuadro, donde la impertérrita lagarterana seguía sesteando fláccidamente, ajena al fragor de la batalla.

Jorge, que había seguido el proceso de la silla detalladamente, vio ir en aumento la ira de su padre, que poco a poco se fue olvidando de los motivos originales de su cacería y dejó paso en su interior a los instintos criminales, convirtiendo su dogmático proyecto liberal en una cuestión de orgullo cabezota.

Cansado de tanta vuelta y tanto ejercicio inútil, el hombre maquinó en su cerebro una nueva táctica más reposada y a la vez más efectiva. Recordando sus años infantiles, rememoró su buena puntería como lanzador de gomas elásticas y tras rebuscar por su tablero de trabajo, dio con un ejemplar magnífico de calibre medio, que aparte de encontrarse en perfectas condiciones, permitía un estiramiento considerable. Afinó la puntería guiñando un ojo y mordiéndose la lengua y disparó el proyectil que se impactó en la pared por encima de la diana voladora, a escasos centímetros de sus antenas.

- "En otro tiempo no hubiera fallado".- se dijo mientras su presa asustada ante la peligrosidad del nuevo invento, ponía alas en polvorosa hacia lo alto de las cortinas. La segunda andanada se estrelló mucho más cerca, llevándose por delante una esquinita de ala.

La que antes fuera capullo, comprendiendo ahora que no lo era, que la cosa se ponía fea, probó fortuna con el muro invisible y al descubrir desazonada, que aunque más invisible que nunca, seguía estando allí, duro como una piedra, se dejó llevar por otro vuelo, excusado ya de filigranas y alardes acrobáticos, que concluyó felizmente, aunque un poco escorado en el dramón desconsiderado y paralelo que seguía relatando la televisión.

- "Ahora si que te tengo".- masculló entre dientes el artillero, cruzando el cuarto en dos zancadas y estirando la goma a veinte centímetros de su insecta vida.

Jorge, desde sus ojos como platos, contuvo la respiración viendo crecer y crecer la goma hasta el límite y luego un poco más. Un poquito más todavía y... ¡plas! súbitamente el elástico se rompió. Con un chasquido seco y violento garabateó varias contorsiones en el aire a vertiginosa rapidez y después golpeó sañudamente la mejilla y la nariz del desprevenido asesino. Una mano crispada acudió presurosa a sujetar la cara que amenazaba con caerse y un silencio sepulcral, respetado incluso por la televisión, se abatió sobre la casa como una losa de mármol. Pasó un ángel, dos. Después la mano se retiró de la faz de la ira y la habitación y la casa enteras, se conmocionaron bajo una explosión de pecados mortales.

El niño abrió más todavía sus sorprendidos ojos y empezó a tomar nota de todo meticulosamente.

- "¿Se cae?", preguntó luego señalándose la nariz cuando su padre abrió un paréntesis en medio de los sacrilegios para llenarlo de aire.

Los últimos instintos civilizados del hombre se habían esfumado de su cerebro, con la furia del gomazo y con ellos se fueron también definitiva¬mente, el indio sigiloso y el cazador de buenas intenciones, que dejaron paso a otro indio salvaje, en pie de guerra y a otro cazador sin clemencia y con gafas, hambriento de muerte de mariposa.

Para tal propósito lo primero que se le vino a la mente fue usar un ejemplar atrasado de la revista "Interviú", cuyas páginas centrales se hallaban comprimidas entre los recompuestos senos que enseñaba una maciza de momentáneo candelero. Armado de tan contundentes motivos, se abalanzó descargando toda su rabia en un solo "revistazo", que hizo peligrar la televisión hacia el borde de la mesa y esparció el florero con su conteni¬do, en mil añicos chispeantes por el suelo de la habitación.

La mariposa se había vuelto a librar por su agilidad y por un pelo. Y Jorge, que miraba el destrozo floral maravillado, tomó también buena nota de ello y solicitó más "se cae" desde el sofá presidencial.

La petición no se hizo esperar. "Cazador hambriento", deseoso de agradar a su público, regaló a la galería una serie de "siliconazos" de izquierda y derecha, muy templados, que si bien tampoco consiguieron llevarse a la mariposa por delante, si dejaron en cambio por detrás una clara muestra de su arte y un destrozo considerable en el mobiliario. Un cenicero con las colillas recién plantadas del día, una taza de café afortunadamente vacía, dos lagrimitas de la lámpara llorona y un tiesto enredado en un turbio amor de hombre, volaron sucesivamente por el cuarto desafiando las leyes de la gravedad y con gran ovación por parte del sofá, se estrellaron después, uno tras otro, contra la pared y las verdades inexorables de Newton. El hombre con el "Interviú" hecho jirones en la mano, contempló durante unos instantes de jadeo el desaguisado esparramado por su siesta de domingo y se encolerizó mucho más todavía.

Lo siguiente que arrolló su ciega ira, fue la silla caballo con respaldo que se cruzó en su camino interceptándole los pasos y derribándolo por segunda vez. La silla despegó inmediatamente hacia la librería impulsa¬da por un manotazo, el "Interviú" y sus tetas se desintegraron concienzuda¬mente entre sus dedos y en el colmo del desvarío se quitó un zapato.

La mariposa, a la que de pronto el cuarto se había quedado pequeño y a la que la fatiga empezaba a obnubilar los portentosos reflejos, acertó a pasar en su fuga por delante de un espejo y al verse acompañada de un inesperado congénere, se distrajo en el consuelo de la desgracia comparti¬da, cometiendo su primer y único error.

Percatándose aterrada de como la mole gris del energúmeno aparecía por detrás de su nueva amiga con el brazo armado levantado para descargar el golpe, le gritó y gesticuló para avisarla, pero viendo que salvo burla no le hacía ningún caso y que el energúmeno se les echaba encima, arremetió contra ella para apartarla de un empujón, lejos del zapatazo que ya caía y ambas se estamparon a mitad de camino entre el heroísmo y la libertad. Después paso un segundo eterno, llegó el zapato y empezó la eternidad.

Un estruendo llenó el cuarto de cristales rotos, la televisión rompió a llorar desconsoladamente y sobre la alfombra cayeron el espejo hecho trizas y siete años de desgracia. En uno de los trocitos, disfrazada de calcomanía, estaba la mariposa.

"Indio Asesino" y "Cazador hambriento" despegaron los restos del arco iris volador, abrieron la ventana, la dejaron volar en picado hacia abajo por última vez y regresaron sin comentarios a su siesta de sofá.

Jorge se acercó al destrozo de espejo, examinó meticulosa y profesio-nalmente la manchita amarilla y pringosa que había en uno de sus pedazos y torciendo el gesto en un mohín con asomos de asco, volvió a la complicada construcción de su Babel.

La lección de ecología se había terminado.

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