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miércoles, 3 de febrero de 2010

La Bicicleta

Al final, claro, se cayó de la bicicleta. Bajaba por la cuesta del garaje como una exhalación, sin frenos, una rueda pinchada y mirando sin pensar. Pedaleando con toda la fuerza de su inconsciencia de cinco años. Y dado que además resulta que la inconsciencia también es ciega, no vio que el perro se le cruzaba hasta que ya se había enredado con él. Ambos salieron entonces despedidos con violencia de catapulta, rodando a ras de suelo el uno, componiendo difíciles piruetas aéreas, el otro. La bicicleta en cambio apenas si se movió. Frenada en seco contra los kilos del mastín, basculó hacía adelante y se tumbó enseguida sobre un costado llenando el garaje de estrépito al entrar en contacto con el suelo de hormigón claveteado.

Nada más aterrizar, él niño se puso en pie como un resorte, el perro desapareció camino de casa con el rabo entre las piernas, aullando lastimosamente y la bicicleta giró todavía durante unos segundos su rueda trasera, haciendo el mismo ruido que una ruleta de barquillero.

Después el niño increpó al perro. Lo tildó de idiota y de animal, lo acuso de intento de asesinato y en el colmo de la ira miró a su alrededor en busca de una piedra, o de cualquier otro objeto de contundencia similar. Luego se estudió el cuerpo detenidamente.

Tenía un buen rasponazo en una rodilla, y codos y manos le sangraban también. En la cadera, a la altura de la ingle, donde seguramente el manillar se le debía de haber clavado, tenía una herida de torero, que empezaba a amoratarse por momentos. Afortunadamente no era una herida abierta si no un rasguño, eso sí, de dimensiones bastante respetables.

Desde luego el porrazo había sido como para abrirse la crisma tranquilamente, dos o tres veces, pero se conoce que el ángel de la guarda que tenía asignado, era todo un profesional.

El niño entró en el garaje y se lavó con agua y soplidos las heridas, mientras el perro, refugiado en la profundidad de su caseta, se lamía el costado y probablemente se juraba a si mismo que nunca más se acercaría a un cachorro de humano que fuese montado en uno de aquellos bichos de patas redondas. "¿No pueden ir andando como todo el mundo?"- Parecía preguntarse.

De manera que el ciclista culpó al perro, el perro culpó a la bicicleta y sólo la bicicleta, tirada aún en mitad de la rampa, torcido el manillar y silenciada ya su rueda, no parecía tener a nadie a quien dirigir sus recriminaciones. En cuanto a mí, padre de la criatura y amo del perro, tardó un rato largo todavía en volverme a circular la sangre con fluidez por las venas y en bajárseme los pelos hasta su posición habitual. Después, que remedio, recogí la bicicleta.

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