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viernes, 12 de febrero de 2010

Yo Soy (Monologos del loco...) Introducción

La última vez que me morí doctor, fue como una ola, a la orilla del Mar Muerto, durante la guerra que dio origen al nacimiento del estado de Israel, ya sabe, en el año cuarenta y ocho, al acabar la mundial. Allí, también tuve que matar desde luego. Tuve que elegir entre vivir o morir y disparé contra aquella figura borrosa que apuntaba su arma contra mí. La mía temblaba entre mis manos, la respiración temblaba en mis jadeos, me temblaban la vista y el pensamiento, la convicción y la hombría. La tierra entera y el cielo me temblaban, pero disparé. Apreté el gatillo y los dientes contra aquella figura borrosa que temblaba su arma contra mí, El Enemigo, y lo abatí. Yo tuve más suerte, seguí vivo y durante muchas noches, estuve viendo caer su cuerpo una y otra vez. Estuve viendo la sorpresa de sus ojos en su cara de enemigo, mirarme desde el umbral de la muerte, hasta que me hizo comprender que él y yo éramos lo mismo.
Ganar o perder dejó de tener sentido para mí y luego, enseguida, aunque siguieron sonando tiros, la guerra se terminó. Nos derrotaron, el enemigo plantó su bandera en nuestra tierra y nosotros, lo poco que quedaba de nosotros, emprendimos el camino de los perdedores, ese camino sinuoso y corrosivo que se llevaba Palestina hacia el interior de Cisjordania. Por el camino nos fallaban las fuerzas. Demasiado a menudo nos deteníamos a mitad de jornada, e íbamos migando las cunetas con esperanzas exhaustas, con cadáveres de derrotados que nadie se detenía a enterrar. Ni a mirar siquiera. Todos éramos lo mismo. Nada, sólo fe quebrada que seguía andando porque la inercia empuja siempre a caminar. Ya no alzábamos la mirada para colgarla del horizonte, ni escudriñábamos el cielo para determinar el tiempo de la etapa. Ya no cruzábamos gestos ni palabras privadas con Dios y ni polvo levantaban nuestros pasos contra la arena pelada. Contra aquella arena muerta, como nosotros, que nunca, nunca, se terminaba. Pero llegamos. Al menos unos cuantos, un puñado de autómatas movidos por el instinto de supervivencia, hicimos de aquella orilla de mar muerto y de desierto nuestro hogar y de alguna forma, pudimos volver a casa. Entonces, después de haber sobrevivido, y cuando empezaba a recuperar la esperanza de volver a tener un futuro, apareció aquel avión del enemigo, soltó aquella bomba sobre el poblado y me mató.
Cayó precedida de un silbido ensordecedor que se cortó en seco nada más tocar el suelo y luego, como con retardo, el espantoso trueno se adueñó de todo. La gente que estaba a mi alrededor salió despedida como un remolino de hojarasca y yo mismo sentí que mi cuerpo se hacía ingrávido y que volaba desmadejado, sin orientación, por espacio de una docena de segundos. En toda esa eternidad ni un solo pensamiento, ninguna reflexión o recuerdo ocupó mi mente salvo la consciencia visual del vuelo, seguido a cámara lenta, plasmado en nítidas instantáneas casi cegadoras, de mi cuerpo desmembrado y recortado contra el resplandor de un sol que no era el sol.
Si hubiese podido conjeturarla, es posible que hasta me hubiera parecido que la sensación era placentera, esa ingravidez sin velocidad en la que me movía sin moverme. Quizá en ese momento ya estuviese muerto y sólo pudiese ver desde fuera de mí, como mira un espectador ajeno y emocionalmente anulado. Después, de golpe, la gravedad retornó a mi cuerpo, la velocidad se metió en mi estómago llenándolo de piedras, colmando ahora de vértigo aquellos rincones de mi organismo donde antes no había sensación. Empiezo a caer, fue lo primero, lo único, que pude razonar antes de que el peso de las piedras se hiciera insoportable y los músculos dejaran de responder a la crispación. Una flojera saturada de cosquillas de miembro dormido y de miedos de vértigo, me convirtió en pelele del viento otra vez, tal vez los dientes, o incluso los puños si aún estaban en su sitio, permane¬cieran apretados, como los párpados, cuando impacté contra la orilla seca del Mar Muerto y luego de preguntarme si tendría la misma cara de sorpresa que el enemigo, me envolvió aquella negrura definitiva...
Después, doctor, todo el ciclo volvió a comenzar.

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