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jueves, 1 de abril de 2010

Antonio Flores

(Publicado en el periódico Sierra)
Yo no conocí a Antonio Flores y nunca compré un disco suyo. Seguramente por eso, pensaba que sólo era un niño grande de mamá con pretensiones de artista. Un apellido con derecho a público por herencia. Otra víctima frívola y banal del gen de la fama, al que más que ayudarle, le podía.
Ahora, tras su muerte, oyendo hablar a los que si le conocían, uno descubre, demasiado tarde como casi siempre, que había algo hermoso dentro de Antonio. Que Antonio Flores tenía el corazón muy grande, que cabía mucha gente en él. Dicen que Antonio sufría por ello, que tenía el anhelo imperioso de darse y de recibir. De querer y ser querido. De ser él por sí mismo y de que lo aceptaran así.
Y es que Antonio Flores, el hijo del folclore, de la puerta abierta a la fama tobogán, en el fondo quería lo mismo que queremos todos. Amor. Esa palabra que ahora ruboriza y que encierra nuestro más noble y disfrazado sentimiento.
" Si no eres capaz de sacar todo lo que llevas dentro, lo que llevas dentro te destruirá". Lo leía hace poco para mí, pero hoy recuerdo esta frase de nuevo para Antonio. Porque Antonio nació con un corazón equivocado para el mundo de hoy. Con un corazón desprotegido y sin recambio, que al final se le paró porque lo usaba demasiado.
Yo no conocí a Antonio Flores y nunca lo tuve entre mi música, pero en esta mañana de su muerte siento haber perdido todas esas canciones que ya nadie podrá escuchar. Todos esos discos que le hubieran salido tan de adentro, aunque yo no los hubiera comprado.
"La muerte de Antonio Flores", trae ecos de García Lorca. De tragedia absurda que hubiera podido evitarse, de margarita marchita que quedó sin deshojar.

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