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jueves, 1 de abril de 2010

Haberlas haylas, y son atropellables.

(Publicado en diario Sierra)

A las once de anoche, después de llevar días enteros resistiendo bravamente en el interior de su pazo, Pascual no lo pudo soportar más y se precipitó al interior de su Renault Kangoo para emprender una huida frenética a la gallega.
Pascual Oubiño, natural de Pontiño, provincia de Pontevedra, localidad cercana a Campanales según se tuerce a la derecha por la corredoira, huía de las brujas. De unas meigas espantosas con nariz de zanahoria, que desde hacía casi un año asediaban su casa y su vida, acongojando su cristiano corazón y trastornando su juicio, (ya de por sí peculiar) hasta el punto de obligarlo a refugiarse en aquella carrera sin control.
Pascualiño conducía más pendiente de lo que le acechaba por detrás que de lo que devoraba entre las ruedas por delante y por eso no vio que se adentraba en Campanales, que un semáforo se ruborizaba al verle, que el paso de cebra de la plaza estaba recién pintado y que una octogenária enlutada atravesaba por él. A Pascualiño le perseguían las peores meigas de toda galicia para apoderarse de su alma, y lo único que veía era lo que quería ver. Así que creyó horrorizado que una de sus perseguidoras habíale adelantado y que ahora le cortaba el paso pretendiendo que se detuviera. De manera que Pascualiño no se paró. Aceleró más todavía apretando los dientes a falta de otra cosa y apuntó la pegatina de agip que adornaba su capó contra aquella aberración de la naturaleza.
-Era una bruja - declararía con toda la satisfacción del mundo a la benemérita rato después, cuando veintitrés kilómetros más adelante, tampoco vio una curva a izquierdas y trás encaramarse al olmo que había detrás (y que quedó como herido por el rayo y en su mitad partido) al fin se detuvo.
Pascualiño ahora esta bien. Vive en un cuarto muy limpio y luminoso, todo pintado de blanco, en el que ya no le asedian las brujas y todas las tardes, mientras juega al parchís con otros compañeros del frenopático (que a veces se comen de verdad las fichas), les relata lleno de orgullo como él sólo, una vez, atropelló a una espeluznante meiga que lo perseguía.
Y algunos otros días también, cuando se levanta un poco revoltoso y se hace el longis con la medicación, tienen que hacérsela tragar entre cuatro, o cinco enfermeros. Después lo atan a la cama un rato, hasta que le van haciendo efecto las pastillas.

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