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jueves, 1 de abril de 2010

La Barca de Maestro Juan (hasta el final)

El primer pez que mordió el anzuelo lo hizo con ganas. Una vieja de tamaño más que regular y bastante bien nutrida, engulló ávidamente la carnaza hasta el fondo de su abultado vientre negro y rojo y Maestro Juan tuvo que matarla deprisa y abrirla luego con el cuchillo en canal, para poder rescatar el engaño de las entrañas de su gula. Más tarde capturó un pequeño sargo, al que fiel a su código de tamaños, devolvió a la segunda oportunidad del agua con las agallas palpitantes de terror y, a continuación transcurrió un rato sin suerte que se le fumó el tabaco, por lo que al cabo del cual, aburrido de esperar, se dispuso a recuperar el ancla con idea de probar suerte en otro sitio. Y fue en ese momento, mientras se distraía de la caña para atender a la cuerda, cuando la suave brisa del sur se detuvo en un instante de calma, sembrando el mar de silencio y, súbitamente, el viento cambió. Una potente ráfaga del nordeste estuvo a punto de acabar con cuarenta años de idilio de sombrero y las olas sobre el agua empezaron a crecer. Algo imperceptible se cernió a continuación por encima del susto y del sombrero, vistiendo la tarde con un velo gris y, el revuelto mar se transformó violentamente en el océano furioso.
El viejo pescador, dejó de tararear sobresaltado. Apartó a un lado la caña como si de pronto le quemara entre las manos y, miró hacia arriba clavando en las negras nubes sus ojos intranquilos. Cuando volvió a bajar la vista, su cara curtida se había puesto lívida y en su semblante ya no quedaba ni rastro de la dicha que un momento antes sintiera. A su alrededor el aire de la tarde se perfumó con ozono, el agua se tornó oscura y opaca y, en la atmósfera cargada, casi pudo oír el zumbido de moscarda que producía la electricidad.
- Ahora sí que la liaste- le recriminó al cielo y, el cielo, espeso, cargado de tregua rota, le enseño que por todo el largo de la costa que abarcaba su visión, hacía ya un buen rato que no volaban las gaviotas. Con toda seguridad se avecinaba un temporal de los fuertes y Maestro Juan, llevaba demasiados años de barca y de truenos, como para no saber que una tormenta así, en el agua de su isla, se llamaba tempestad.
- Seré pendejo - se lamentó, arrancándose con un brusco gesto de angustia la cachimba de la boca. Moviéndose deprisa, cogió de nuevo la caña y comenzó a enrollar velozmente el sedal, mientras hacía un esfuerzo por tranquilizarse y pensar con claridad. El viejo Maestro Juan no estaba acostumbrado a tener que discurrir deprisa. Cada vez que un problema le obligaba a sentarse y meditar, él le prendía fuego a la pipa y se daba el tiempo necesario para rumiar las cosas a gusto, del derecho y del revés, hasta que conseguía verlas totalmente nítidas. Pero ahora ese tiempo le faltaba. La furia del océano iba en aumento, el agua aquí y allá se salpicaba de espuma, formando blancos rebaños de borregos que correteaban por la superficie y Abenchara, merced a las olas, empezaba a bailar peligrosamente, convertida en una minúscula y frágil, cáscara de nuez. Consternado por la alarma y la desazón, abrumado por el peso de la culpabilidad, el anciano Maestro Juan mandó la caña al olvido y, se dejó caer contra el fondo del bote, buscado un amparo y un respiro, en la débil firmeza de su tierra de madera. En ese momento, el cielo atormentado de lágrimas de lluvia, se resquebrajó de parte a parte con el estampido del primer trueno y, sobre la isla, la furia del océano y el mundo que los abarcaba, el firmamento rompió a llorar torrencialmente, como si antes no hubiera llorado nunca.
La tromba de agua, enseguida borró las olas rotas de la orilla y la raya lejana del horizonte, pintó el desamparo del mar de color violeta y anegó la confusión de Maestro Juan, sumiéndole más todavía en la zozobra y la desesperación. Empapado de lluvia y de miedo, agarrado con ambas manos a las bordas para evitar salir despedido de la barca, no pudo dejar de recriminarse su inconsciente y pueril osadía, mientras hacía ímprobos esfuerzos por evadirse del pánico y no empezar a gritar como un condenado. En todos sus años de marinería, jamás se le habían puesto tan feas las cosas, ni su afición y amor por la pesca, le habían llevado nunca a una tan precaria y estúpida situación. Nunca tampoco, en ninguna de sus noches, o sus tardes de melancolía, deseó tanto, como lo anhelaba ahora, ver aparecer en la distancia el regreso de aquel barco, con los tres marineros a bordo, que se fueron de su vida a medir la inmensidad.
Pero aquel barco no llegaba, el temporal arreciaba y la situación iba volviéndose más crítica con cada minuto de indecisión que dejaba transcurrir. Gigantescas olas se erguían alrededor de la barca, como infranqueables muros, poniendo de manifiesto que en cualquier momento, súbita y traicioneramente, podrían precipitarse sobre ella y sepultarla sin esfuerzo bajo el mar. Por otra parte, el aguacero que vaciaba el cielo, obligaba a la pequeña chalana, a tragar peligrosas cantidades de agua dulce, que tenía que ir alojando en su panza de riga con desalentadora rapidez y, la cuerda que sujetaba el ancla, todavía garreada en algún punto invisible de los pies del océano, podía rebasar con la crecida de una ola el límite de su máxima extensión y mandar a pique la cáscara de nuez, arrastrándola hasta el fondo. Como remate a su cúmulo de desdichas, el sol, ajeno y naranja al otro lado de la tronada, declinaba su poderío por la cuesta del día y pronto, empezaría a anochecer.
La repentina idea de que su amado bote llegara a perder el contacto con sus pies y desapareciera en el océano, sentenciándolo a perecer ahogado en medio de la oscuridad y el temporal, consiguió sacar finalmente a Maestro Juan del anonadamiento que le paralizaba, e impulsarlo como movido por resortes, en pos de la soga que terminaba en ancla. Mientras sus grandes manos calludas se afanaban y tiraban de ella hacia arriba sin descanso, se hizo prometer a si mismo, que si gracias a un milagro, lograba pisar tierra firme de nuevo, costara lo que costase y, así fuese lo último que hiciera en su vida, aprendería a nadar. No obstante en su subconsciente, Maestro Juan sabía muy bien que en una situación como esa, le hubiera servido de muy poco, o de nada, poder flotar.
Cuando el pequeño ancla asomó chorreando a la superficie y cayó al interior de la barca haciéndola resonar como un tambor, el anciano se apoderó del viejo cubo de zinc y, sin solución de continuidad, se aplicó a la tarea de achicar, el cristal líquido, que ya le cubría las pantorrillas, sin darse cuenta, hasta que fue demasiado tarde, que con la prisa irreflexiva del primer baldeo, acababa de tirar por la borda también, su única pieza pescada.
- ¡Maldita sea! - gritó, al ver flotando fuera de su alcance los restos de la vieja acanalada - Toda esta mierda y esta vaina de agua, para nada.
Sin dejar que descansara el cubo, chilló entonces un par de pecados mortales contra su negra suerte y el no menos negro cielo y luego, mirando en lontananza, intentó identificar a través de la espesa lluvia, el contorno brumoso de la isla. Si por culpa de la escasa visibilidad o por cualquier otro motivo, se desorientaba bajo aquel aguacero, estaría definitivamente perdido y, con la casi galerna que tan inoportunamente había irrumpido en su tarde de pesca, más el huracanado viento, que en unión de la corriente, arrastraban hacia el sur, todo cuanto pillaban a su paso, le iba a resultar punto menos que imposible, remar hasta la costa. En el improbable caso de que consiguiera acercarse a ella lo suficiente, comprendía que sería un disparate pretender ganar la orilla, porque olas intratables de cuatro y cinco metros de altura, estarían esperándole allí, para alzarlo como a una pluma sobre sus crestas y sus espumarajos de ira y despedazarlo contra las rompientes de las rocas. Maestro Juan estaba seguro de que, ni tan siquiera en el plácido sosiego de su cala, tendría opción a desembarcar, porque en el plácido sosiego de su cala, no podían existir ni paz, ni sosiego, con semejante mar.
Aparte de empezar a rezar todo lo que supiera, la decisión más sensata que se le ocurrió, después de cavilar un rato, fue la de bogar, dejándose ir en la dirección que imponía la corriente, con la vaga esperanza de que una vez rebasado el cabo de tierra negra, el océano estuviera menos furioso en la amplia rada que se formaba y condescendiera en dejarle arrimarse hasta la rivera de la salvación.
Sacando fuerzas de flaqueza y los dos remos que descansaban en la anegada barriga de Abenchara, orientó la proa del bote a favor de la corriente y procurando mantenerse lo más firme posible en su asiento de tablas, empezó a subir y a bajar peligrosamente, avanzando sobre las bamboleantes dunas del desierto de agua.
La noche llegó deprisa. Unos raudos minutos de crepúsculo rodaron ligeros tras la ausencia del sol y luego la oscuridad, reinó a sus anchas. El viejo pescador se sintió envolver por la penumbra y, en la sequedad de su garganta, se apretó de nuevo el nudo de la congoja. Era obvio que tenía que trabajar los remos con más ardor si quería salir de allí y acuciado por el miedo, no se entretuvo en pensárselo dos veces. Guiado por las tenues luces de la costa, los brazos ateridos por el esfuerzo y el frío, remó y rezó como no lo había hecho nunca hasta entonces, mientras Abenchara progresaba penosamente de ola en ola, hacia la lengua de Tierra Negra, partiendo a tajamar la tempestad. Y aunque la lengua de Tierra Negra resaltó contra el fondo de la noche, como una mancha mucho más oscura que la propia oscuridad, él siguió hundiendo furiosamente los gaones en el agua y avanzando, hasta que el dolor de los brazos se hizo tan intenso que dejó de sentirlos y, ya no se tuvo que preocupar más por ellos. Entonces, el cielo, dejó de llorar.
De la misma inopinada forma en que había comenzado, el llanto cesó, el silencio se adueñó otra vez del mundo y la tronada se fue marchando, envuelta en vientos y alumbrando con rayos esporádicos, trozos de la noche, cada vez más diminutos.
Desde el otro lado de la punta de Tierra Negra, Maestro Juan miró hacia Dios y respiró profundamente agradecido. Extenuado por la tensión y el esfuerzo, se derrumbó finalmente sobre sí mismo y sobre el banco que lo sentaba y, permaneció jadeante, colgados los brazos de los remos, sintiendo pesar como nunca sobre su cuerpo, la losa enorme de sus setenta años.

La media luna que se encendió en la ya madura noche, descubrió a los ojos del pescador unas aguas mucho más tranquilas y tratables. No se había equivocado en absoluto al suponer que en la pequeña rada que formaba el cabo, la furiosa turbulencia del océano, no cabía y, tenía que conformarse con ser simplemente, el revuelto mar. La luz que llegaba de la luna, abrió entre las curvas de la superficie un sendero de plata y de sombras, por el que Maestro Juan, al comprender que no entrañaba peligro y consciente de estar al límite de sus fuerzas, se dejó llevar de Abenchara, que segura en el buen camino, continuó aproximándose a la silueta de la costa, sorteando las fluctuaciones del agua con precavida tranquilidad.
Cobijándose del frío bajo la línea de flotación, el aterido anciano empezó a despegarse del cuerpo la ropa ensopada y mientras iba escurriéndola entre las doloridas manos, se sintió más orgulloso que nunca del valiente comportamiento de su barca, ya que haber logrado soportar aquel tremendo oleaje, sin irse a pique y, haberlo llevado además sano y salvo, a la protección de la cala, constituía sin lugar a dudas una hazaña admirable y muy difícil de superar.
- A poco más mi hija y no la contamos, ¿eh?.
Con los ojos entrecerrados, recuperando poco a poco el ritmo normal de la respiración, Maestro Juan se dejó guiar acunado en el balanceo del bote, hasta que el eco repentino de un cercano estruendo, le obligó a incorporarse de nuevo y a mirar hacia el final del agua, con los ojos abiertos de par en par. Entonces se dio cuenta, de que tampoco iba a poder desembarcar. Apenas a un centenar de metros, entre el revuelto mar y las negras piedras de la orilla, una bruma espumosa de olas rotas golpeaba tozudamente la tierra una y otra vez, volcando sobre ella los últimos coletazos de la reciente tempestad. Otra vez decepcionado por la adversidad de su suerte, el pescador frenó el avance de Abenchara gobernando los remos hacia atrás y volvió a separarse de las ávidas rompientes hasta una distancia prudente. Luego se echó el sombrero hacia atrás para rascarse la frente a modo y, en tanto que empezaba a asimilar la nueva contingencia, sintió por primera vez unas ganas irreprimibles de llorar.
- Está visto chacho que hoy no es mi día -se dijo tristemente, enterrando la confusión de su cabeza entre las manos.
Convertido en una mota apenas visible entre el maremagno de agua y de mala suerte, se fue haciendo lentamente a la idea de tener que esperar. Más allá de la cala y su desamparo, el océano furioso seguía empecinado rugiendo sus motivos y, en dirección hacia tierra, era evidente que no se podía avanzar más. La relativa quietud que reinaba en la rada, era por tanto la única opción inteligente que se le brindaba, a la espera del sosiego de la mañana, con el que presumiblemente Abenchara, podría arribar a alguna playa.
Disponiéndose a pasar el resto de la noche lo mejor posible, un resignado Maestro Juan mandó otra vez el ancla a la búsqueda del fondo y luego de cerciorarse que estuviera bien sujeta, trató de acomodarse lo mejor posible y por enésima vez, en el reducido espacio de la brava chalana. Cuando hubo conseguido algo parecido a lo que quería, rebuscó por entre los bolsillos del pantalón, la compañía de su cachimba.
La primera punzada de hambre, le sorprendió contemplando las dispersas luces de la isla y la cálida, engañosa tranquilidad, que emanaba de ellas. Se le antojaba completamente absurdo que estando tan cerca de su brillo como parecía estar, al mismo tiempo se supiera tan remotamente lejos de poder alcanzarlo. Acordándose entonces del pez desperdiciado por la borda a causa de su nerviosismo, no pudo evitar recriminarse una vez más la atolondrada reacción que le había llevado a aquel ayuno involuntario, así como el otro impulso anterior, con el que aparte de perder los aperos de pesca, había eliminado también la posibilidad de conseguir nuevo alimento.
- Si al menos no hubiera tirado la caña -se dijo- ahora tendría algo que hacer.
Conformándose con seguir vivo aunque fuera de milagro, continuó fumándose la pipa sin humo que la humedad no le dejaba prender y, mientras escuchaba el chapoteo del agua golpear el costado de la barca con infantiles besos de ventosa, se fué dejando vencer por el sueño y el cansancio, hasta que apoyando la cabeza en la almohada de su brazo, se arropó con el cielo cuajado de estrellas y se durmió soñando que nacían ensaladas enormes en el centro de su huerta. Por segunda vez en el mismo día, el viejo Maestro Juan había cometido un gravísimo error.

Durante el tiempo que estuvieron germinando ensaladas oníricas en su hambre despierto, el océano furioso aplacó su ira hasta hacerse revuelto mar y, el revuelto mar de la ensenada, se volvió agua suave y silenciosa. Las olas rotas de la orilla se partieron en menos trozos al llegar y la cautela que Abenchara acostumbraba, se relajó también confiada en esa paz. Más tarde se apagó la media luna, después el lucero del alba se extinguió, confundido en la creciente claridad, y las primeras luces rojizas del amanecer, comenzaron a asomarse tímidamente, por el borde de un océano Atlántico, pacífico, pero resacoso.
Maestro Juan se despertó ensordecido por el silencio, preguntándose medio alelado todavía, en donde se habrían metido las gaviotas. Le extrañaba sobremanera que no armaran el alboroto de todas las mañanas y que, Bardino, tampoco anduviera ya, como solía hacer a esas horas, despabilándole los pies a lengüetazos. Por eso, cuando abrió los ojos y se encontró con que en lugar de la familiar pared de adobe de la choza, sólo había una tabla de madera frente a su nariz, permaneció mirándola perplejo durante unos instantes, esforzándose por tomar conciencia de sí mismo y averiguar donde se encontraba. Notaba la ropa húmeda, molestamente pegada a la piel y le dolía espantosamente todo el cuerpo, como si en lugar de dormir hubiera pasado toda la noche peleándose con alguien. Sentía además, un vacío hambriento con regusto de ensalada en el cielo del paladar, y tenía una sed atroz. Con todo y con eso, lo que más llamaba su atención y al tiempo, maravillaba y confundía, de aquel raro amanecer, era la absurda, la incomprensible sensación, de que su camastro de palmeras no sólo estaba más duro de lo normal, sino que además, se balanceaba de un lado para otro como si estuviera navegando en su cáscara de nuez.
Con la velocidad de un relámpago, la memoria pareció explotar entonces dentro de su cerebro y el pescador se despabiló de golpe, volviendo en un susto a su realidad. Entonces un aciago presentimiento, cruzó como una flecha amarga la puerta de la sospecha y sus dos corazones se encogieron a la vez. Olvidado del dolor que entumecía su cuerpo, mucho más que simplemente alarmado por aquel silencio aterrador, se irguió poniéndose en pie de un salto y empezó a mirar ansiosamente en todas direcciones, girando sobre la cama navegante con frenética rapidez. Y eso fue lo último que hizo, porque cuando luego de mirar y remirar no encontró lo que buscaba, siguió como ido, dando vuelta tras vuelta con los ojos desorbitados y la sangre parada en las venas, sin querer aceptar lo que ya entendía. Y así prosiguió volteándose enajenado, como si nunca fuera a parar, hasta más allá del mareo y, hasta mucho rato después de haberse rendido finalmente a la evidencia, de que su ancla le había traicionado vendiéndole al capricho de la resaca y de que por su culpa, la lejana raya del horizonte, se había vuelto redonda.
La isla, su esperanza y el mundo que las abarcaba, habían desaparecido.

Abenchara apareció treinta y tres días más tarde frente al islote de Lobos, volviendo de la deriva por el mismo rumbo que llevaba la patrullera del guardacostas. Venía sin tripulación, un poco escorada sobre el peso de un remo, y en su interior no encontraron nada, salvo un gastado sombrero de paja, que todos identificaron como perteneciente a la cabeza de Maestro Juan. La consternación que produjo la noticia entre las gentes de la isla, hizo que muchos empujaran sus barcas al agua y organizaran largas expediciones de búsqueda, de las que todos regresaron al cabo de un tiempo, con los ojos cansados y sin nada que enseñar. Los comentarios de Lanzarote, siguieron hablando mucho de él durante unos días y después como es lógico, poco a poco fueron surgiendo nuevos temas para charlar. A los más ancianos les costó algo más de trabajo encontrarlos, porque negándose a la evidencia, tardaron algún tiempo en ponerse de acuerdo, sobre si el viejo pescador se habría topado con el barco de los tres marineros, o si por el contrario, cansado ya de aguardarlo, habría preferido marcharse con los peces amigos de la segunda oportunidad. Cuando finalmente las autoridades lo dieron por desaparecido y los otros pescadores lo dejaron de buscar, fueron ellos quienes llenaron con piedras la barriga de Abenchara y, quienes, en un entierro simbólico, la hundieron en el centro sosegado de la cala, donde pudiera ser hallada, por si algún día Maestro Juan regresaba del misterio y la quería rescatar. Pero Maestro Juan nunca volvió del misterio y la flaca memoria de las gentes, distraída por los continuos avatares del mundo turbulento de hoy, se olvidó muy temprano del viejo solitario de la pipa y la huella descalza de aquel hombre, a quién el capricho poco gentil del océano furioso no quiso corresponder con una segunda oportunidad, dejó de hollar camino para siempre y acabó por borrarse, con su historia, de la arena de las playas.
Solamente algunas veces a la hora del crepúsculo, mientras el esplendor del sol desaparecía y las primeras sombras de la noche, empezaban a dibujar fantasmas entre las piedras de la orilla, un perro famélico y vagabundo, bajaba trotando por la furia olvidada de un volcán hasta el sosiego de la cala y después de perseguir un rato a su hocico, husmeando de acá para allá como si buscara, se tumbaba en el tibio secreto de una roca con los ojos puestos al final del horizonte y, escuchando el complicado monólogo del agua, esperaba y esperaba.

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