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sábado, 1 de mayo de 2010

Lo que trajo el tren

Publicado en el La revista Apuntes De la Sierra
Desde que en el gracioso año de su majestad (don Felipe IV) de 1 630, doña Ana Hurtado de Mendoza de la Vega y Luna, sexta Duquesa del Infantado...y entre otros muchos títulos, Señora del Real de Manzanares, otorgara el privilegio y posesión de la carta de villazgo a Collado Mediano, así como a otros cuantos pueblos limítrofes que dependían de el Real, los nuevos villanos, que desde hacía días danzaban por las primeras páginas de su independencia, se aprestaron jubilosos a nombrar alcalde, instalaron en la plaza con gran pompa y ceremonia la horca y la picota como era menester y después siguieron a lo suyo, viviendo pacíficamente en la edad media, hasta que en el año 1 888 y en otro día no menos memorable, apareció pitando tras la tapia del cementerio una escandalosa máquina que echaba humo.
El tren había llegado a Collado Mediano, por primera vez y sin un sólo minuto de retraso. Doscientos carrilanos, hombres forjados con maza y barreno, pendencieros y peligrosos, a los que su capataz había de hablar pistola al cinto, habían trabajado diez duros años para llevarlo hasta allí en aquella mañana y cuando semanas más tarde prosiguieron su camino de hierro hacia los Molinos, Cercedilla, y los montes de Siete Picos, la historia del pueblo había sido cambiada para siempre.
Por esa época, según reza en su entrañable libro de Collado Mediano, don Fernando González Bernáldez, la economía del pueblo no es que fuera muy boyante y a menudo se solían comer sopas de aire, patatas unas con otras y mucha gente tenía por costumbre comer antes de desayunar. Estas escaseces tampoco es que acabaran de un día para otro con la llegada del tren, pero sí podemos decir que fue el primer paso hacia el variado y merecido menú que se disfruta hoy no sólo allí, si no en todo el ámbito serrano.
Las diversiones hasta entonces tampoco eran muchas. Básicamente consistían en dar azotainas a "culo visto" en la Poza del Maillo, a las chicas que ese año pasaban a mozas, entrando así en edad casadera, lo que les permitía lucir el pelo recogido en los bailes, mientras que las chicas se tenían que conformar con llevarlo suelto o en trenzas. Por su parte los mozos noveles, pagaban el vino de un convite a los que ya lo eran, so pena de acabar en el pilón y a partir de entonces, adquirían la potestad de zurrar con el cinto a los chavales que salían de su casa por las noches. El resto de festejos, divididos en ocho días, se destinaban a la patrona, al patrón, a las casadas, a los casados, a los pastores y a los cabreros, y todos iban acompañados de misa y de bailes de gaita y tamboríl, que se efectuaban bajo la complaciente mirada del patrono. O sea, de San Ildefonso.
La luz eléctrica llegó algo después, en 1 917, y aunque con gran decepción descubrieron que era muy cara (2,30 pts por bombilla y mes) y que encima no servía para encender los cigarros, sí sirvió en cambio para que, unida al tren, al poco se estableciera en el pueblo la primera colonia de veraneantes, con lo que definitivamente una nueva industria se abrió paso hasta las cocinas y empezó a llenar los pucheros.
Atrás fueron quedando poco a poco las hambrunas de la guerra, las demoledoras jornadas en las canteras de granito, las interminables búsquedas de trabajo de pueblo en pueblo, las tediosas, ingratas labores de campo bajo el frío o el calor. Atrás quedaron los madrugones de vaquero, las solitarias caminatas tras los pastos con las cabras y las ovejas. Atrás los montes pelados y las berzas. Atrás quedaron la enfermedad y la incultura, la inseguridad y la desigualdad social. Atrás quedaron las viejas casas de piedra, bonitas, pintorescas por fuera, pero gélidas y sin condiciones por dentro... Atrás.

Hoy el tren parece que siempre estuvo ahí. Que siempre llegó puntual los fines de semana, para hacer brotar de sus tripas un colorido aluvión de excursionistas, que se diseminara por la geografía serrana mochila al hombro. Que siempre hubo veraneantes y urbanizaciones con piscina. Que Madrid siempre estuvo a una hora de distancia y que a cada rato llegaron vagones desde todos los puntos de España, trayendo lo último y lo mejor.
Así que cuando hoy en día ve uno tiendas surtidas de todo lo necesario, abastecidas de toda clase de artículos y alimentos, y hasta oye que alguien protesta porque el pescado no está lo suficientemente fresco, se acuerda de que hubo un tiempo no muy lejano en el que todo aquello parecía sólo un sueño. Una quimera imposible, que nadie se atrevía a pensar y que muy pocos soñaban, porque un sueño de locos es lo que les pareció a todos que era, aquello que una buena mañana llegó en tren para hacerse realidad.

1 comentario:

  1. Es difícil ponerse en la piel de alguien que vivió otro tiempo y otro mundo. La sucesión de las generaciones facilita los cambios, sobre todo si son hacia la mejora de la calidad de vida, hasta el punto de caer en el olvido tiempos pasados. Se agradece el recuerdo y el relato ininterrumpido del observador varias veces centenario.

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