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viernes, 28 de mayo de 2010

Crónica del Pozo

El autor advierte de que el contenido y el lenguaje empleado en esta crónica, pueden herir la sensibilidad del lector.
I
La noche que Rafael Díaz, alias Lefo se tatuó el logotipo de Chupa Chups en la piel del prepucio, iba pensando que con eso ya podía dar por concluida la obra de arte que durante años había venido perpetrando contra su propio cuerpo.
-"Dudo mucho Tron, –era la primera frase suya que tenía apuntada en mi bloc de notas- de que tanto en el arrabal aquel en que vivíamos cuando yo era un nano, como en el otro al que poco después nos trasladamos cuando mi vieja conoció a Chulo Galiana, hubiera un solo centímetro cuadrado de acera en el que no hubiera escupido, vomitao, meao, cagao, o sangrao algún pringao alguna vez. Y hacía bien El Chulo, qué coño, en darla de ostias a mi vieja por meterse a puta siendo tan fea y por tener la ocurrencia de haberme parido en una ful de sitio como ese. "
Y es que así, como una colilla más entre los desperdicios de la acera de un barrio sin aceras de Madrid, había brotado de un día para otro Rafael Díaz, alias Lefo, que descalzo y mocovela, desapercibido entre la demás inmundicia, había logrado crecer lo suficiente como para ponerse en pie por sus propios medios y darse cuenta de que el mundo continuaba más allá del arrabal. Fuera de él, enseguida descubrió también por sus propios medios que la vida no era igual en todas partes, que había otras calles de aceras limpias y que existía algo llamado Normas de Convivencia, que no iban con él. Él era una colilla más tirada al suelo y tras los lógicos encontronazos con el orden establecido que fuera de aquel alfoz imperaba, no había tardado en convencerse a sí mismo de que en realidad era un privilegiado que podía presumir de vivir en un submundo llamado Charco del Perro, donde no existían más normas de convivencia que la de no inmiscuirse en los asuntos de los demás y la de solucionar los problemas sin jueces, ni policías.
-"Yo sí que nací en un Pozo de puta madre Tron, o sea, y no en una ful de pozo, como ese del Tío Raimundo, que es un pozo pa señoritos y pa gitanos con merce-des. Que va. Yo, Tron, soy del único y auténtico pozo de la mierda, osá, directamente, ¿Mexplico? Yo nací en el Charco del Perro, donde lo único agradable de la vida ocurre cuando te duermes tan colocao, que ni siquiera sueñas con todo lo que te falta ¡Y puta chiripa la mía! –seguía felicitándose- que hasta en un sitio de chamba como ese fui a nacer en el mejor sitio posible ¿Sabes dónde Tron? pues a mitad de camino entre la chabola de lata de bidones que tenía mi vieja y la de contrachapado y uralitas, de una que sabía de comadrona. La mu colgá de la vieja se creyó que le iba a dar tiempo a llegar, pero se equivocó. Mi vieja es que además de puta y fea siempre ha sío un poco gilipollas, ¿sabes? El Chulo Galiana, que tiene más gracia que darle una ostia a un cura, me dice siempre que la perra de mi madre me cagó en la acera, que es donde cagan los perros ¿Sabes cómo te digo, no? En la puta acera que no era ni acera, de la puta calle que no era ni calle, sino namás que tierra sucia y potas de borracho ¡Menuda pringada de vieja, la mía, ¿qué no?¡ Por eso dudo mucho Tron que haya por ahí otro punk más auténtico que yo. Ni el mismísimo Sid Vicious se hubiera podido montar un nacimiento más dabuten, porque un punk debe ser un pringado desde que lo cagan, hasta que lo pisan y no debe descollar nunca, ni siquiera por encima de los lapos de las aceras. Un punk es un eructo en la mesa y un pie sucio metido en el agua del baño de un bebé. Esa es la esencia del orgullo punk. No sólo estar en la mierda, sino serla..., y hacer lo que de te de la gana, claro. Y yo hago lo que se me pone en lo güevos y soy una mierda auténtica Tron, una más de las muchas que se pisan si no miras, y por eso el día que la espiche quiero que me dejen tirado en la acera como la mierda de perra que soy hasta que venga la motocaca y me lleve al vertedero municipal. Mientras tanto, nadie notará la diferencia cuando me pise".
Así hablaba de su vida a los veintitrés años de edad Rafael Díaz, alias Lefo, mientras cumplía una condena de dos años y medio en la tercera galería de la cárcel de Soto, y fueron muchas las tardes que pasé con él en aquella celda de paredes salpicadas de desidias, oyéndole recitar su vida como una letanía, como si se la contara a sí mismo para recordarse mejor, o como si por primera vez y a través de la introspección a la que le obligaban mis preguntas, tratara de entenderla. Fueron muchas las tardes que le oí desgranar su mundo de sordidez con la voz del hastío y la sin prisa del condenado, antes de que un buen día, sin previo aviso y como si por el mero hecho de haber cumplido ya la mitad de su condena estuviera realmente preparado para ser reintegrado poco a poco en la sociedad, le fuera concedido un permiso de tres días para ir a pasar la navidad con su madre, y yo me quedara sin historia. Me alegré por él y lo sentí por mi libro, pues desde ese preciso instante ni yo, ni la prisión, le volveríamos a ver la cresta del pelo. Ni siquiera traté de buscarle y no quise aceptar a los otros presos que el Director me ofreció entrevistar a cambio. A esas alturas el protagonista indiscutible de mi libro era el Lefo y por nada del mundo iba a dejar que se contaminara su personaje haciendo mezcolanzas. Opté por dejar dormir la historia y dedicarme a otros proyectos, hasta que seis meses después, recibí una llamada telefónica de alguien que me aseguró conocerle, haberle visto recientemente y saber dónde se encontraba en ese momento. Se trataba nada menos que de su madre y lo que me dijo exactamente fue que los hombres del Concejal Rejón, se lo habían llevado a la fábrica de gallinas.

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