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sábado, 15 de mayo de 2010

Pec@dos Postales II

LA ELEGIDA
Lucía llegaba tarde. El atasco, la despistada dependienta de aquella boutique que no se aclaraba para cobrar con una tarjeta, ¡las siete y cuarto! Giselle, la canguro, debía estar acordándose de todos sus muertos, pensando que se perdería otra vez la clase de arte dramático por su culpa. Y con esta, ya iban tres.
Aparcó donde pudo, entró como un tiro en el portal sin reparar en Feliciano, el portero físico que tanto vestía y que en ese momento se entretenía en borrar huellas de dedos del cristal de la puerta y se metió en el ascensor, maniobrando como un juguete mecánico de los que se chocan y dan la vuelta.
-Perdone que no la ayude doña Lucía, pero es que me ha pillado usted con el trapo en la mano.
No quiso llamar al timbre. Abrió con sus llaves y soltó enseguida el cargamento de paquetes en el armario de los abrigos, más por que no los viera Giselle, que por el peso. Cuando entró en el cuarto de estar, se encontró a esta de pie, con el agobio puesto.
-Holaperdonaeltráfico, ya sabes...empezó con la retahíla de disculpas habitual , pero su impaciente canguro no estaba para originalidades.
-Oye, o le enseñas a tu hijo buenos modales, o no vuelvo. Ha estado toda la tarde insoportable, no ha querido merendar, ha pegado a una niña en el parque, ha pasado olímpicamente de hacer los deberes y no ha dejado de llamarme guarra, puta, bocamierda y cosas por el estilo en todo el rato.
Lucía le contestó con tres muecas encadenadas, una de desesperación, otra de compasión y una última y más marcada, de impotencia, mientras empezaba a explicar algo sobre lo nocivo de ciertos programas de televisión. Borjita, cinco años, cara de consentido integral, apareció corriendo desde el fondo del pasillo y se abrazó a la pierna de su madre como si por fin se hubiesen dignado devolverle algo de su exclusiva propiedad. Giselle lo fusiló primero con la mirada y a continuación le apuntó severamente con el dedo.
-Acuérdate de lo que hemos hablado muchachito, si quieres que sigamos siendo amigos.- y luego para su madre dijo- Bueno, me piro que llevo la hora pegada. Si sales el viernes, vengo, pero el sábado no puedo.
Ya se iba cuando al salir al recibidor recordó algo más.
-¡Ah! El portero ha subido este sobre para ti hace un rato. Decía que no cabía en el buzón y que por eso lo traía. Giselle le tendió el abultado sobre que acaba de recoger de la mesita de la entrada y después salió definitivamente con un suave cloc. Nada más escucharlo, Borjita empezó con uno de sus habituales interrogatorios.
-¿Y por qué no venías? Di, idiota. –su tono era ofendido y ofensivo, el del amo mal educado que le pide explicaciones al esclavo pillado en falta. Desde que Lucía se había divorciado de su padre, año y medio atrás, este solía ser el tono de su discurso habitualmente.
-Porque estaba trabajando Borja –dijo cansinamente ella dejando la carta sobre la mesa del comedor- Mamá tiene que trabajar para ganar dinero y poder comprarte cosas bonitas. –y enseguida cambiando el tono por otro mucho más entusiasta, le dijo- ¿Quieres ver lo que te he comprado hoy? Ven, ya verás que bonito -Lucía arrastró a su hijo, hasta el armario del recibidor y allí le alargó un par de paquetes que el niño cambió por su pierna de mala gana y con brusquedad. Una vez en su poder los abrió a zarpazos, disfrutando, recreándose más de lo necesario con el estropicio del papel para dedicar luego a su contenido apenas unos segundos. Lo uno era un polo de rayas y lo otro unas zapatillas deportivas multicolores.
-No me gustan-los despreció, arrojándolos al suelo sobre los papeles y echando a andar con decisión hacia la cocina, como si la cocina estuviera en el fin del mundo y él no pensara volver nunca más de allí de tan ofendido como estaba.
-¡Pero qué dices, hombre! –le persiguió su madre tras recoger el desparrame del suelo- si son preciosos y vas a estar guapísimo- Las zapatillas me han costado un ojo de la cara. ¿Las has mirado bien?. Son las que tú querías. -Y a mí que me importa, bocamierda. Ya no las quiero.
Lucía resopló y miró hacia el techo buscando allí paciencia adicional.
-No digas eso. Sabes que no me gusta que me hables así. Y tampoco me gusta que insultes a Giselle. Ella es buena contigo y si la enfadas no querrá venir a cuidarte ¿Quieres quedarte solo cuando yo no esté?
Borjita frunció las cejas y se le posó entre ellas un arrugado instante de preocupación. Le aterraba quedarse solo sin nadie a quién torturar. Su madre, entonces pensó que a lo mejor se había pasado.
-Anda ven aquí -tendió la mano conciliadora- vamos a probarnos las zapatillas.
-¡No! – volvió a rechazarla el niño, echando a correr. Lucía intentó asirlo y él la esquivó ágilmente para ir a chocarse contra la puerta del frigorífico que se quejó con angustiosos tintineos de vidrio intestinal.
-¿Ves?. Ya te has hecho daño. –Se apresuró Lucía a levantarle. Pero Borja no se había hecho daño, así que se puso en pie por su cuenta y salió disparado hacia el cuarto de estar, iniciando una persecución que empezó con amenazas y advertencias y terminó llena de risas y resbalones de alfombra, en el sofá. Allí por fin, se probó las zapatillas.
Rato después, Borja entraba con sus deportivas nuevas en la cocina, donde su madre miraba distraída a través del humo de una taza de té con leche y enseguida la sacó de su ensimismamiento abriendo y cerrando bruscamente la nevera y luego el cajón de los cubiertos, del que extrajo un tenedor para clavárselo por dos veces a la tapa del petit-suisse de chocolate que primero había sacado del sufrido frigorífico. A continuación estrujo el envase y empezó a lamer los rizos de chocolate que asomaban por los poros abiertos.
-¿Por qué te lo comes de esa forma? ¿No lo puedes hacer con una cucharilla como todo el mundo?-Le recriminó Lucía amablemente.
-A mí me gusta así- fue la seca respuesta del niño- que volvió a apretar el envase retadoramente y luego abandonó la cocina en dirección al cuarto de estar. Allí se repantigó a sus anchas y empezó a ejercitar el dedo sobre el mando a distancia del televisor, cuyos botones aparecían recubiertos por varias capas de chocolate y grasa de patatas fritas. Cuando encontró una de tiros, se detuvo. Al rato, entró su madre mordisqueando una galleta integral.
-Me ha dicho Giselle que hoy tampoco has querido hacer los deberes ¿Quieres que los hagamos ahora, juntos?. Borja, no contestó, siguió mirando para la pantalla, haciendo caso omiso. Lucía se lo preguntó dos veces más con idéntico resultado.
-¿Quieres que hagamos palomitas? – Preguntó entonces, en tono irónico.
-¡No! –berreó literalmente el niño esta vez, haciéndole dar un cómico respingo. Sin embargo Borja no se rió.
-¿Por qué estás hoy tan enfadado? ¿Te ha pasado algo en el cole? –Quiso saber Lucía ensayando una voz conciliadora y melosa. Borja, por toda respuesta le dedicó una cara de infinito fastidio- El otro día decías que los niños eran todos idiotas. ¿Ya vais siendo más amigos? –Lucía se sentó a su lado en el sofá, Borja se apartó hacia el extremo opuesto. –¿No me vas a contestar? Insistió ella.
-¡No! – abrió por fin la boca, para decir lo de siempre, pero esta vez con un tono de supremo hastío. En los pocos años que llevaba hablando había conseguido imprimir a este monosílabo una enorme variedad de matices. Difícilmente podía sacársele más jugo al idioma con menos letras. Lucía se aproximó a él y le puso una mano blanda en la cabeza.
-¡No me toques!- La rechazó con un esquivo manotazo.
-¡Pero por qué estas así? –Lucía trató de atraerlo hacia su regazo, de cambiarle el humor haciéndole cosquillas pero él reaccionó y se zafó pataleando contra su pecho y su cara con fuerza desmedida.
-¡Déjame bocamierda!.
En vista de ello su madre desistió, levantándose.
-Está bien. Veo que estas hecho un tonto y paso de ti.
-Y tu tienes cara de mierda –le enseñó la lengua hasta darse con ella en la barbilla.
-Borja. Que no me hables así. ¿Te quieres bañar?
-No.
-Yo me voy a bañar. ¿No quieres venir a leerme cuentos mientras tanto?
-¡Nooo!
-Anda tonto. Así después podrías ayudarme a probarme un vestido que me he comprado yo también. Quiero que tú me digas si me ves guapa con él, o no. ¿Vienes?
-No, no quiero, cara culo.
-¿Pues sabes lo que te digo? Que eres un tonto y un antipático y que ahí te quedas.
Cuando Borja vio que su madre se marchaba, se puso en pie de un rabioso y despechado brinco sobre el sofá.
-¡Y tú eres una gorda foca puta de la mierda de tu culo!
Esta vez Lucía se quedó clavada en seco y se volvió hacia él con los ojos del psicópata al borde del descontrol. En dos zancadas pegó su nariz contra la del niño, que no obstante sostuvo la suya retadora, rayántemente.
-Borja, -le masculló añadiendo a sus mejillas unas pecas adicionales de partículas de galleta y de rabia contenida -si me vuelves a llamar gorda, te rompo la cara.
Y no fue hasta entonces, al abandonar el salón camino de la bañera, cuando volvió a reparar en el sobre que había dejado encima de la mesa.

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