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martes, 25 de mayo de 2010

La Memoria del Elefante (II)

África no sabe leer, pero tiene memoria de elefante.

Buba, el Hombre Memoria, había estado en Europa cuando sólo era Buba y había visto el futuro. El confortable futuro que según él aguardaba a su pueblo en un plazo de tiempo más o menos impredecible, pero certero, y el que según yo, no les llegaría nunca, o al menos, no, como ellos se lo imaginaban. Una vez desentrañado el misterio del progreso, Buba a secas, había regresado a sus raíces, se había convertido en hechicero y con el tiem-po, se había transformado en Buba el Griot, el sabio contador de historias del pasado y del futuro, que al igual que su padre y antes su abuelo, compendiaba toda la historia y sabiduría de su gente.
"África no sabe leer y sin embargo conoce los detalles de innumerables sucesos. Recordar y contar, son necesidades esenciales para nuestra historia. Por eso, cuando muere algún Griot, es como si ardiera una biblioteca "
Aquellas frases que había leído sobre los contadores de cuentos africanos en el Quilici, retratan a la perfección el espíritu que embarga al sabio Buba. Alto, de miembros largos y parsimoniosos, con más hueso que carne y no tan fuertes como membrudos, Buba cuenta sus historias con la voz redonda y marrón del ensalmo. Cuando yo lo conocí, su cara ya tenía esa edad escurridiza entre los cincuenta y los setenta años, que tienen para los blancos algunos rostros africanos. En realidad, hasta él mismo había perdido la cuenta en el ínterin.
• "No importan los años que uno tiene, sino lo que ha hecho con ellos, Blanquito. Haber vivido más años que los demás no encierra mérito alguno si no han sido bien aprovechados."
Buba, al igual que su padre y antes su abuelo, necesitó largos años de aprendizaje para poder ser biblioteca, tuvo que ir de boca en boca con los oídos alerta y viajó hasta encontrar el lugar donde están todas las palabras que se fue llevando el viento. Cuando al fin se doctoró, dejó para siempre su tierra y se marchó a sembrar sus historias en la memoria de la gente. Ahora, bajo la acacia en la que vive a las afueras de Mwanza, pregona también el devenir de los nuevos tiempos, tirando al aire unos huesos mágicos que le permiten calcular mucho mejor que con la radio el impacto de los acontecimientos venideros.
• "Amanecerán días confusos, nacerá un ñu con tres cabezas y lloverá durante mil años en el desierto. Para entonces Pemba, el pensamiento continuo, la palabra eterna, estará cansado de su soledad y querrá fabricarse un compañero. Envolverá con saliva de mono un balbuceo y se lo dará en custodia a Faro, su doble visible, para que lo convierta en un murmullo continuo y lo esparza sobre las aguas. Cuando el murmullo se interrumpa nacerá Musso Koroni, el hombre sin color, que será rebelde y querrá hacer lo mismo que Pemba. Construirá un hombre incompleto de barro y orgulloso, se lo mostrará. Mas Pemba al verlo, odiara a Musso Koroni y no pudiendo contenerse lo asirá por el cuello y se lo apretará. Arrepentido, Musso Koroni emitirá sonidos confusos, que serán las primeras palabras pronunciadas otra vez sobre la tierra. Entonces el mundo empezara de nuevo y el hombre blanco volverá a la casa del hombre negro y de su relación nacerá la cebra. Pero esta vez no será blanca con rayas negras, sino al revés. "
• Amén ¿Lo ves Buba? Dios aprieta pero no ahoga. Si no, no podría apretarnos otra vez.
• El único Dios que Buba conoce, su única inspiración, es Pemba y ese somos todas las cosas, porque Pemba es el centro de todo y todo cuanto le rodea. En el centro justo del calor el fuego no quema. Hacia el centro justo de la luz se puede mirar sin daño. En el mismo centro del frío está el calor, igual que en el centro del calor habi-ta el frío. De la misma forma que en medio de la oscuridad hay luz y viceversa. Y todas las cosas habitan un mismo centro y sólo uno. Y sólo ahí. Un poco más allá el fuego ya quema y la oscuridad es ciega. Un poco más lejos, la luz no se puede mirar y el frío se llama hielo.
La acacia de Buba se encuentra siempre con la puerta abierta a un kilómetro escaso del hotel Standford por el camino de tierra pisada que lleva a Ubam-balá, la montaña roja de los rinocerontes azules, a los que nadie se ha encontrado todavía. Hasta ese árbol en tierra de nadie, llegó el Griot huyendo de la peste rápida que asolaba Mali y según él, aquel enorme árbol le había prometido redirigir la circulación del aire y esparcir mejor su voz a los cuatro vientos, si fijaba su residencia bajo su copa.

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