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sábado, 15 de mayo de 2010

Yo soy (Monologos del loco...) II

A Napoleón Bonaparte, que fue
el primero que se creyó que
era Napoleón Bonaparte.

I
Al principio todo era una sensación espesa, la vaguedad de una nebulosa primitiva, básica, formada por clarioscuros de consciencia inconsciente que me envolvía, o a la que yo abarcaba. Sin tiempos mensurables, sin puntos de referencia, sólo espasmódicos ser y no ser a ratos, un tener ego para al instante siguiente perderlo y sumirme de nuevo en el olvido de mí mismo. De eso que aún no sabía, era mi existencia.
Más adelante, -intente seguirme doctor- los ratos de esta sensación divergente dejaron de transcurrir al cincuenta por ciento y los momentos de consciencia se fueron imponiendo a los de inopia absoluta. Aun así, todo se limitaba a un mero instinto primario, a ligeras variaciones de temperatura y humedad en la superficie de mi cuerpo, de cuya forma, tamaño o peso, no tenía noción alguna. Ni siquiera tenía noción de ser un cuerpo, un tamaño, o un peso. No necesitaba hacer nada, pedir nada, querer nada. Una fuerza blanda y tibia, una energía tierna y protectora, asumía cualquier necesidad por mí y me la proporcionaba. Dependía de ella y a ella me confiaba en la seguridad del instinto. Por eso, me costaba trabajo discernir entre ambos y saber donde empezábamos uno y otro. En qué instante de que tiempo y en cuál espacio, yo había dejado de ser algo que crecía de su cuerpo y había empezado a ser ego a sus expensas.
Esto, claro, comprenderá usted, era un acertijo que aún no podía resolver. Un abracadabra que ni siquiera me podía plantear, pero que paradójicamente ahí estaba. Existía por si solo en una entelequia sin palabras. Aparte de él, ningún otro sentido tenía a mi servicio, ningún concepto o conclusión me asistía, salvo esa endeble certidumbre de haber empezado a ser, de estar en el sitio correcto, sin otra misión que la de ser egoísta para crecer y esperar pacientemente, meciéndome en los vaivenes de la nebulosa protectora, hasta que llegara el momento de poder hacer algo por propia voluntad.
Supongo que hasta aquí todo era normal y corriente en mi gestación, todo era previsible y programado, en la medida que lo eran estas cosas en el año sesenta y tres, pero había algo más. Una intuición inconcreta que se abría paso, transcendiendo de la víscera y de la mera función orgánica, confiriéndome la facultad de darme cuenta de todo, hasta de los ratos de inopia, como si aparte la lógica, poseyera otra consciencia espectadora paralela. Gracias a ella intuía lo que era. Intuía donde me encontraba y que tarde o temprano saldría de allí, comprendía que no podía hacer nada para acelerar el proceso que me vinculaba a aquel cordón umbilical y comprendía, además, que no era normal que supiera todo eso.
A medida que fue transcurriendo el tiempo, el espacio que me cobijaba y en el que parecía flotar ingrávido, se fue volviendo más y más angosto y los ratos de inconsciencia se fueron reduciendo hasta tornarse esporádicos. De forma casi obligada, esto me brindaba una gran cantidad de momentos ociosos que yo no sabía muy bien como emplear. Aparte de hacerme las consabidas preguntas de: ¿Cómo será el exterior? ¿Para qué estará ahí? ¿Adónde me llevará cuando salga?, es decir, aparte de imaginarme la imaginación, no podía hacer gran cosa más. Día a día notaba que mi cuerpo se perfeccionaba, ensamblándose en infinitas cadenas de elementos minúsculos que formaban otros elementos mayores que, a su vez, se ensamblaban infinitamente hasta completar un simple eslabón más, diminuto, complejo e independiente de la gran cadena cósmica. Entonces sabía y sabía también que más adelante yo sí lo recordaría, que todo aquello no era más que un círculo cuyos extremos en ese momento, se tocaban en mí. En ese punto yo era el principio y el final de la existencia, el ciclo completo entre el ser y el no ser. Estaba en el centro del todo, asomado al borde de la nada y el universo entero cabía en mí. Esto lo comprendí de pronto con un violento espasmo que vino a interrumpir uno de los escasos ratos de inopia y que fue seguido de un extraño retumbar de vibraciones que no procedía de fuera, sino del interior de mi ser. Una especie de convulsión, que puso sonido al ritmo de las pulsiones que me acompañaban desde el principio. En ese mismo instante, supe que aquellos rítmicos retumbos no dejarían ya de acompañarme mientras durara mi existencia y que el día que cesaran, esta terminaría.
Ahora sé que aquello fue lo primero que me dijo el corazón en esta existencia y que después no volvió a decirme nada más, hasta que llegó el momento de salir y tratar de resolver todas aquellas dudas que tenía.
Por alguna razón que no recuerdo, a última hora quise no tener que hacerlo. Quizá por miedo, me resistí y deseé quedarme envuelto en aquella seguridad íntima, permanentemente. Y eso que para entonces el feto, o sea yo, aún no sabía cómo se llamaba lo que sentía pero se aburría soberanamente en su universo placentario. Llevaba aburrido ya un buen tiempo y por hacer algo se puso a jugar con el cordón umbilical, lo fue siguiendo, tirando de él hasta que llegó al final, donde se topó con una pared blanda y flexible, a la que pese a propinar varios golpes y empujones con sus manos recién formadas, no pudo derribar. Aquella era una pared muy resistente, acolchada y blanda, pero muy resistente. Sin otro divertimento, el fetoseayo, se entretuvo entonces en colgarse del cordón y columpiarse por su universo amniótico desde esa pared mullida hasta otra pared igualmente mullida y luego de regreso. Así lo hizo unas cuantas veces, hasta que el cordón empezó a resbalársele entre los dedos, con lo que enseguida se cansó y volvió a estar aburrido. Su universo placentario se estaba haciendo demasiado reducido. Para intentar ensancharlo, golpeó con los pies la pared durante un rato y al no lograr nada desistió y probó a chuparse un dedo, él que le pareció más gordo y apetecible de su pie izquierdo, pero a esto tampoco le encontró excesivo divertimento y en realidad sólo logró producirse unas irritantes cosquillas eléctricas. Harto y algo fatigado por el ejercicio, durmió entonces dejándose flotar en el líquido que lo envolvía, sabiéndose seguro, protegido entre las resistentes paredes blandas y acolchadas que no había forma de derribar. Y durmió así, sosegado durante horas, hasta que una segunda y repentina conmoción lo despertó con la desagradable sensación de ser empujado, comprimido y empujado, hacia no sabía muy bien qué lugar, en la dirección que apuntaba su cabeza. Alarmado, se agarró al cordón nuevamente para evitar ser arrastrado, mas no le sirvió de nada, ya que este era arrastrado a su vez y ambos cogían velocidad. Tras ellos, había una fuerza nueva y poderosa, una fuerza resuelta y apremiante que pugnaba por echarlos de allí.
El espeso líquido que hasta entonces siempre le había rodeado, había desaparecido súbitamente como por arte de magia y las blandas paredes comenzaban a oprimirlo en un abrazo un tanto angustioso. El instinto le hizo comprender que no le quedaba otro remedio que ceder a la fuerza y dejarse llevar y así lo hizo aunque el resultado fue peor y pronto se vio encajado en lo que parecía ser un angostísimo túnel, donde apenas se pudo mover. Tampoco podía dar marcha atrás ya que la fuerza no cejaba y lo incrustaba en el túnel cada vez más. Entonces, lo recuerdo vívidamente doctor, sí que el pobre feto se asustó de verdad, viendo como la cabeza se le aprisionaba sin remedio y que enseguida sucedía lo mismo con los hombros, los brazos y el resto de su incomprensible anatomía. Imagíneselo. Por unos momentos se sintió tan mal, que se arrepintió de haberse aburrido. Estaba convencido de que todo aquello le pasaba por haberse columpiado del cordón y por haberle propinado patadas y empujones a la pared mullida. ¡Ojalá me hubiese estado quieto y ahora seguiría a salvo y caliente, en lugar de estar atrapado aquí! Cosas de críos. Se veía a sí mismo tan desdichado que ya estaba pensando en aprender a llorar, cuando sucedió lo más inesperado.
La oscuridad que hasta entonces siempre le había envuelto, se rompió por un agujerito y este se fue haciendo cada vez más y más grande, hasta que toda la oscuridad se vació por él. Sin duda un gran acontecimiento, doctor, y sólo entonces aquel feto comprendió lo que había sucedido, comprendió que al fin había salido fuera de la nebulosa y que la fuerza que lo empujaba lo había depositado sobre otra pared, antes de cesar en su empujón para siempre. La nueva pared le pareció mucho mejor que la vieja, porque era capaz de abrazar con la misma ternura pero sin angustiarle y también comprendió que esa pared era la misma pared blanda y redonda que hasta ahora le había protegido, sólo que por el otro lado. Y con todas estas cosas, se alegró enormemente de haberse columpiado.
Y así, casi como todos, fue mi querido doctor como este loco que ahora habla para las paredes acolchadas de su cuarto, llegó a un mundo en el que por entonces el Lute se fugaba de la prisión de Santa María, Julio Iglesias e Isabel Preysler se casaban en Illescas, se moría Cocó Chanel y a Pirelella la llamaban desde las discotecas para decirle que todos estaban tomando combinaciones vulgares; Y pese a ser uno de los pocos mortales con conciencia plena de su nacimiento, o quizá precisamente debido a ello, tuvo que vivir siendo un hombre frustrado los siguientes treinta años de su vida. ¿Cómo lo ve? De haberlo sabido, creo que me hubiera quedado en el útero materno para siempre y me hubiera resistido a la fuerza, se pusiera como se pusiese. Quiero decir que cosas como esta deberían avisarlas, ¿no le parece? Tanto que dicen de los signos y los augurios y ni siquiera en las líneas de la mano me venía puesta una miserable advertencia.
Las líneas de la mano son el primer estigma que nos marca el cuerpo cuando recorremos el breve tramo de la vida. Significan que nacer es sufrir y que nuestras manos una vez estuvieron cerradas y debimos abrirlas con dolor, para poder agarrar y recibir las cosas que la existencia nos brindaba. Para que nunca olvidáramos el esfuerzo que hizo por nosotros la naturaleza, esta nos dejó esas cicatrices que nosotros llamamos líneas y que unos cuantos liántes autosugestionados se empecinan en interpretar. Si Dios hubiera querido que pudiéramos leer nuestro destino, nos lo hubiera escrito en la frente, en relieve y en cristiano. Aun así, yo creo que lo mío debían habérmelo hecho saber poco a poco, con suavidad. Bien es verdad que ahora me he resarcido, pero no vea usted doctor si lo pasé mal hasta encontrar mi camino. ¡Treinta años me llevó el empeño!
Durante esos treinta años intenté sobrevivir en este mundo de locos, convenciéndome a duras penas de que las cosas algún día tendrían que cambiar, ya que tarde o temprano el hombre no tendría más remedio que acabar por aprender. Sin embargo el hombre, !qué desilusión¡, parecía estar irremediablemente condenado a aprenderse lo mismo y a olvidarlo, una y otra vez. -Seguramente a estas alturas habríamos inventado la rueda ya cientos de veces- Aparte de este, claro, a su debido tiempo sufrí los pertinentes desengaños existenciales propios de la especie y ya entonces, comprendí que el mundo no iba a dar marcha atrás ni por mí ni por nadie, ni aunque lo que peligrase fuera su propia existencia. Y de esta conceptual perogrullada que llegó a tenerme seriamente preocupado, sólo saqué en conclusión que el mundo era así y que así había de tomarlo. Aprendí en definitiva que la realidad, que en buena justicia y respeto debería ser siempre subjetiva, no era otra cosa que la mentira de la mayoría y que no iba a tener más remedio que encontrarme un sitio para vivir en medio de ella. De alguna manera, tenía que participar de esa sociedad de realidades inventadas. De modo que acepté sin recato la mentira de la mayoría y la hice mi propia realidad. Y realidad no eran las cosas tal cual sucedían, sino lo que de ellas te contaban. Realidad eran los bulos y los rumores, la radio y la televisión, los periódicos y la publicidad. Realidad era la verdad impuesta, la opinión de los que no tenían opinión y la costumbre casi compulsiva de pensar mal y desconfiar de todo el mundo. Cada vez el hombre vivía más diluido, manipulado y vulnerable entre la gran masa ciudadana, a merced del sistema. Esa era la pura, la triste realidad de aquella mañana definitiva de mi vida, cuando ya había logrado sobrevivir con la mentira treinta años y cuando tras largos y penosos esfuerzos había logrado creérmela e integrarme en ella y de buenas a primeras, los del ministerio me inflaron las narices, me echaron abajo el proyecto que era perfecto, aparcaron en la cuneta mis ilusiones y enloquecí para no tener que sufrir tanto.

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