Fotogalería

domingo, 6 de junio de 2010

El Sídrome de Octavia (fragmento)

...por todos los hospitales e instituciones sanitarias de la S.S. que se preciaran, deambulaba de acá para allá un fantasma pululante que portaba un grueso fajo de papeles clínicos en las manos. Eran pobres, indefensos ancianitos de mermadas facultades y rumbos curvilíneos, que entraban en mala hora luchando contra la incertidumbre que produce siempre un chequeo de rutina y que a causa de la información que se les facilitaba, se quedaban perdidos en el intrincado laberinto de la burocracia sanitaria, por tiempo indiferente. Llegaban allí tan confiados, con sus volantes preparados, las radiografías en un sobre gigante de estraza y los nombres pertinentes bien aprendidos, y se dirigían solicitando información hacia el primer uniforme que se topaban.
- Oiga enfermera, por favor ¿Dónde está cateterismo?.
-Ah no sé señó, yo sólo estoy acá para fregar el suelo, usted a mí no tiene pol qué preguntarme eso, por que yo soy una trabajadora contratada ....
Cuando por fin aprendía a distinguir los uniformes y finalmente lograba interceptar a una sanitaria, la enfermera que tenía mucha prisa y que se paraba por mero compromiso, estudiaba fugazmente los volantes y lo despachaba como un guardia.
-" Suba usted por aquí, baje por allá, coja el ascensor si es que funciona hasta la segunda y vuelva a preguntar a alguien cuando llegue."- Y como si al pronunciar estas palabras obrara algún tipo de prodigio abradacadabrante, extraviaban el destino del paciente por corredores indistinguibles y ascensores voraces que no dudaban en tirar dentelladas a cuantos rezagados y desprevenidos, se ponían a tiro y que una vez cerradas sus puertas los llevaban a la perdición. A una pesadilla de salas, de escaleras, controles y letreros jeroglíficos, tales como hematopatía, laringoscopia o cafetería. Nadie sabía porqué aparecían y no se podía predecir cuanto tiempo estarían allí. Algunos permanecían durante meses o años y luego un buen día, igual que habían llegado, se esfumaban sin dejar ni rastro, sin dejar un solo volante de recuerdo.
El fantasma pululante que había en el Solución Final, por ejemplo, llevaba descifrando corredores prácticamente desde el día de su inauguración. Recién llegado de un pueblo recóndito en él que aún sobrevivía la boina, empezaron a marearlo con el papeleo, a maltraerlo de una planta a otra con los requisitos y a aturdirlo de ventanilla en ventanilla con las hojas de colores, hasta que lo confundieron del todo.
- Suba usted a la quinta, vaya donde pone neumotórax, pregunte por la enfermera Sonsóles y dígale de mi parte, que no le ha puesto el numerito en el volante y que así no se lo puedo sellar, porque los volantes que no llevan numerito no se pueden sellar.
Cuando llegó hasta la enfermera Sonsóles, esta se arremangó muy peripuesta la chaqueta de lana azul y le comunicó que no le podía poner el numerito en el volante para que se lo sellasen, por que antes de eso tenía que pegarle al volante la pegatina que le faltaba. "Los volantes que no llevan pegatina no se pueden numerar". Para conseguir las pegatinas, había que presentar previamente el cartón azul y entremedias de las dos cosas, tenía que llevar un papel blanco hasta un ordenador con cofia, para que se lo cambiase por otro amarillo con taladritos artísticos y se lo pudiera llevar todo a la del cartón azul, que de todas formas, tampoco le iba a dar las pegatinas, hasta que junto con el papelito amarillo no le entregara además el papelito verde del seguro. También tendría que agenciarse otro rosa y otro naranja, para que el fajo estuviese bonito, y si no, no le podrían atender, porque "los fajos que no estaban bonitos no se podían atender." Ante semejantes obstáculos el hombre se quitó la boina y se empezó a preocupar. Para entonces ya había conseguido llegar hasta el ordenador con cofia.
- ¡Pues no señor, esto no es aquí! La dice "uste" a la enfermera Sonsóles que se lo ha explicado mal. Que aquí, yo sólo le doy el cartón azul, pero que las pegatinas hay que ir a recogerlas a la segunda planta del pabellón C, si es usted viudo claro, sino tendrá que ir antes a por el certificado de vacunación hidrofóbica a la planta baja, para que le asignen número de ficha y se lo pongan en el volante ¿Comprendido?.
Lo último que se supo de él, fue que tras dar con la planta segunda del pabellón C, en el tiempo récord de una semana, lo mandaron con otro fajo multicolor, a la cuarta planta, zona cardiovascular, en donde no encontró absolutamente a nadie, por lo que agotado de tanto trajín, se tumbo a descansar en una camilla vacía, sobre la que se durmió profundamen¬te durante algunas plácidas horas, al cabo de las cuales se despertó con un exitoso implante de válvula mitral, frente al que toda la jerarquía hospitalaria desfilaba entre grandes loas. En cuanto tuvo fuerzas para hacerlo, burló la vigilancia de la UVI, rodeó con cuidado la UCI y se perdió para siempre por los pasillos traicioneros que eran todos iguales. Desde entonces, aparecía de sopetón en algún punto impredecible del edificio, con su pijama azul y sus pantuflas de andar por casa, mostrando con un aire de semáforo que tan pronto daba pena como asustaba, el manojo de papeles intramitable, o su horrible cicatriz.
De vez en cuando alguna enfermera desocupada, para entretenerle, le quitaba una hojita de aquí o le añadía un volantito por allá, según le diera, y a veces también, si se lo veían ya muy ajado, le cambiaban el enorme sobre de estraza en él que guardaba su retrato del esqueleto de cuerpo entero y luego de limpiarle un poco las telarañas, lo mandaban a buscar más pegatinas por otro sector.
Últimamente, quizá por las noches, habían aparecido unas sospechosas pintadas reaccionarias, que se le achacaban a él. Cosas como: EL HOSPITAL ES MI PRISION o, MARICON EL QUE LO LEA, se rotulaban misteriosamente en la puerta de una consulta, en la lámpara de un quirófano o en el mostrador de recepción, sin que nadie viese quién, cómo, o cuándo las hacían. En la puerta de la consulta de Octavia, días atrás, había aparecido una de lo más intrigante.
“Aunque estés tan jamona, “dotora” con un corazón de plástico no se te pue querer”

No hay comentarios:

Publicar un comentario