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jueves, 22 de julio de 2010

CUERDA LARGA (Entre dos mundos)

La excursión de la Cuerda Larga es sobre todo eso, larga y, aunque parezca una perogrullada decirlo, es igual de larga y fatigosa en cualquie­ra de sus dos únicas direcciones. A saber: Desde el alto de la Morcuera, en Miraflores, hasta el de las Guarra­millas en Navacerrada y, viceversa. Quince kilómetros, que es lo que mide el espinazo de este dinosaurio de piedra, me los he caminado ya en alguna que otra ocasión por otros terre­nos, pero no se parecen en nada a estos. Los de Cuerda Larga discurren arriba y abajo de ocho cumbres situadas por encima de los dos mil metros, alternando todo tipo de suelos, desde suaves lomas alfombradas de pelusa verde, hasta intermina­bles praderas de retama abraza­to­billos, pasando por pedregales que convierten el simple hecho de pisar sobre algo plano, en un alarde de equilibro. Aun así, el camino ( fina raya en el pelo de retama de la sierra, que diría el poeta), está convenien­temente señalizado con hitos de piedra y sus pasos difíci­les, con flechas de pintura roja de las de jugar al juego de las pistas. Salvo que la nieve las cubra, en cuyo caso la excursión habrá que hacerla sobre esquís de travesía y con muchas precau­ciones hacia las cornisas y los neveros, es prácticamente imposible despistarse más de cien metros en cualquier dirección.
La excursión ya digo, aún sin dificultades alpinistas o técnicas, es dura y se hace poco recomendable a los que se fatigan con facilidad. Andando a buen paso, no tardaremos menos de seis o siete horas en comple­tarla y cuando nos vayamos acercando al final, no será raro que sintamos en nuestro interior, algo parecido a la alegría del naufrago al divisar la orilla. El viento generalmente sopla del norte y con fuerza y, suele ser, salvo en los pocos días del verano, de los que ponen las orejas coloradas. Nuestra sierra, como casi todas las demás, es de carácter caprichoso e inestable y, sobre todo en la cresta, le suele cambiar el humor con relativa facilidad. De modo que ya sea por un ventis­cón de invierno no previsto en el parte meteoroló­gico, o por una repentina tormenta de verano, conviene ir siempre debida­mente preparados y en el peor de los casos, saber abandonar a tiempo. Ni que decir tiene que el bocata y el agua isotónica son imprescindibles. El Glucosport tampoco es desaconsejable. La máquina de fotos, quizá estorbe y acabe pesando un poco, pero se alegrará de haberla llevado.
Inconvenientes y recomendaciones aparte, la travesía de Cuerda Larga se merece por si misma. Dejémonos de fríos y peligros, que como dice nuestro amigo Rufino (Apuntes enero 96), este año ya hailos habido en suficiencia y quedémo­nos con un día de verano, viento suave del N.O. y despejado, que es lo suyo. Sin más dilación, sin prisa, pero sin pausa, encarrilemos las treeking o lo que sean (pero que sean duras y cómodas) por ese estrecho sendero que divide el panorama en dos vertientes de quitar el hipo y, dispongámonos a disfrutar.
A partir de ese momento, el paisaje se convierte en algo difícil de retratar con la palabra y nuestra máquina de fotos, por experta que sea, se nos puede quedar estrábica de mirar hacia tantos sitios (el filtro polari­za­dor que no se olvide). Hacia el sur, nos aguarda la amplia llanura madrile­ña salpicada de ricos embalses y hacia el norte el macizo de Peñalara, extendiéndose a través de espesos pinares y bellísimos parajes hasta el valle de Lozoya. 360º de panavisión en eastmancolor hasta donde se cansa la vista y permite la bruma, incomparables. Por encima de uno, sólo el cielo. Se sentirá grande y diminuto al mismo tiempo, se sentirá flotar entre dos mundos, con los pies en el suelo y la cabeza en las nubes, pero no se alarme, que no será el mal de las alturas, sino lo normal. Hasta en un día como hoy, en el que habíamos quedado que estuviera despeja­do, nos encontra­remos como en las nubes y se nos irá quedando embobada la vista en cuanto nos descuidemos.
Por todo ello, yo les animo a subir y admirar el paisaje de los paisajes de nuestra sierra y les garantizo que si el día acompaña y la calina les deja, la provincia entera se pondrá a sus pies. Les aseguro que se cansarán, que en algunos tramos se preguntarán quién les ha mandado meterse en esa, y que trepando por las peñas de Loma Pandasco, llegarán a echar de menos una parada de autobús.
También les prometo que si llegan al final, se premiarán a sí mismos con un recuerdo imborrable y precioso para llevárselo a casa y que una vez en ella, cuando metan los pies en el barreño de agua con sal más maravillo­so del mundo, tendrán la sensación de haber comulgado con la naturaleza, de haberse purificado y oxigenado en todos los sentidos para una buena temporada y de estar completamente en paz y satisfechos. Así de místico y trascendente, se llega a poner el asunto.

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