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sábado, 21 de agosto de 2010

Cronica del Pozo (II)

Cuando le pegó la segunda patada ya ni siquiera pensó en hacerle daño, sino en amoldar los más posible el empeine de su bota de tacón cubano, a la curva invertida de su entrepier­na. Era algo más estético que físico lo que impelía ya sus movimientos, porque en esto de repartir golpes, Galiana, más que por el dolor o la contundencia, se inclinaba por lo artístico. Según Lefo, tratar de alcanzar una técnica estéti­camente tan depurada como efectiva, era un aspecto del apiolamiento importante para El Chulo, que afirmaba que eso contribuía a infundir respeto y a reforzar su reputación y su clase. Así que con ese propósito, El Chulo diseñaba unas ostias preciosas y exclusivas, como dibujadas en el aire y sumamente efectivas.
Aquella le salió bien. Ambas partes entraron en contacto plena, íntima y estrechamente, pero el Argentino –del que ya le traía sin cuidado que le doliera o no- tuvo mala suerte y en uno de los aspavientos que hacía con los brazos, entre resoplidos y agarramientos pelvianos, fue a impactar de lleno con una mano en la cara de El Chulo, tirándole al suelo las gafas. Si había algo que El Chulo no aguantaba era que le tocaran las gafas, y si había algo que no aguantaba de verdad, era que le tocaran la cara. Así que el Argentino tuvo mala suerte y un cuarto de hora más tarde, convertido ya en un guiñapo informe, el Chulo seguía estampando patadas artísticas en la suya mientras le gritaba:
-"¡Levantáte cabrón, que todavía no he terminado contigo!
-Está muerto -le decían Lefo y los suyos, pero sin osar apartarle.
-Pues que resucite. Aún no ha cobrado bastante.
-Está mollao Galiana -insistía Lefo- muerto del to. Mira sus ojos".
Los ojos del Argentino llevaban un rato abiertos, ciegos y obstinadamente fijos en un hilillo de baba que parecía unir su intestino con el suelo.
-"¿De qué hacen ahora a los hijos de puta?, ¿esto es todo lo que aguantan? ¿Cuatro patadas de nada? ¡Menuda mierda si son así los que me quieren echar a mí de la calle!"
Mientras se componía la americana, el tupé del pelo y las gafas de espejo con forma de riñón, le propinó una nueva patada, más que por ver si estaba muerto de verdad, por dar rienda suelta a su frustración.
-¡Cago en su madre! Si un tío no reacciona cuando le das una patada en los huevos como esa, es que la ha espichado de verdad. Sin duda.
-¿Y ahora qué hacemos con él? -quiso saber Marcelo.
El Chulo puso un pitillo en su boquilla de plata, lo encendió con parsimonia y dijo lacónicamente:
-Lo llevaremos a la fábrica de gallinas.
Esa fue la primera vez que Lefo oyó hablar de la fábrica de gallinas del Concejal Rejón.

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