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viernes, 20 de agosto de 2010

El Erotik-On (III)

A la mañana siguiente no había ni rastro de Patricia. Un levísimo olor a vapor en el baño de varias horas antes y una taza con restos de Cola-Cao sobre las cáscaras de la noche anterior. La tibieza de su ausencia en la piel fue lo que me despertó, la sensación desagradable de que el sueño nos ha robado a alguien que debería amanecer a nuestro lado. Me estaba acostumbrando a Patricia demasiado deprisa. Prácticamente no me había despegado de ella desde que había aterrizado. Intuí que lo había hecho a propósito, para dejarme con ganas y para no desgastar el juego, porque si algo tenía claro con ella es que Patricia jugaba al despiste y no cabía duda de que lo hacía bien. Así que después de la maratón de las dos primeras semanas, Patricia empezó a levantarse sin ruido y a marcharse en silencio con la llegada del sol. Al mismo tiempo que este se hinchaba como un gran bollo horneado en el mar, ella asomaba bajo el horizonte de las sábanas, se deslizaba de mi abrazo e iba a vestirse frente al ventanal de la terraza, de cara al sol. Se enfundaba el vestido hindú por la cabeza, estirando hacia arriba los brazos y alzándose de puntillas como si se zambullera dentro de él. Era un movimiento rápido, mecánico, cargado de una voluptuosidad casi hiriente y que duraba apenas un segundo. Yo la miraba al trasluz y ella, cómplice, me sonreía antes de irse, pero no me hablaba.

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