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lunes, 9 de agosto de 2010

Mientras... (fragmento de la memoria del elefante)

...ella hacía todo eso, yo me quedé a descubrir las llanuras asfaltadas de un tórrido Madrid recalentado, que roncaba con la ventana abierta de par en par. Y me gustó aquel otro Madrid, huérfano de estrés y ciudadanía, que puso aquellos días en la calle el ayuntamiento. Me ensimismó ver crecer ante mis ojos las avenidas y ensancharse el horizonte de los parques y las plazas de siempre, y me ensordeció ese Madrid de silencio y en despoblado, sin alarmas ni sirenas, tan perplejo y desubicado como yo. Madrid tenía el aire insólito de un jubilado repentino, dispuesto a quedarse sentado en un banco cual­quiera, sin objetivos inmediatos, ni gana de tenerlos, cautivo del estado de contemplación. Me gustó aquel Madrid letárgico y modorro, que se miraba el ombligo y se abando­naba a la indolencia de un pantalón corto y una camiseta, un Madrid sin calcetines que trasnochaba de calor y trabajaba de juguete, un Madrid de Rodríguez, relajado y permisivo, que vivía de cervezas y alternaba terracitas con despachos financieros. Madrid de pronto había recuperado el placer de la conversación y hasta había encon­trado un hueco para ser amable.
Así que mientras duró el verano volví a reconciliarme con ese Madrid chapado por vacaciones, enorme para unos pocos, que volvía a parecerse a ese otro Madrid afable y propio que aún llevaba dentro. Me gustó habitar ese Madrid íntimo que no se veía con los ojos de la prisa, ni se perdía bajo el asfalto, ni bajo millones de zapatos que tapaban a la vista tantas cosas.

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