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viernes, 3 de septiembre de 2010

Fin de Fiesta

Hoy es ese día en el que se apaga el bullicio de la sierra. En el que una caravana de bacas ahítas de bultos, bicicletas y nostalgias forma una serpiente roja de pilotos traseros y emprende el éxodo hacía Madrid, dejando tras de si el estruendo del silencio.
Hoy es día de prisas y maletas, de cerrar contraventanas y echar el candado a la verja. Hoy es día de adioses y hasta siempres, de volver a casa un poco triste viendo discurrir hacía adelante el invierno y hacia atrás la carretera, las lisonjas del estío, su relajo, su pereza.
Una aire de resaca de lunes tonto flota en las urbanizaciones vacías, sobre piscinas dormidas y terrazas semidespiertas. Un eco de voces y de agua, de barullo de mercadillos y de tiendas, recorre aún las calles desiertas del pueblo siguiendo un reguero de papeles y de cáscaras de feria. En el centro de la plaza, sin darse por enterado, un viento que huele a olvido, se arremolina a sí mismo y baila con ese silencio pesado que marca el final de la fiesta. Hoy es ese día.
Como si también quisiera significar el fin del ciclo a su manera, el cielo se viste de nubarrones por Abantos, por Maliciosa de tormentas, echa una gabardina sobre su traje azul, y se cubre con una boina de sombras que apaga los colores resecos del valle y emploma el brillar de las laderas. De un día para otro todo ha cambiado. Baja la temperatura, calla el campo, se aquieta, y en el aire adormecido por el que nada vuela, queda la ausencia zumbante de miles de insectos que husmean un latido de calor en las rendijas de las puertas.
Luego cuando una brisa que trae preludios de cambio, acuna levemente los berceos, las primeras gotas de una lluvia gruesa y retumbona empujan hasta la ventana la bruma de un otoño anticipado. Como si no tuviera prisa, esa primera lluvia, que inexplicablemente empapa el alma de añoranza hacia nada concreto y apremia a hacer algo que no se identifica, se deja ir mansamente sumiendo la alegría de la calle en un mutismo pensativo, en un ir y venir de miradas ausentes que deambula por las aceras.
Hoy es día de manga larga, de guardar ropa ligera en el armario pertrechada de naftalina, de asomarse al largo túnel del invierno y decirle al tiempo: Espera.
Si parezco un poco abatido, que lo estoy siempre por estas fechas, no es que haya desayunado mal, no es que me falte algo, ni es la depre de los cincuenta. Es el final del verano, que pasea ya por la Sierra.

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