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sábado, 9 de octubre de 2010

La Memoria del Elefante (fragmento)

Dejé caer mis ojos desde el cielo y allí, diminuto, como perdido en el negro centro del cosmos, palpitaba lejano en la explosión de su tiempo un puntito brillante y azul; La tierra. Esforcé la vista inclinándome sobre el borde de Dios y taladré la distancia, bajando envuelto en un rayo de luz que aterrizó mi mirada ansiosa contra el cristal de tu ventana. Dormías.
Tímidamente rocé con los nudillos el vidrio empañado y te oí rebullir amodorrada, lejana en tu sueño. Llamé de nuevo un poco más fuerte, esperé y volví a llamar insistiendo, pero nada pareció despertar en ti. Me propuse entonces meterme en tu sueño, sintonizando mi mente a la tuya para fundirme con tu imaginación y otras dos veces más tuve que probar sin conseguirlo, hasta que por fin a la tercera, una losa blanda con olor a almohada, giró sobre goznes silenciosos e invisibles, la dimensión de los sueños se abrió y un celador sin nombre de semblante cuadrangulado, llenó el hueco de la puerta interponiendo sus brazos musculosos entre tú y yo. Apenas quise dar un paso, una mano dura, de plomo, cayó sobre mi hombro y rodé de espaldas por el suelo, otra vez lejos de ti. Asustado, te llamé por tu nombre desde el fondo de mi amor y de mi miedo con la vana esperanza de que me oyeras y acudieras a mí, pero sólo un eco mudo en su cara hosca de bruto sordo me respondió. Intenté entonces convencerle, confesando mis deseos, explicando mis motivos, intentando razonar hasta más allá de las razones, y sólo una tapia lerda de músculos sin seso me escuchó. Después ya simplemente pedí, luego rogué y al final acabé implorando más allá de la vergüenza hasta que al fin loco de rabia, chillé. Chillé cien veces tu nombre, atroné con él el cielo, hasta que se me resquebrajo en ronqueras, mientras sentía como una fuerza inmensa que nacía de mi cólera, se engendraba y agigantaba rápidamente en mi corazón. Noté la furia eterna del hombre reventarme llena de odios en el pecho, estrellando mis ojos contra su mirada huérfana de ideas. Cerré los puños, apreté rabiosamente su imagen entre los dientes y antes de abalanzarme contra ella, apunté el golpe hacia su boca. Enseguida bajé la cara y embestí con todo el peso de mi ira, amparado en la sorpresa.
Un chasquido a hueso roto retumbó en mi cerebro envuelto en un regusto de polvo y pedernal, dejándome aturdido durante un momento. Sacudí la cabeza para despejarme y le vi tambalearse, las manos unidas en la boca, cediendo terreno en cada traspié. Sin dar tiempo a que reaccionara, arremetí de nuevo contra él, hundiendo esta vez mi frente en su estómago fofo de eunuco de sueños y vi después como una patada sucia, que ya no gobernaba, se perdía implacable entre sus piernas de hierro. De su boca abierta, de entre sus dientes sanguinolentos, brotó un grito exento de sonido y cayó de rodillas ante mí, juntando esta vez las manos bajo el vientre, sin fuerza. Durante un segundo de incredulidad sus ojos hueros me miraron desorbitados desde el umbral de la inconsciencia y se desplomó hacia adelante, chocando pesadamente de bruces contra el suelo.
Aún aturdido aunque con paso seguro, dejé atrás la puerta y me adentré confiadamente en tu sueño. Un vasto paraje sin cielo ni tierra, apareció ante mí como un enorme desierto vacío de color. Indeciso, miré en todas direcciones, aguzando los sentidos a la espera de algún indicio revelador, pero ningún olor, ninguna imagen conocida, ningún recuerdo o forma que yo pudiera identificar contigo, salió a mi encuentro. Sólo un murmullo de mar tranquilo, lejano y amortiguado, llegaba hasta mis oídos desde ninguna dirección. Haciendo bocina con las manos, te llamé otra vez con todas mis fuerzas, mientras trataba de no hundirme en aquel suelo movedizo que se tragaba tu nombre, seguro de estar caminando en línea recta pero guiado tan sólo por el impulso de andar. Y caminé sin avanzar durante un tiempo de goma, hundiendo más y más los pies en el agobio de aquel desierto blando que olía a suela de cuero gastada y a gotas de sudor sin dueño, a ese olor neutro e impersonal, que tienen los caminos en el aire.
Al cabo de un rato, de un trozo de sueño, coroné una escarpada duna solitaria y el rumor de agua se dejó sentir con mayor claridad. Algo más animado, bajé del otro lado la pendiente, dejándome rodar sobre su costado y de pronto, justo delante de mí, sentí el calor de una pisada. Agachado sobre ella, examiné la forma de la huella que casi no se hundía y con inmensa alegría reconocí en ella tu andar perezoso. Luego descubrí otra pisada y más adelante otra y otra más. Y así continuaron sucediéndose hasta llegar a un extraño bosquecillo en el que unos árboles no plantados todavía, levantaban sus raíces hacia el cielo inexistente y anclaban a la tierra sus troncos de piedra, sujetándose a él por tupidas copas que se mecían estáticas a merced del viento. Lo atravesé no sin dificultad y salí por el otro extremo a un paisaje diferente, cuyo suelo de césped azul, se dejaba caminar mucho mejor. Sucesivamente, fui dejando a los lados varias casas sin puertas ni ventanas y un molino de tiempo con las aspas de cristal que giraba en sentido contrario a las agujas del reloj. Tras él, llegué a lo que parecía ser una alta pared hecha con papeles viejos de periódicos y recortes de calendario. Decidido empecé a encaramarme por él, agarrándome a los salientes de las letras, mientras inconscientemente intuía tu proximidad y mi corazón redoblaba su latido. No era fácil. Resbalé al apoyar el pie en una ese y tuve que sujetarme a una jota de caracteres góticos para no caer, pero continué trepando y tras columpiarme peligrosamente en una te capital, alcancé la parte superior de la muralla y me senté, sano y salvo, sobre un ejemplar atrasado del diario AYER. El murmullo del agua creció entonces notablemente a mi alrededor, un remolino de aire embriagado de ternura llegó revolviéndome el pelo como una mano amiga y en ese momento, te vi.
Agachada en cuclillas como una niña, justo en la raya del mundo donde empezaba el mar y acababa la tierra, con una mano lánguida y suave extendida hacia la espuma, acariciando una ola tímida y rizada, que iba y venía indecisa entre tus pies. Un tibio rayo de luz, robado del día más claro de un mes de abril cayó sobre ti, inundando tu sueño con mil colores que no conocías y un olor fresco, a vida nueva, te hizo entornar los ojos y pensar en un deseo "¿Cuál?" La brisa te peinaba, miré tu espalda cubierta de largas y finas hebras de oro y oí como el sol que alumbraba en ningún sitio, chasqueaba su lengua con envidia. Sonreí. Moviéndome despacio para no hacer ruido, quise acercarme a traición y taparte los ojos por la espalda para preguntarte; ¿Quién soy? Pero algo me detuvo.
Tu otro brazo, el que no se extendía acariciando el mar, se alargaba a tu costado sujetando levemente entre los dedos, algo que adiviné importante para ti. Otra mano. Y a esa otra mano seguía otro brazo que subía otro costado hasta otro hombro, y más arriba, había unos ojos negros y profundos, que miraban recelosos por lo bajo mi alegría, sospechando mi intención.
Detuve los pasos en seco y mi ilusión cayó sobre la playa, estrellándose en mil pedazos de cristal contra la última huella tuya que atrapé. Te volviste sobresaltada y me miraste confundida, otra vez desde lejos y sin alegría. Me dolió. Entonces te miré como yo sé y por un momento te vi tambalearte en el vértigo de la duda, tentada con la dulce miel de la traición. Los ojos oscuros se aferraban a tu mano, interrogantes, buscando el motivo de tu duda en el laberinto silencioso de mi cara. Azorada, le escondiste la mirada dejándola caer contra la arena justo delante de mí y yo entonces dejé de mirarte como sé. Tú apretaste su mano con más fuerza entre la tuya, su cara se relajó iluminada por una sonrisa, y yo comprendí. Ya no era conmigo con quien soñabas.
De la punta de tus dedos, vi salir minúsculas gotas de agua que se esparcieron en mil destellos de olvido, cuando tu mano se agitó en el aire para decirme adiós. Luego os girasteis de espaldas y anduvisteis hacía el mar con los dedos cogidos por ese nudo que yo no pude soltar. Un murmullo de agua siguió a vuestra ausencia, unas cuantas burbujas se abrieron explotando al aire de la superficie, la ola indecisa que tú acariciaste lamió la orilla borrando hasta la última huella de ti y de nuevo volvió el silencio. La luz que yo robé para tu playa del día más claro de un mes abril, se fue apagando poco a poco hasta extinguirse en el paraje de tu sueño, y yo me alejé pesaroso de allí, con la molesta sensación de no haber sido para ti más que una simple casualidad de dos genes, apenas un montón de células ilusas, perdidas en la vasta soledad de aquel inmenso planeta diminuto.

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