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martes, 12 de octubre de 2010

Monologos del Loco..(III)

¿Enloquecí? ¿Realmente enloquecí? Bueno, eso es lo que dicen los doctores. Los sabios doctores que me atienden y que se pasan el día diciendo chorradas, cambiando de diagnóstico y de opinión y haciéndose la picha un lío con su ciencia. Tan pronto me cuentan que sufro una enajenación mental transitoria, como que las alucinaciones van a terminar conmigo antes de que yo termine con las alucinaciones y se empeñan en que padezco un brote esquizofrénico en fase aguda permanente. Yo, por si acaso les diera por prestarme atención, les aseguro sin perder la compostura, que no veo enfermeras rosas volando por los pasillos, ni escucho voces, pífanos o trompetas celestiales dentro de mi cabeza, que tampoco he notado que se me quiera aparecer la virgen, ni que me sienta el Cid, y que menos aún tengo obsesiones o monomanías, por lo que tampoco debo ser un paranoico. Pero ellos no se apean de la burra. Para este tipo de razonamientos son completamente sordos y siguen empeñados en subirme la medicación, como si de esa forma fueran a solucionar algo. Ya han alcanzado el máximo prudente con cuatro medicamentos distintos y no consiguen dejarme la voluntad en ruinas como al resto de los internos. No dan crédito a sus libros clínicos y yo, naturalmente, me desgüevo de ellos todo lo que puedo. A veces, cuando les veo demasiado perdidos en su ciencia, me dan pena y les hago un poco el caldo gordo, fingiendo una crisis de arrebato místico o algo por el estilo y después del válium en vena, les lleno de gozo, mirando estúpidamente a la pared durante horas. Me maravilla la paciencia que tengo con ellos. Son como niños. Yo soy la paciencia, soy la paciencia infinita y tengo un secreto que ellos, los pobres e ineptos doctores, no quieren aceptar. No pueden imaginar siquiera que yo realmente sea inmune a todo medicamento o sustancia existente y que, desde que a los cinco años me mordiera aquella víbora sin que me ocurriera nada en absoluto, ni un leve mareo, mi organismo sea capaz de metabolizar cualquier cosa que por cualquier vía lo invada, como si de agua se tratase. Hasta no hace demasiado, aún me entretenía jugando con avispas y alacranes y debí ser el único progre de mi generación que nunca consiguió sacarle una risa a un porro, ni a nada. Jamás he podido notar esa sensación de ir pisando sobre goma espuma, ni ese mareillo peculiar, similar al que te produce dar vueltas a toda prisa sobre ti mismo. Por eso, difícilmente encontrarán los doctores alguien más sereno que yo. Yo soy la sobriedad mientras que por el contrario el aliento de los doctores parece un muestrario de partículas bodegueras, toneleras a veces, de puro exceso alcohólico. Estoy seguro de que si analizaran su saliva, podrían embotellarla como orujo de primera calidad. Así de parajódico es el mundo de las cosas verdaderas.
El doctor Beefeater, el doctor Rioja y el doctor Solisombra, son los galenos que más a menudo se ocupan de mí. Ellos son el trío de los doc's on the rocks y los que más insisten¬temente expelen, restriegan, su vicio por mis narices. El doctor Beefeater a última hora de la jornada suele ponerse un poco espeso y cuando contemplo su andar gomoespumoso por el pasillo, reconozco que me da un poco de envidia. A lo mejor yo también soy la envidia.
Soy la envidia del pedo, del ceguerón y del descoloque. Pero que me echaran abajo el proyecto que era perfecto fue sólo el detonante, la gota que colmó el vaso del asqueamiento sociovital. Aún así, nadie se vuelve loco por eso, se vuelve de espaldas a la sociedad, que es mucho más explícito y se dedica a hacer lo que le pide el cuerpo. Los demás, es decir, la sociedad, se mosquean claro y rápidamente catalogan tu actitud de excéntrica, caprichosa, cobarde e inmadura. La tildan de frustrada, despechada y marginada y por último y a manera de etiqueta global y simplista, de loca, orate y/o trastornada. Por eso estoy aquí.
Yo soy el loco porqué los demás son más y aunque podría hacerlo fácilmente y con toda probabilidad saldría victorioso, no tengo tiempo, ni ganas, de pelearme con el juicio de cada uno de ellos. Antes lo hacía, antes sí, pero ahora ya no lucho por hacerme entender y por eso estoy aquí, jugando a los médicos con los doctores destilados en barrica de roble, viviendo una vida confinada en la habitación sesenta y nueve del pabellón de los iluminados. A las diez y media en punto, nos apagan la luz.

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