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miércoles, 26 de enero de 2011

Niños de Ayer

La difunta tía abuela Eulipia quien gracias a los efectos de tan atroz bautismo quedó curada de espantos de por vida, -aunque como consecuencia de ello, también se mareaba hasta montando en mecedora-, solía adorar a los niños. Los adoraba y decía de ellos que el que alguna vez no había roto un cristal de una pedrada, es que no había sido niño. Pues bien, esta tarde, mientras emborronaba cuartillas sentado a mi mesa, esperando a las musas, un proyectil de granito volaba hacia mi ventana, para recordarme que todavía siguen quedando niños...y tirachinas.
Los cristales, cuando estallan, suenan distinto que cuando simplemente se rompen. Eso también lo he comprobado hoy. Cuando estallan, además de que suenan a petardo, una especie de relámpago cegador que aturde los sentidos, le acompaña, en tanto que al romperse hacen solamente ¡clac! y, ya está.
Al otro lado del estallido y de la ventana, en la acera de enfrente, tres pisos más abajo, había un tirachinas de gomas verdes con un niño dentón agarrado a él, que tenía cara de estar tan sorprendido como yo. Él parecía pensar que, tanto el poder devastador de su artilugio como su puntería, habían superado con creces cualquier expectativa previa, y yo estaba alucinado, porque creía que los niños de ahora ya no hacían estas gracias. Pensaba que con tanta guerra galáctica de sofá a bordo de la Nintendo, no les hacía falta echar mano del instinto medieval, ni del rupestre arsenal bélico que usaba nuestra generación y suponía, que después de vaporizar un ejército interestelar cada día en el ratito que dura la merienda, ya no les llamaría la atención la desintegración de un simple vidrio.
Pero estaba equivocado y me he tenido que terminar acordando de tía Eulipia.
Me he acordado de ella, claro, después de que se me pasara el susto y mi cabello retornara a su posición habitual y no sin antes haber lanzado desde la ventana cuatro recomendaciones ultraprecisas al niño, acerca de la ubicación exacta que podía destinarle a su tirachinas en un futuro. Amparado en la distancia, no obstante, el muy imberbe me lo ha agradecido enseñándome la lengua en toda su extensión y ya estaba yo pensando en bajar a la calle y someterle a un desarrollo intensivo de pabellones auditivos, cuando ha llegado tía Eulipia del más allá y me ha recordado lo que decía de los niños y de los cristales y ya de paso, los dos que yo rompí en su casa una lejana tarde de fútbol cafre.
Los ratos en que no estaba mareada, tía Eulipia podía ser muy persuasiva, así que al final, que remedio, he tenido que darle la razón y que alegrarme de haber podido comprobar, que pese a ser algo dentones, aún siguen quedando niños con el osado espíritu de antaño. Niños de pantalón corto y rodilla pelada. De zapato de barro y charca de rana. Niños de ayer, vacunados contra el tedio y la imaginación a pilas. Un alivio.
En fin, que estoy muy contento por ello y que aquí me despido, porque me tengo que poner a barrer y a plastificar la ventana por la que entra un frío serrano, a prueba de optimistas. El cristalero, hasta el miércoles, no viene a tomar medidas.

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