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martes, 26 de abril de 2011

La Memoria del Elefante (fragmento)

Al empezar el siglo XXI Isabel se había hartado de Tanzania, de jugar a Gorilas en la niebla y de mí. De verme hacer el topo por las llanuras del Serengeti en compañía de una truppe de hombres color caoba, que sólo hablaba swahili y barría el desierto con un pincel.
• ¡Jambo! ¿U hali gani?
Cuando no lo pudo soportar más, no aguardó ni a que pasara la navidad. Empaquetó sus cosas, parte de las mías, a Bárbara y a Lucía, nuestras hijas, y no contenta con eso, todavía me hizo llevarlo todo al aeropuerto y decirle adiós.
La verdad es que no me sorprendió su espantada. Las dos primeras temporadas arqueológicas, las había sobrellevado bastante bien, e incluso se había sumado a las labores del equipo con un espíritu encomiable, pero luego se había ido cansando de no encontrar nada, de tanta arena y tanta mosquitera y su cara había empezado a alargarse.
El caso es que ya entonces se iba a ir. Que llevaba ya algún tiempo yéndose de mi lado, sin acabar de marcharse del todo y que yo no sabía cómo decirle que la iba a echar de menos.
• No pongas esa cara, mujer. Ya te advertí que esto sería duro.
Después del segundo año, al llegar las niñas de Madrid, lejos de animarse fue cuando se hartó del todo y se atrincheró con ellas en Mwanza, donde su sangre recalentada acabó por hervir. Así que allí también, vinieron a verme sus caras largas, sus silencios espesos, sus miradas esquivas. Otra vez, como si no le importaran nada, sus mohines se habían columpiado por encima de nuestros planes con un aire de fastidiado desinterés, sembrando la desilusión, la inestabilidad y la duda. Luego las frases muertas, los reproches mezquinos, las disputas de rigor,... la inesperada dimensión que cobran a veces las palabras. Isabel sabía muy bien que las palabras a veces se afilan, que están bailando un rato con un sacapuntas y que luego se esconden tras una lengua para asaltarnos, para clavársenos en la autoestima, en la herida abierta, o en la mismísima alma del alma, de forma que ya no pueden cicatrizar. Isabel sabía que las palabras a veces se vuelven gigantes y que nos pisan, que nos estragan en el huracán de su dimensión inesperada y que cobran propiedades de espejo, para retratarnos con una sola puñalada.
Es verdad que perdimos los papeles en la tolvanera de las razones, que nos peleamos, que hubo gritos, insultos y que nos tiramos palabras de piedra a la cabeza. Es cierto que aunque la realidad es clara, la verdad siempre se espesa y que fuimos más allá de donde hay que ir, hasta que nos odiamos con la misma intensidad con que nos habíamos querido, pero al revés. Es verdad que defendimos nuestras posturas hasta perder la razón y que en la ceguera del querer hacer daño, fuimos quebrando desde lo más frágil hasta lo más sólido de nuestra relación. Es verdad, que cuando terminamos de odiarnos, ya no nos quedaba nada por salvar.

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