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sábado, 16 de julio de 2011

La Pelusa

Me tienen intrigado las pelusas. Uno barre, uno aspira, uno le da una paliza a las alfombras periódicanente como es preceptivo y ya con eso se siente rodeado por la asepsia y, se confía, se arrellana en la molicie del Pronto y de la mopa rinconera giratoria, sin saber que cualquier día y sin previo aviso, al retirar un mueble para rescatar una carta de esas que parecen haberle pillado afición a las ranuras, ahí estará... ¡La Pelusa!. Dependiendo del tamaño y del tono de su color, incluso podrás llegar a confundirla fácilmente con un ratón, lo que llevará acarreado un susto adicional fuera de toda recomendación feng shui, con lo que ya de entrada la pelusa te resultará irreconciliablemente antipática de por vida. El resto ya lo sabemos, al cubo y punto... Mas ¿Para qué sirve una pelusa en realidad? ¿Cuál es la finalidad y el proyecto último de una pelusa? ¿Son un ecosistema en sí mismas las pelusas? ¿Existen ciudades de ácaros que van y vienen de un lado para otro de la pelusa haciéndo cometidos y mandados? ¿Cuántos ácaros asociados se necesitan para ser un New York de las pelusas? Y ¿Por qué les gusta tanto a las pelusas la electicidad estática? ¿Les mola vivir amogollonadas encima de las regletas de los enchufes y enroscadas a los cables, igual que a nosotros nos petan los adosados? ¿Y por qué corren de acá para allá, como pollos sin cabeza, en cuanto que ven una corriente de aire?

Bien, pues no hay manera de saberlo, he estado hablando con un pelusón que le pirria instalarse detrás de la puerta de la cocina y no ha habido manera de sacarle nada en claro. Al final he llegado a la conclusión de que las pelusas son como los políticos, es decir, nunca aclaran nada, parecen un poco ratas y siempre acumulan mierda a escondidas por los rincones.

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