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domingo, 17 de julio de 2011

Monologos del Loco ( fragmento, chinos)

En la cera de enfrente, al otro lado de la calle que no duerme y un poco más abajo de la parada del autobús, hay una tienda de todo a cien, regentada por unos chinos, que se llama El Jardín de flores de la Montaña de Sol. Te giñas, vamos. La mujer que se ocupa del mostrador es alta y robusta pero sin ángulos rectos. Tiene la misma cara, ancha y redonda que tenía Mao Tse Tung, pero ella lleva el pelo recogido en un moño pequeño y apretado contra la coronilla, que luce brillante como si usara pintura negra en lugar de fijador. Nunca sonríe, nunca cierra la tienda y nunca se cambia de ropa. La china del todo a cien, quizá duerma de pie o quizá ni siquiera duerma y por eso la oscura raya que son sus ojos nunca deja ver del todo si están abiertos o cerrados. El chino del todo a cien por el contrario es un chino menudo, casi escuálido, tiene la cara alargada y el gesto sufrido de quien hace fuerza o sufre penosas fatigas para subsistir y de hecho siempre está moviendo cajas y paquetes de un lado para otro, subiéndolas del sótano, bajándolas al sótano o trayéndolas de la calle igual que una hormiga laboriosa que jamás consiguiera llenar la despensa del hormiguero. El chino del todo a cien vive pegado a un carrito saquero como si fuera su propio culi y se viera obligado a tener que transportar el peso de su propia existencia de acá para allá. Lunes, martes, miércoles... domingos, todos los días son días laborables en el calendario del todo a cien y quizá para hacerlo más llevadero y volcar contra algo lo rutinario de su existencia, uno y otra discuten a todas horas cruzándose unas palabras rápidas y silbantes que aunque no sé lo que significan deben de hacer cortes muy profundos. A medio día y por las tardes, cuando sale del colegio, les ayuda una niña de unos trece años, que tiene la misma cara de bollo horneado que su madre, pero con trenzas, y el mismo cuerpo membrudo de su padre pero con faldita a cuadros escocesa. No sé muy bien porque y eso que yo siempre sé los porqués de cada cosa, albergo contra ellos una cierta antipatía. Tal vez por su desmedido afán mercantilista, por ser tan prisioneros y vivir tan encerrados en su tienda como yo en la habitación sesenta y nueve, sin disfrutar ni un solo día de lo que tan afanosamente se trabajan. Son raros, los chinos son raros. Yo soy el mestizaje entre los pueblos y el azote del racismo, pero los chinos son raros de cojones y misteriosos. Su cara nunca dice nada, la expresión de sus ojos nunca dice nada, nunca se ve un perro cerca de un restaurante chino y nadie ha conseguido averiguar nunca lo que hacen con sus muertos. Además son silenciosos, casi furtivos en su manera de establecerse en un sitio. Nadie sabe cuando llegaron, ni cuántos son en realidad en cada clan. Viven en una sociedad paralela dentro de la sociedad, con su propio sistema, sus propias costumbres y sus propias leyes. De vez en cuando organizan una degollina por un ajuste de cuentas y entonces uno se entera de que están aquí, hacinados entre nosotros, en algún lugar del subsuelo compartiendo un metro cuadrado de almacén entre diecisiete y exentos de pagar impuestos.

Yo, que ya sé que el hombre es un experimento extraterrestre de la combinación entre monos, cerdos y ratas, he descubierto desde mi ventana que los chinos tienen más de rata, que por ejemplo los ingleses, que tienen más de cerdo… Sin ofender, claro, una cosa meramente científica.

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