Fotogalería

miércoles, 17 de agosto de 2011

Erotik-On (fragmento)

Espacioso, con luz, terraza y derecho a piscina, todo en cuarenta y cuatro metros cuadrados, por cuatrocientos euros mensuales y en una cuarta planta con vistas al puerto de San Antonio. Salvo, por la altura, se parecía mucho a la postal que me había hecho en la cabeza, del apartamento en el que iba a pasar los siguientes cuatro meses, cubriendo las noticias locales. Estaba claro también que tenía que jugar a la lotería y que apostar al cuatro.
Después del papeleo y de ayudarme a acomodar el equipaje a los muebles, supuse que Patricia se iría, que me dejaría acabar de instalarme con tranquilidad y aterrizar del todo, pero otra vez iba a equivocarme. El rumor de agua fue la respuesta que me llegó, cuando quise saber dónde estaba.
-Me estoy duchando –aclaró innecesariamente- No aguanto la sal contra la ropa.
Apareció cinco minutos después vestida únicamente con una toalla que no era mía, enrollada en la cabeza y con un humeante canuto, también recién enrollado, entre los labios. Se plantó así ante mí al otro lado de la mesa baja del salón, donde me había sentado a estrenar el sofá y a conectar el portátil, me miró como un gato a un hamster, miró después su reloj y por último dijo: “Aún tenemos tiempo”. Su cuerpo, que me pareció más moreno, más alto, más cercano y más desnudo, por el hecho de verlo bajo un techo, lanzaba destellos de crema hidratante, revelando volúmenes y texturas, confiriendo a sus formas una cuarta dimensión que ya no se apreciaba sólo con la vista.
-¿Tiempo para qué?
Desde luego yo no me había marcado un plan de actividades sociales, propiamente dicho con carácter inmediato, pero se conoce que Patricia tenía otra idea y que yo sí entraba en los suyos. Siguiendo con su juego del desconcierto, de pronto se frotó enérgicamente los pezones con las palmas abiertas de las manos y luego los pellizcó, tirando suavemente de ellos hacia arriba.
-¿Te has fijado en que tengo los pezones de color cereza? –preguntó como si tal cosa- No hay muchas mujeres que los tengan así. Tracy Lords, los tenía así.
-¿Y quién coño es Tracy Lords?
Hasta cierto punto aquel juego de intimidarme con su escultural desfachatez, lo que estaba consiguiendo era cabrearme. ¿Por qué clase de innoble pervertido me hubiera tomado ella a mí, si yo le hubiera plantado el celulonio delante de la cara para preguntarle si le gustaba el brillo tornasolado de mi prepucio? Aún trataba de cerrar la boca y de pensar en algo menos borde que decir, cuando se me vino encima, subiéndose a caballito sobre mis piernas, con las cerezas tracylord desafiantes, a dos centímetros de mi cara, y se deshizo del canuto, poniéndomelo en la mano.
- Toma, fuma –dijo- este me ha salido insuperable. –enseguida me empujó contra el respaldo y me echó los brazos al cuello. Un lametón de gato, impactó contra la punta de mi nariz. El tacto de su piel caliente y húmeda traspasaba la fina tela de hilo de mis pantalones. Con un suave, casi imperceptible movimiento, sus nalgas se contonearon, acoplándose a mi regazo, pegando la ventosa húmeda de su pubis contra las durezas sin esquinas del mío. Algo más que simple calor traspasaba mis pantalones ahí abajo. Me gustó todo, excepto aquel aire de seguridad, aquel apropiarse de mi cuerpo y de mi voluntad como si fuera un consolador no programado para rechazarla.
- En cuanto que pueda llevármelo a la boca lo probaré y te daré mi opinión. –le contesté tratando de parecer irónico y desinteresado- ¿qué versículo nos estamos fumando? Espero que la tinta no sea demasiado tóxica.
- Las Biblias siempre lo son, lo mejor es quemarlas. –Patricia ahora se escurría hacía mis rodillas dejándose espacio y lamía la grieta de piel que había hecho asomar desabrochando mi camisa.
- Dos generaciones de fumalibros cómo tú y volvemos a la edad media.
- Vale, pollo, corta el mitin, que me lo sé. ¿Follamos o me vuelvo al baño a tocarme yo sola?.
Follamos claro. Descarada y amoralmente, pero antes, cumplió su amenaza a medias y separándose de mí, se fue a tocarse al otro extremo del sofá exhibiéndose, las rodillas separadas a mil kilómetros de la vergüenza, la lascivia asomando a su sonrisa, impúdicamente turbios y fijos sus ojos en los míos, como si le excitara ver mi turbación.
-¿Pero tú de dónde has salido?, vamos a ver.
-De uno como este –se apresuró a jadear- ¿No te gusta? Ven, míralo desde más cerca, no seas mariquita.
Sus dedos manipularon, separaron, mostraron sin recato el último recoveco de su anatomía, sin que pudiera apreciar en ella, el menor rastro de broma a de burla. Debía estar loca o atacada de ninfomanía para comportarse de esa manera. Además su excesiva agresividad me cohibía aún más.
- Chúpamelo.
- Aún no me has dicho quién es esa Tracy Lords.
- Era una actriz porno muy famosa. –jadeó más fuerte- Ahora hace cine normal. ¿A qué esperas? ¿Te van los tíos o algo así?
Por un momento se me ocurrió que si le soltaba un par de ostias, a lo mejor y todo a ella le gustaban y yo me relajaba. Se me escapó la carcajada imaginándome la escena, viéndome a mi mismo en tal situación, mientras su toalla se desmelenaba hacia uno y otro lado del sofá como un muñeco de pelo, pidiendo más guerra a gritos. En lugar de eso me incorporé, me planté de pie entre sus piernas, abrí la bragueta de mis pantalones y le apunté directamente entre los ojos con el tono tornasolado de mi prepucio.
-Deja eso y acércate.
Estuvo bien para variar, verla obedecer y mover un ratito la cabeza, como diciendo que sí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario