Fotogalería

jueves, 1 de septiembre de 2011

La Tormenta ( cuento infantil)

La tormenta entró por el este una mañana, un poco antes de que lo hiciera el sol y se quedó todo el verano en el valle, rebotando de colina en colina.
Al principio era pequeña, compacta. Un bebé de tormenta inseguro y variable, que sonrosaba u oscurecía su piel de nube, probándose, descubriéndose a sí mismo sus capacidades. Y seguramente sorprendida con el poder que desataba en su interior, todos los días durante media hora de la tarde, descargaba sobre nosotros sus esfuerzos infantiles en forma de lombrices luminosas y amortiguados retumbos, que se parecían más a una vibración que a un ruido. Y todo salpicado, rociado más bien, con frescas gotas diminutas, que después dejaban minúsculos charcos en el suelo.
Recobrando el tono rosa, encogiendo y dilatando sus bordes como si resoplara, se quitaba entonces de delante del sol y esperaba a que el calor evaporara los charcos para reabsorber su humedad y poder comenzar de nuevo los experimentos. De esta forma, un día tras otro, a lo largo de julio y agosto, fue explorándose a sí misma en cada rincón del valle, perfeccionando el grosor de sus lombrices e imprimiendo a sus retumbos un tono cada vez más modulado.
Contra la lona de las tiendas en las que estábamos acampados, podíamos comprobar también como sus gotas arreciaban en tamaño, rapidez y cantidad, y al final, familiarizados con ellas, esperábamos y agradecíamos que su frescor mitigara la alta temperatura. Era, sin duda, nuestra amiga tormenta. Una más del equipo en aquel campamento de arqueólogos.

A primeros de septiembre, sin embargo, los vientos que volaban por encima de los picos más elevados, empujaron hacia nosotros unas formaciones nubosas, deshilachadas y desperdigadas, que aunque tardaron casi una semana en agruparse en una amenazadora borrasca, cuando lo hizo, cubrió de sombras todo el valle. La pequeña tormenta, recortada contra su fondo, a punto de hacerse indistinguible, parecía un simple grumo.
Cuando al fin se desató la tempestad, durante horas y horas de la noche, soplaron furiosamente los vientos de un lado a otro, zarandeando la vegetación y las tiendas, llovió y granizó llenando de riachuelos las laderas, tintando de blanco las cumbres y estremeciendo con duros y secos fogonazos, el ánimo de los más curtidos moradores del valle. El mundo entero pareció desplomarse encima de él y hasta la luna pasó por el cielo de puntillas esa noche. Sin embargo, cuando llegó el alba, todo había terminado. La gran tormenta se había deshecho por completo y el firmamento volvía a ser radiante y azul. Con un aire fresco y curioso, se miraba la cara por sectores, asomándose al espejo de las improvisadas lagunas, en que se habían convertido los charcos.
Por doquier, la violencia del vendaval había dejado un reguero de pequeños estragos entre la población arbórea, derribando o chamuscando a alguno de los más grandes y viejos de ellos. Las tiendas y el equipo de excavación, salvo algún que otro desperfecto sin importancia, habían salido indemnes. La excavación en sí, por culpa del barro arrastrado, era ya otra cosa.
En cuanto a la pequeña nube que aprendía a ser tormenta, empujada hacia el suelo por la presión que ejercía la grande, había visto reducidos sus ímpetus juveniles a una neblina poco firme y vacilante, que se apretaba contra las cotas de la parte más baja y espesa del terreno, en un último, desesperado esfuerzo, por mantenerse unida. Me pareció insignificante y vencida y pensé que en cualquier momento una ráfaga de viento la disiparía, pero mucho antes de que el sol apuntara en lo más alto, había logrado recobrarse lo suficiente para formar un nuevo y pequeño grumo y situarse a unos seiscientos metros de altura, allí donde el aire tendía a enfriarse y, justo en la vertical del centro del valle.
Luego, cuando en las horas de más calor, todo el agua caída durante la noche, empezó a evaporarse formando una espesa columna blanca, como de un humo sin fuego, ella se apresuró a capturarla, a absorberla con diligente avidez y pronto, su pequeña forma compacta, inició un rápido y desmesurado crecimiento. Ante nuestros divertidos ojos, muy pronto duplicó y triplicó sus dimensiones y lo siguió haciendo una y otra vez, en el transcurso de la tarde hasta conseguir ocultar al mismo sol. Ya para entonces ocupaba casi un tercio del cielo, y el valle empezaba a quedársele pequeño. Con las últimas luces del crepúsculo, la vimos ascender en busca de los altos vientos y alejarse con ellos, pletórica de libertad. Nueva y orgullosa, dignamente espesada con penachos de merengue y, nos pareció que era una gran nube. Una nube hermosa e importante, que muy pronto llegaría a ser una imponente tormenta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario