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miércoles, 26 de octubre de 2011

El Bosque ha Cambiado

Hasta hace bien poco, gracias a las lecciones del abuelo, me los conocía a casi todos. A los árboles de la sierra, digo. Salíamos de paseo después de la siesta (la suya) y me los iba señalando con el bastón, como antaño señalaban los maestros con el puntero los cartelones de la pizarra.
-"Este es un ciprés -anunciaba-, bonito y elegante, y serio y estirado como los guardias. Ese otro es un olmo, buen árbol y buena sombra, pero ya van quedando muy pocos por culpa de un hongo que lo parasita. Aquel de allí abajo en cambio, ese del tronco gordo y lleno de abultamientos es un alcornoque, hermoso y recio árbol también, cuya corteza sustituye a menudo el seso de muchas cabezas. Ya lo iras viendo, ya..."
Los fui viendo efectivamente y el resultado es que a fuerza de pasear, me los acabé aprendiendo todos con sus bienaventuranzas y peculiaridades correspondientes. Desde el imponente castaño de indias capaz de dar sombra él solo a una área de terreno, hasta el impasible roble de granítica ebanistería que ya sólo formaba bosques en los salones bien amueblados, pasando por el álamo blanco, que traía el rumor y la brisa del mar en sus hojas. También estaban el abeto puntiagudo con sus cien enaguas de rama plisada, el pino negris de forma irregular y tronco oscuro que albergaba a la procesionaria, y el piñonero; Señorial, copudo y proporcionado centro de hermosas piñas para solaz esparcimiento de las ardillas.
Me sabía el álamo temblón que sólo tiritaba en verano, el sauce llorón bebedor insaciable y sibarita de las piscinas, y el prunus violáceo, o árbol pavisoso, eternamente ruborizado. Me sabía la arizónica de raudo y espeso seto, el enebro de bayas de gin-tonic y el madroño emblemático y sin oso, desde que allá por el XVII, Sancho IV se cargara el último de la zona. Me sabía el avellano generoso, el almendro florido, el algarrobo gorrino, la encina de buena brasa y hasta la secuoia giganteum traída desde otro mundo, para que creciera a paso de tortuga en la finca de un vecino. Me sabía todo eso aunque más que la botánica tirase de mí la zoología, y dudo mucho que hubiera en toda la sierra un árbol, arbusto, o mata, que no me hubiera sido presentado por el abuelo.
-"Aquí una acacia, aquí mi nieto".
Ahora, el bosque ha cambiado. No sólo en extensión y en variedad, sino incluso en la materia que lo conforma, y me las veo negro para identificar lo que veo. Plátano o sabina, antes todos los componentes del bosque estaban hechos de madera, mejor o peor según para qué, pero de madera. Ahora en cambio, no. Ahora la mitad de los árboles que uno encuentra en el paisaje son de hierro y acero y tienen nombres tan peregrinos como; Torre de alta tensión, Repetidor de televisión, o Paraguas de telefonía móvil. Ahora en vez de hablar con mis hijos de las excelencias del chaparro mientras paseamos, hablamos del alcance de las ondas de radio, del campo de fuerza zumbón que se genera bajo los cables, o del silencio que genera el paraguas telefónico entre los pájaros.
-"Mira niño -le digo-, eso son cuarenta y cinco mil voltios suspendidos de un hilo."

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