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lunes, 16 de abril de 2012

Calzoncillos

La dependienta de la tienda parece maja, solícita y paciente.
-Calzoncillos, busco calzoncillos.
La chica además, parece conocerse el percal de lo que vende al dedillo y de carrerilla.
-¿Slips, boxer, tanga, pantaloncito, de goma ancha, de goma estrecha, con costura, sin costura, de media pierna, de pierna larga, tipo gayumbo de "toa" la vida, o más bien tirando a hilo dental, o sea tapa rabos bosquimano?
La expresión de mi cara debe ser todo un poema a la confusión, la dependienta que tiene las uñas de color verde rotulador y que porta encima de la teta izquierda una chapita en la que pone nada menos que Yameli.G, se esfuerza por sacarme del marasmo.
-Los tenemos lisos, estampados, de algodón, de nylon, de lycra, elásticos, con bragueta, con botones, con...
-¡No, con cremallera no! - la interrumpo a tiempo- Ni con relleno, ni con culo up, ni con suspensorio, ni con carga bilateral antero posterior, yo sólo quiero unos calzoncillos cómodos, o sea, que no se den de sí al tercer lavado y que no se les quede la goma floja. Nada hay en el mundo tan molesto como un calzoncillo con la goma floja.
Yameli.G que, al final va a resultar que no es tan paciente, me tuerce un mohín de fastidio por haberla interrumpido y luego se pasea la lengua por los labios como si en lugar de llevar carmín los tuviera manchados de mermelada de frambuesa.
-¡Ay, Señor!, pues en ese caso no sé si voy a poder ayudarle. Si usted no sabe decirme lo que quiere yo no voy a poder complacerle.
Estoy por responderle que alguien que lleva el punto G en el nombre no debería tener dificultades para complacer a nadie, pero mejor me callo. Estas mujeres subproducto de culebrón con aspiraciones a Jennifer López , tienen un sentido del humor un tanto peculiar y lo mismo me malinterpreta la grosería y se cree que quiero ligar con ella.
-Mire señorita Yameli –le digo a cambio- le repito que no busco nada del otro jueves y que me conformo con una prenda que me mantenga el “celulonio “ sin apreturas, bamboleos, ni maltratos. Un calzoncillo al uso, de los de toda la vida me iría que ni pintado.
La señorita Yameli, que es más relamida que elegante, más lista que guapa y que huele a colonia penetrante y sofocadora, parpadea apenas un instante y enseguida me pregunta llena de maldades.
-¿Se refiere usted a uno de esos blanquitos que llevan los abuelos?

¡Será borde la tía!

-No señorita Yameli, no aspiro a tanto, yo lo único que le pido a unos calzoncillos es que sean cómodos de cojones.

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