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miércoles, 25 de abril de 2012

La Memoria del Elefante

Hace ya muchos, muchos años, cuando todavía la selva escondía misterios y parecía por ello más grande, un viejo explorador que un día decidiera entregar su alma y su vida al embrujo de caminar por ellas, avanzaba, cargado con un pesado equipo y un voluminoso botiquín, abriéndose paso a duras penas entre lo espeso del follaje intentando llegar al siguiente poblado remoto, donde pudiera hacer algo por aliviar el sufrimiento de los demás.
Aquella mañana llevaba más de cinco horas andadas desde el amanecer, cuando al derribar de un solo machetazo una gruesa rama que le estorbaba el camino, apareció de golpe, tumbado sobre la alta hierba, los ojos serios clavados en los suyos, la enorme mole gris de un elefante africano.
Tan grande fue su sobresalto, que a punto estuvo de tirar su precioso cargamento y salir corriendo. Pero algo le retuvo. Miró de nuevo al paquidermo con mayor atención y entonces se dio cuenta de que en su frente, justo encima del marcado pliegue que la distinguía de la trompa, había una profunda herida de la que manaba sangre abundantemente.
Conmovido y seguramente atacado de una repentina locura por efectos del calor, echó mano de su botiquín y abandonando la protección del rifle contra el tronco de un árbol, inició una cautelosa maniobra de aproximación hacia la fiera. Al verlo acercarse, el animal herido lanzó un agudo barrito de advertencia y al tiempo que intentaba ponerse en pie sin conseguirlo, sus enormes orejas se movieron amenazantes hacia adelante y hacia atrás, levantando una espesa polvareda de inquietud.
Haciendo acopio de todo su valor, el explorador tosió, tragó saliva y siguió avanzando centímetro a centímetro, susurrando palabras suaves para tranquilizarlo. Más de media hora le llevó salvar la escasa distancia que los separaba y otro tanto decidirse a apoyar una mano temblona sobre su rugosa piel. Después de acariciarlo un buen rato, ambos ya más tranquilos, el hombrecillo se situó frente a su descomunal cabeza y tras mirarse cara a cara largamente, procedió a examinarle la herida.
Descubrió que era muy reciente, de bala, y que el proyectil, después de atravesar las capas gruesas de la piel se había incrustado profundamente en el hueso, lo que sin duda, debía producirle un fortísimo dolor. Abriendo la tapa de su botiquín seleccionó rápidamente unos cuantos artículos y luego, poniendo todo el cuidado del mundo para no enfurecer a la bestia, extrajo la bala y lo curó.
Tres días con sus tres noches permaneció el explorador al lado del enfebrecido gigante, vigilando su temperatura, ahuyentando a las hienas y suministrándole medicamentos disueltos en el agua en tal cantidad, que su valiosa caja de auxilios vio prácticamente agotadas sus existencias. Al cabo de ese tiempo, el más grande de los animales terrestres, empezó a balancearse aparatosamente sobre el vientre y a continuación, todo su cuerpo temblando por el esfuerzo, fue incorporándose hasta que sus cuatro patas quedaron firmemente asentadas sobre el suelo. Agradecida, aquella mole gris levantó entonces su trompa majestuosamente y envolviendo al aterrado hombrecillo, lo alzó por encima de su formidable cabeza y lo depositó suavemente sobre ella, dispuesto a no separarse nunca más de él.
Y así hubiera sido, si el destino, como de costumbre, no hubiera dispuesto lo contrario. Al cabo de unos cuantos años de amistad inquebrantable en los que, siempre juntos, abrieron nuevos caminos de auxilio por selvas, sabanas y forestas, el viejo explorador, muy mermado de salud, casi consumido por la malaria, se vio obligado a abandonar aquella vida que tanto amaba y regresar a su patria.
Así que una mañana brumosa y triste, en el umbral de la época de lluvias, hombre y animal se miraron otra vez cara a cara largamente, se abrazaron con un abrazo de hermanos y se dijeron adiós para siempre. Después, dándose la espalda, cada uno volvió al lugar donde naciera. El viejo macho de paquidermo llevando sobre su cabeza el peso de la ausencia del amigo, ocultó su tristeza en la espesura de su mundo vegetal y el explorador, maldispuesto, desolado, se fue haciendo cada vez más pequeño, río arriba, hacia el vapor continental.
Pasó el tiempo y el anciano aventurero repuesto ya de su mal aunque sin poder regresar nunca más a las selvas, se desmoronaba poco a poco de inactividad y de nostalgia. Una apacible tarde de un mayo templado, mientras caminaba por uno de sus acostumbrados paseos solitarios, acertó a pasar frente a la puerta de un circo y al oír de nuevo durante unos instantes el inconfundible murmullo animal que tantas veces le había acunado en sus noches selváticas, se detuvo. Movido por esa, o quizá por otra razón aún más poderosa, pagó una butaca y entró.
Silencioso en su sitio, rodeado por docenas de risas infantiles que no sabía compartir, aplaudió con escaso entusiasmo a los payasos, contuvo la respiración con los formidables alambristas y sólo se dejó emocionar un poco con el domador y sus fieras. Así, entre carcajadas, sustos y sorpresas fue discurriendo agradablemente el programa, hasta que el engolado jefe de pista, encaramado en lo alto de un taburete multicolor, anunció a bombo y platillo el último y más increíble numero de la función. Acto seguido, bajo el silencio expectante que bullía en la carpa del circo, apareció la enorme masa gris de un elefante Africano.
· ¡Sansón! ¡El elefante más fuerte del mundo!
El encanecido explorador dio entonces un violento respingo en su asiento y con el corazón atragantado, frotándose una y otra vez los ojos, miró incrédulo al animal.
· ¡Dios mío, no es posible! -se dijo- Debo estar soñando. ¡Parece él! ¡Parece mi elefante!
Precipitadamente, obedeciendo a un impulso irrefrenable, abandonó su sitio y abriéndose paso entre los desconcertados espectadores se paró al borde de la pista frente a la gigantesca cabeza del animal. Este se acercó un poco, alargó hacía él la trompa y emitió un tenue barrito.
· ¡Es él! ¡Me ha reconocido!- exclamó loco de alegría. Y enseguida, burlando a los mozos de pista y las vallas, saltó sobre la arena, corrió a su encuentro y se abrazó a su costado llorando como un niño.
El elefante le miró entonces a los ojos, asintió con su pesada cabezota levemente y envolviéndolo con la trompa, lo alzó despacio por encima de su meseta craneana. Después, ante la sorpresa de todos, lo estrelló violentamente contra el suelo y presa de una furia incontenible, comenzó a pisotearlo hasta que no quedó más que un revoltijo de carne y ropa sangrantes sobre la pista del circo.


Aquel elefante, era otro elefante.

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