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domingo, 13 de mayo de 2012

11 M 2004 III

Algunas noches se las pasaba en vela, amasando palabras, sacándole punta a los adjetivos para construir mentalmente frases, embargado por el mismo espíritu del cazador que tensa su arco y afila sus flechas en la oscuridad de la cueva, y luego saltaba de la cama con el sol y se echaba a la calle con cinco o seis parrafadas dispuestas y montadas como si en cualquier momento el idioma en su boca pudiera transformarse en un arma destructiva.
Ángel Cruz Vivar que con ese apellido a lo mejor descendía del mismísimo don Rodrigo, odiaba a casi todos y a casi todo con un orden de preferencia que empezaba por el Encargado de la obra en la que trabajaba, seguía por los políticos, los banqueros, los abogados y los del Real Madrid, para luego ya continuar sin un orden concreto con la comida americana, las navidades, los perros que se cagaban en la acera, los jóvenes que se tatuaban el cuerpo y se taladraban las orejas y con la sociedad y la humanidad en definitiva y por lo tanto, con su propia vida. Ángel Cruz Vivar en realidad odiaba su propia existencia, su propio fracaso frente a la vida, pero era incapaz de echarse la culpa.
Las primeras palabras de aquel día las cruzó con el camarero de la estación de Nuevos Ministerios cuando le pidió el café.
-Solo y muy cargado, sin azúcar... y dos porras si están recientes.
Las porras y los churros había que tomarlos recién hechos y el café como su propio nombre indicaba: caliente, amargo, fuerte y escaso. Ángel Cruz, odiaba a los camareros que no sabían hacer correctamente el café.
La segunda frase de aquel día, se la dedicó a la mujer que le vendía el periódico todos los lunes desde hacía diecisiete años.
-El Marca. -Pidió lacónicamente mientras ponía una moneda sobre el mostrador.
Gracias a aquel diario deportivo Ángel Cruz odiaba los lunes un poco menos, aunque aún así, seguía siendo el día que más detestaba. Por alguna razón que nunca había entrado a analizar los lunes, el mundo, la vida, le parecían el súmmum de la mierda. Con el periódico plegado bajo el brazo, se subió al mismo vagón de todos los días, se sentó donde pudo y ya no volvió a decir nada hasta que al ir a bajarse en Atocha un hombre de color con evidente temor de que el tren se fuera sin él, se había precipitado al interior del vagón y en su querer entrar antes de dejarle salir, le había golpeado en el hombro sin ni siquiera parar a disculparse. Aprovechando que las puertas se cerraban con uno de cada lado, Ángel le había gritado una de las cinco frases que se había preparado para aquel día:
-¡Si tu madre te llega a parir un poco más imbécil, naces tía!


Después de aquello Ángel Cruz Vivar, que en todo caso debía descender de la pata derecha del caballo del Cid, se sintió mucho más reconfortado, como más seguro de sí mismo y de su importancia en el mundo y desde luego muchísimo más respetado.

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