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martes, 15 de mayo de 2012

11 M 2004 IV

Inés Linares tenía claustrofobia y por eso se levantaba una hora antes de lo necesario y acudía caminando hasta su trabajo. Inés Linares prefería darse el madrugón a tener que subirse a un autobús atestado, o a tener que sumergirse en las angosturas del metro. Si esa mañana había faltado a su costumbre, había sido porqué tenía que ir al médico y se había podido levantar casi dos horas más tarde. Cuando salió a la calle, lucía el sol pero la consulta de su médico quedaba demasiado lejos como para ir andando y supuso que pasada la hora punta, el tren de cercanías no iría demasiado lleno. Inés detestaba tener que ir a aquellas revisiones ginecológicas, pero sabía que en su caso era importante. Inés estaba en su cuarto mes de gestación y había sufrido algunas perdidas que aunque más alarmantes que otra cosa, no convenía dejar de revisar. Inés se sentía como un viejo coche al que no le acabaran de poner el motor a punto. Pero todo merecía la pena con tal de llevar su embarazo a buen fin. Inés deseaba aquel hijo más que ninguna otra cosa en este mundo y aceptaba de buen grado cualquier molestia, porque sabía que no existía recompensa sin sacrificio. Nada era gratis en esta vida y por eso esa mañana ella debía coger aquel tren de cercanías aunque la idea le repateara.

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