Fotogalería

martes, 8 de mayo de 2012

11 M 2004

Lali Titanes estaba casada por el judgado con el ciudadano armenio Tadesca Barsakristos y desde hacía dos año residía en un barrio periférico de la capital de España. Había llegado allí tras un largo periplo de camiones y fatigas, pensando que le aguardaban un trabajo y un futuro mejor, y ahora sólo sabía que podía dar gracias por no tener que prostituirse como la mayoría de sus compatriotas. Lali no sabía a qué se dedicaba su marido, aunque le veía salir a trabajar a horas intempestivas y volver a veces magullado. Ella ni siquiera preguntaba. Se limitaba a limpiarle las heridas y a prepararle un baño de agua caliente porque no tenía sentido alguno entrar en disquisiciones morales. La subsistencia era demasiado precaria, la vida demasiado dura y no habían llegado hasta allí para acabar peor de lo que estaban en Armenia. Ella confiaba en su marido, en su instinto y habilidad para poner todos los días algo de comida encima de la mesa. Tadesca tenía mil formas de conseguir dinero y aunque intuía que todas ellas eran ilegales, no por eso dejaba de respetarle con algo de veneración. Tadesca nunca se quejaba, nunca tenía miedo, nunca desfallecía. Era duro como sólo es duro y empecinado el instinto de supervivencia. Había luchado en Yugoeslavia, traficado con armas en la frontera de Turquía e introducido drogas en Italia, antes de recabar en España y montar su propio grupo organizado de robo de vehículos de lujo. Ellos los localizaban, los sustraían y los ponían fuera del país en menos de seis horas. A veces incluso antes de que el dueño lo denunciara. Sin embargo de todas estas cosas Lali Titanes oficialmente no sabía nada. Por lo demás Tadesca era considerado con ella, casi cariñoso desde su lejanía como si algún oscuro resquemor, alguna gran tristeza enquistada le impidiera serlo más de cerca. Tadesca debía de haber padecido tanto que no lo podía ni contar.
Jamás se le ocurrió pensar que pudiera haber matado a alguien. Ni siquiera creía que pudiera tachársele de ser una mala persona, y por eso se quedó tan de piedra cuando el policía que llamó a su puerta a las seis de la mañana le explicó que le buscaban por asesinato.
-Por asesinar a una mujer de cincuenta años, para robarle el coche. La sacaron de él y la tiraron a la calzada cuando pasaba un autobús. La cámara de seguridad de un banco lo grabó todo.
Aún así Lali Titanes decidió actuar con lealtad.
-Pues él no está en casa. Hace dos días que no viene a dormir.
-Nos lo imaginábamos. Y supongo que tampoco sabrá dónde podemos encontrarle.
-Nunca me dice nada. No se lo qué hace, ni qué sitios frecuenta.
-¿Cuándo lo vio por última vez?
-El jueves por la mañana.
-¿De dónde es usted?
-De Armenia
-Habla bien nuestro idioma ¿Lleva mucho tiempo aquí?
-Sólo dos años.
-Supongo que tendrá sus papeles en regla.
-¿Quiere verlos?
-Otro día quizá. Hoy tenemos un poco de prisa.
-Como quieran.
-Nos vamos. Y por favor no olvide decirle a su marido que hemos estado preguntado por él y que agradeceríamos que nos devolviera la visita. Si no ha sido él no tiene por qué temer nada.
-Lo haré, descuiden.
-¿Tienen ustedes hijos?
-Aún no. No esta la vida para traer niños al mundo.
-Claro, claro. A nosotros no los va usted a contar. En fin señora, lo dicho. Que pase usted un buen día.
-Lo mismo les digo.
Lali esperó a que se cerrara la puerta y enseguida se encaminó hacia el dormitorio. Una vez allí, se dirigió a la ventana y corrió las cortinas de par en par.
-¡ Tadesca!- apremió sin mirarle mientras subía la persiana.- Levántate que te vas de aquí. Para entonces Tadesca ya se había sentado en la cama de un salto.
-¿Qué pasa?
-Pasa que te has cargado a una vieja y que te vas de aquí ahora mismo. Ya te advertí que nada de putas, drogas o sangre. Haz tu maleta.
Tadesca no dijo nada. Se limitó a orinar estrepitosamente en el baño y luego a obedecer. Antes de cinco minutos tenía listo el equipaje. Tampoco tenía demasiadas cosas que guardar.
-¿Qué va a ser de ti ahora? ¿De qué vivirás?
-Aceptaré ese trabajo por horas de asistenta. Para mi sola llegará.
-Te mandaré dinero cuando pueda.
-Ten cuidado al salir, no te vayan a estar esperando.
-Siento que esto acabe así.
-Debiste haberlo pensado primero.
-Fue un accidente, Lali, nadie vio llegar al autobús.
-Eso no es una excusa. Debisteis haberos asegurado antes de empujarla a la calle.
-Nadie la empujó. Ella sola se arrojó del coche llena de pánico. Debió pensar que queríamos raptarla o violarla. Esas ricachonas son todas unas histéricas. Si nos hubiera obedecido, hasta la habríamos dejado en la puerta de su casa.
-Entonces simplemente fallasteis como unos principiantes. Lo siento Tadesca pero no quiero correr riesgos contigo. No me gusta tu vida y no quiero acabar como tú.
-¿Volveré a verte?
-Nada volverá a ser igual. El padre de mis hijos no será un asesino.
-Me había acostumbrado a quererte.
-Pronto me olvidarás. Cambia de país, trata de llegar a Sudamérica y el tiempo hará el resto.
-Sí, otra vez. Ya me sé el proceso.
-Adiós Tadesca.
-Adiós Lali.
Tadesca salió con cautela y se encaminó sin pararse hacia la estación de Pozo Blanco. Eran las seis y veinticinco de la mañana.

No hay comentarios:

Publicar un comentario