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miércoles, 16 de mayo de 2012

La Muerte (Monologos del Loco- fragmento)

Los muertos, la muerte, únicamente interesan a los vivos. Los vivos nos pasamos la vida hablando de la muerte como si morirse fuera una rareza, o algo espectacular, que nada más pudieran hacer unos pocos osados con buen entrenamiento, y no obstante, a todas horas, en cualquier sitio, hay alguien que va y se muere. No importa que lleve toda la vida vivito y coleando, ni que nadie le haya explicado jamás cómo se hace. La muerte es una cosa autodidacta. Morirse es fácil, cualquiera puede hacerlo sin necesi­dad de realizar un esfuerzo especial o un cursillo por correo, e incluso, para que se vea lo fácil que es, uno pude morirse hasta sin tener ganas. La muerte no tiene nada de especial. ¿Acaso ha visto alguien una empresa de pompas fúnebres que se anuncie diciendo: Muertos de muerte exclusi­va. Muérase con nosotros y deje boqui­abier­tos a sus allegados? Para nada, vamos. Morirse es casi una ordina­riez, un último acto fisiológico y a pesar de ello, no hacemos más que hablar de la muerte y de los muertos. Contabilizamos, numeramos, archivamos y apilamos nuestros muertos. Hacemos catálogos de muertos y de formas de morir y cuando alguien descubre una nueva, corre a contársela a su vecino: ¿Te enteraste?, se atragantó con una bocanada de aire y se murió, por lo visto la respiró tan fuerte que se le fue por mal sitio. ¡Qué original! La muerte siempre es la misma, pero hay muchas clases de muertos y por eso, cada uno, tenemos los nues­tros. Hay muertos que ni nos van ni nos vienen, como los del vecino. Hay muertos desagrada­bles que tampoco nos van ni nos vienen, pero que nos los encontra­mos de sopetón en la calle o en alguna carretera y nos dan el día. Hay muertos de miedo, muertos feos que se mueren asustando, muertos complicados con los que no se sabe que hacer, muertos ocasionales que se cruzan en nuestras vidas durante un rato y de los que nunca volvemos a saber nada. Hay muertos románticos y poéticos, que inspiran canciones en los sepelios, muertos heroicos que se convierten en piedra y se suben a los pedestales de los monumentos, muertos que se nos mueren a todos un poco y a los que enterra­mos con el vello erizado y palabras hermosas. Hay muertos indignantes, muertos que te soliviantan y muertos a los que habría que matar otra vez. Hay muertos inocentes, muertos productivos y muertos inútiles. Hay muertos cómicos, grotescos y muertos de fosa común. Hay muertos de todos los colores y pelajes, de todas las nacionalidades y tamaños, que a todos, en el fondo, ni fu, ni fa. Pero esos no son todos los muertos. Aún hay muchos más.
Hay muertos que te tocan de refilón, como aquella tía Marcela que se fue a Cuba en sus años mozos y que ahora vuelve, como el buen vino, metida en una caja y con sesenta años más. También hay muertos improba­bles, muertos allegados, muertos compañeros que le trastor­nan a uno durante días y luego de pronto, otro día, se cumple el décimo aniversario de su defunción sin que nos hayamos vuelto a acordar de ellos. A partir de ahí, los muertos que quedan, son los muertos del corazón. Del nuestro. Nuestros muertos. Y en ellos hay muertos sentidos tenues, véase el caso de; la pobrecita abuelita que ya era muy mayor y cuya muerte, no por menos previsi­ble, deja de conmocionar y muertos demoledo­res, los muertos en los que uno nunca quiere pensar. Esos muertos que te desgarran a jirones el terciopelo de la alegría, que te contagian su muerte y hacen que tú te mueras en vida. Esos muertos que cuando se imaginan, se apartan de la mente como la más horrible de las ideas y que cuando llegan, lo hacen para quedarse, doliendo en silencio en el centro justo del alma, probablemente durante toda la eternidad.

3 comentarios:

  1. Todos tenemos una tía Maruja que le gusta enterarse de todos las muertes y saber de los "pormenores" aunque no conozca ni al muerto , ni a la familia..

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  2. excelente, gracias me ayudo para una nota

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  3. Haces mal anónimo en no tener tus muertos propios y en aprovecharte de los míos. Celebro tu buena nota, como si en realidad me la hubieran puesto a mí.

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