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viernes, 20 de julio de 2012

Monólogos del Loco (fragmento)

La habitación sesenta y nueve tiene un agujero cuadran­gular en una de sus paredes, que da a la calle. He estado hablando con él y dice que es una ventana. Asomándome por ella, más allá de la reja que impide que los locos se lancen al vacío, hay una alfombra de jardín manchada con flores de confeti, que por las tardes podemos salir a pisotear. Encima de la puerta principal, en la parte bonita y cuidada por la que llegan las visitas, unas enormes letras, seguramente pintadas con el lápiz de un gigante, les avisa de que se están adentrando en el Centro Asistencial de Comportamientos Anómalos, donde las cosas se perciben desde otra dimensión. Y sin llegar a maliciar que detrás de las siglas se esconde una CACA, o que los perturbados nunca “saltan” por una ventana para suicidarse, sino que simplemente se echan a volar pero se caen, entran resuelta­mente a ver a su loco particu­lar para poder marcharse cuanto antes. Todos tienen su loco y este, generalmen­te es compartido por el resto de la familia. Las familias pudientes, como de casi todas las cosas, tienen dos locos en lugar de uno. De forma regular, las visitas las ponen los domingos después de comer. Podría decirse que son una especie de suplemento semanal que te dan con el periódico en recepción y que luego se devuelve como un casco vacío para que sirva otra vez. Los visitantes son de muchos colores diferentes y todos huelen a tarde tonta de domingo y a niñoestate­quietopor­tatebien. Cuando llegan, preguntan amable­mente por su loco y enseguida se lo traen para que lo puedan sacar a pisotear el jardín de las flores de confeti. Debe ser interesante pasearse con un loco propio y familiar. A veces se traen la máquina de fotos y aprovechan para inmorta­li­zar algunas de sus expresiones más enajenadas.

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