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sábado, 4 de agosto de 2012

Egolatría II (Sintomatología y tratamiento)




La egolatría, básicamente es una molestia enorme para los que tienen que aguantar a un ególatra en casa, en el trabajo, en su círculo, o simplemente por las inmediaciones. Los síntomas son un desmedido amor por sí mismos, por su importancia y su prioridad absolutas, también puede manifestarse un patológico afán de protagonismo, hasta el punto de vivir en una permanente campaña de auto propaganda y de no poder mantener más que una única y monotemática línea de conversación (ellos mismos y su fascinante mecanismo). Frecuentemente creerán saberlo todo y saber de todo, no podrán callarse ni debajo del agua, no sabrán mantenerse en un segundo plano y serán incapaces de ver a los demás más que como el mero decorado de su vida. Pase lo que pase, se haga lo que se haga, se cuente lo que se cuente, ellos lo asumirán como propio, e invariablemente argumentarán, que a ellos le pasó primero, que ellos lo dijeron primero, o que ellos lo hicieron primero, y además, mejor y más grande. En los casos más recalcitrantes podrán llegar a añadir que son los más altos, los más guapos y los más listos y no se empacharán opinando que todo el mundo admira, o envidia su persona. No resultará sin embargo difícil calcular que todo lo que dicen que han hecho, estudiado, experimentado, etc, no cabe en el tiempo de su vida y que por lo tanto se auto diagnostican sin ayuda de resonancias magnéticas, ni catéteres por el orto.
"Padezco de egomanía y estoy muy malito".
El pronóstico no es excesivamente optimista. A largo plazo suele ser el desprestigio y el hartazgo generalizado y como consecuencia de ello es frecuente que acaben teniendo más amigos que se rían de ellos, que con ellos. En cuanto al tratamiento, en sí, sólo existe uno y no siempre funciona. Continuos baños de humildad parecen paliar los efectos, al igual que la rehabilitación de la empatía. Tisanas y sueros intravenosos de "...pues hasta mi perro se lame el pijo, mejor que tú", a menudo ofrecen buenos resultados también, aunque en sí mismos ninguno de los dos cure. Recordatorios constantes de refuerzo sobre sus debilidades humanas, sobre sus limitaciones animales y su futilidad cósmico-temporal, sirven para ayudarles a familiarizarse con la idea de que son tan especiales como cualquiera que pueda sentarse en un wáter sin ayuda. Una visita sorpresa a un geriátrico, o al pabellón de terminales de cualquier hospital, puede resultar en algunos casos una buena terapia de choque, aunque en este sentido y llegados al caso, tampoco hay que descartar el tratamiento fulminante de ponerlos en su sitio con una buena oblea verbal, que las venden sin receta.

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