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miércoles, 27 de febrero de 2013

Sueños Húmedos ( Pec@dos Postales, fragmento)

Te metiste en la cama hace rato… un rato. Estas dormida, pero estás despierta y no lo has visto hasta que te has chocado con él. Estaba en la calle, detrás de la puerta del Gladys Paradyse y le has empujado con ella al abrirla, sin querer. Tiene aspecto de suramericano, es alto, bien formado y tiene las facciones agradables, aunque hay algo en él, quizá las botas de tacón cubano, que le confiere aire de chulo intimidatorio que te desagrada. Se limita a mirarte con curiosa admiración y tú, tras una rápida disculpa te alejas de allí. De pronto te da vergüenza que te vean salir sola de un lugar como ese. Además te sientes frustrada y llena de ira contra el hombre que ha jugado contigo, llevándote de aquí para allá inútilmente. Te irrita saber que cuando le veas se limitará a llamarte por tu nombre, o por Turbia y que tú irremediablemente te licuaras por mucho que aprietes las piernas.
Ahora sólo quieres dormir, y tampoco te has dado cuenta de que el hombre de la puerta te ha seguido, hasta que llegas a la entrada del callejón y lo ves detrás de ti, reflejado en el escaparate de un 24 horas que parpadea al otro lado de la calle. Lejos de asustarte, en ese momento te asalta por primera vez la lúbrica duda de que pueda ser él ¿Por qué no? Físicamente encaja con la imagen que te has construido y también lleva un abrigo largo. Además, en lo único que podrías basarte para decir que el pervertidor no pudiera ser de algún país latinoamericano, es en la ausencia de acento en su voz, y a este no le has escuchado hablar todavía. Cambiando rápidamente de idea, cruzas la calle y en lugar de dirigirte hacia la entrada del parking te metes en el 24h. De repente te apetece una barbaridad tomarte una taza de té.
Él entra casi a continuación, sin rodeos, como si de verdad lo tuviera ya pensado de antemano y en lugar de sentarse en la barra como tú, se aprovisiona de un sándwich y un refresco en una cámara refrigerada y se instala en una de las mesas que quedan a tu espalda a dar cuenta de ello. Debajo del abrigo lleva una camisa vaquera y un pantalón de cuero ceñido con un cinturón de hebilla gruesa. “Si al menos pudieras percibir su olor”.
-Té con leche y sacarina, por favor –pides por tu parte cuando llega el camarero. A parte de vosotros tres no hay nadie más en el local. Hace calor, el abrigo abrochado empieza a estorbarte y en los ojos de la imagen que te rebota el espejo que hay dentro de la barra lees que él está pensando lo mismo. Cómodamente instalado a tu retaguardia, te mira a traición y mastica despacio, mordiendo el sándwich como si en realidad te mordiera a ti, donde te mira. “Demasiado zafio para ser él” –piensas- pero nunca se sabe. A lo mejor finge,... se ha disfrazado. Mientras dejas que el té se vaya enfriando, aprovechas para colarte en el aseo, mojarte la cara y adecentarte un poco. Lo del pelo no tiene arreglo sin media hora de cepillo, pero consigues dejarte la cara bastante aparente con el maquillaje de emergencia. “Así somos las mujeres” –te dices- “antes sin ropa, que sin pinturas”.
El sueño es cadencioso, hiperrealista, te recreas en los detalles, sin saltos absurdos, sin metáforas oníricas,… en colores. Y eres consciente de que estás soñando, de que no hay peligro,… de que quieres seguir. Bebes dando sorbitos cortos, dejando en el borde de la taza un reguero de besos de carmín que acrecientan su deseo. No te quita la vista de encima, de tu culo redondeándose sobre el taburete, de tus piernas desnudas asomando interminables hasta el suelo. Eres perfectamente capaz de leer en su cara lo que está pensando, lo que sería capaz de hacer con ese culo, con esas piernas y con esos labios, si al día siguiente se fuera a acabar el mundo y ya diera todo igual. Cada vez tienes más claro que ese no puede ser el mismo hombre con el que has cenado y paseado horas antes y contra el que se te va despertando un creciente enojo. Todavía ardes por dentro y hace ya tanto rato que tienes tantas ganas de sentirlo entre las piernas, que casi te duelen los riñones de deseo. Ahora comprendes que hablaba en serio cuando te previno de que pensaba utilizarte en su juego, sin preocuparse de otra cosa que no fuera de su propia diversión, así que no tienes derecho a recriminárselo, pero el despecho, la decepción, el fantasma oculto del rechazo, hace que te resulte difícil dejar las cosas como están ¿Qué has de hacer? ¿Conformarte con volver a casa y estrenar tus juguetitos? ¡Qué le jodan! Tú todavía tienes ganas de seguir jugando con la carne y con el fuego y no piensas conformarte con un sucedáneo de plástico cuando tienes algo mejor al alcance de la mano. Aún no te das por satisfecha, te apetece seguir siendo puta un rato más, dejarte gobernar por ese espíritu de perra en celo y aullarle a la luna un orgasmo que te devuelva la cordura. De manera que el juego no ha terminado, pero ahora estás dormida, el sueño es tuyo y serás tú quién lleve la iniciativa.
Al fondo del establecimiento junto a la puerta de los aseos, has visto antes cuando has entrado allí, que había un fotomatón y que a mitad de camino, había también un stand con una máquina expendedora, que entre artículos de aseo y baño, tenía preservativos con sabores de frutas exóticas. Tras pergeñar un rápido plan y luego de pagar y de aprovechar para pedir cambio, te dejas escurrir del taburete, el trasero para abajo, el abrigo para arriba, procurando que él no se pierda detalle y te encaminas primero hacia los condones, donde elijes una variedad de lima, y luego prosigues hacia los aseos, meneando hipnóticamente el calentón, para él. Hace ya rato que acabó su cena, pero ha seguido allí inmóvil, como pegado a tu cuerpo por las pupilas. Como premio a su fidelidad, ahora te acomodas en la silla regulable del fotomatón y echas la cortinilla. Las dos primeras fotos te las haces de la cara y luchando contra la risa, una guiñando un ojo incitadoramente y otra paseándote además lascivamente la lengua por el labio superior. Las dos últimas en cambio, te las haces con el abrigo abierto y sin que se te vea la cabeza. Qué fácil es todo en los sueños, con sólo desearlo, se inmaterializa a la perfección. Cuando terminas, en lugar de esperar a que se revelen las fotos, dejas el paquete de profilácticos encajado en la ranura por la que han de salir y te marchas a la calle sin decir ni buenas noches.

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