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domingo, 26 de diciembre de 2010

Pec@dos Postales III

LA CARTA DE LUCÍA
Cualquier año, estrenando el mes de mayo.
Estabas en casa, preparada y nerviosa, vestida como él te había pedido por teléfono la noche anterior, esperando a que llegara. “La primera vez, no te tocaré” te había dicho. “Sólo me acercaré a ti por la espalda y te soplaré en el cuello como una brisa de verano para que sientas tu piel desnuda”. A duras penas lograbas mantener los nervios y paseabas arriba y abajo por la casa, mirándote en los espejos, retocándote una y otra vez el pelo, el maquillaje, el elástico de las medias. Por hacer algo distinto te pusiste a releer la trascripción de aquella primera conversación mantenida con ese hombre sin rostro, hacía apenas una semana. Esa fue la primera vez que te habló de soplarte detrás de la oreja y te había cogido completamente desprevenida. Tú estabas como tantos días, intentando satisfacer tu curiosidad sexual, jugando al bondage virtual en aquel canal de chat, y de pronto él había irrumpido sin anunciarse y sin pedirte permiso te había abierto un privado y había empezado a lanzarte andanadas de cosquillas de cintura para abajo. Tú no quisiste ni contestarle, esperando que como tantos otros moscones se hartara y se fuera, pero sus maneras eran diferentes, el magnetismo morboso que emanaba era muy fuerte y acabaste por ceder a la curiosidad.

Internet: Chat del IRC-Hispano
#canal: La voz de tu Amo
Inicio Sesión: Sat Dec 18 00:48:10 1993
[00:48] sí Turbia,...soy yo.
[00:49] parece mentira, verdad?
[00:50] pasaba por aquí....
[00:50] y de pronto... zas¡
[00:50] tú,...Turbia la sumisa...
[00:50] y yo con la fusta en casa. lastima¡
[00:51] pero me preguntaba...
[00:52] se le habrá pasado ya a Turbia el autismo?
[00:52] o tendré que seguir aquí,...mirándola en silencio?
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[00:55] me gusta mirarte, pero...
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[00:57] qué?
[00:58] (ay la curiosidad¡ no te parece la mejor de las llaves?)
[00:58] pero...prefiero que me hables
[00:58] son tan baratas las palabras...
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[01:00] tan baratas...
[01:00] sabes Turbia? la primera vez...no te tocaré.
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[01:03] quizá te sople un poco detrás de la oreja...
[01:03] ...como una brisa de verano...
[01:04] ...sólo para que te vuelvas y poder verte la cara,...
[01:04] una vez.
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[01:06] sabes Turbia? la segunda vez...tampoco te tocaré.
[01:06] te llevaré a cenar donde haya velas...
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[01:08] ...donde haga calor,
[01:08] y se te derritan las prisas,
[01:08] ....y lo peor es que no te podrás quitar el abrigo.
[01:09] medias,...tacones,...un pañuelo blanco...
[01:09] ...y nada más bajo el abrigo.
[01:09] sudarás mientras te comes la ensalada
[01:09]
[01:10] silenciosa y autista...
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[01:11] sin preocuparte por la extrañeza del camarero...
[01:11] por de la de los otros clientes.
[01:11] por qué no se quitará el abrigo?"- pensarán- “le sentará mal la cena,...se mareará...qué pareja tan rara¡”
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[01:13] pero claro que, ninguno de ellos, podrá saber que tu eres Turbia, la sumisa autista...
[01:14] ...que cena sin hablar y que una vez dijo: qué?"
[01:14] sí, Turbia la sumisa autista, me regaló esa palabra rebosante de curiosidad.
[01:15] extraña sumisa.
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[01:16] sabes Turbia? la tercera vez...aún no te tocaré.
[01:16] te llevaré a pasear...
[01:16] a la calle oscura de las mujeres malas...
[01:16] que son las mejores en el fondo)
[01:17] y te haré caminar delante de mí...
[01:17] diez o quince pasos..
[01:17] disfrutaré con tu vergüenza...
[01:18] cuando los hombres se acerquen...
[01:18] te hagan propuestas obscenas...
[01:18] mientras ellas te increpan...
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[01:20] ...vete de nuestra acera¡, zorra¡, aquí ya somos bastantes¡”
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[01:21] al final de la calle...
[01:21] ...hay un parque.
[01:22] Te gustaría ir al parque, Turbia?
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[01:23] querrá decir sí, o querrá decir no, el silencio de los autistas?
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[01:25] quién sabe, quizá le gustaría poder hablar...poder decir sí,
[01:26] pero tiene la voz secuestrada,
[01:26] cautiva de un Amo cruel y enmudecedor...
[01:26] ...que amordaza su voluntad.
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[01:29] cuántas formas de crueldad conoces?
[01:29] cuántas que te den placer?
[01:30] una por cada palabra...
[01:31] ...que te quedas sin pronunciar?
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[01:32] sabes Turbia? yo tengo palabras que se te meten entre las piernas,
[01:33] palabras que luego ya no te puedes quitar de ahí...
[01:03] ...ni de la memoria...
[01:33] ...porque son como una herida abierta de lujuria... ,que no quieres curar.
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[01:34] sí, Turbia,...eso soy yo...
[01:34] ...una herida que no se cura.
[01:34] pasaba por aquí...y me paré un rato...
[01:34] ...a contemplarte en silencio...
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[01:36] gracias por ser sumisa, pero también mi musa.
[01:36] besos y azotes, autista.
Sesión Cerrada: Dec 18 01:36:38 2003
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Inicio Sesión: Dec 18 02:00:48 2003
[02:00] adiós
Sesión Cerrada: Dec 18 02:00:56 2003
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No debías haber dejado de ser autista, no debías haber regalado ese “qué” tan impulsivamente, ni debías haberle dicho “adiós”, aunque fuera con media hora de retraso. Pero tenía razón, y la curiosidad era excitantemente morbosa y persuasiva, y al día siguiente, cuando volviste a chatear con él, ya sabías que estabas perdida, que entrarías de lleno en su juego y que te pondrías en sus manos como una sumisa sin voluntad. Ese mismo día fuiste aún más lejos y accediste a hablar con él por teléfono, confiando en que su voz te desagradara y eso pusiera punto y final a la historia, pero su voz resultó ser tan peligrosa como la curiosidad que te suscitaba y te acabó de cautivar. Así que las cosas habían ido más lejos todavía y ahora tenías que enfrentarte con el momento de la verdad. ¿Cómo podías haberte dejado convencer para hacer una cosa semejante? ¿Y por alguien que ni siquiera sabía que tu nombre de verdad era Lucía?... ¿Quizá por eso mismo? ¿Por qué algunas veces era más fácil mostrarse sin tapujos ante un total desconocido? ...Si te lo pensabas, puede que precisamente por eso recurrieras a los chat, para poder ser allí esa otra que no te atrevías a enseñarle a tus conocidos, con total y secreta impunidad. “Hola. Soy Turbia” ..., y al final habías llevado las cosas más allá de lo prudente, como si en el fondo eso tampoco te bastara y tu subconsciente te hubiera traicionado ¿Cómo se te ocurrió ni siquiera insinuarle que tenías una cámara de video conferencia? ¿Creíste de verdad que con no enseñarle la cara estaría todo controlado?

lunes, 20 de diciembre de 2010

Felices Pascuas

Aunque ando un poco despistado últimamente, no quiero dejar de felicitaros las pascuas a todos los que entráis en Unanochealsol y especialmente a los que lo hacéis con cierta asiduidad. Os deseo a todos lo mejor del mundo para el año próximo, desde este paisaje imposible con sol nocturno que os he dibujado con el teléfono. Ahí, en ese paisaje, os espero copa en ristre, para brindar.
Chin, chin.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

martes, 30 de noviembre de 2010

Mastín



Quizá sea esa mirada de párpados caídos, esos ojos a punto de despertarse, o de dormirse del todo, lo que mejor habla del carácter apacible del mastín. Todos los molosos en general tienen su propio tempo y jamás se dejan contagiar por las prisas de nadie. Si pretendes tener un mastín para tirarle un palo y que corra a buscarlo, te has equivocado de perro. Lo más que conseguirás, será que siga con la vista su trayectoria y que bostece explícitamente cuando le pidas que vaya a recogerlo. Más juguetón al principio, más serio y sedentario a medida que se le vaya apilando la edad, el mastín desde luego, se toma la vida con calma.
El mastín no malgastará esfuerzos diciéndose lindezas con el perro del vecino a través del seto. Ladrará cuando tenga que ladrar, dormirá con un ojo abierto y una oreja levantada y, en este sentido, difícilmente conseguirás pillarle en un renuncio. Un mastín nunca se arredra ante nada. Si hay algo que este cánido se haya ganado a pulso, es su reputación de perfecto guardián, su arrojo y su fiereza, y nadie pone en duda a estas alturas la efectividad o el poder de persuasión que tienen los doscientos kilos de presión por centímetro cuadrado que es capaz de ejercer con sus mandíbulas. El mastín sabe que pertenece a otra escala de perro, y si bien su nobleza le impide abusar de ello con sus congéneres, tampoco conviene olvidar que ya en los circos romanos, se vio a dos o tres ejemplares de esta raza enfrentarse a osos y a leones, y que no siempre fueron ellos precisamente los que salieron peor parados. Un mastín dejará que lo acaricies, e incluso se prestará a jugar contigo de buen grado aunque no seas su dueño, pero tampoco dudará en enseñarte unos dientes de escalofrío si al día siguiente su dueño no está en casa cuando vuelvas a visitarlo.
Espartano como el que más, soportará sin rechistar las condiciones climatológicas más adversas, y si es preciso se alimentará del aire. En pleno invierno lo verás tumbado al raso de la noche más fría, estirado a sus anchas en mitad del patio como si se encontrase en la cama más confortable y grande del mundo. Por contra, el calor es su único enemigo y en verano lo verás huir del sol como del champú, y no se moverá de la sombra hasta que se haya puesto. ¿Pero qué se puede esperar de un perro que tiene como juego preferido revolcarse por la nieve y que es más de campo que las excursiones?
El mastín es un animal de amplitudes, de espacios abiertos y sumamente territorialista. Detesta por tanto sentirse confinado y desde luego lo peor que le puedes hacer es condenarlo a vivir en un piso. Pero no te dejes engañar. Aunque su independentismo y su amor por la libertad sean casi proverbiales, y generalmente preferirá quedarse en la calle, también le gustará tumbarse un ratito de vez en cuando entre tus pies y la chimenea, para recordarte que él es uno más de la familia. Todo lo que tienen de grandes y de fieros, lo tienen también de nobleza y de necesidad de afecto, y si no le das cariño y una misión en la vida (algo o alguien, a quien cuidar) no dudará en marcharse a buscarlo en otro sitio. Y es que aparentemente serios, debajo de ese aspecto demoledor y de esas fauces capaces de tronchar un fémur humano como si fuera un palo seco, se esconde un cachorro perpetuo, ávido de caricias y retoces. Sesenta u ochenta kilos de pellejos peludos que jamás se cansaran de que los acaricies. Podrás dejar a tus hijos a su cuidado con toda la confianza del mundo, sabiendo que cuando vuelvas te lo encontrarás haciendo de caballito para ellos, soportando toda clase de "perrerías" con la misma expresión de paciencia indulgente en la cara, que debió elevar al santo Job a los altares.
Dale a tu mastín una familia, un territorio que defender y un poco de cariño y tendrás al mejor amigo de los amigos del hombre incondicionalmente de tu parte. Cuando oigas su ladrido retumbón en mitad de la noche, imponiéndose al de los demás, sabrás también que tienes al mejor de los guardianes posibles de cuatro patas, patrullando a muerte por tu feudo. Las hembras incluso, lo hacen con más celo.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Teléfonos

Los teléfonos son fríos y asépticos, o todo lo contrario. Los teléfonos hablan sin dar la cara o transmiten las expresiones de quién nos habla, más allá del tono de su voz. Dentro de los teléfonos, las voces cobran propiedades de plastilina y se amoldan a la gama de las circunstancias. Un teléfono puede ser todo lo próximo y todo lo distante que uno “le diga”, porque los teléfonos saltan continentes, o abren océanos con el poder de la palabra. A través de los teléfonos, las verdades pueden tener la misma voz que las mentiras.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Despilfarro ( fragmento de la Memoria del Elefante)

Para alguien que llegaba de un sitio donde comer una vez al día todos los días, era un lujo, y donde comer tres veces en menos de veinticuatro horas, era un fenómeno paranormal, la dejadez de la nevera de Oscar y el trato que dispensaba a los alimentos, llegaba a ser casi constitutivo de delito. El sabio Buba se lo hubiera hecho entender enseguida con su mejor voz de tango.
• “Mira Blanquito Pintor, cuando has visto a un niño de tu poblado rebañar una lata de comida para perros con más deleite del que manifiestan en Europa muchos a la hora de comerse un solomillo, se te hace incluso ofensivo ver tanto restaurante, supermercado, bar, hamburguesería, pastelería... y al mismo tiempo tanto aburrimiento y desgana de comer tanto. En occidente a menudo confundís el hambre con el apetito y a lo que no es sino gula, le llamáis “matar el gusanillo”. Trastornos como la anorexia o la bulimia, adquieren un tinte de ridícula bisoñéz, totalmente incomprensible para un africano. Guardar la línea, hacer dieta, ponerse a régimen, son conceptos que en el país de Buba sólo tienen por traducción un bochornoso sentimiento de vergüenza ajena. Un bocadillo a medio comer tirado a una papelera, es un grito que nadie escucha, un pecado mortal del que todos os hacéis culpables, porque el peor insulto que puede hacerle un rico a un pobre, es su despilfarro.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Monologos del Loco (fragmento)

...Yo en cambio, ya no escucho música por la misma razón que ya no leo libros, doctor; porque embargan, duelen o hipnotizan, y eso me confunde y me distrae de mi misión. Yo soy el oído que todo lo escucha. Vivo dentro del ruido. En el meollo del embrollo del cogollo del ruido de la vida, porque todo en la vida hace ruido, doc Beefeater. La vida suena, retumba en mi habitación con ecos de soledad y confinado en ella bullo yo, moviéndome por la inmensidad de mi portentosa imaginación, lanzándole mis monólogos a las paredes, que también tienen su propio ruido y crujen de manera casi imperceptible con el ejercicio de sus dilataciones. Cruje el suelo de madera vieja bajo mis pies, murmura el agua en el lavabo, en la gota que cae del grifo y que contiene un universo efímero en el que caben mil millones de existencias como la nuestra, suena la cisterna del inodoro que está ida de la “boya” y nunca se da por satisfecha y mientras tanto, silva el viento que se da de bruces contra el aire sólido que nos empeñamos en llamar “el cristal de la ventana”. Dentro y fuera de mi cuarto, cerca y lejos de mi oreja, suena cada cosa que existe porque hasta el silencio suena. Y yo no puedo dejar de oírlos. Yo soy el pabellón auditivo, el tímpano cósmico, la antena parabólica que todo lo detecta, desde la caída de una simple hoja en el bosque, hasta eco de la radiación de fondo del Big-bang que hace rayas en la tele y crepita en la radio, cuando no se sintoniza ninguna emisora o ninguna cadena. Quince mil millones de años de ruido se cuelan sin tregua en mis oídos, doc Beefeater, y por lo visto usted, ni se entera. Usted también podría oírlo si quisiera, si prestara un poco más de atención y los vapores etílicos que le empozoñan el cerebro no le impidieran aprender a disociarlos. Usted sólo oye el ruido ambiental y escucha lo que le conviene, como casi todos, pero el runrún general está formado por millones de sonidos, de la misma manera que los millones de individuos conforman la humanidad y sólo yo parezco estar atento a ellos. Así que yo soy la oreja que todo lo escucha. La Oreja. Y por eso puedo afirmar que cada estrella y cada planeta tienen su propio sonido y que no suena igual el sol que la tierra, como no suena igual la noche que el día. -¿ A qué huelen las nubes? -pregunta cada dos por tres la caja tonta. ¡Vaya pregunta más gilipollas! Las nuebes huelen a lluvia, a H2O condensado, ¿a qué van a oler si no? ...Pero, ¿quién sabe decir a qué suenan?, ¿a truenos que no han caído todavía y a relámpagos mudos, criogenizados en bolitas de granizo al acecho de las cosechas? ¡Y qué más da, si lo que importa es que cada cosa que existe mete ruido por su cuenta! El mundo tiene su propio sonido, sí, y este está conformado , además de por la eufonía que producen los humanos, por todas y por cada una de las cosas que contiene, aunque cada una suene a su manera, sin coordinación, sin armonía, sin cadencia. El mundo es un ruido caótico, cacofónico, huérfano de partitura y por eso la vida se hace desquiciante a medida que aumenta el ruido, ese ruido anárquico que nos rodea. ¿Cómo vamos a ser felices dentro de ese alboroto sónico sin concierto? ¿Nadie se da cuenta de que cada vez estamos más “desconcertados”? Armonía, ese es el quid de la cuestión. Armonía y orden. Sólo hay que seguir las reglas de la melodía para que el ruido del mundo se convierta en sinfonía. Cada ser, cada máquina, cada elemento que lo conforma, coordinados bajo una única batuta. Así debería sonar el mundo, doc amigo, esa podría ser la concordancia de la Tierra y entonces la Tierra volvería a ser el Edén que una vez perdimos. Ya sabe, Dios se cabreó con nosotros por haber tomado consciencia de nosotros mismos y nos castigó a vivir en un mundo cada vez más retumbante y desarmornizado. La Tierra tenía música, tenía ritmo, compás y concordancia, tenía una partitura magistral que había compuesto Dios en siete días, y entre todos la jodimos por no saber interpretarla. ¿Y sabe usted porqué era perfecta?, pues porque de la misma manera que la suma de todos los colores da como resultado el color blanco, la suma de todos los sonidos da como resultado el silencio.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Erotik-On V

Patricia se tocaba para mí. Esta vez, sentada en el sillón del despacho de su tío. La blusa abierta, las piernas abiertas, la boca abierta en un gemido congelado. Luego de pronto cambiaba. Se mordía el labio inferior, se tocaba arriba en lugar de abajo y apretaba las rodillas como si quisiera retener entre los muslos algún placer escurridizo. En ningún momento dejaba de mirarme.

sábado, 16 de octubre de 2010

El Motor

He visto demasiadas veces como la vida premiaba al sinvergüenza y maltrataba al honesto, como para no saber que el verdadero motor de la humanidad son la avaricia, el afán de poder y la notoriedad, y no precisamente el amor por los semejantes. Hay poco altruismo y esfuerzo desinteresado en las páginas de la historia y he visto muy pocas veces que alguien minimice los méritos que se le abrogan.

jueves, 14 de octubre de 2010

La Memoria del Elefante (fragmento)

Donde el cielo se tropieza con la tierra, en un lugar con anorexia llamado Línea del Horizonte, crece una flor sin nombre que nunca se marchita. Tiene siete hojas, siete centímetros de altura y siete pétalos con siete colores diferentes, que nadie riega durante siete veces a la semana. A su lado, apenas a siete palmos de mano de niño de siete años, se encuentra el caldero siete veces repleto de monedas de oro, del que nace el arco iris que se cuelga en los paisajes. Por detrás de ambos, en un lecho infinito de estrellas y silencio, se tumba el sol todas las tardes para mirar por debajo de las faldas a la luna.

martes, 12 de octubre de 2010

Monologos del Loco..(III)

¿Enloquecí? ¿Realmente enloquecí? Bueno, eso es lo que dicen los doctores. Los sabios doctores que me atienden y que se pasan el día diciendo chorradas, cambiando de diagnóstico y de opinión y haciéndose la picha un lío con su ciencia. Tan pronto me cuentan que sufro una enajenación mental transitoria, como que las alucinaciones van a terminar conmigo antes de que yo termine con las alucinaciones y se empeñan en que padezco un brote esquizofrénico en fase aguda permanente. Yo, por si acaso les diera por prestarme atención, les aseguro sin perder la compostura, que no veo enfermeras rosas volando por los pasillos, ni escucho voces, pífanos o trompetas celestiales dentro de mi cabeza, que tampoco he notado que se me quiera aparecer la virgen, ni que me sienta el Cid, y que menos aún tengo obsesiones o monomanías, por lo que tampoco debo ser un paranoico. Pero ellos no se apean de la burra. Para este tipo de razonamientos son completamente sordos y siguen empeñados en subirme la medicación, como si de esa forma fueran a solucionar algo. Ya han alcanzado el máximo prudente con cuatro medicamentos distintos y no consiguen dejarme la voluntad en ruinas como al resto de los internos. No dan crédito a sus libros clínicos y yo, naturalmente, me desgüevo de ellos todo lo que puedo. A veces, cuando les veo demasiado perdidos en su ciencia, me dan pena y les hago un poco el caldo gordo, fingiendo una crisis de arrebato místico o algo por el estilo y después del válium en vena, les lleno de gozo, mirando estúpidamente a la pared durante horas. Me maravilla la paciencia que tengo con ellos. Son como niños. Yo soy la paciencia, soy la paciencia infinita y tengo un secreto que ellos, los pobres e ineptos doctores, no quieren aceptar. No pueden imaginar siquiera que yo realmente sea inmune a todo medicamento o sustancia existente y que, desde que a los cinco años me mordiera aquella víbora sin que me ocurriera nada en absoluto, ni un leve mareo, mi organismo sea capaz de metabolizar cualquier cosa que por cualquier vía lo invada, como si de agua se tratase. Hasta no hace demasiado, aún me entretenía jugando con avispas y alacranes y debí ser el único progre de mi generación que nunca consiguió sacarle una risa a un porro, ni a nada. Jamás he podido notar esa sensación de ir pisando sobre goma espuma, ni ese mareillo peculiar, similar al que te produce dar vueltas a toda prisa sobre ti mismo. Por eso, difícilmente encontrarán los doctores alguien más sereno que yo. Yo soy la sobriedad mientras que por el contrario el aliento de los doctores parece un muestrario de partículas bodegueras, toneleras a veces, de puro exceso alcohólico. Estoy seguro de que si analizaran su saliva, podrían embotellarla como orujo de primera calidad. Así de parajódico es el mundo de las cosas verdaderas.
El doctor Beefeater, el doctor Rioja y el doctor Solisombra, son los galenos que más a menudo se ocupan de mí. Ellos son el trío de los doc's on the rocks y los que más insisten¬temente expelen, restriegan, su vicio por mis narices. El doctor Beefeater a última hora de la jornada suele ponerse un poco espeso y cuando contemplo su andar gomoespumoso por el pasillo, reconozco que me da un poco de envidia. A lo mejor yo también soy la envidia.
Soy la envidia del pedo, del ceguerón y del descoloque. Pero que me echaran abajo el proyecto que era perfecto fue sólo el detonante, la gota que colmó el vaso del asqueamiento sociovital. Aún así, nadie se vuelve loco por eso, se vuelve de espaldas a la sociedad, que es mucho más explícito y se dedica a hacer lo que le pide el cuerpo. Los demás, es decir, la sociedad, se mosquean claro y rápidamente catalogan tu actitud de excéntrica, caprichosa, cobarde e inmadura. La tildan de frustrada, despechada y marginada y por último y a manera de etiqueta global y simplista, de loca, orate y/o trastornada. Por eso estoy aquí.
Yo soy el loco porqué los demás son más y aunque podría hacerlo fácilmente y con toda probabilidad saldría victorioso, no tengo tiempo, ni ganas, de pelearme con el juicio de cada uno de ellos. Antes lo hacía, antes sí, pero ahora ya no lucho por hacerme entender y por eso estoy aquí, jugando a los médicos con los doctores destilados en barrica de roble, viviendo una vida confinada en la habitación sesenta y nueve del pabellón de los iluminados. A las diez y media en punto, nos apagan la luz.

sábado, 9 de octubre de 2010

La Memoria del Elefante (fragmento)

Dejé caer mis ojos desde el cielo y allí, diminuto, como perdido en el negro centro del cosmos, palpitaba lejano en la explosión de su tiempo un puntito brillante y azul; La tierra. Esforcé la vista inclinándome sobre el borde de Dios y taladré la distancia, bajando envuelto en un rayo de luz que aterrizó mi mirada ansiosa contra el cristal de tu ventana. Dormías.
Tímidamente rocé con los nudillos el vidrio empañado y te oí rebullir amodorrada, lejana en tu sueño. Llamé de nuevo un poco más fuerte, esperé y volví a llamar insistiendo, pero nada pareció despertar en ti. Me propuse entonces meterme en tu sueño, sintonizando mi mente a la tuya para fundirme con tu imaginación y otras dos veces más tuve que probar sin conseguirlo, hasta que por fin a la tercera, una losa blanda con olor a almohada, giró sobre goznes silenciosos e invisibles, la dimensión de los sueños se abrió y un celador sin nombre de semblante cuadrangulado, llenó el hueco de la puerta interponiendo sus brazos musculosos entre tú y yo. Apenas quise dar un paso, una mano dura, de plomo, cayó sobre mi hombro y rodé de espaldas por el suelo, otra vez lejos de ti. Asustado, te llamé por tu nombre desde el fondo de mi amor y de mi miedo con la vana esperanza de que me oyeras y acudieras a mí, pero sólo un eco mudo en su cara hosca de bruto sordo me respondió. Intenté entonces convencerle, confesando mis deseos, explicando mis motivos, intentando razonar hasta más allá de las razones, y sólo una tapia lerda de músculos sin seso me escuchó. Después ya simplemente pedí, luego rogué y al final acabé implorando más allá de la vergüenza hasta que al fin loco de rabia, chillé. Chillé cien veces tu nombre, atroné con él el cielo, hasta que se me resquebrajo en ronqueras, mientras sentía como una fuerza inmensa que nacía de mi cólera, se engendraba y agigantaba rápidamente en mi corazón. Noté la furia eterna del hombre reventarme llena de odios en el pecho, estrellando mis ojos contra su mirada huérfana de ideas. Cerré los puños, apreté rabiosamente su imagen entre los dientes y antes de abalanzarme contra ella, apunté el golpe hacia su boca. Enseguida bajé la cara y embestí con todo el peso de mi ira, amparado en la sorpresa.
Un chasquido a hueso roto retumbó en mi cerebro envuelto en un regusto de polvo y pedernal, dejándome aturdido durante un momento. Sacudí la cabeza para despejarme y le vi tambalearse, las manos unidas en la boca, cediendo terreno en cada traspié. Sin dar tiempo a que reaccionara, arremetí de nuevo contra él, hundiendo esta vez mi frente en su estómago fofo de eunuco de sueños y vi después como una patada sucia, que ya no gobernaba, se perdía implacable entre sus piernas de hierro. De su boca abierta, de entre sus dientes sanguinolentos, brotó un grito exento de sonido y cayó de rodillas ante mí, juntando esta vez las manos bajo el vientre, sin fuerza. Durante un segundo de incredulidad sus ojos hueros me miraron desorbitados desde el umbral de la inconsciencia y se desplomó hacia adelante, chocando pesadamente de bruces contra el suelo.
Aún aturdido aunque con paso seguro, dejé atrás la puerta y me adentré confiadamente en tu sueño. Un vasto paraje sin cielo ni tierra, apareció ante mí como un enorme desierto vacío de color. Indeciso, miré en todas direcciones, aguzando los sentidos a la espera de algún indicio revelador, pero ningún olor, ninguna imagen conocida, ningún recuerdo o forma que yo pudiera identificar contigo, salió a mi encuentro. Sólo un murmullo de mar tranquilo, lejano y amortiguado, llegaba hasta mis oídos desde ninguna dirección. Haciendo bocina con las manos, te llamé otra vez con todas mis fuerzas, mientras trataba de no hundirme en aquel suelo movedizo que se tragaba tu nombre, seguro de estar caminando en línea recta pero guiado tan sólo por el impulso de andar. Y caminé sin avanzar durante un tiempo de goma, hundiendo más y más los pies en el agobio de aquel desierto blando que olía a suela de cuero gastada y a gotas de sudor sin dueño, a ese olor neutro e impersonal, que tienen los caminos en el aire.
Al cabo de un rato, de un trozo de sueño, coroné una escarpada duna solitaria y el rumor de agua se dejó sentir con mayor claridad. Algo más animado, bajé del otro lado la pendiente, dejándome rodar sobre su costado y de pronto, justo delante de mí, sentí el calor de una pisada. Agachado sobre ella, examiné la forma de la huella que casi no se hundía y con inmensa alegría reconocí en ella tu andar perezoso. Luego descubrí otra pisada y más adelante otra y otra más. Y así continuaron sucediéndose hasta llegar a un extraño bosquecillo en el que unos árboles no plantados todavía, levantaban sus raíces hacia el cielo inexistente y anclaban a la tierra sus troncos de piedra, sujetándose a él por tupidas copas que se mecían estáticas a merced del viento. Lo atravesé no sin dificultad y salí por el otro extremo a un paisaje diferente, cuyo suelo de césped azul, se dejaba caminar mucho mejor. Sucesivamente, fui dejando a los lados varias casas sin puertas ni ventanas y un molino de tiempo con las aspas de cristal que giraba en sentido contrario a las agujas del reloj. Tras él, llegué a lo que parecía ser una alta pared hecha con papeles viejos de periódicos y recortes de calendario. Decidido empecé a encaramarme por él, agarrándome a los salientes de las letras, mientras inconscientemente intuía tu proximidad y mi corazón redoblaba su latido. No era fácil. Resbalé al apoyar el pie en una ese y tuve que sujetarme a una jota de caracteres góticos para no caer, pero continué trepando y tras columpiarme peligrosamente en una te capital, alcancé la parte superior de la muralla y me senté, sano y salvo, sobre un ejemplar atrasado del diario AYER. El murmullo del agua creció entonces notablemente a mi alrededor, un remolino de aire embriagado de ternura llegó revolviéndome el pelo como una mano amiga y en ese momento, te vi.
Agachada en cuclillas como una niña, justo en la raya del mundo donde empezaba el mar y acababa la tierra, con una mano lánguida y suave extendida hacia la espuma, acariciando una ola tímida y rizada, que iba y venía indecisa entre tus pies. Un tibio rayo de luz, robado del día más claro de un mes de abril cayó sobre ti, inundando tu sueño con mil colores que no conocías y un olor fresco, a vida nueva, te hizo entornar los ojos y pensar en un deseo "¿Cuál?" La brisa te peinaba, miré tu espalda cubierta de largas y finas hebras de oro y oí como el sol que alumbraba en ningún sitio, chasqueaba su lengua con envidia. Sonreí. Moviéndome despacio para no hacer ruido, quise acercarme a traición y taparte los ojos por la espalda para preguntarte; ¿Quién soy? Pero algo me detuvo.
Tu otro brazo, el que no se extendía acariciando el mar, se alargaba a tu costado sujetando levemente entre los dedos, algo que adiviné importante para ti. Otra mano. Y a esa otra mano seguía otro brazo que subía otro costado hasta otro hombro, y más arriba, había unos ojos negros y profundos, que miraban recelosos por lo bajo mi alegría, sospechando mi intención.
Detuve los pasos en seco y mi ilusión cayó sobre la playa, estrellándose en mil pedazos de cristal contra la última huella tuya que atrapé. Te volviste sobresaltada y me miraste confundida, otra vez desde lejos y sin alegría. Me dolió. Entonces te miré como yo sé y por un momento te vi tambalearte en el vértigo de la duda, tentada con la dulce miel de la traición. Los ojos oscuros se aferraban a tu mano, interrogantes, buscando el motivo de tu duda en el laberinto silencioso de mi cara. Azorada, le escondiste la mirada dejándola caer contra la arena justo delante de mí y yo entonces dejé de mirarte como sé. Tú apretaste su mano con más fuerza entre la tuya, su cara se relajó iluminada por una sonrisa, y yo comprendí. Ya no era conmigo con quien soñabas.
De la punta de tus dedos, vi salir minúsculas gotas de agua que se esparcieron en mil destellos de olvido, cuando tu mano se agitó en el aire para decirme adiós. Luego os girasteis de espaldas y anduvisteis hacía el mar con los dedos cogidos por ese nudo que yo no pude soltar. Un murmullo de agua siguió a vuestra ausencia, unas cuantas burbujas se abrieron explotando al aire de la superficie, la ola indecisa que tú acariciaste lamió la orilla borrando hasta la última huella de ti y de nuevo volvió el silencio. La luz que yo robé para tu playa del día más claro de un mes abril, se fue apagando poco a poco hasta extinguirse en el paraje de tu sueño, y yo me alejé pesaroso de allí, con la molesta sensación de no haber sido para ti más que una simple casualidad de dos genes, apenas un montón de células ilusas, perdidas en la vasta soledad de aquel inmenso planeta diminuto.

El Error

Si yo fuera un Einstein de la vida, condensaría toda mi sapiencia en una puta formula, escueta, redonda y alfanumérica, y luego me tumbaría a la bartola, poniendo cara de "yo sólo soy un señor distraído y despeinado que pasaba por aquí" Pero como no lo soy, resulta que tengo que trabajar cada día, concretando mi teoría existencial, a través de la única fórmula que conozco; El error.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Cualquier día...



... de estos, uno de mis hijos tendrá un hijo, y será capaz de ver el asunto desde el otro lado del espejo.

martes, 5 de octubre de 2010

Cronica del Pozo III

Hasta los quince años El chulo Galiana le daba consejos en esto y en aquello y cuatro días de cada mes tundía a palos a su madre por no querer salir a trabajar con la regla.
-"La puta vieja iba a cumplir treinta y tres tacos, estaba muy estropeada y no le quedaba mucho tiempo para andarse con tonterías, ¿sabes?"
Desgraciadamente lo sabía porque ya me lo había tratado de justificar alguna que otra vez y también me había contado como él mismo se tronchaba de risa cuando la veía salir corriendo hacia el baño, con El Chulo detrás, arreándole patadas en las nalgas.
-Si no es por no ir -gimoteaba ella,- si es que los clientes así no me quieren, Gali.
Y el Chulo Gali le daba una de izquierdas para doblegarle la voluntad y otra de derechas para volver a ponerla en su sitio. Luego le tiraba el bolso a la cara y la echaba a la calle.
-Y no se te ocurra volver sin hacer por lo menos diez mil. Aunque estés con el tomate siempre se la puedes chupar a un viejo. Ahí fuera hay gente para to.
-Si es que estoy mu cansá Gali -probaba a hacer ella un último intento echándose a llorar.
-¡Qué no me llames Gali, coño, que me suena a maricón francés! –zanjaba entonces él la discusión antes de cerrarle la puerta en las narices y dejarla del otro lado con su llanto, sus patéticas lagrimas de rimel barato y su eterno aspecto frágil e inestable sobre los tacones.
-"Mi madre jamás ponía los pies derechos. O caminaba con ellos hacia adentro, o se tumba con ellos hacia fuera. El Chulo le daba la bronca to los días y le compraba zapatos para que le pusiera al paso un poco más de gracia, pero al final siempre le decía que se parecía a la Olivia de Popeye".
Pronto, también yo tendría la ocasión de comprobar en persona lo exacto de aquella zahiriente comparación y también a mí, al verla subida en una de aquellas plataformas que debía mercarle El Chulo en la red de San Luis, me pareció que de un momento a otro, en cualquier giro forzado o torsión, sus frágiles tobillos se troncharían y se quedaría tirada en el suelo como si se hubiera despeñado desde ellos.
-"¿Por qué me miras tanto los zapatos?- le preguntaba a su hijo, ante la cara de sorna que solía ponerle.
-Pues por que molan mazo, tronca -le mentía este- dime, ¿te los pones tú sóla o te ayuda alguien a subirte?
-¿A qué me quedan bien? Gali dice que me resaltan el culo.
-¿De qué culo hablas tía? Tustás colgá. Si es que no me extraña na que el Chulo te meta de yoyas. Te lo tienes merecido por ser tan tonta y tan colgá. Todo lo que te pasa, en realidad te está bien empleado por tonta y por yonky".
Desde luego tener una madre poco agraciada, prostituta y encima corta de luces, era de las peores cosas que le podían tocar a uno. Hasta ahí yo también le ofrecía mi comprensión, pero El Chulo iba más lejos en sus reclamaciones y le decía que a las madres como la suya, las tenían que sacar los ovarios por el ombligo antes de que les crecieran las tetas, para que luego no fueran dejando cagadas por ahí. Como consecuencia lógica de aquellas enseñanzas, lo único que Lefo creía tener que agradecerle a su madre era que le hubiese parido en una acera, colmando así de honores y autenticidad su alma de punk. A veces Lefo, de tan desgraciada y tirada como la veía, sentía pena de sí mismo.

viernes, 1 de octubre de 2010

Mirada nublada (fragmento de la Memoria del Elefante)

Tarde gris en tus pupilas,
viento de borrasca en tu mirada,
nubes contrariadas,
lágrimas de lluvia,
en el paisaje desolado de tu cara.

Sombra de muecas torcidas,
remolinos,
hojarasca.
Ya no se ríe tu risa,
ya no comprendo tu cara,
todo en ti es turbio y ajeno,
todo mirada nublada.

La sopa de la existencia (fragmento de la Memoria del Elefante)

Bien, mal, horror y belleza,... son los cuatro ingredientes fundamentales del caldo de la existencia,... y nosotros no hacemos, sino vivir y comernos lo que nos toca.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Gratitudes

...a todas y a todos los que estais dejando comentarios. Os lo agadezco en lo que vale, porque ya sabeis que en un blog los comentarios son la vida. Ni que decir tiene que acepto ideas, sugerencias y peticiones del lector, en cuanto a cómo hacer el blog más ameno.

Un cordial saludo a todos y gracias otra vez.

Sandiablo.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Tres frases para hoy

(No sé de quién es la frase, pero me encanta)
Antes era un hombre indeciso,... ahora no estoy seguro.

(Esta es de don Woody Allen)
Mi mujer es una inmadura, cada vez que me estoy bañando, se mete en el baño y me hunde los barquitos.

(Y esta la digo yo)
Las mismas mujeres que dicen odiar la mentira y que piden a los hombres sinceridad, son las que luego se quitan diez años cuando entran en los chat.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Demencia Senil

Ayer, mi madre, se volvió a morir otra vez para mi padre. Dentro de su desconcierto, de su maremagno cortocircuitado de memoria enferma, amaneció sentado en la cama, preguntando por ella. Era la primera vez que lo hacía desde que falleció hace tres años.
-Hola hijo, ¿tú no sabes dónde ha ido tu madre?. Estábamos aquí los dos, esperando que vinieran a recogernos los del hotel, y ahora no sé dónde se ha ido. Yo es que no entiendo dónde se puede haber metido esta mujer… ¿Tú acabas de llegar?
-Sí, papá, acabo de llegar, le respondí, aún con el pijama puesto ¿Dónde os vais mamá y tú?
-Pues… ¿Tú ya has hablado con ella?... Es que estamos aquí esperando a que vengan a recogernos los…
-Sí, ya sé, le interrumpí, los del hotel, no te preocupes, ahora llegarán y mamá viene ahora también, me ha dicho que vayas desayunando.
Supuse que entre que lo levantaba y se tomaba las pastillas con el café, se le olvidaría el asunto, pero no se le olvidó y siguió preguntando por mi madre hasta el medio día, cada vez más alarmado. Para cuando acabó de comer, su agitación ya era casi angustia.
-¿Es que le ha pasado algo? ¿Le ha pasado algo malo y no me lo quieres decir?
Al final opté por refrescarle la memoria de la manera más suave posible.
-Pero papá, ¿es que no te acuerdas ya de lo mala que estaba mamá? ¿No te acuerdas que estuvo así muchos años,… con aquella cosa que se llamaba policitemia?
Mi padre me miraba con los ojos de un niño desamparado y sin mucha convicción negaba con la cabeza.
-Sí, hombre, ¿cómo no te vas a acordar?, insisto, fue hace tres años, al final la cosa desembocó en una leucemia y se nos fue en quince días,…el 7 de enero del dos mil siete, ahora estamos en el dos mil diez, papá. Eso ya pasó.
Después mi padre ya no dijo nada, me miró cómo si no me conociera y se dejó meter en la cama. Cuando se despertó de la siesta, siguió absorto en sus pensamientos, hasta que a media tarde me llamó y me dijo:
-Sabes, tú madre se ha muerto de leucemia.

martes, 7 de septiembre de 2010

La suma

Incluyéndome a mí, la mejor persona que conozco, es la suma de todo lo bueno que había en todas las personas que he conocido. Lo demás era un desperdicio.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Fin de Fiesta

Hoy es ese día en el que se apaga el bullicio de la sierra. En el que una caravana de bacas ahítas de bultos, bicicletas y nostalgias forma una serpiente roja de pilotos traseros y emprende el éxodo hacía Madrid, dejando tras de si el estruendo del silencio.
Hoy es día de prisas y maletas, de cerrar contraventanas y echar el candado a la verja. Hoy es día de adioses y hasta siempres, de volver a casa un poco triste viendo discurrir hacía adelante el invierno y hacia atrás la carretera, las lisonjas del estío, su relajo, su pereza.
Una aire de resaca de lunes tonto flota en las urbanizaciones vacías, sobre piscinas dormidas y terrazas semidespiertas. Un eco de voces y de agua, de barullo de mercadillos y de tiendas, recorre aún las calles desiertas del pueblo siguiendo un reguero de papeles y de cáscaras de feria. En el centro de la plaza, sin darse por enterado, un viento que huele a olvido, se arremolina a sí mismo y baila con ese silencio pesado que marca el final de la fiesta. Hoy es ese día.
Como si también quisiera significar el fin del ciclo a su manera, el cielo se viste de nubarrones por Abantos, por Maliciosa de tormentas, echa una gabardina sobre su traje azul, y se cubre con una boina de sombras que apaga los colores resecos del valle y emploma el brillar de las laderas. De un día para otro todo ha cambiado. Baja la temperatura, calla el campo, se aquieta, y en el aire adormecido por el que nada vuela, queda la ausencia zumbante de miles de insectos que husmean un latido de calor en las rendijas de las puertas.
Luego cuando una brisa que trae preludios de cambio, acuna levemente los berceos, las primeras gotas de una lluvia gruesa y retumbona empujan hasta la ventana la bruma de un otoño anticipado. Como si no tuviera prisa, esa primera lluvia, que inexplicablemente empapa el alma de añoranza hacia nada concreto y apremia a hacer algo que no se identifica, se deja ir mansamente sumiendo la alegría de la calle en un mutismo pensativo, en un ir y venir de miradas ausentes que deambula por las aceras.
Hoy es día de manga larga, de guardar ropa ligera en el armario pertrechada de naftalina, de asomarse al largo túnel del invierno y decirle al tiempo: Espera.
Si parezco un poco abatido, que lo estoy siempre por estas fechas, no es que haya desayunado mal, no es que me falte algo, ni es la depre de los cincuenta. Es el final del verano, que pasea ya por la Sierra.

domingo, 29 de agosto de 2010

Erotik-On (IV)

Una semana eran muchos días para Patricia, así que tras dejar a propios y extraños colgados en la redacción, intentando ajustar a mi criterio la maquetación del reportaje de Marcha Sanz para el dominical, me encaminé hacia la ducha de mi apartamento y luego, pertrechado de una botella de rioja y dos docenas de langostinos a la marinera, al de Patricia.
Sabía que ella había regresado de Barcelona la tarde anterior y no había querido llamarla. Me apetecía la idea de la sorpresa y tenía cierta curiosidad por pillarla de sopetón, para variar. Aún así la idea de que pudiera estar con alguien, se me ocurrió por primera vez en el ascensor. Ese tipo de sorpresas, a veces se volvían contra uno y te dejaban boquiabierto una semana.
Por otra parte no dejaba de tener su morbo, la idea de una Patricia con doble vida en su apartamento. Y entonces pensé que en realidad aunque intensamente, no nos conocíamos demasiado.
No llamé al timbre. Un estruendo operístico brotaba bajo la puerta y probablemente hubiera dado igual hacerlo. Aún a riesgo de que se cabreara y con razón, usé la llave que me había confiado para que le regara las plantas cuando no estaba. procurando no hacer ruido. Pensé en abrir una rendija, lo justo para echar un rápido vistazo del distribuidor, y si la puerta de este estaba abierta, de una porción del salón, pero hubo suerte. La cadenita no estaba echada y la puerta se abrió sin ruido, por propia inercia. La suerte siguió de mi lado y la puerta que daba al salón estaba abierta pero entornada, lo que me venía de maravilla, para asomarme sin descubrirme.
En el salón no había nadie, sólo ópera a unos decibelios insanos, exagerados y en la televisión encendida y sin volumen una pareja de macacos fornicando en silencio para las cámaras del National Geographic, sin que pareciera cohibirles lo más mínimo la presencia de las cámaras. Me estaba haciendo viejo para oír tan alto el desorden controlado habitual de Patricia.
A mi izquierda, cerrada y a oscuras quedaba la cocina. Patricia por lo tanto, sólo podía estar en el baño o en el dormitorio. Demasiado tarde para una siesta, se me antojó oír un ruido de agua corriendo en el baño. Que se estuviera bañando a esa hora me pareció más probable, aunque también cabía la posibilidad de que no estuviera. Igual que las luces, no era raro que se dejara la música o la televisión puesta – “Para los cacos”– se justificaba ante sí misma.
A punto de empujar la puerta del salón para asomarme a la del dormitorio, algo me detuvo y puso mi corazón al galope. Un gemido. Claro, profundo, perfectamente distinguible del coro de voces de Carmen, y que nada que tenía que ver con él. La imagen de Patricia enroscada a alguien bajo el chorro de la ducha me asaltó con la nitidez de una fotografía. Sin embargo, lejos de sentir celos, decepción o algo por el estilo, me invadió una excitante y morbosa curiosidad que me empujó a seguir avanzando. Ya en el salón, amortiguando los crujidos de la tarima con la música y la alfombra volví a escuchar un segundo gemido aún más nítido. Era Patricia, no cabía duda con lo que la última posibilidad de que fuera una amiga suya a la que le hubiera prestado las llaves para que le regara las plantas también, se desvanecía. Además, para eso, me las había dejado a mí. De la puerta del dormitorio abierta de par en par para que pudieran circular los decibelios libremente, brotaba la familiar luz anaranjada de las lámparas de la mesilla de noche. Pegado a la pared, intentando controlar el volumen de mi respiración y más que otra cosa, sorprendido por el intenso grado de excitación que me estaba deparando aquella experiencia voyeur, lancé una rápida mirada al interior.
Aunque un poco revuelta, la cama estaba vacía y salvo que se estuviera revolcando por el suelo, al otro lado del somier, la habitación estaba desierta. Una barrita de incienso se consumía en la mesilla de su lado y un fino hilo de humo se alzaba hasta toparse con la tulipa de la lámpara, Abandonado a medias en un cenicero había medio canuto apagado liado con papel de Biblia. Bien, no quedaba más que la opción del baño y ya desde donde estaba pude ver que la puerta correspondiente también estaba abierta de par en par. Dos nuevos gemidos vinieron a corroborar lo que parecía evidente. Patricia me los estaba poniendo en un ambiente acuático.
Dos pasos más hacía el frente me permitieron verla de perfil, reflejada en el espejo del lavabo y tardé unos segundos en entender lo que veía. En lugar de encontrarse en la bañera como había supuesto parecía estar sentada en el bidé de cara a la pared, y en lugar de estar enroscada al cuerpo atlético de algún maromo, parecía estar sola. ¿Entonces que hacía? La única posibilidad que se me ocurrió es que se estuviera masturbando con los chorritos del grifo a presión, pero ahora que estaba allí, el agua no corría y sus manos permanecían unidas en su nuca ensortijando los dedos entre su melena negro azulada. Su cuerpo desnudo salvo por los zapatos y el sujetador oscilaba en un movimiento rotatorio , tenía los ojos cerrados en una placentera ensoñación y se mordía lascivamente el labio inferior dejando una luna blanqueada allí donde sus dientes se clavaban. En ese momento me pareció la imagen más voluptuosa que había visto en mi vida y me jodió profundamente que Patricia se la guardara sólo para ella. Nunca había echado tanto de menos mi máquina de fotos.
Demasiado absorbida en sus propias ensoñaciones internas como para oírme, continuó incrementando la frecuencia de sus gemidos y la rapidez de sus movimientos pélvicos sin revelarme con qué se lo hacía. Por pensar en algo había imaginado que pudiera ser uno de esos dildos provistos de una ventosa en la base, pero tras avanzar otro poco más y situarme donde no pudiera verme salvo que girara la cabeza, comprobé que no era así. Ahorcajada en el bidé sus nalgas alternaban ahora los movimientos rotatorios con otros arriba y abajo que me permitieron comprobar que nada entraba ni salía de su vagina.
Se me ocurrió entonces que no estaba bien espiar a la gente así, aunque la gente fuera Patricia y ya estaba pensando en volver sobre mis pasos hasta la entrada y llamar al timbre, cuando un grito casi desgarrador me dejó clavado donde estaba y ya no fui capaz de apartar los ojos de ella. Esta vez Patricia se había superado a sí misma y a este primer grito le fueron siguiendo otros en cadena que se fueron pareciendo cada vez más a un aullido, mientras todo su cuerpo se estremecía y llenaba de convulsiones y espasmos que hicieron peligrar su estabilidad sobre el resbaladizo asiento. Una de sus manos se soltó del pelo y golpeó con el puño dos veces en la pared. Luego como con prisa, ambas volvieron a juntarse en su espalda sobre el cierre del sujetador y se deshicieron de él con un rápido movimiento de los hombros. Antes de que hubiera caído al suelo sus manos se habían ceñido alrededor de cada uno de sus pechos y los empujaban hacía su boca que se aprestó a acogerlos ávidamente. Sentí encontrarme a su espalda y no poder ver exactamente lo que hacía, aunque por los movimientos de su cabeza supe que trataba de introducirse ambos pezones a la vez en la boca, para succionarlos y mordisquearlos a la vez, como a menudo le hacía yo. Así continuó por espacio de varios minutos ante mis atónitos ojos, al cabo de los cuales poco a poco la intensidad de su gritos fue perdiendo volumen hasta que se quedó silenciosa y desmadejada, la frente apoyada contra la pared y ambos brazos caídos a los lados del cuerpo.
Con la certeza de que aquella imagen sicalíptica se quedaría para siempre grabada en mi retina, y en previsión de que pudiera levantarse, retrocedí hasta recuperar la posición anterior en la que la veía a través del espejo. Ahora más que nunca quería saber que clase de adminículo, sustancia, o ente producía en ella tal catarata de placer. Minutos más tarde, desde allí, cuando Patricia recuperó las fuerzas suficientes para girar el grifo, oí correr el agua y los gorjeos propios de las abluciones en este sanitario. A través del espejo que se empezaba a empañar no pude ver que se extrajera nada de entre las piernas. ¿Sería posible que Patricia hubiera descubierto una nueva técnica onanista y que no hubiera usado nada, ni siquiera las manos para volverse loca de gusto? ¿Qué lo hiciera por simple sugestión o algo así? ¿Y entonces para qué le servía el bidé? ¿No se estaba más cómodo en la cama? No tenía sentido, aunque con Patricia casi nada solía tenerlo y conociéndola como la conocía, lo mismo se había sentado a lavarse, le había entrado una de sus urgencias y se la había despachado allí mismo. A lo mejor, siempre se desfogaba así cuando se encontraba sola.
En ese momento el grifo se cerró y entonces fue cuando lo hizo. Cuando tras haberse enjabonado descabalgó del bidé y se acuclilló junto a él en el suelo. Luego la vi hacer fuerza, contraer los músculos abdominales y apretar las piernas hasta que algo, una especie de rosario de bolas transparentes unidas entre sí por un cordón se descolgó hacia el suelo. ¿Unas bolas chinas? ¿Eso era lo que le hacía gritar como una loca y pegarle puñetazos a las paredes? No podía ser, tenía que haber algo más. Una vez fuera de su cuerpo, Patricia volvió a sentarse en el bidé con ellas en la mano, las lavó cuidadosamente, se terminó de lavar ella después y sin soltar las bolitas se acercó al espejo y alzándolas las miró al trasluz. Al hacerlo yo también pude ver que cada una de ellas contenía un somormujo, uno de esos grandes abejorros listados que parecían una enorme avispa peluda.
- Bichitos bonitos -oí que les decía- no sabéis como me habéis hecho de feliz. Sois una verdadera maravilla. –mientras reculaba a una zona de sombra, también pude oír el zumbido que emitían las bolitas. Una a una les fue dando un sonoro beso y tras acercarse a la ventana empezó a abrir las esferas y a echarlas a volar. En total había seis y cuando soltó a la tercera, yo recuperé el seso, la compostura y salí del apartamento.
Tenía la frente perlada de sudor nervioso cuando me miré en el espejo del ascensor y notaba la boca seca como si acabara de subirme corriendo un monte. Mi corazón retumbaba aún contra mis sienes, presa de una eufórica excitación y me sentía algo conmocionado tanto por eso, como por las desconocidas aficiones autocomplacientes de Patricia. ¿Sería zoofilia también eso que hacía? Necesitaba beberme algo con urgencia antes de poder volver a enfrentarme con ella.
No estaba bien espiar así a la gente. No estaba bien pero me había encantado. No estaba bien irrumpir de aquella manera en la intimidad ajena y sin embargo no podía dejar de alegrarme de haber sido copartícipe de aquella autocomplacencia supina. Las mujeres siempre estaban pendientes de algo cuando estaban con un hombre y rara vez conseguía uno verlas en semejante estado de enajenación desinhibida. Sentí que ahora, de alguna manera, también poseía su intimidad, su verdadero yo contemplándose en el espejo de la concupiscencia y decidí que no debía decirle nada. Lo más probable es que le hubiera dado igual, que se hubiera reído con mi osadía, o se hubiera excitado con mi calentón y que me hubiera recriminado que me fuera sin habérsela metido allí mismo. Le hubiera dado igual y a lo mejor hasta se hubiera sentido halagada, pero también la habría puesto sobre aviso. Apresuré mi segundo vodka con naranja y me dirigí al teléfono público que había al fondo del local junto a los aseos. La voz de Patricia me pareció somnolienta.
- ¿No estarías durmiendo no?
- ¡Hola! –exclamó una voz mucho más animada- estaba tumbada en la cama, en bolas, pensando en ti. No te lo vas a creer pero llevo toda la tarde matándome a pajas y cada vez estoy más caliente. ¿Dónde estás? ¿Vas a venir? Ndoma me ha dicho que te ha visto esta mañana en el aeropuerto. Has llegado hoy, ¿no?
Una vez más su franqueza me dejó desarmado.
- Sí, estoy en Ibiza, pero no he podido escaparme de la redacción hasta las siete. Dime con qué te estabas matando a pajas, quiero saberlo.
- Primero con la mano y luego con unas bolas chinas que tienen dentro unos abejorros, que me he traído de Barcelona. Los vendían en el Raval y son la rehostia, pero los he soltado porque me daban pena y... bueno, pero vas a venir o qué.
Después de aquella desinhibida confesión, no podía mentirle.
- En realidad ya he estado ahí... hace un rato –le confesé- pero te he encontrado tan entretenida cabalgando sobre tu bidé que me ha parecido que estaba de más. Ya sabes que yo monto fatal a caballo. Sin embargo tengo que reconocer que no he podido evitar quedarme mirándote un rato.
- ¿Has preferido mirarme a decirme que estabas allí? –se hizo la escandalizada- Eres un mirón ¿Cómo cuánto, rato me has estado mirando?
- Desde que has empezado a chillar más alto que Carmen en el equipo, hasta que has liberado a los abejorros por la ventana. Al principio he pensado que estabas con un tío en la ducha y todo y luego como no te veía hacer nada con las manos, no acababa de entender qué te traías entre las piernas y entonces me ha entrado la curiosidad por ver que era. No sabes lo que he echado de menos mi cámara de fotos.
- ¡Menudo sinvergüenza! –rió al otro lado-, pues menos mal que me has dicho la verdad porque yo ya sabía que habías estado aquí.
Di por sentado que se estaba tirando un farol.
- ¿Ah, sí? –me hice el sorprendido ahora yo- No me ha parecido que me vieras.
- Y no te he visto, pero te has dejado sobre la mesa del salón una botella de vino blanco dulce del nuestro y una caja de langostinos.
Ni me había vuelto a acordar, así que me la envainé y me alegré infinito de haberle contado la verdad.
- ¿Has puesto el vino a enfriar?
- ¿Tú qué crees?
- Tardo cinco minutos.
¡¿Tánto?! –exclamó fingiendo un mar de desconsuelo-, no sé si me podré esperar, lo tengo casi derretido y está empezando a salir humo. Mira, escucha. -Unos ruiditos, como de pompas salivosas me llegaron a través del auricular. Estuve casi seguro de que los hacía con la boca, pero con ella nunca se sabía.

sábado, 21 de agosto de 2010

Cronica del Pozo (II)

Cuando le pegó la segunda patada ya ni siquiera pensó en hacerle daño, sino en amoldar los más posible el empeine de su bota de tacón cubano, a la curva invertida de su entrepier­na. Era algo más estético que físico lo que impelía ya sus movimientos, porque en esto de repartir golpes, Galiana, más que por el dolor o la contundencia, se inclinaba por lo artístico. Según Lefo, tratar de alcanzar una técnica estéti­camente tan depurada como efectiva, era un aspecto del apiolamiento importante para El Chulo, que afirmaba que eso contribuía a infundir respeto y a reforzar su reputación y su clase. Así que con ese propósito, El Chulo diseñaba unas ostias preciosas y exclusivas, como dibujadas en el aire y sumamente efectivas.
Aquella le salió bien. Ambas partes entraron en contacto plena, íntima y estrechamente, pero el Argentino –del que ya le traía sin cuidado que le doliera o no- tuvo mala suerte y en uno de los aspavientos que hacía con los brazos, entre resoplidos y agarramientos pelvianos, fue a impactar de lleno con una mano en la cara de El Chulo, tirándole al suelo las gafas. Si había algo que El Chulo no aguantaba era que le tocaran las gafas, y si había algo que no aguantaba de verdad, era que le tocaran la cara. Así que el Argentino tuvo mala suerte y un cuarto de hora más tarde, convertido ya en un guiñapo informe, el Chulo seguía estampando patadas artísticas en la suya mientras le gritaba:
-"¡Levantáte cabrón, que todavía no he terminado contigo!
-Está muerto -le decían Lefo y los suyos, pero sin osar apartarle.
-Pues que resucite. Aún no ha cobrado bastante.
-Está mollao Galiana -insistía Lefo- muerto del to. Mira sus ojos".
Los ojos del Argentino llevaban un rato abiertos, ciegos y obstinadamente fijos en un hilillo de baba que parecía unir su intestino con el suelo.
-"¿De qué hacen ahora a los hijos de puta?, ¿esto es todo lo que aguantan? ¿Cuatro patadas de nada? ¡Menuda mierda si son así los que me quieren echar a mí de la calle!"
Mientras se componía la americana, el tupé del pelo y las gafas de espejo con forma de riñón, le propinó una nueva patada, más que por ver si estaba muerto de verdad, por dar rienda suelta a su frustración.
-¡Cago en su madre! Si un tío no reacciona cuando le das una patada en los huevos como esa, es que la ha espichado de verdad. Sin duda.
-¿Y ahora qué hacemos con él? -quiso saber Marcelo.
El Chulo puso un pitillo en su boquilla de plata, lo encendió con parsimonia y dijo lacónicamente:
-Lo llevaremos a la fábrica de gallinas.
Esa fue la primera vez que Lefo oyó hablar de la fábrica de gallinas del Concejal Rejón.

viernes, 20 de agosto de 2010

El Erotik-On (III)

A la mañana siguiente no había ni rastro de Patricia. Un levísimo olor a vapor en el baño de varias horas antes y una taza con restos de Cola-Cao sobre las cáscaras de la noche anterior. La tibieza de su ausencia en la piel fue lo que me despertó, la sensación desagradable de que el sueño nos ha robado a alguien que debería amanecer a nuestro lado. Me estaba acostumbrando a Patricia demasiado deprisa. Prácticamente no me había despegado de ella desde que había aterrizado. Intuí que lo había hecho a propósito, para dejarme con ganas y para no desgastar el juego, porque si algo tenía claro con ella es que Patricia jugaba al despiste y no cabía duda de que lo hacía bien. Así que después de la maratón de las dos primeras semanas, Patricia empezó a levantarse sin ruido y a marcharse en silencio con la llegada del sol. Al mismo tiempo que este se hinchaba como un gran bollo horneado en el mar, ella asomaba bajo el horizonte de las sábanas, se deslizaba de mi abrazo e iba a vestirse frente al ventanal de la terraza, de cara al sol. Se enfundaba el vestido hindú por la cabeza, estirando hacia arriba los brazos y alzándose de puntillas como si se zambullera dentro de él. Era un movimiento rápido, mecánico, cargado de una voluptuosidad casi hiriente y que duraba apenas un segundo. Yo la miraba al trasluz y ella, cómplice, me sonreía antes de irse, pero no me hablaba.

lunes, 9 de agosto de 2010

Mientras... (fragmento de la memoria del elefante)

...ella hacía todo eso, yo me quedé a descubrir las llanuras asfaltadas de un tórrido Madrid recalentado, que roncaba con la ventana abierta de par en par. Y me gustó aquel otro Madrid, huérfano de estrés y ciudadanía, que puso aquellos días en la calle el ayuntamiento. Me ensimismó ver crecer ante mis ojos las avenidas y ensancharse el horizonte de los parques y las plazas de siempre, y me ensordeció ese Madrid de silencio y en despoblado, sin alarmas ni sirenas, tan perplejo y desubicado como yo. Madrid tenía el aire insólito de un jubilado repentino, dispuesto a quedarse sentado en un banco cual­quiera, sin objetivos inmediatos, ni gana de tenerlos, cautivo del estado de contemplación. Me gustó aquel Madrid letárgico y modorro, que se miraba el ombligo y se abando­naba a la indolencia de un pantalón corto y una camiseta, un Madrid sin calcetines que trasnochaba de calor y trabajaba de juguete, un Madrid de Rodríguez, relajado y permisivo, que vivía de cervezas y alternaba terracitas con despachos financieros. Madrid de pronto había recuperado el placer de la conversación y hasta había encon­trado un hueco para ser amable.
Así que mientras duró el verano volví a reconciliarme con ese Madrid chapado por vacaciones, enorme para unos pocos, que volvía a parecerse a ese otro Madrid afable y propio que aún llevaba dentro. Me gustó habitar ese Madrid íntimo que no se veía con los ojos de la prisa, ni se perdía bajo el asfalto, ni bajo millones de zapatos que tapaban a la vista tantas cosas.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Sin ti

(a mi primera novia, allá por el 80)
Ya no me haces falta para quererte.
Te puedo querer sin ti,
sin tu voz,
sin tu cuerpo,...
te puedo querer sin verte.
No hacen falta más miradas,
no hace falta que me hables con los dedos.
No necesito tu tiempo,
no necesito olvidarte,
ni necesito perderte,
para saber que te tengo.
Te puedo querer sin ti,
te puedo querer...
por eso.

lunes, 2 de agosto de 2010

La Memoria del Elefante (fragmento)

A Ana la había querido como sólo se quieren dos gotas de mercurio y a Isabel como se quieren los imanes, que tan pronto se atraen como se repelen.

martes, 27 de julio de 2010

Me he...

...equivocado tantas veces ya en esta vida,...como hijo, como padre, como amigo, como marido, como hombre,... me he equivocado tantas veces y lo he hecho tan a conciencia, que estoy a punto de alcanzar la plena sabiduría del idiota.

jueves, 22 de julio de 2010

CUERDA LARGA (Entre dos mundos)

La excursión de la Cuerda Larga es sobre todo eso, larga y, aunque parezca una perogrullada decirlo, es igual de larga y fatigosa en cualquie­ra de sus dos únicas direcciones. A saber: Desde el alto de la Morcuera, en Miraflores, hasta el de las Guarra­millas en Navacerrada y, viceversa. Quince kilómetros, que es lo que mide el espinazo de este dinosaurio de piedra, me los he caminado ya en alguna que otra ocasión por otros terre­nos, pero no se parecen en nada a estos. Los de Cuerda Larga discurren arriba y abajo de ocho cumbres situadas por encima de los dos mil metros, alternando todo tipo de suelos, desde suaves lomas alfombradas de pelusa verde, hasta intermina­bles praderas de retama abraza­to­billos, pasando por pedregales que convierten el simple hecho de pisar sobre algo plano, en un alarde de equilibro. Aun así, el camino ( fina raya en el pelo de retama de la sierra, que diría el poeta), está convenien­temente señalizado con hitos de piedra y sus pasos difíci­les, con flechas de pintura roja de las de jugar al juego de las pistas. Salvo que la nieve las cubra, en cuyo caso la excursión habrá que hacerla sobre esquís de travesía y con muchas precau­ciones hacia las cornisas y los neveros, es prácticamente imposible despistarse más de cien metros en cualquier dirección.
La excursión ya digo, aún sin dificultades alpinistas o técnicas, es dura y se hace poco recomendable a los que se fatigan con facilidad. Andando a buen paso, no tardaremos menos de seis o siete horas en comple­tarla y cuando nos vayamos acercando al final, no será raro que sintamos en nuestro interior, algo parecido a la alegría del naufrago al divisar la orilla. El viento generalmente sopla del norte y con fuerza y, suele ser, salvo en los pocos días del verano, de los que ponen las orejas coloradas. Nuestra sierra, como casi todas las demás, es de carácter caprichoso e inestable y, sobre todo en la cresta, le suele cambiar el humor con relativa facilidad. De modo que ya sea por un ventis­cón de invierno no previsto en el parte meteoroló­gico, o por una repentina tormenta de verano, conviene ir siempre debida­mente preparados y en el peor de los casos, saber abandonar a tiempo. Ni que decir tiene que el bocata y el agua isotónica son imprescindibles. El Glucosport tampoco es desaconsejable. La máquina de fotos, quizá estorbe y acabe pesando un poco, pero se alegrará de haberla llevado.
Inconvenientes y recomendaciones aparte, la travesía de Cuerda Larga se merece por si misma. Dejémonos de fríos y peligros, que como dice nuestro amigo Rufino (Apuntes enero 96), este año ya hailos habido en suficiencia y quedémo­nos con un día de verano, viento suave del N.O. y despejado, que es lo suyo. Sin más dilación, sin prisa, pero sin pausa, encarrilemos las treeking o lo que sean (pero que sean duras y cómodas) por ese estrecho sendero que divide el panorama en dos vertientes de quitar el hipo y, dispongámonos a disfrutar.
A partir de ese momento, el paisaje se convierte en algo difícil de retratar con la palabra y nuestra máquina de fotos, por experta que sea, se nos puede quedar estrábica de mirar hacia tantos sitios (el filtro polari­za­dor que no se olvide). Hacia el sur, nos aguarda la amplia llanura madrile­ña salpicada de ricos embalses y hacia el norte el macizo de Peñalara, extendiéndose a través de espesos pinares y bellísimos parajes hasta el valle de Lozoya. 360º de panavisión en eastmancolor hasta donde se cansa la vista y permite la bruma, incomparables. Por encima de uno, sólo el cielo. Se sentirá grande y diminuto al mismo tiempo, se sentirá flotar entre dos mundos, con los pies en el suelo y la cabeza en las nubes, pero no se alarme, que no será el mal de las alturas, sino lo normal. Hasta en un día como hoy, en el que habíamos quedado que estuviera despeja­do, nos encontra­remos como en las nubes y se nos irá quedando embobada la vista en cuanto nos descuidemos.
Por todo ello, yo les animo a subir y admirar el paisaje de los paisajes de nuestra sierra y les garantizo que si el día acompaña y la calina les deja, la provincia entera se pondrá a sus pies. Les aseguro que se cansarán, que en algunos tramos se preguntarán quién les ha mandado meterse en esa, y que trepando por las peñas de Loma Pandasco, llegarán a echar de menos una parada de autobús.
También les prometo que si llegan al final, se premiarán a sí mismos con un recuerdo imborrable y precioso para llevárselo a casa y que una vez en ella, cuando metan los pies en el barreño de agua con sal más maravillo­so del mundo, tendrán la sensación de haber comulgado con la naturaleza, de haberse purificado y oxigenado en todos los sentidos para una buena temporada y de estar completamente en paz y satisfechos. Así de místico y trascendente, se llega a poner el asunto.

martes, 6 de julio de 2010

Una nota

Si yo pudiera en un solo renglón, provocar la misma catarata de emociones que desencadena con una simple nota la música, pensaría de mí que soy un autor satisfecho y recompensado.

jueves, 1 de julio de 2010

La Memoria del Elefante (fragmento)

-¡Zas!... y a nadie le importó la muerte del mosquito.


-¡Pum!... y todos se soliviantaron ante la muerte del elefante.


-¿Y?


-Y nada Buba,... pensaba nada más, ¿Matar es una cuestión de peso? ¿De simpatías? ¿De cantidad?... ¿Mata más el que mata más kilos? ¿Se es más matón por matar a la madre de Bambi, que por espachurrar a un insecto repugnante?


-Toda vida es importante, blanquito, ya lo sabes, fijate si la vida es valiosa, que sólo nos la prestan.

miércoles, 30 de junio de 2010

Tú también (Monologos del loco...)

Al final tú también te tendrás que ir. Antes o después, cogerás el camino del final del verano y volverás a la rutina del invierno de tu corazón. A la pereza de las horas punta bajo ese cielo plomizo que hace pucheros con el día y deja churretes de lágrimas sucias en las fachadas. Volverás a la calle mojada, al reflejo de tu cara triste a la luz de algún neón. Volverás a los días sin mí, a esas cinco y media de la tarde sin rastro del sol. Volverás al aliento de vaho que suspiran las bocas de metro bajo las faldas, a la ropa de lana que también borrará de tu piel todo rastro de sol. De ese sol de tarde vieja, picante y rojo, que brillaba en oro y cobre por tu cuerpo de espuma.
Y yo me quedaré aquí como un grano más de la arena de la playa, como una última risa entre las hamacas solitarias y los chiringuitos dormidos. Me quedaré aquí, entre las buganvillas secas, como el juguete olvidado de un niño alemán, como el eco de la canción del verano que seguirá acunando el vaivén de las mareas. Me quedaré sentado sobre un remolino de hojarasca de recuerdos y de ausencias, con la vista fija hacia el poniente, hacia el calor del estío que se irá deshilachando en regueros de distancia, hasta que el paisaje me confunda con el rumor del agua y parezca una más de esas rancias postales, que nadie mandó. Yo me quedaré aquí, sin ti, buscando tu cuerpo de crema morena y de ola, en cada puesta de sol.

lunes, 14 de junio de 2010

Erotik-On

Tampoco me había hecho planes ni programas para los siguientes cuatro meses, pero después de la racha de pareja formal que llevaba, más o menos el machista boceto diario que se me pasó por la mente en ese momento fue algo así como: Ludomingo, 39 de Molicie permanente. Levantarse sin sueño, desayuno, zumito, duchita, musiquita, currar un poquito (lo justo para no aburrirse las mañanas) y después; solecito, piscinita, apero. Paellita, musiquita, novelita. Playita, peña, buceo, trasluchadas , canutitos, fuerza seis, risas, vacile, boley playa, chiringuito, copitas. Pedete lúcido, peña, buen rollo, viva la vida, todos gente guapacuerposdanone, vuelta en moto acuática, besitos y hasta las once. Amigos para siempre., Duchita, cenita, musiquita, camisita, coloñita, copita en el Waykyky, (siempre hay un Waykyky) más risas con la peña. Darditos, copitas, guiris. Ligoteo, bamboleo, bailongo, camisetas mojadas, faldas cortas, lenguas largas, magreo, sobeteo, cachondeo. Rinconcito, canutito, copita, más amigos para siempre. Una guiri de color rubio que me lleva mirando toda la noche, Jiji, jajá, Lote en el paseo maritimo, lunita llena en el cielo, apartamento. I also love you Karen. Polvete. Canutito, mamoneo. Duchita, cigarrito. Que sí, que te love un huevo yo a ti también y que ha sido un flechazo, pero que ahora te tienes que ir porque va a salir el sol y te lo tienes que llevar todo a Gotteborg. Bye, bye, te veo en la playa. Picoteo, camita, novelita... en fin… la gloria...

Algún día (la memoria del elefante)

“Algún día tendré que tirar tus cartas. Tendré que armarme de valor, atentar contra mi principio sentimental de conservarlo todo y tirarlas, aunque sólo sea para que nadie sepa nunca que las seguía conservando”.

jueves, 10 de junio de 2010

Tener Clase (fragmento de la memoria del elefante)

Cualquiera que fuera el sitio del que venía, su atmósfera había logrado impregnar aún más su personalidad de ese otro aroma que no se encuentra en los frascos, mezcla de belleza serena, misteriosa lejanía y armonía natural, que junto con unas cuantas gotas de persona seria y otras tantas de misterio, conforma ese extracto único y delicadísimo que tampoco se puede comprar etiquetado. El perfume de la clase, no se puede fabricar. La abuela Mamaluí, cuando en verano repartía consejos con la merienda a las primas mayores con el sano propósito de aquilatar sus palmitos, les decía que solamente existían dos formas de conseguir que una mujer emanara esa poco común fragancia de la clase. Una, naciendo con ella, y otra, adquiriéndola por contagio muy, muy prolongado y muy, muy difícilmente.

domingo, 6 de junio de 2010

El Sídrome de Octavia (fragmento)

...por todos los hospitales e instituciones sanitarias de la S.S. que se preciaran, deambulaba de acá para allá un fantasma pululante que portaba un grueso fajo de papeles clínicos en las manos. Eran pobres, indefensos ancianitos de mermadas facultades y rumbos curvilíneos, que entraban en mala hora luchando contra la incertidumbre que produce siempre un chequeo de rutina y que a causa de la información que se les facilitaba, se quedaban perdidos en el intrincado laberinto de la burocracia sanitaria, por tiempo indiferente. Llegaban allí tan confiados, con sus volantes preparados, las radiografías en un sobre gigante de estraza y los nombres pertinentes bien aprendidos, y se dirigían solicitando información hacia el primer uniforme que se topaban.
- Oiga enfermera, por favor ¿Dónde está cateterismo?.
-Ah no sé señó, yo sólo estoy acá para fregar el suelo, usted a mí no tiene pol qué preguntarme eso, por que yo soy una trabajadora contratada ....
Cuando por fin aprendía a distinguir los uniformes y finalmente lograba interceptar a una sanitaria, la enfermera que tenía mucha prisa y que se paraba por mero compromiso, estudiaba fugazmente los volantes y lo despachaba como un guardia.
-" Suba usted por aquí, baje por allá, coja el ascensor si es que funciona hasta la segunda y vuelva a preguntar a alguien cuando llegue."- Y como si al pronunciar estas palabras obrara algún tipo de prodigio abradacadabrante, extraviaban el destino del paciente por corredores indistinguibles y ascensores voraces que no dudaban en tirar dentelladas a cuantos rezagados y desprevenidos, se ponían a tiro y que una vez cerradas sus puertas los llevaban a la perdición. A una pesadilla de salas, de escaleras, controles y letreros jeroglíficos, tales como hematopatía, laringoscopia o cafetería. Nadie sabía porqué aparecían y no se podía predecir cuanto tiempo estarían allí. Algunos permanecían durante meses o años y luego un buen día, igual que habían llegado, se esfumaban sin dejar ni rastro, sin dejar un solo volante de recuerdo.
El fantasma pululante que había en el Solución Final, por ejemplo, llevaba descifrando corredores prácticamente desde el día de su inauguración. Recién llegado de un pueblo recóndito en él que aún sobrevivía la boina, empezaron a marearlo con el papeleo, a maltraerlo de una planta a otra con los requisitos y a aturdirlo de ventanilla en ventanilla con las hojas de colores, hasta que lo confundieron del todo.
- Suba usted a la quinta, vaya donde pone neumotórax, pregunte por la enfermera Sonsóles y dígale de mi parte, que no le ha puesto el numerito en el volante y que así no se lo puedo sellar, porque los volantes que no llevan numerito no se pueden sellar.
Cuando llegó hasta la enfermera Sonsóles, esta se arremangó muy peripuesta la chaqueta de lana azul y le comunicó que no le podía poner el numerito en el volante para que se lo sellasen, por que antes de eso tenía que pegarle al volante la pegatina que le faltaba. "Los volantes que no llevan pegatina no se pueden numerar". Para conseguir las pegatinas, había que presentar previamente el cartón azul y entremedias de las dos cosas, tenía que llevar un papel blanco hasta un ordenador con cofia, para que se lo cambiase por otro amarillo con taladritos artísticos y se lo pudiera llevar todo a la del cartón azul, que de todas formas, tampoco le iba a dar las pegatinas, hasta que junto con el papelito amarillo no le entregara además el papelito verde del seguro. También tendría que agenciarse otro rosa y otro naranja, para que el fajo estuviese bonito, y si no, no le podrían atender, porque "los fajos que no estaban bonitos no se podían atender." Ante semejantes obstáculos el hombre se quitó la boina y se empezó a preocupar. Para entonces ya había conseguido llegar hasta el ordenador con cofia.
- ¡Pues no señor, esto no es aquí! La dice "uste" a la enfermera Sonsóles que se lo ha explicado mal. Que aquí, yo sólo le doy el cartón azul, pero que las pegatinas hay que ir a recogerlas a la segunda planta del pabellón C, si es usted viudo claro, sino tendrá que ir antes a por el certificado de vacunación hidrofóbica a la planta baja, para que le asignen número de ficha y se lo pongan en el volante ¿Comprendido?.
Lo último que se supo de él, fue que tras dar con la planta segunda del pabellón C, en el tiempo récord de una semana, lo mandaron con otro fajo multicolor, a la cuarta planta, zona cardiovascular, en donde no encontró absolutamente a nadie, por lo que agotado de tanto trajín, se tumbo a descansar en una camilla vacía, sobre la que se durmió profundamen¬te durante algunas plácidas horas, al cabo de las cuales se despertó con un exitoso implante de válvula mitral, frente al que toda la jerarquía hospitalaria desfilaba entre grandes loas. En cuanto tuvo fuerzas para hacerlo, burló la vigilancia de la UVI, rodeó con cuidado la UCI y se perdió para siempre por los pasillos traicioneros que eran todos iguales. Desde entonces, aparecía de sopetón en algún punto impredecible del edificio, con su pijama azul y sus pantuflas de andar por casa, mostrando con un aire de semáforo que tan pronto daba pena como asustaba, el manojo de papeles intramitable, o su horrible cicatriz.
De vez en cuando alguna enfermera desocupada, para entretenerle, le quitaba una hojita de aquí o le añadía un volantito por allá, según le diera, y a veces también, si se lo veían ya muy ajado, le cambiaban el enorme sobre de estraza en él que guardaba su retrato del esqueleto de cuerpo entero y luego de limpiarle un poco las telarañas, lo mandaban a buscar más pegatinas por otro sector.
Últimamente, quizá por las noches, habían aparecido unas sospechosas pintadas reaccionarias, que se le achacaban a él. Cosas como: EL HOSPITAL ES MI PRISION o, MARICON EL QUE LO LEA, se rotulaban misteriosamente en la puerta de una consulta, en la lámpara de un quirófano o en el mostrador de recepción, sin que nadie viese quién, cómo, o cuándo las hacían. En la puerta de la consulta de Octavia, días atrás, había aparecido una de lo más intrigante.
“Aunque estés tan jamona, “dotora” con un corazón de plástico no se te pue querer”

viernes, 4 de junio de 2010

El Coleccionista de Bragas (fragmento)

...y eso significa que desde ahora, cuando en tardes de verano calientes y largas como esta, de pronto una brisa fresca de tormenta se cuele por tu ventana, te bese sin hacer ruido en la nuca, te acaricie la frente perlada, te moldee el pecho, te rodee la cintura y se enrede entre tus tobillos, trepando por tus pantorrillas, bajo la falda; tú sentirás un estremecimiento de calor y de frío al mismo tiempo y otra vez una punzada traicionera en cada una de las ingles, te anunciará que ese aire fresco y curioso, ese aire descarado, soy yo. Sí Lucía,... no te hagas la distraída, ya sabes quién digo. Ese sin cara, sin nombre, ese sin más que aparece en tus noches insomnes y se mete en tu cama sin permiso, a jugar al escondite con tus dedos por los rincones de tu insatisfacción. Yo soy eso que nunca harías pero en lo que no puedes evitar pensar, soy ese encuentro fugaz, imposible, irreflexivo. Ese acto ingobernable salpicado de jadeos al que ni siquiera pondrás nunca palabras...

miércoles, 2 de junio de 2010

La Soberbia (fragmento de la mem. del elefante)

"La soberbia es insaciable y se alimenta de dioses pequeñitos como ella, que a su vez se alimentan de reyes sin reino como yo. De soñadores de sueños inútiles que luchan en batallas perdidas de antemano, porque no saben matar. Algún día, cuando probablemente ya no importara, se daría cuenta de que nadie iba a saber decirle tantas cosas como yo, con cinco minutos de diciembre."

domingo, 30 de mayo de 2010

La Memoria del Elefante III

Tocábale el turno a ella y así, poco a poco, fue asomándose segura y tranquila entre las nubes. Media luna llena, de media cara boba y sonriente como esas que alumbran el cielo de los cuentos, flotó otra vez sobre la noche.
A la luna le gusta hacerse esperar en estas últimas veladas de África. Sale tarde, se sube al tejado a eso de las dos o las tres de la mañana y luego rueda por la pendiente hasta caer al interior de la piscina del Standford, donde permanece horas y horas nadando.
Yo la miro desde mi balcón. Sin prisas, recreándome en sus reflejos, estudiando la forma de su contoneo, en como lo estira y recoge sobre la piel del agua para amoldarlo al suave compás de sus ondulaciones, y no me canso. Por primera vez a lo largo del día me abandono a la blandura de la despreocupación, al sosiego. Por primera vez a lo largo de otra murria, más que sacudirme de encima la sensación apremiante de tener que ejecutar una decisión largamente aplazada, se me escurre. Y me quedo embobado, encantado de tener una excusa para no pensar en ello, hasta que la luna cruza la piscina, se desliza a lo largo del jardín y salta la cancela. Entonces, vuelven los fantasmas.
Llegan subrepticiamente y como la música rancia que se dejó olvidada Isabel, se adueñan del cuarto llenando su espectro con notas cada vez más afiladas que se entrometen por los poros de mi memoria y empiezan a sonsacarme dolorosos recuerdos.
En un rincón, tal y como las dejé hace un año cuando la razón me hizo comprender que lo mejor era volver a Madrid; Tres maletas, un sobre de estraza y dos bolsas de mano. Once años apilados, esperan el regreso que habré de emprender mañana, aunque Mañana llegó hace ya doce meses y desde entonces todos los días sean víspera de viaje y yo no haga sino esperar. Esperar y mirar la luna mientras me escribo.

“La luna no es de nadie, mas que de quien la mira- dice el Sabio Buba- La luna no es patrimonio de los soñadores, ni de los que pasan muchas noches especulando acerca de su naturaleza, o haciendo conjeturas esotéricas sobre la influencia que pueda ejercer en su futuro. La luna es de los que aguardan simplemente a que salga y se zambulla en mil hilachas de plata dentro de una piscina y de los que temen que si dejan de mirarla se esfume, y con ella su inspiración”.

sábado, 29 de mayo de 2010

¡Qué gilipollas era!

Es verdad que una vez te quise, hace ya mucho, cuando aún eramos idiotas. cuando yo aún creía que querer significaba no hacer daño, y que el matrimonio, por encima de dioses y jueces, era un compromiso de lealtad inquebrantable entre dos personas. Cuando yo creía que esa lealtad significaba: "Con razón, o sin ella, contigo siempre, con la verdad por delante y así, hasta el fin del mundo".
¡Qué gilipollas era!.

Cuando...

Cuando te quedas de pie, en medio de la madrugada, y escuchas embelesado lo que no se oye durante el día dentro de tu cabeza, te das cuenta de que eres un noctámbulo incorregible.

viernes, 28 de mayo de 2010

Crónica del Pozo

El autor advierte de que el contenido y el lenguaje empleado en esta crónica, pueden herir la sensibilidad del lector.
I
La noche que Rafael Díaz, alias Lefo se tatuó el logotipo de Chupa Chups en la piel del prepucio, iba pensando que con eso ya podía dar por concluida la obra de arte que durante años había venido perpetrando contra su propio cuerpo.
-"Dudo mucho Tron, –era la primera frase suya que tenía apuntada en mi bloc de notas- de que tanto en el arrabal aquel en que vivíamos cuando yo era un nano, como en el otro al que poco después nos trasladamos cuando mi vieja conoció a Chulo Galiana, hubiera un solo centímetro cuadrado de acera en el que no hubiera escupido, vomitao, meao, cagao, o sangrao algún pringao alguna vez. Y hacía bien El Chulo, qué coño, en darla de ostias a mi vieja por meterse a puta siendo tan fea y por tener la ocurrencia de haberme parido en una ful de sitio como ese. "
Y es que así, como una colilla más entre los desperdicios de la acera de un barrio sin aceras de Madrid, había brotado de un día para otro Rafael Díaz, alias Lefo, que descalzo y mocovela, desapercibido entre la demás inmundicia, había logrado crecer lo suficiente como para ponerse en pie por sus propios medios y darse cuenta de que el mundo continuaba más allá del arrabal. Fuera de él, enseguida descubrió también por sus propios medios que la vida no era igual en todas partes, que había otras calles de aceras limpias y que existía algo llamado Normas de Convivencia, que no iban con él. Él era una colilla más tirada al suelo y tras los lógicos encontronazos con el orden establecido que fuera de aquel alfoz imperaba, no había tardado en convencerse a sí mismo de que en realidad era un privilegiado que podía presumir de vivir en un submundo llamado Charco del Perro, donde no existían más normas de convivencia que la de no inmiscuirse en los asuntos de los demás y la de solucionar los problemas sin jueces, ni policías.
-"Yo sí que nací en un Pozo de puta madre Tron, o sea, y no en una ful de pozo, como ese del Tío Raimundo, que es un pozo pa señoritos y pa gitanos con merce-des. Que va. Yo, Tron, soy del único y auténtico pozo de la mierda, osá, directamente, ¿Mexplico? Yo nací en el Charco del Perro, donde lo único agradable de la vida ocurre cuando te duermes tan colocao, que ni siquiera sueñas con todo lo que te falta ¡Y puta chiripa la mía! –seguía felicitándose- que hasta en un sitio de chamba como ese fui a nacer en el mejor sitio posible ¿Sabes dónde Tron? pues a mitad de camino entre la chabola de lata de bidones que tenía mi vieja y la de contrachapado y uralitas, de una que sabía de comadrona. La mu colgá de la vieja se creyó que le iba a dar tiempo a llegar, pero se equivocó. Mi vieja es que además de puta y fea siempre ha sío un poco gilipollas, ¿sabes? El Chulo Galiana, que tiene más gracia que darle una ostia a un cura, me dice siempre que la perra de mi madre me cagó en la acera, que es donde cagan los perros ¿Sabes cómo te digo, no? En la puta acera que no era ni acera, de la puta calle que no era ni calle, sino namás que tierra sucia y potas de borracho ¡Menuda pringada de vieja, la mía, ¿qué no?¡ Por eso dudo mucho Tron que haya por ahí otro punk más auténtico que yo. Ni el mismísimo Sid Vicious se hubiera podido montar un nacimiento más dabuten, porque un punk debe ser un pringado desde que lo cagan, hasta que lo pisan y no debe descollar nunca, ni siquiera por encima de los lapos de las aceras. Un punk es un eructo en la mesa y un pie sucio metido en el agua del baño de un bebé. Esa es la esencia del orgullo punk. No sólo estar en la mierda, sino serla..., y hacer lo que de te de la gana, claro. Y yo hago lo que se me pone en lo güevos y soy una mierda auténtica Tron, una más de las muchas que se pisan si no miras, y por eso el día que la espiche quiero que me dejen tirado en la acera como la mierda de perra que soy hasta que venga la motocaca y me lleve al vertedero municipal. Mientras tanto, nadie notará la diferencia cuando me pise".
Así hablaba de su vida a los veintitrés años de edad Rafael Díaz, alias Lefo, mientras cumplía una condena de dos años y medio en la tercera galería de la cárcel de Soto, y fueron muchas las tardes que pasé con él en aquella celda de paredes salpicadas de desidias, oyéndole recitar su vida como una letanía, como si se la contara a sí mismo para recordarse mejor, o como si por primera vez y a través de la introspección a la que le obligaban mis preguntas, tratara de entenderla. Fueron muchas las tardes que le oí desgranar su mundo de sordidez con la voz del hastío y la sin prisa del condenado, antes de que un buen día, sin previo aviso y como si por el mero hecho de haber cumplido ya la mitad de su condena estuviera realmente preparado para ser reintegrado poco a poco en la sociedad, le fuera concedido un permiso de tres días para ir a pasar la navidad con su madre, y yo me quedara sin historia. Me alegré por él y lo sentí por mi libro, pues desde ese preciso instante ni yo, ni la prisión, le volveríamos a ver la cresta del pelo. Ni siquiera traté de buscarle y no quise aceptar a los otros presos que el Director me ofreció entrevistar a cambio. A esas alturas el protagonista indiscutible de mi libro era el Lefo y por nada del mundo iba a dejar que se contaminara su personaje haciendo mezcolanzas. Opté por dejar dormir la historia y dedicarme a otros proyectos, hasta que seis meses después, recibí una llamada telefónica de alguien que me aseguró conocerle, haberle visto recientemente y saber dónde se encontraba en ese momento. Se trataba nada menos que de su madre y lo que me dijo exactamente fue que los hombres del Concejal Rejón, se lo habían llevado a la fábrica de gallinas.