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domingo, 28 de febrero de 2010

La barca de Maestro Juan (III)

Muchos años atrás, en aquella choza que con tanto esmero conservaba, hubo una buena cama de madera, amplia y confortable, que diseñó y construyó él mismo con madera de nogal traída de la península, para amarse en ella con Isabel. Cuando Isabel le dejó, la sacó a la calle, y junto con el colchón, las sábanas y los escasos objetos y enseres que poseía, la echó al fuego para no tener que verla nunca más y, para ver si de esa forma, al acostarse, la pena no le mataba.

Algunas noches, mientras se despegaba la ropa del cuerpo y se desatascaba el sombrero, Maestro Juan se distraía por esas cosas de la edad, y se le escapaba el santo al cielo. El insomnio aprovechaba entonces la deserción de su beato y, antes de que volviera, trepaba por una pata del jergón y se instalaba entre los crujidos de las hojas de palmera. Como en la casa nunca hubo libros, por que tampoco hubo nunca nadie que supiera descifrarlos, el pescador empezaba a dar vueltas nerviosas sobre la vigilia y el ruido de palmera, sin más entretenimiento que ensayar posturas que condujeran al sueño, o escuchar el misterioso monologo del océano, que desde el origen del agua, se acercaba con la cresta de las olas hasta el borde de las playas, para contarle a las cosas de la orilla los secretos de las algas.
El misterioso monólogo de del océano, también bramaba algunas veces con furia de espuma y presagios, encrespando olas en el sosiego de su cala y, estampándolas luego contra las rocas, en mil lagrimas de ira, que retumbaban como un trueno lejano, en el hueco de su almohada de brazo. Un océano negro de noche oscura de tempestad, de golpes de mar traidores, arrecifes acechantes y lúgubres historias de tétricos naufragios, embestía contra la raya impasible de la orilla, como queriéndola borrar y, subía a buscarle hasta el jergón, para explicarle también, con voz de alga, la razón de su ser y sus motivos.
Cuando esto sucedía, el anciano se acurrucaba en la litera, intentando comprender algún oculto significado y mientras esperaba a que llegase la ola que le traía el sueño, se iba sintiendo un poco más solo que de costumbre, más vulnerable y desamparado y, se le empezaban a ocurrir un montón de preguntas sobre la vida, Dios y la muerte, que casi le daban miedo, por que no se las sabía contestar.
Maestro Juan, entonces, echaba de menos las noches en las que el océano le hablaba con calma y, descubría que en esas noches, el océano ya no era océano, ni mar, sino solamente agua mansa. Agua amiga de brillos cálidos y suaves lomos de luna, que se acercaba como una caricia hasta el comienzo de la tierra y se deshacía en confidencias, murmullos y siseos, por entre los huecos de las rocas, originando un suave vaivén de arrullo, con el que enseguida aparecía la ola de dormir.

Aquella tarde de aquel día, Maestro Juan hubiera obrado mucho más prudentemente, de haber permanecido al amparo de su choza, despistando las ganas que tenía de pescar, con cualquiera de las otras actividades, que en circunstancias como esas, le solían tener apartado de la tentación de la caña. Un cielo oscuro cargado de amenazas y, un agua nerviosa, encrespada y turbia, le estuvieron advirtiendo ya desde por la mañana, que la mar ese día, no andaba para bromas. La noche anterior la estuvo oyendo retumbar contra el hueco de su brazo hasta muy tarde y, nada más desperezarse aquel amanecer frente a la puerta abierta de la choza, comprendió enseguida que Abenchara, no podría salir a navegar. El viejo pescador, sin embargo, era algo testarudo. Sentía verdaderos deseos de lanzar la caña y, más que deseos, tenía necesidad. Su breve despensa de pescado llevaba dos días vacía y casi todas las provisiones canjeadas en su última aparición de toma y daca por Arrecife, se habían gastado ya. Por eso, después de almorzar una frugal ración de huertito sentado de cara al océano furioso y quemar una cachimba, calibrando la situación, decidió aprovechar que se abría una tregua azul entre las amenazas del cielo y que el mar parecía relajarse con la marea de la siesta, para bajar corriendo como un pilluelo escapado de su madre, hasta la cala y el secreto de la roca, que cuidaba sus aperos de pescar. Lo peor que podía sucederle -pensaba- era que a la vuelta y, por efectos de la corriente, se viera obligado a tener que desembarcar un poco más al sur, hacia el puertecito de los pescadores de Arrecife y, desde allí, que regresar luego caminando por la frontera de la costa, con Abenchara, el equipo y, lo que hubiera pescado, cargado sobre los hombros. Pero a Maestro Juan eso tampoco le importaba, por que Abenchara era liviana como una pluma y porque dos, o tres de horas de pesca, con ella, compensaban casi todas las molestias de este mundo.
Abenchara entró en el agua con decisión y recogió la caña y el cubo con la carnaza que le tendía su dueño, luego el anciano se columpió en la borda, saltó adentro, e hizo unos cuantos equilibrios sobre la pequeña embarcación, antes de sentarse y empuñar los remos. Cuando se acopló en el regazo de la barca, y se dispuso a bregar con la primera serie de olas, cayó en la cuenta de que, una vez más, la blanca espuma del agua había vuelto a mojar los remiendos enrollados de su gastado pantalón.
-Tú, quédate ahí, Bardino -le apuntó al perro y no me pierdas de vista, que en cuanto que pique la cena, me vuelvo.
Y Bardino los vió alejarse como tantas otras veces hacía la raya del horizonte, ladrándoles reproches y advertencias, que se fueron apagando tras la sorda estela de la Abenchara.
Tarareando una canción, Maestro Juan, remó con energía, sin pausas, hasta que la costa quedó convertida por la distancia, en una débil franja gris, salpicada de olas rotas. Entonces, paró de bogar. Descansó los remos en el suelo del bote y mandó el pequeño ancla de tres puntas y como de juguete, a la búsqueda del fondo. La cuerda que lo sujetaba, se deslizó rápidamente tras él y cuando quedó quieta, apoyada, sin tensión sobre la borda, el pescador miró la última marca de pintura roja que asomaba a la superficie y sonrío -Veinticinco metros justos- dijo en voz alta y, añadió -este es el sitio- Después, siguió tarareando su canción.
Maestro Juan sospechaba que el mar estaría revuelto sólo en la piel del agua, y que diez o quince metros más abajo, esas turbulencias apenas se notarían, por lo que con toda probabilidad los peces estarían esperándole ahí. Empezaba a sentirse a sus anchas. Ahora que se encontraba donde quería estar y que veía que no existía tanto riesgo como en un principio aventurara, se felicitó por su brava decisión, se relajó del todo y, siguió canturreando Una Casita en el Monte, sin dejar de apretar orgullosamente entre los dientes, su cachimba de capitán.
Con la meticulosa parsimonia de costumbre, enganchó la carnaza en el anzuelo, repasó los plomos, comprobó el corchito, observó la dirección del viento y haciendo nuevamente equilibrios sobre el bote, se puso en pie. Luego inclinó el cuerpo hacia atrás, cimbreó la caña y lanzó el cebo al agua, que salió perseguido del sedal, silbándole al aire en una carrera larga y perfecta. Entonces Maestro Juan se acomodó otra vez en el regazo de Abenchara, encendió por segunda vez en el día la pipa y, se sintió completamente feliz.

viernes, 12 de febrero de 2010

Yo Soy (Monologos del loco...) Introducción

La última vez que me morí doctor, fue como una ola, a la orilla del Mar Muerto, durante la guerra que dio origen al nacimiento del estado de Israel, ya sabe, en el año cuarenta y ocho, al acabar la mundial. Allí, también tuve que matar desde luego. Tuve que elegir entre vivir o morir y disparé contra aquella figura borrosa que apuntaba su arma contra mí. La mía temblaba entre mis manos, la respiración temblaba en mis jadeos, me temblaban la vista y el pensamiento, la convicción y la hombría. La tierra entera y el cielo me temblaban, pero disparé. Apreté el gatillo y los dientes contra aquella figura borrosa que temblaba su arma contra mí, El Enemigo, y lo abatí. Yo tuve más suerte, seguí vivo y durante muchas noches, estuve viendo caer su cuerpo una y otra vez. Estuve viendo la sorpresa de sus ojos en su cara de enemigo, mirarme desde el umbral de la muerte, hasta que me hizo comprender que él y yo éramos lo mismo.
Ganar o perder dejó de tener sentido para mí y luego, enseguida, aunque siguieron sonando tiros, la guerra se terminó. Nos derrotaron, el enemigo plantó su bandera en nuestra tierra y nosotros, lo poco que quedaba de nosotros, emprendimos el camino de los perdedores, ese camino sinuoso y corrosivo que se llevaba Palestina hacia el interior de Cisjordania. Por el camino nos fallaban las fuerzas. Demasiado a menudo nos deteníamos a mitad de jornada, e íbamos migando las cunetas con esperanzas exhaustas, con cadáveres de derrotados que nadie se detenía a enterrar. Ni a mirar siquiera. Todos éramos lo mismo. Nada, sólo fe quebrada que seguía andando porque la inercia empuja siempre a caminar. Ya no alzábamos la mirada para colgarla del horizonte, ni escudriñábamos el cielo para determinar el tiempo de la etapa. Ya no cruzábamos gestos ni palabras privadas con Dios y ni polvo levantaban nuestros pasos contra la arena pelada. Contra aquella arena muerta, como nosotros, que nunca, nunca, se terminaba. Pero llegamos. Al menos unos cuantos, un puñado de autómatas movidos por el instinto de supervivencia, hicimos de aquella orilla de mar muerto y de desierto nuestro hogar y de alguna forma, pudimos volver a casa. Entonces, después de haber sobrevivido, y cuando empezaba a recuperar la esperanza de volver a tener un futuro, apareció aquel avión del enemigo, soltó aquella bomba sobre el poblado y me mató.
Cayó precedida de un silbido ensordecedor que se cortó en seco nada más tocar el suelo y luego, como con retardo, el espantoso trueno se adueñó de todo. La gente que estaba a mi alrededor salió despedida como un remolino de hojarasca y yo mismo sentí que mi cuerpo se hacía ingrávido y que volaba desmadejado, sin orientación, por espacio de una docena de segundos. En toda esa eternidad ni un solo pensamiento, ninguna reflexión o recuerdo ocupó mi mente salvo la consciencia visual del vuelo, seguido a cámara lenta, plasmado en nítidas instantáneas casi cegadoras, de mi cuerpo desmembrado y recortado contra el resplandor de un sol que no era el sol.
Si hubiese podido conjeturarla, es posible que hasta me hubiera parecido que la sensación era placentera, esa ingravidez sin velocidad en la que me movía sin moverme. Quizá en ese momento ya estuviese muerto y sólo pudiese ver desde fuera de mí, como mira un espectador ajeno y emocionalmente anulado. Después, de golpe, la gravedad retornó a mi cuerpo, la velocidad se metió en mi estómago llenándolo de piedras, colmando ahora de vértigo aquellos rincones de mi organismo donde antes no había sensación. Empiezo a caer, fue lo primero, lo único, que pude razonar antes de que el peso de las piedras se hiciera insoportable y los músculos dejaran de responder a la crispación. Una flojera saturada de cosquillas de miembro dormido y de miedos de vértigo, me convirtió en pelele del viento otra vez, tal vez los dientes, o incluso los puños si aún estaban en su sitio, permane¬cieran apretados, como los párpados, cuando impacté contra la orilla seca del Mar Muerto y luego de preguntarme si tendría la misma cara de sorpresa que el enemigo, me envolvió aquella negrura definitiva...
Después, doctor, todo el ciclo volvió a comenzar.

La Barca de Maestro Juan (II)

Al final de su primera juventud, mucho antes de que el sombrero de paja se le hiciera inseparable, Maestro Juan anduvo por tierra de moros. Lo mandó llamar la patria, para servir a las armas y estuvo dos años en los regulares de Melilla, con los pies encarcelados en unas botas insufribles. Cuando finalmente se las pudo quitar y la patria se lo devolvió a Lanzaro¬te, lo único que se trajo consigo fue un corazón tatuado en el pecho, que decía amor de madre y la promesa firme y cumplida, de no volver jamás.
En los días que la mar se enfadaba y Abenchara no podía navegar, los primeros rayos del sol solían sorprender a "Maestro Juan" afanado en su huerto. Esperaba a que bajase la marea, arropando de picón sus cebollas, tomates, patatas y garbanzos y armado de su cubo y el cuchillo, saltaba luego por la orilla, de roca en roca, con un Bardino especialmente feliz pisándole los talones. Despegaba lapas, amontonaba bígaros, perseguía con malicia infantil a los cangrejos, acorralándolos contra Bardino y acechaba con mil ojos expertos los agujeros y grietas en los que podía caber un pulpo. Cuando el cubo se mediaba, lo llevaba de nuevo hasta la choza y mientras dejaba escaldando su contenido en agua salada, se ocupaba de lleno en las modestas tareas de su pequeña granja. Proporcionaba hierba fresca a la familia de conejos, recolectaba los huevos de sus cinco gallinas ponedoras, les repartía granos de maíz con trocitos de concha, para que tuvieran calcio, y durante media hora se daba un descanso de queso cabrero y torta de gofio, remojados con buen vino. Más tarde ordenaba un poco la casa, les echaba un vistazo a las grietas y al tejado y terminaba de prepararse la comida, seleccionando los mejores ejemplares del cercado.
Maestro Juan también comía solo. Es decir, con Bardino. Instalaba una mesa improvisada bajo el dintel de la puerta y con el perro ovillado entre los pies, esperando pacientemente su turno, sentaba al otro lado de la tabla, al mar azul de mediodía y sin palabras, mientras iba masticando despacio y silencioso, lo miraba. Cuando él terminaba, entonces comía Bardino. Bardino rebañaba platos, quebraba huesos y trituraba espinas, con comprensible voracidad. Después levantaba las orejas y miraba para su amo con ojos interrogantes.
-Por hoy ya se acabó muchacho. Tú sabes que el amito es pobre- le decía en tono de disculpa y, el animal bajaba la cabeza y volvía a lamer el plato hasta que brillaba. Cuando el plato brillaba y no quedaba nada que lamer, lo lamía un poco más todavía.
Bardino nunca supo lo que era estar ahíto y jamás hizo falta andarle palpando el lomo, para encontrarle las costillas.
Las tardes sin pesca de Maestro Juan, a veces eran largas y a veces eran cortas. A veces eran divertidas y, a veces, en cambio, melancólicas y anodinas. Si la mar se había reposado, aprovechaba la subida de la marea y le daba hilo a la caña desde la orilla. Capturaba un par de peces para su "despensa" y las horas entonces pasaban rápidas, entretenidas y, la tarde se acortaba. Si por el contrario la mar seguía en sus trece, iracunda e intratable, el pescador se quedaba tierra adentro y resignadamente buscaba algo que hacer. Solía ser entonces, cuando se dejaba caer por el mercado de Arrecife con su exceso de pescado y cuando, ya de paso, se asomaba a los amigos olvidados de la taberna de Arcadio, en el puerto. Vaciaba con ellos un par de vasos de alegría, estrechaba sus manos, palmeaba sus hombros y se jugaba deportivamente los vinos, en una fraternal partida de bolas. Luego, con la tarde echada al hombro, montaba sus mercancías en la vieja guagua de Arrieta y, la guagua de Arrieta lo llevaba de traqueteo, rugiendo y bufando por toda la costa, hasta su choza y su perro, en su trocito de mundo aislado y particular.
A Maestro Juan, le gustaban los combates de luchada y las peleas furtivas de gallos, que se celebraban a escondidas de ojos curiosos y de turistas, en el lugar más recóndito de la isla. Todos los domingos desde hacía sesenta años, había acudido a ellas y ahora, después de las tareas del huerto y la granjita, lo seguía dejando todo, para enfundarse en una camisa menos gastada, calzarse unas sandalias caseras de suela de neumático y, mezclarse el día entero, entre el palpitante fragor de las contiendas. Maestro Juan nunca apostaba. No tenía dinero para hacerlo, pero no importa¬ba. A él le bastaba con mirar.
Sólo cuando el último gallo torcía el cuello y el último luchador se derrumbaba vencido sobre el jable de la playa, el pescador se despedía de todos y caminaba de vuelta por el final de otra tarde dichosa. Y mientras andaba, se sentía cada vez más feliz, respirando el aire de su vida, por que aunque Maestro Juan fuera solemnemente pobre, era también, sin embargo, señor y dueño absoluto de sus pasos y, de cada minuto de su tiempo.

Las tardes largas y anodinas que el destino caprichosa¬mente alterna¬ba con los días estupendos, se apoyaban, esencialmente, en su soledad y en el peso de los años. Principalmente, le hacían deambular inquieto de un lado para otro, revolviéndolo todo, sin pescado que vender y sin nada que pescar, arras¬trando taciturnamente los pies y un espeso entrecejo, hacia las horas de melancolía. Cuando llegaban, se sentaba en una silla de cara al océano furioso, arrimaba un ascua a la cachimba y fijaba la vista en el agua plateada del crepúsculo, mientras el humo salía de la pipa y se enroscaba en torno a su sombrero, como se enroscan las nubes a los picachos de las montañas. El cofre de su memoria se abría entonces y, de dentro, brotaban a retazos y jirones, setenta años con olor a sal, que reblande¬cían lo más tierno de su pecho tatuado y lo iban oprimiendo hasta hacerle sentir daño. Un rato después, las primeras estrellas se encendían en su cielo y el mar de plata se iba volviendo de plomo. De golpe el viento y el agua acallaban su murmullo y, suavemente, de igual forma que caían sus pensa¬mientos a la orilla de la playa, llegaba la noche. Sus ojos azabache escrutaban entonces como sin querer, lo negro del horizonte y, por unos instantes, jugaba con la idea de ver aparecer la luz de un barco en la distancia, trazando el rumbo de la isla, con tres marineros a bordo que volvían a su casa, después de gastarse el tiempo en medir la inmensidad. Del cofre de los recuerdos, surgía a continuación un prolongado suspiro, que se unía con el humo de la pipa, rumbo al cielo ya cuajado de estrellas y, Bardino, apretaba enseguida su hocico incondicional contra los pies del amo, y lamía su tristeza. Llegado a este punto, el tiempo solía dormirse, cautivo de un segundo de la noche, hasta que sobre ese segundo, sobre la choza, la memoria y las penas del solitario pescador, se asomaba el hambre de la cena.
-Chacho, chacho, fuerte vida esta que nos toca- le dejaba caer con dos palmadas entre las orejas al perro y, el perro paseaba la lengua por sus manos tostadas y agitaba la cola con bandera de amigo, únicamente para él.
Después de la cena, Maestro Juan ahuecaba su camastro de hojas de palmera y se tumbaba boca arriba, con las manos cruzadas sobre su corazón de tinta y el hilo de los pensamientos suspendido del techo de cañizo, algas y barro. Permanecía un rato así, hasta que el sueño le empezaba a pesar en los párpados y luego se volvía sobre un costado, reclinaba la cabeza en la almohada de su brazo, alargaba una última palmada hacia el bardino y apagaba sin más el día.

viernes, 5 de febrero de 2010

Erotik-On (fragmento II)

Lo de las bragas por los tobillos debía ser un eufemismo por que yo no le había visto bajarse nada.

- ¿Y perderme el espectáculo de tu urgencia desbordándose junto a la carretera? ¡Ni hablar! – bromeé.- Este coche no vale tanto.

Ella rió conmigo, por primera vez me miró con confianza y entonces fue cuando nos presentamos. Ella lo hizo después que yo.

- Mi madre se empeñó en llamarme cómo a la suya y por eso vino lo de Patricia.

- No te gusta el nombre.

Sopló una especie de pedorreta.

- Me da igual. Es un nombre cómo otro cualquiera.

- A mí, me mola – reconocí – No sé porqué pero siempre me ha sonado a guiri francesa en top-less.

- ¡Qué chorrada!.

- Si. Pero así es. En algún lugar olvidado de mi memoria, estará impresa la asociación.

Patricia cambió de tema

- ¿Sabes liar porros?

- Más o menos – asentí y luego añadí – pero no tengo.

Sin decir nada más, para mi espanto, soltó el volante y se giró hacia el asiento de atrás para rescatar de entre sus mercaderías un bolso, tipo zurrón militar. Volviendo a coger el volante, me lo tendió.

- Ahí encontrarás de todo, busca una cajita metálica, de esas de gominolas.

Lo hice. El bolso sobre mis piernas, pesaba bastante y al asomarme a su interior comprendí que estaba frente a una de esas mujeres que confunden el bolso, con un capitoné. Tardé en dar con la cajita un buen rato y otro más en localizar la cajetilla de tabaco. Dentro de la caja, además del costo, estaba el papel. uno amarillento y con letras impresas.

- ¿Que llevas aquí – le pregunte -, la casa a cuestas?.
Patricia rió otra vez toda espontaneidad.

- Me gusta ir bien preparada, por si acaso –fingió voz de mujer fatal- Cómo nunca sé dónde voy a terminar...

Aquello me sonó sugerente, prometedor y fue la primera vez que su voz me provocó un cosquilleo bajo la línea del cinturón . Acabé de liarme el peta, que me quedó bastante bien teniendo en cuenta los volantazos y bandeos del Citroen, lo encendí y tras un par de caladas se lo pasé.

- Fuma, fuma – dijo – no hay prisa.

Fumé, fumé Era bueno. Últimamente había dejado de comprar hachís, porque todo lo que encontraba en Madrid era una mierda.

- ¿A qué te dedicas? – preguntó al poco, quitándome de la boca el canuto y la pregunta.

- Soy windsurfero –solté a bote pronto lo primero que se me ocurrió.

Me miró con perplejidad.

- ¿En serio? ¿Qué pasa, eres un niño de papá, o algo así?

- Es broma, hombre. Sólo soy corresponsal de un periódico.

- -¿De cuál? -quiso saber entonces con súbito interés, e incluso casi con cierto apremio.

- Del Liberal- respondí.

- ¡Del Liberal! - ¿En serio? Esta vez ,sorprendidísima, me espurreó el humo a la cara envuelto en otra pedorreta rijosa y luego se llevó el cuenco de la mano a la nariz y a la boca, tapándose una sonrisa que se me antojó burlona.

- ¿Qué pasa?, ¿Qué es tan gracioso?

- No, nada- agitó la mano toda misterio, dejándome con la intriga.

- ¿Pasa algo con el periódico? insistí sin éxito.

- -Toma fuma- ordenó ella a cambio, volviendo a ponerme el canuto en la boca.

- Bonita forma de acallar mis preguntas -le agradecí y luego cambié de tema-¿En qué clase de papel te lías tú los porros? ¿Que pone aquí?

- ¡Oh!, es papel de Biblia.

- ¿Te lías los porros con papel de Biblia?

- No siempre, también uso él de los evangelios y los misales.

- ¿Por qué lo haces.? ¿Te has propuesto batir un record de irreverencia o algo así? Me refiero a que es innecesario. En todos los estancos tienes papelillos.

- Si, pero no como este. El papel bueno de las Biblias buenas es insuperable. El más fino. Como liarlos con aire. –Ahora la que cambió de tercio fue ella. Parecía evidente que no le gustaba seguir el guión que le marcaban.- Hoy el mar está en plan colega –dijo- ¿quieres que te enseñe una cala de flipar?- antes de que pudiera responderle, los dos caballos del Citroen brincaban desbocados por una pista de piedras, fuera de la carretera- Está aquí al lado-siguió a lo suyo- te va a encantar.

Fuimos a la Cala de flipar, flipamos un par de canciones en el coche mientras se consumía el canuto y luego se bajó y me invitó a que eligiera una moto de agua. Hasta ese momento no había reparado en que era más alta de lo normal.

-Venga, sube. Aún hay otra cala mejor.

- Pero es que...yo, el hotel..., mira como voy vestido,… sería mejor soltar antes el equipaje, no te parece?.

- Tú hazme caso. Luego iremos a San Antonio y podrás elegir entre un montón de apartamentos.

Nos embarcamos en la moto. Una de color rojo con aspecto aerodinámico que Patricia manejó con soltura hasta salir de la cala y tras virar a babor, a unos cien metros, en la línea de la costa, apareció efectivamente una pequeña franja de arena, al abrigo de las rocas, inaccesible por tierra y de aspecto inmejorable.

- Espero que no haya nadie – dijo.

Había una pareja, alemanes me parecieron, que nos sonrió amigable, cómplicemente, como dando a entender que no les molestaba compartir aquel trozo de paraíso con nosotros y sin más, siguieron a lo suyo. Que si te quito una espinillita por aquí, que si un chusquito por allá, los dos muy estrechamente tumbados, como si la cala les pareciera aún más pequeña de lo que ya era.

Patricia extendió una jarapa que sacó de su bolso armario y se desnudó. Luego empezó a liarse otro canuto.

- Bueno, venga, ¿a qué esperas? – me apremió – Se va a ir el sol.

Le hice caso otra vez. Me sentía más ridículo en aquel entorno, vestido con mi ropa de Madrid, zapatos y calcetines incluidos, que como Dios me trajo al mundo aunque fuera con el culo blanco como un yogurt. Patricia, con el suyo al aire, evidenciaba que no solía usar bañador. Llevaba tatuado un alambre de espino alrededor del tobillo izquierdo y un escorpión en el hombro derecho. Cuando se puso en pie para aproximarse a la orilla del agua, vi que además encima de las nalgas, llevaba un trozo de selva tropical en forma de cenefa que casi le llegaba hasta las caderas. Pensé que se zambulliría sin más, pero cuando metió los pies en los rizos del agua, se quedó allí parada, ofreciéndome la visión de su cuerpo a contraluz. Absurdamente se me pasó por la cabeza, que lo estaba haciendo a propósito.

Fuera como fuese, íntimamente se lo agradecí. No tenía uno todos los días la oportunidad de contemplar a sus anchas un cuerpo como el suyo, ni desde luego a alguien con tan poco complejo por enseñarlo. Su melena oscura se lanzó al aire delatando escondidos tonos de color rojizo y caoba, mientras se quitaba la coleta, se peinaba con el viento y se la volvía a poner, bien tensa y bien alta en la coronilla. Desde ahí, hacia abajo todo estaba bien, el cuello largo, los hombros rectos, el talle de mimbre y los pechos generosos y altos, caderas las justas, redondas, el culo relleno y rotundamente morboso y respingón, y unas piernas interminables, perfectas, a las que mi imaginación puso unas medias negras para descubrir que eran de anuncio. Tanto sus manos como sus pies eran largos y de dedos estilizados. En la ingle izquierda, junto al vello de su pubis, apretado de rizos negros cuidadosamente recortados, lucía otro escorpión tatuado pero de menor tamaño. Patricia me pilló mirándole justo allí.

-¿Por qué tantos escorpiones. Eres Escorpio? –salí del paso.

-Sí –respondió escondiendo una sonrisa maliciosa –¿Se nota, no?

-De qué día –sonreí a mi vez

-Del diecinueve de noviembre.

-Yo del once.

-¿Eres Escorpio también?

Asentí con la cabeza sin dejar de sonreír y sin dejar de mirarla, mientras ella se acercaba manteniéndome la mirada en un pueril pulso de intensidad y se arrodillaba frente a mí. Por un instante me hizo sentir como una cigarra frente a una mantis religiosa.

-Entonces tendremos que hacer que salten chiribitas de nuestros ojos – dijo acercándolos hasta hacerlos borrosos frente a los míos.

Los suyos eran verdes, con pintitas marrones y negras, intensos como se correspondía con su signo zodiacal y grandes. Sentí su aliento en mi boca, fresco y canela, y el calor salado de su cuerpo próximo al mío, erizándome el vello de excitante electricidad. De las fresas reventonas de sus labios colgaba una sonrisa socarrona, retadora. Por segunda vez y con una mayor intensidad, me pareció peligrosamente bella, intimidadora. Una mujer de ensueño de la que sería doloroso encariñarse. Era mi instinto arácnido quién me lo advertía y en ese preciso instante me prometí a mi mismo que jugara a lo que jugara, no me dejaría embaucar más allá de lo prudente.

-¿No te bañas? –decidí cortar con el ensalmo.

Patricia pareció entenderme, me sostuvo aún la mirada unos segundos, mordiéndose el labio inferior como si meditara su próximo movimiento y luego, cogiendo un puñado de arena, me lo arrojó entre las piernas en una especie de entierro simbólico. Se levantó.

-Te espero en el agua, Culo Blanco – dijo regalándome otra vez el hipnótico contoneo del suyo mientras trotaba de nuevo hacia la orilla- Luego te llevaré a que elijas un apartamento .

Me levanté, me sacudí y fui tras ella. El agua estaba tibia, casi caliente y tan cristalina, que me pareció flotar sobre aire a su alrededor. ¿O era por el papel de los canutos irreverentes por lo que flotaba? En ese momento, Goñi y todos sus malos rollos me pareció que se hubieran ido a buscar el apartamento en otra galaxia.

La Barca de Maestro Juan (I)

Hoy os dejo un primer fragmento de un cuento escrito cuando vivía en Lanzarote, allá por el año 84, ( y que irè completando) de cuando Lanzarote aún no era Torremolinos y se podía encontrar todavía gente pintoresca y auténtica. Por ejemplo conocí a una mujer octogenaría , que nunca había montado en "auto" , que no conicía la capital de la isla, Arrecife y que por supuesto, jamás se había bañado en el mar.
- "Yo hasta las canillas, de joven y punto. Chacho, a mi me parió mi madre en tierra en firme y digo yo que por algo sería. El agua es pa los peces."

Este relato es la historia veridica de uno de ellos.


Maestro Juan y su perro Bardino, destapaban el día como quien abre un regalo, y con las primeras luces del alba bajaban pisando hasta la orilla del mar por un camino de lava fría, que fue trazado en el origen de la isla por la furia de un volcán.

Maestro Juan era pescador, respiraba a través de una cachimba y se protegía las ideas del sol con un sombrero de paja, que se le hizo insepa¬rable allá por la juventud. Pisaba descalzo el mundo con la confianza de los callos que nunca vieron un zapato y se enrollaba los remiendos del pantalón por encima de las pantorrillas, porque la blanca espuma del agua se los quería mojar.

Maestro Juan tenía una barca que se llamaba Abenchara, setenta años entre redes, y una choza sin ventanas, que compartía con Bardino y un montón de soledad. Antaño tuvo familia. Una Isabel entrañable que se le murió entre la impotencia de los brazos y tres hijos inquietos de curiosidad, que cuando crecieron, no cupieron en la isla y se tuvieron que marchar.

-El mundo es grande Viejito- le dijeron como despedida y luego los vio alejarse sobre su pena y el agua, a medir la inmensidad.

Abenchara aguardaba obediente en el sosiego de una cala y cabeceaba contenta hacia la orilla cuando los veía llegar. Abenchara era valiente en el agua y embestía las olas con confianza, segura y serena, porque sabía nadar. Abenchara era azul y pequeña, muy pequeña. Por eso, Bardino se quedaba ladrando en la orilla mientras ellos se alejaban hacia el horizonte, siguiendo el reflejo naranja del sol y esperaba echado sobre las negras rocas de lava hasta que los veía regresar.

Maestro Juan era delgado y fibroso. Tenía el pelo nevado y el moreno de su piel era de cobre y marrón. Olía a sudor limpio, a agua salada y a alga seca y, miraba siempre hacia lo lejos con unos ojos azabache, brillantes como el carbón.

Maestro Juan sabía de peces, de corrientes y de técnicas de pesca. Solía escuchar a la mar de noche y podía leer el tiempo en los cielos del amanecer. Cuando navegaba, apretaba con fuerza los puños sobre los remos y bogaba aprovechando la pendiente de las olas, para impulsar su barca hasta donde quería pescar. Maestro Juan en tierra firme hablaba siempre con Bardino, y en el bote, conversaba sin palabras con las olas y dejaba que Abenchara se entendiera con la mar. Usaba caña larga de una sola pieza y se tenía prohibidas la nasa y las líneas, porque como no entendían de tamaños no sabían distinguir. Si su caña robaba del agua un pez pequeño, lo soltaba con cuidado del anzuelo y se lo devolvía al mar, envuelto en mil perdones, porque su estricto código de medidas no se lo dejaba quedar. Algunas veces también, aunque el pez fuera de los grandes, si le parecía que era muy joven o hermoso, una fuerza imperiosa le hacía soltarlo con respeto del engaño y dejarlo en el agua, para que se ahogara de libertad. Entonces su pecho marinero, se inflaba satisfecho como una vela y se sentía doblemente contento. Una vez por la presa capturada y otra por haberle concedido una segunda oportunidad. Maestro Juan no sabía nadar. Era pescador y como todos ellos miraba hacia el mar con cautela. Se separaba de la orilla lo suficiente para que los peces fueran grandes, pero siempre vigilaba que las traicioneras corrientes no le cogieran distraído y le arrastraran por la fuerza a la deriva, más allá del mar, hacia los misterios del océano remoto, en donde moraban la galerna y el tifón. Con calma de viejo, preparaba la carnaza en el anzuelo, estudiaba la dirección del viento y oteaba el horizonte puesto en pie sobre la barca, agrandando la visera del sombrero con una mano calluda. Luego se acomodaba en el regazo de Abenchara y pescaba a sus anchas cuanto quería sacar. Lo justo para espantar el hambre y un poquito más, por si el tiempo se enfadaba al día siguiente y no podía salir a navegar. Además, no había que olvidarse de Bardino.

Bardino se llamaba Bardino porque era de raza bardina y si hubiera sido un perdiguero, se habría llamado seguramente Perdigón, porque Maestro Juan tenía por costumbre no complicarse la vida, con lo que uno no se la debía complicar.

Cuando el cielo se vestía de rojo y el sol se caía rodando por la otra cuesta del mundo, Abenchara apuntaba la proa hacia casa y Maestro Juan remaba con fuerza y con hambre hasta la orilla. Bajaba el cubo de zinc con las capturas del día y agachado en cuclillas en el borde de una ola, las limpiaba a conciencia con el cuchillo, mientras Bardino ladraba y lamía su llegada, saltando feliz a su alrededor. Empujaba después el bote fuera del agua si andaba la mar revuelta, confiaba los aparejos al secreto de una roca y subía el pescado hacia la casa, limpio de escamas y remordimientos, trepando ágilmente por la furia olvidada del volcán.

De tarde en tarde, Maestro Juan pescaba de más, adrede. Se hacía con unos cuantos meros, viejas, o sargos y se dejaba caer con ellos por el mercado de Arrecife, en donde los cambiaba por leche, queso de cabra, harina de gofio y vino de la Geria. Además, cuando podía, se procuraba un buen montón de semillas a las que luego mimaba con algo más que paciencia y agua, en el pequeño huerto que crecía a la espalda de su casa.

Maestro Juan cenaba solo. Bueno, con Bardino. Sancochaba el pescado a la brasa y lo rodeaba en el plato con unas cuantas papas arrugadas del huertito que, cocía en agua de mar. De tanto en tanto le iba dando pequeños mordiscos a una torta de gofio, amasada en zurrón de piel de cabra y ayudaba a pasar la comida con un vaso de vino generoso, del que pisaban en la Geria.

Algunas veces, sobre todo cuando la melancolía se colaba por las grietas de la choza y despertaba a los recuerdos, el viejo pescador, apoyaba los ojos con dulzura en la única foto que existía de su boda con Isabel y alzando el vaso por encima del sombrero, dejaba que desde el fondo de su añoranza brotara un brindis silencioso, mientras su cara curtida se rompía en mil arrugas indescifrables, alrededor de sus ojos de azabache.

En aquella foto amarillenta, medio mentida por los años, una Isabel infantil de quince otoños, posaba luciendo un vestido blanco y una sonrisa a juego, que sin embargo él no recordaba así. Les tomó el retrato, su tocayo, amigo y patrón, Juan Barreto, al pie de la iglesia de Teguise, un día antes de que el mar se lo tragara con su barco, frente a la caleta de Famara. El hecho de que la luna que brilló en el cielo de Maestro Juan aquella noche, estuviera hecha de miel, lo había salvado milagrosamente de irse a pique con ellos.

Por aquel tiempo y aunque en la foto estuviera muy serio, él también solía sonreír a menudo. La vida en general les sonreía entonces, pero después, por alguna razón que iba más allá de su entendimiento, todo había ido complicándose y perdiendo la gracia poco a poco.
La pequeña Celia nunca llegó a crecer. Se les fue con la marea de la mañana y al partir dejó en el seno de Isabel, el veneno de unas fiebres, contra las que el débil bolsillo del pescador poco pudo luchar. Juanito y Abián, se marcharon después con su hatillo de curiosidad, navegando sobre el agua de un mar triste, hacia el mundo de las cosas importantes que querían calibrar. Con el tiempo mandaron recado desde una tierra sin playas, y entonces, el pequeño Antonio, también se fue a vivir su tiempo al otro lado de las olas. Maestro Juan no quiso ir. Intentaron convencerle muchas veces, mucha gente, pero al pescador ya no le importaba lo grande que fuera el mundo, ni recordaba en que momento, o donde, había perdido la curiosidad.

- Volveré con un gran barco, viejito, en él que tú y yo saldremos a faenar, y lo llenaremos de peces, hasta que el peso lo desfonde.

miércoles, 3 de febrero de 2010

La Bicicleta

Al final, claro, se cayó de la bicicleta. Bajaba por la cuesta del garaje como una exhalación, sin frenos, una rueda pinchada y mirando sin pensar. Pedaleando con toda la fuerza de su inconsciencia de cinco años. Y dado que además resulta que la inconsciencia también es ciega, no vio que el perro se le cruzaba hasta que ya se había enredado con él. Ambos salieron entonces despedidos con violencia de catapulta, rodando a ras de suelo el uno, componiendo difíciles piruetas aéreas, el otro. La bicicleta en cambio apenas si se movió. Frenada en seco contra los kilos del mastín, basculó hacía adelante y se tumbó enseguida sobre un costado llenando el garaje de estrépito al entrar en contacto con el suelo de hormigón claveteado.

Nada más aterrizar, él niño se puso en pie como un resorte, el perro desapareció camino de casa con el rabo entre las piernas, aullando lastimosamente y la bicicleta giró todavía durante unos segundos su rueda trasera, haciendo el mismo ruido que una ruleta de barquillero.

Después el niño increpó al perro. Lo tildó de idiota y de animal, lo acuso de intento de asesinato y en el colmo de la ira miró a su alrededor en busca de una piedra, o de cualquier otro objeto de contundencia similar. Luego se estudió el cuerpo detenidamente.

Tenía un buen rasponazo en una rodilla, y codos y manos le sangraban también. En la cadera, a la altura de la ingle, donde seguramente el manillar se le debía de haber clavado, tenía una herida de torero, que empezaba a amoratarse por momentos. Afortunadamente no era una herida abierta si no un rasguño, eso sí, de dimensiones bastante respetables.

Desde luego el porrazo había sido como para abrirse la crisma tranquilamente, dos o tres veces, pero se conoce que el ángel de la guarda que tenía asignado, era todo un profesional.

El niño entró en el garaje y se lavó con agua y soplidos las heridas, mientras el perro, refugiado en la profundidad de su caseta, se lamía el costado y probablemente se juraba a si mismo que nunca más se acercaría a un cachorro de humano que fuese montado en uno de aquellos bichos de patas redondas. "¿No pueden ir andando como todo el mundo?"- Parecía preguntarse.

De manera que el ciclista culpó al perro, el perro culpó a la bicicleta y sólo la bicicleta, tirada aún en mitad de la rampa, torcido el manillar y silenciada ya su rueda, no parecía tener a nadie a quien dirigir sus recriminaciones. En cuanto a mí, padre de la criatura y amo del perro, tardó un rato largo todavía en volverme a circular la sangre con fluidez por las venas y en bajárseme los pelos hasta su posición habitual. Después, que remedio, recogí la bicicleta.

La Batalla de la Mariposa

Todos los olores recién estrenados de la primavera se colaban por la ventana abierta del salón y competían por meterse en su nariz somnolienta de domingo por la tarde, que permanecía derrumbada sobre el sofá. La casa, sosegada, respetaba el tenue murmullo de la brisa en los abetos del jardín y mantenía callados, con inyecciones de modorra y vaguería, al incongruente ejército de electrodomésticos y artilugios cibernéticos que usualmente, limpiaban, cocinaban, entretenían o ayudaban en los quehaceres cotidianos de la casa, como si de un tercer brazo se trataran. Sólo el pequeño rectángulo iluminado del televisor, susurraba un estreno romántico-sensi¬blero de voz monocorde y nasal, que lejos de interesar, incitaba más todavía al sopor. Hasta su hijo de dos años, generalmente gritón y escanda¬loso, permanecía ahora tranquilamente sentado sobre un mullido trasero de pañales y de alfombra, amontonando pacientemente una Babel de cubitos multicolor, que se empeñaba en no subir de la cuarta planta.

La mariposa entró confiada, con todos los colores del arco iris esparcidos por sus alas nuevas, dejándose llevar por un revoloteo capricho¬so, que circundó por dos veces la araña de cristal del techo repleta de lágrimas colgantes y luego se encaminó con su vuelo de altibajos hacia la pantalla del televisor. Allí propinó un par de cabezazos de amonestación a la joven pareja que se devoraba en un beso demasiado apretado y regresó después sobre sus pasos hasta la lámpara llorona. Pareció entonces que iba a aterrizar sobre una de sus lágrimas, pero a última hora cambió de nuevo de opinión y tras cruzar el cuarto hasta la otra punta, se instaló finalmente en el complicado marco de un cuadro, en donde una especie de lagarterana dormía también la siesta, en el asueto de la era, mientras que un burro de orejas desproporcionadas y momentáneamente liberado de su carro, buscaba la sombra de un olivo que jamás daría aceitunas.

Fue el niño quien luego de estudiar atentamente las evoluciones del multicolor intruso, delató su presencia apuntándole con un índice regordete y lanzando al aire un pípi de aviso, que hizo que la nariz del sofá respingara asustada, allá en el séptimo cielo. Su escueto diccionario infantil definía con la palabra pípi cualquier objeto volante, ya fuera este un pájaro, un avión, una nube, o una piedra lanzada. Así mismo tenía, aparte de los consabidos, Mamá, caca, agua y pan, la palabra cae para nombrar todo tipo de accidentes, y el vocablo tana que rebosaba misterio y peligro, y definía lo inalcanzable, lo intocable y lo prohibido. La luna era tana, la noche era tana, el vidrio y los cuchillos de la cocina eran dos tanas enormes y las gafas de papá eran tana también.

Precisamente centrándose las gruesas tanas de miope en la sobresalta¬da nariz, el hombre miró en la dirección que apuntaba el morcilloso dedo de su hijo y observando el compulsivo abrir y cerrar de alas de la mariposa, se le vino a la cabeza una repentina idea docente e ilustrativa, que de paso, supuso, le serviría para espantar el aburrimiento.

Cazaría la mariposa y después haría con ella un acto simbólico de libertad, soltándola desde la cárcel de sus manos, por la ventana, con su hijo apoyado en el alfeizar, para que de esta forma tuviera un claro ejemplo de generosidad de co-razón, de bienintencionada conciencia ecológi¬ca, o de algo por el estilo.

-Mira Jorge- le dijo- Fíjate bien y aprende.

La primera medida que tomó entonces, fue la de cerrar previsoramente la ventana para no echar a perder la lección y enseguida, pinzando el índice con el pulgar, se encamino con andares de indio sigiloso hacia al paisaje andaluz del cuadro. El niño, silencioso y curioso, desde su mundo de alfombra le observaba.

El primer ataque de la pinza, rápido y certero, cogió desprevenido al insecto, que súbitamente vio atrapado su prometedor futuro en aquella gigantesca trampa carnosa. Pero su reacción sin embargo no se hizo esperar y agitándo¬se con desesperación, logró liberarse de un ala primero, y luego la pinza, intuyendo que le iba a desgraciar la otra, aflojó el abusivo cepo y la dejo escapar.

En un vuelo taquicárdico, el animal cruzó disparado la habitación en dirección a la ventana y con las mismas se estampó las ideas contra el inesperado muro de aire sólido del vidrio. Dado que en su manual de vuelo no figuraba nada sobre el aire sólido, intentó atravesarlo un par de veces más, llevado del frenesí y después, comprendiendo seguramente que tampoco le serviría de nada romperse la cabeza, optó por refugiarse en el espeso bosque de lágrimas luminotécnicas.

Desde detrás de las gafas, el hombre se miró sorprendido los peligro¬sos dedos cazadores y al verlos impregnados del polvillo variopinto de las alas, recordó que si se lo deterioraba la impediría volar. Meditando entonces cómo podría fabricarse un caza mariposas casero, se dirigió hacia la cocina rascándose la cabeza y tras unos momentos de revolver cajones, regresó sobre sus pasos con una bolsa de plástico y un plan preconcebido.

Tendría que espantar al animalito para que se separara de la lámpara y cuando estuviera en pleno vuelo, le lanzaría una andanada de caza mari¬po¬sas made in supermercado, bien calculada, que daría con ella en el fondo del saco, sin producirle ningún daño.

La primera parte del plan salió a la perfección. Pues nada más rozar el vidrio, la pajarilla se lanzó al aire y empezó a huir dando vueltas a ras del techo con entusiástica dedicación. Pero el invento en sí, no funcionaba. Con la velocidad se plegaba por los lados, cerrándose el agujero y la mariposa, preparada y atenta, conseguía esquivarla con facilidad.

El niño, viendo a su padre ir y venir sin aparente rumbo, haciendo aspavientos con los brazos y dando extraños saltitos sin mirar al suelo, barruntó sagazmente un presumible pisotón y haciendo un alarde de cautela se quitó de en medio, encaramándose a la esponjosa seguridad del sofá.
Todavía empeñado en la maniobra de la bolsa, el papá cazador le practicó un par de agujeritos en el fondo, para que pudiera pasar el aire a través y siguió probando unas cuantas veces más su chapucero artilugio sin ningún éxito. En uno de esos ataques, a punto ya de desistir, uno de sus pies despistados se apoyó confiadamente sobre los cubitos de la inconstrui¬ble Babel y tras dibujar una contorsión complicadísima en el aire, se derrumbó aparatosamente sobre la alfombra. El caza mariposas quedó un momento suspendido en el vacío del cuarto y luego cayó a su vez, colocándo¬se a modo de gorro de cocina, sobre la atolondrada cabeza del indio sigilo¬so.
-¡ Se cae!- aplaudió el niño encantado, celebrando las insospechadas aptitudes malabares de su padre y en seguida, fusilando a la mariposa con su dedo bien nutrido opinó- Pípi tana.

Pípi Tana dio un par de vueltas gallardas al ruedo de la lámpara y después se posó graciosamente en lo alto de la librería, en medio de la enciclopedia universal para, desde allí, observar la reacción de su contrincante, que algo aturdido, aunque más enfadado que dolorido, se ensañaba con la inocente bolsa, dividiéndola en plásticas partículas diminutas. A continuación se puso en pie de un salto, repartió indiscriminadamente unas cuantas patadas a los cubitos de color, recolocó en su sitio a las alteradas gafas y miró a su alrededor buscando y bufando como un toro de lidia.

- ¿Maldita sea! - dijo hacia la sabia enciclopedia -. ¿Así que quieres guerra, eh?

Renegando entonces de su inservible artilugio, se abalanzó sobre una silla, trepándose a ella con brusquedad y lanzó de nuevo su pinza de índice y pulgar sin contemplaciones sobre el escurridizo objetivo.

El insecto, ya prevenido, esquivó una vez más con agilidad el ataque y despegó de la librería a toda velocidad, rozando al pasar una de sus orejas. Probó con la ventana por si ya hubieran levantado el extraño muro invisible y al comprobar que no era así, dibujó dos luping a lo Barón Rojo en el cielo del cuarto de estar y aterrizó con buen tiempo y perfecta visibilidad entre las amortajadas lilas de un florero.

Indio sigilosos se apeó del caballo con respaldo y volvió a la carga.
Esta vez ni siquiera tuvo tiempo de ensayar el golpe, pues la astuta maripo-sa, aunque joven, se veía que no había andado perdiendo el tiempo y con gran desesperación por su parte, continuó haciendo gala de una condi¬ción física y unos reflejos inigualables. Cruzó por enésima vez la estan¬cia, montada en cabriolas y piruetas y se regaló un nuevo descanso en el cuadro, donde la impertérrita lagarterana seguía sesteando fláccidamente, ajena al fragor de la batalla.

Jorge, que había seguido el proceso de la silla detalladamente, vio ir en aumento la ira de su padre, que poco a poco se fue olvidando de los motivos originales de su cacería y dejó paso en su interior a los instintos criminales, convirtiendo su dogmático proyecto liberal en una cuestión de orgullo cabezota.

Cansado de tanta vuelta y tanto ejercicio inútil, el hombre maquinó en su cerebro una nueva táctica más reposada y a la vez más efectiva. Recordando sus años infantiles, rememoró su buena puntería como lanzador de gomas elásticas y tras rebuscar por su tablero de trabajo, dio con un ejemplar magnífico de calibre medio, que aparte de encontrarse en perfectas condiciones, permitía un estiramiento considerable. Afinó la puntería guiñando un ojo y mordiéndose la lengua y disparó el proyectil que se impactó en la pared por encima de la diana voladora, a escasos centímetros de sus antenas.

- "En otro tiempo no hubiera fallado".- se dijo mientras su presa asustada ante la peligrosidad del nuevo invento, ponía alas en polvorosa hacia lo alto de las cortinas. La segunda andanada se estrelló mucho más cerca, llevándose por delante una esquinita de ala.

La que antes fuera capullo, comprendiendo ahora que no lo era, que la cosa se ponía fea, probó fortuna con el muro invisible y al descubrir desazonada, que aunque más invisible que nunca, seguía estando allí, duro como una piedra, se dejó llevar por otro vuelo, excusado ya de filigranas y alardes acrobáticos, que concluyó felizmente, aunque un poco escorado en el dramón desconsiderado y paralelo que seguía relatando la televisión.

- "Ahora si que te tengo".- masculló entre dientes el artillero, cruzando el cuarto en dos zancadas y estirando la goma a veinte centímetros de su insecta vida.

Jorge, desde sus ojos como platos, contuvo la respiración viendo crecer y crecer la goma hasta el límite y luego un poco más. Un poquito más todavía y... ¡plas! súbitamente el elástico se rompió. Con un chasquido seco y violento garabateó varias contorsiones en el aire a vertiginosa rapidez y después golpeó sañudamente la mejilla y la nariz del desprevenido asesino. Una mano crispada acudió presurosa a sujetar la cara que amenazaba con caerse y un silencio sepulcral, respetado incluso por la televisión, se abatió sobre la casa como una losa de mármol. Pasó un ángel, dos. Después la mano se retiró de la faz de la ira y la habitación y la casa enteras, se conmocionaron bajo una explosión de pecados mortales.

El niño abrió más todavía sus sorprendidos ojos y empezó a tomar nota de todo meticulosamente.

- "¿Se cae?", preguntó luego señalándose la nariz cuando su padre abrió un paréntesis en medio de los sacrilegios para llenarlo de aire.

Los últimos instintos civilizados del hombre se habían esfumado de su cerebro, con la furia del gomazo y con ellos se fueron también definitiva¬mente, el indio sigiloso y el cazador de buenas intenciones, que dejaron paso a otro indio salvaje, en pie de guerra y a otro cazador sin clemencia y con gafas, hambriento de muerte de mariposa.

Para tal propósito lo primero que se le vino a la mente fue usar un ejemplar atrasado de la revista "Interviú", cuyas páginas centrales se hallaban comprimidas entre los recompuestos senos que enseñaba una maciza de momentáneo candelero. Armado de tan contundentes motivos, se abalanzó descargando toda su rabia en un solo "revistazo", que hizo peligrar la televisión hacia el borde de la mesa y esparció el florero con su conteni¬do, en mil añicos chispeantes por el suelo de la habitación.

La mariposa se había vuelto a librar por su agilidad y por un pelo. Y Jorge, que miraba el destrozo floral maravillado, tomó también buena nota de ello y solicitó más "se cae" desde el sofá presidencial.

La petición no se hizo esperar. "Cazador hambriento", deseoso de agradar a su público, regaló a la galería una serie de "siliconazos" de izquierda y derecha, muy templados, que si bien tampoco consiguieron llevarse a la mariposa por delante, si dejaron en cambio por detrás una clara muestra de su arte y un destrozo considerable en el mobiliario. Un cenicero con las colillas recién plantadas del día, una taza de café afortunadamente vacía, dos lagrimitas de la lámpara llorona y un tiesto enredado en un turbio amor de hombre, volaron sucesivamente por el cuarto desafiando las leyes de la gravedad y con gran ovación por parte del sofá, se estrellaron después, uno tras otro, contra la pared y las verdades inexorables de Newton. El hombre con el "Interviú" hecho jirones en la mano, contempló durante unos instantes de jadeo el desaguisado esparramado por su siesta de domingo y se encolerizó mucho más todavía.

Lo siguiente que arrolló su ciega ira, fue la silla caballo con respaldo que se cruzó en su camino interceptándole los pasos y derribándolo por segunda vez. La silla despegó inmediatamente hacia la librería impulsa¬da por un manotazo, el "Interviú" y sus tetas se desintegraron concienzuda¬mente entre sus dedos y en el colmo del desvarío se quitó un zapato.

La mariposa, a la que de pronto el cuarto se había quedado pequeño y a la que la fatiga empezaba a obnubilar los portentosos reflejos, acertó a pasar en su fuga por delante de un espejo y al verse acompañada de un inesperado congénere, se distrajo en el consuelo de la desgracia comparti¬da, cometiendo su primer y único error.

Percatándose aterrada de como la mole gris del energúmeno aparecía por detrás de su nueva amiga con el brazo armado levantado para descargar el golpe, le gritó y gesticuló para avisarla, pero viendo que salvo burla no le hacía ningún caso y que el energúmeno se les echaba encima, arremetió contra ella para apartarla de un empujón, lejos del zapatazo que ya caía y ambas se estamparon a mitad de camino entre el heroísmo y la libertad. Después paso un segundo eterno, llegó el zapato y empezó la eternidad.

Un estruendo llenó el cuarto de cristales rotos, la televisión rompió a llorar desconsoladamente y sobre la alfombra cayeron el espejo hecho trizas y siete años de desgracia. En uno de los trocitos, disfrazada de calcomanía, estaba la mariposa.

"Indio Asesino" y "Cazador hambriento" despegaron los restos del arco iris volador, abrieron la ventana, la dejaron volar en picado hacia abajo por última vez y regresaron sin comentarios a su siesta de sofá.

Jorge se acercó al destrozo de espejo, examinó meticulosa y profesio-nalmente la manchita amarilla y pringosa que había en uno de sus pedazos y torciendo el gesto en un mohín con asomos de asco, volvió a la complicada construcción de su Babel.

La lección de ecología se había terminado.