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domingo, 25 de abril de 2010

Mentira Cochina

Hoy quiero dejar aquí una especie poupurri de varios artículos y opiniones que he recopilado en la red sobre la mentira, los mentirosos y cómo detectarlos. Son un poco repetitivos, pero todos aportan algún detalle interesante.
Pocas cosas hay menos demoledoras que la mentira en la relación humana y me ha parecido una buena idea, juntaros las pistas básicas, que según los médicos y psicólogos, delatan a los “jodios Pinochos”. Ni que decir tiene, que aunque no he puesto el nombre de los autores (sencillamente porque no los apunté y luego no he sabido volver a encontrarlos) renuncio a cualquier pretensión sobre su autoría.
I
La mentira es una forma de eludir la realidad y por tanto la responsabilidad que tendría el afrontar la verdad de alguna cosa. Muchos trastornos psicológicos llevan asociada la mentira como forma de evitación de circunstancias. Sin embargo a la larga si llega a convertirse en hábito, puede suponer un trastorno psicológicamente denominado Trastorno En El Control De Impulsos.
La mentira se da porque el sujeto obtiene cierto placer.
Se siente de alguna forma más listo que los demás.
El hecho de correr cierto riesgo favorece la aparición de una elevación de adrenalina.
Recibe el beneficio secundario que supone el no afrontar el acto realizado.
Aunque parezca difícil de creer, cuando una persona miente compulsivamente, él o ella es quien se engaña en primer lugar, pues no es capaz de ver la diferencia entre la verdad y la fantasía y se aleja irremediable y peligrosamente de la realidad. Expertos aseguran que, de alguna manera, se aprende a mentir en la infancia debido a la incomprensión o rechazo de los padres y, claro, también para adaptarse a lo que ellos quieren o esperan de nosotros. Cuando la mentira se vuelve enfermiza, cuando se hace un hábito y se miente por deporte, el tema se vuelve mucho más grave.
Según los psicólogos, las razones más comunes por las que alguien miente son las siguientes:
• Para satisfacer su propia vanidad.
• Para obtener cierto absurdo placer a través de invenciones.
• Para demostrar poder o control ante los demás.
• Para dañar a los demás con rumores o falsas acusaciones.
• Para conseguir estima, atención y afecto de los demás.
• Para así poder compensar su propia inseguridad.
¿Qué siente?
Si el mentiroso oculta o desfigura la verdad, con seguridad no se siente nada bien y, además, sufre de:
• Desgaste emocional: Tiene que controlar las palabras y forzar la memoria para no contradecirse.
• Malestar: Al mentir no elimina ningún malestar, el problema de fondo subsiste y se siente aún peor que antes.
• Efecto bumerán: Al intentar disfrazar una realidad que no soporta, la demuestra con más fuerza.
• Remordimientos: El sentimiento de culpa le pesa tanto que comete errores y termina siendo atrapado.
• Rechazo: Sus engaños constantes acaban por deteriorar las relaciones con los demás.
• Desconocimiento propio: Nunca llega a saber cómo es en realidad, vive en un mundo imaginario.
¿Cómo detectarlo?
Las personas que inventan, deforman o exageran la realidad son conscientes de su incapacidad para comunicarse con sinceridad, pero no pueden controlar su conducta y viven llenos de malestar sin solucionarlo. Algunos viven en un mundo irreal y ni siquiera se dan cuenta de que están mintiendo.
La compulsión es la base de todo tipo de trastorno obsesivo y la mentira repetitiva está relacionada con problemas en personalidades inflexibles y de conducta rígida. Por ello la mentira compulsiva es difícil de manejar terapéuticamente porque se oculta tras otras conductas, como la compulsión por el juego o las adicciones.
Según estadísticas de 2005 de algunos Servicios de Salud Mental de los hospitales, el 92% de los pacientes miente sobre el consumo de sustancias; el 25%, sobre el consumo de alcohol, y el 58%, sobre el juego patológico (ludopatía).
La conducta del mentiroso compulsivo tiene su raíz en los vínculos más primarios; es decir, aquellos que lo han formado como sujeto. En la niñez se forma su personalidad según la educación y el contexto en el que se vive. Está en constante asimetría con los adultos, por lo que se vale de mentiras inocentes para intentar igualarse.
Existen cuatro tipos de manifestación de la mentira: la hecha en forma esporádica (todos alguna vez mentimos), la evolutiva (de niño), la que se dice como producto de un padecimiento sintomático (para obtener atención gracias a la creación de un falso personaje) y la efectuada como conducta repetitiva. Esta es la mitomanía, en la que se vive para y por la mentira.

II
El interrogatorio crea en el interrogado ansiedad, tensión nerviosa y un estado de alteración mental. A esto se acompaña una variedad de síntomas que se evidencian cuando una persona trata de mentir, como una combinación de síntomas físicos, emocionales o mentales
De entre los síntomas emocionales, físicos y mentales del engaño se encuentran:
-El flujo excesivo de traspiración ---> Confusión
-El sonrojo o palidez de la piel ------> Memoria deficiente
-La aceleración o decrecimiento del pulso -----> Titubeo
-La resequedad de la lengua o la boca ------> Tensión
-Salivación excesiva -----> Nerviosismo
-Cambios en el ritmo de respiración ---> Ansiedad incipiente
-Movimientos involuntarios ---> Temor
-Espasmos musculares ---> Odio e ira
-Tensión muscular ----> Tics faciales
-Humedecerse los labios ----> Alteración nerviosa
-Movimientos fugaces de los ojos Pausas prolongadas y
Entorpecimiento del habla
-Confusión general del habla
-Vehementes protestas de inocencia, accesos de ira y actitud de ofendido
-Impotencia de ver a los ojos del entrevistador
-Notorios esfuerzos de reestablecer el control

III
La mentira es la reacción y defensa básica y principal, cuando se amenaza el instinto de conservación. El mentir origina un trauma mental en el sujeto, por lo tanto, la comprensión de los diversos procesos y mecanismos que se involucran en la falsedad, constituyen una ventaja para el interrogador.
El mitómano utiliza la mentira como conducta de vida, falseando la verdad respecto de hechos, cosas y personas con el objeto de hacer un daño, u obtener atención y relevancia.
Existen tres tipos de personalidad donde se asienta esa conducta obsesiva: la psicótica (producto de un delirio), la perversa (la mentira es un instrumento para falsear hechos y dichos) y la neurótica (el otro aparece como alguien que lo tiene todo y se necesita de la mentira para llamar su atención).
Pero para poder prevenir, es necesario detectar la conducta a tiempo. En este sentido, dos universidades estadounidenses difundieron en 2005 trabajos experimentales que sugieren que las mentiras podrían detectarse con un estudio de rutina. En uno, científicos de la Escuela de Medicina de la Universidad de Pennsylvania compararon imágenes obtenidas con resonancia magnética funcional del cerebro de sujetos cuando mentían y cuando decían la verdad. Según los resultados publicados en Nature, determinaron que las mentiras se pueden detectar con un 99% de precisión.
En el segundo estudio, expertos de la Universidad de California del Sur hallaron que el cerebro de los mentirosos compulsivos posee diferencias estructurales respecto de quienes dicen la verdad: en el lóbulo frontal tienen más sustancia blanca que materia gris. Es decir son menos inteligentes, y más “listos”, en el sentido amoral de la palabra.
A pesar de que generalmente se asegura que "todos los hombres nacen sinceros y mueren mentirosos", parece ser que unos nacemos más predispuestos que otros.

IV
PUNTOS BASICOS PARA DETECTAR LA MENTIRA
- El que miente evita cualquier referencia a su persona en sus mentiras, así como la utilización de palabras como “yo” o “mí”. Debido al hecho de que casi todo el mundo se siente incómodo al mentir, la gente intenta por instinto distanciarse de su propia mentira.
- Evitan mencionar el nombre de la persona sobre la que mienten. Prefieren decir “no tuve relaciones íntimas con esa mujer” antes que decir “no tuve relaciones con Mónica”.
- ¿Ofrecen una “representación” impecable? El mentiroso habitual también olvida, aunque haya practicado la mentira repetidas veces. Generalmente solemos ser muy reticentes a repetir una mentira transcurrido algún tiempo. “¿Para qué me lo vuelves a preguntar, eso ya te lo conté?”.
- La voz del que miente sube de volumen debido a la tensión asociada con la mentira. Si cuando se ven “pillados” chirrían como un canario mientras te explican su versión, podemos empezar a sospechar.
Cuando se experimenta estrés al mentir, se provoca una tensión de las cuerdas vocales. (Los niveles de estrés de la voz humana se miden registrando los cambios de circulación sanguínea que riega las cuerdas vocales, ya que esta desciende cuando alguien miente). Los tres elementos en la voz que se alteran en ese momento son el volumen, el tono y la velocidad. La voz será más aguda y también puede, asimismo aumentar la velocidad (el hablar rápido expresa el deseo de acabar pronto con el tema) y subir el volumen. Esto último lo hará, bien para no tener que escuchar, bien para no dejar hablar a los que le acusan.
Y, en sentido contrario, cuando el mentiroso ha tenido tiempo de reflexionar sobre su mentira para tener por seguro que la dice a la perfección, empieza a hablar más lentamente, a bajar el volumen y a disminuir la velocidad.
- Cuando habla se come las palabras. Si no ha tenido tiempo suficiente de ensayar, en ocasiones el tono suele verse salpicado por “¿qué?”. “ahs”, toses , pausas y “ahora no me acuerdo”.
- Honestamente, sinceramente, francamente, son algunas de las palabras y frases que mas comúnmente indican un intento de engaño intentando convencer con ellas de una emoción que no se siente en realidad.
- “Créeme”, significa a menudo lo contrario: “Si consigo que me creas, harás lo que yo quiero”. La intensidad con la que una persona que dice “créame” intenta convencer a su interlocutor, es proporcional al tamaño del engaño. La persona piensa que no le creen y por ello subraya sus afirmaciones con un “créeme”. “No te engaño”, “¿crees que te mentiría?”. Son más versiones de lo mismo.
- Cuando escuche a alguien diciendo “sólo”, plantéese por qué esa persona intenta minimizar la importancia de lo que está diciendo, ya que esto es, para lo que se utiliza esta palabra, para minimizar el significado de las palabras que la siguen, para liberar a alguien de un sentimiento de culpa o para echar las culpas a cualquier otro motivo o persona. Nos plantearemos si le falta confianza para decir lo que realmente siente, o si intenta engañar con toda intención, o si trata de evitar responsabilidades. Analicemos la palabra “sólo” en su contexto y encontraremos la respuesta. “Sólo fue una comida sin importancia”
- Expresiones tipo que se usan más frecuentemente para convencer de que se está diciendo la verdad cuando, en realidad lo que se pretende es obligar a que le crean:
• “Confía en mí”
• “No tengo ninguna razón para mentir”
• “Hablando francamente”
• “Tú sabes que eso es mentira”
• “¿Por qué tendría que mentirte?”
• “Yo sólo te puedo asegurar que no es así.”
• “Sabes que te lo hubiera contado.”
- Cuando se amparan vehementemente entre un tipo de gente que no debería ser víctima de ningún tipo de reproche, porque responden ante una autoridad superior. Por ejemplo “Lo juro por la tumba de mi madre”, “Dios es testigo”, “Que me maten si no es así”.
- Cuando eluden utilizar la fe a la que pertenecen, o a su familia para convencer de su sinceridad. Por el contrario las personas con una convicción religiosa, o supersticiosa evitarán apelar a sus creencias para intentar convencer de que son sinceros. Dirán por ejemplo “No soy de ese tipo de personas”, “jamás me rebajaría a una cosa así”, o todo lo más dejarán caer una promesa de su inocencia.
- Hay un aumento significativo del movimiento de las manos hacia la cara, cuando nos sentimos dudosos, inseguros, exageramos o mentimos.
Entre estos gestos tenemos el frotarse los ojos y la nariz, tirarse de las orejas y rascarse el cuello.
- La sonrisa se muestra torcida (se sonríe por igual al mentir que al decir la verdad, sin embargo la sonrisa auténtica es más rápida, espontánea y simétrica, es decir la parte izquierda de la cara es un reflejo de la parte derecha, pero las expresiones faciales de quien intenta exhibir una emoción que no siente no son simétricas)
- El aumento del pestañeo es una señal importante que tener en cuenta, ya que indica que la tensión aumenta y que se le secan los ojos.
- La falta de contacto visual, el que nos rehuya la mirada, o si están en una habitación con puerta que mire con frecuencia hacia allí. No obstante los mentirosos que engañan concienzudamente y los compulsivos son capaces de mantener el contacto visual mientras mienten.
- El mentiroso diestro mira hacia su izquierda mientras miente y el mentiroso zurdo mira hacia su derecha. Este factor de la dirección hacia dónde mueve los ojos el interlocutor no es tampoco una prueba infalible, pero sí una señal importante del engaño.
La mayoría de diestros conecta con la parte izquierda del cerebro cuando quiere recordar algo sucedido y miran hacia su derecha. Cuando inventan una historia conectan con la parte creativa de su cerebro, el hemisferio derecho, y miran hacia su izquierda. (Esto es porque los canales sensoriales están cruzados en su conexión con los hemisferios cerebrales).
- El efecto Pinocho. En estudios de la circulación de la sangre se reveló que, cuando una persona miente, el aumento de la presión sanguínea y la liberación de unas sustancias químicas llamadas catecolaminas, provocan inflamación de los tejidos internos de la nariz, pero esto es solo una curiosidad ya que esta inflamación no es visible a simple vista. Sí que lo es en cambio la entrada en acción de las terminaciones nerviosas de la nariz por cuya causa, a menudo se siente la necesidad de frotarse la nariz para calmar el picor. En situaciones de estrés excesivo incluso puede verse acompañada de secreción nasal. Por ello a menudo el mentiroso sentirá la necesidad subconsciente de disculparse, diciendo cosas como “Estoy un poco resfriado”, o “Padezco alergia primaveral” Este fenómeno también se produce cuando la persona se siente molesta o enfadada.
- Contracciones de los músculos faciales, que se producen porque el cerebro está intentando evitar que la cara muestre cualquier reacción de respuesta. “Microexpresiones” minúsculas, de medio segundo, que revelan gran cantidad de sensaciones con ayuda de la cámara lenta.
- Brazos y/o piernas cruzadas, pues esto refleja un instinto defensivo básico.
- Dilatación de las pupilas. Refleja el susto o el miedo a ser descubierto. Este tipo de mentiroso es el que se ve sorprendido y suele ampararse en una reacción violenta, o de “a la defensiva”, en la que tratará de volver las acusaciones contra el acusador, o bien hacerse el ofendido tratando de desviarse lo más posible de la respuesta que le han pedido. “Tú, sí que eres un mentiroso”,o “Estas mal de la cabeza por pensar eso de mí”, La reacción se debe a la sensación opresiva de peligro que produce sentir que se va a ser descubierto inminentemente, saberse acorralado, y no poder defenderse con argumentos recurrentes. Este tipo de respuestas se usan para evitar la respuesta directa a una pregunta directa.
- Gestos que entran en contradicción con las palabras. Por ejemplo que la cabeza se mueva diciendo que “no”, cuando da un “sí” por respuesta o viceversa.
- Muestras de excesiva complicidad y sinceridad. Estas actitudes están expresando el deseo de querer gustar para favorecer su credibilidad.
TIPOS DE MENTIRAS
La mentira inocente es la que forma parte de nuestro entramado social y nos evita herir emocionalmente a los demás o insultarlos con la fría, dura y penosa verdad.
La mentira beneficiosa se usa para tratar de ayudar a los demás, por ejemplo el rescatador de un accidente que dice al niño que sus padres están bien, o el médico que trata de elevar la moral del paciente.
La mentira maliciosa son las que se cuentan por venganza o para obtener algún beneficio, como saben los famosos que suelen ser blanco evidente de estas mentiras, pues por ultrajante o poco probable que sea, alguien acabará cayendo en el fango. También se usan como armas en situaciones competitivas.
La mentira engañosa es la peligrosa pues pretende hacer daño o aprovecharse en su beneficio. Puede ser en forma de ocultación de información que distorsiona así la verdad o en forma de falsificación de los hechos.
El autoengaño que permite que uno abuse del tabaco o la comida y diga que no es adicto o se convenza de que un postre de muchas calorías no altera la dieta.
TIPOS DE MENTIROSOS
El mentiroso natural es alguien que tiene conciencia de que lo es, pero confía en su habilidad pues lo viene haciendo desde la niñez (quizás por haber crecido en un ambiente excesivamente riguroso a la par que hipócrita) y de adultos esta capacidad les convertirá en mentirosos habituales, sociales, con diferentes grados personales de respeto por la ética.
También puede tratarse del mentiroso romántico, cuyo único límite es su imaginación y que puede desarrollar un gran talento que aprovechará para manipular a su pareja sin que el afecto que dicen sentir por ella sea real. Mentiroso manipulador.
El mentiroso no natural es aquel que fue convencido por sus padres, entorno y educación, de que mentir era algo imposible pues siempre sería detectado. Les cuesta mucho mentir, que no se les note, e incluso pueden defenderse diciendo verdades que provoquen problemas entre los que le rodean, “demostrando” así, no mentir jamás.
El gran problema para descubrir de inmediato a un gran mentiroso es que llegan a creerse sus propias mentiras, de forma que al expresarlas tienen tanto aplomo en "su verdad" que el que le escucha cree y no encuentra forma de saber que el mentiroso está mintiendo.
Se les descubre después de un tiempo quizá, aunque tratarán de tapar con una nueva mentira y una justificación su acción anterior de forma que puede llevar mucho tiempo descubrir la verdad.
1. Una persona que no está diciendo la verdad tiene siempre una actitud ‘a la defensiva’ . Sus gestos son rígidos, escuetos y siempre hacia su propio cuerpo, evita mirarnos a los ojos y se muestra incómoda .
2. Del mismo modo, sus gestos parecen artificiales : los de la cara se limitan únicamente a la boca –cuando uno realiza un gesto sincero, utiliza toda la cara-. Por ejemplo, si sonríe naturalmente, de verdad, todos los músculos del rostro lo hacen: la mandíbula, la frente, la boca y los ojos; mientras que si lo hace de modo falso, sólo sonreirá la boca.
3. Se toca la nariz, el cuello o se cubre la boca al hablar. Científicos han encontrado que alguien que miente suele sentir picazón en la nariz, lo que a su vez puede hacer que esta persona sienta necesidad de rascarse. El tocarse la nuca es un signo de nerviosismo. Por otro lado el hecho de que se tape la boca con la mano es como si de forma inconciente estuviera tratando de detener las mentiras que está por emitir.
4. Taparse los ojos. (gafas, pelo, sombras)
5. Igualmente, los gestos de las manos son reducidos , se limita a tocarse la cara y la cabeza, es raro que se toque el pecho o el corazón . Y estos movimientos no suelen coincidir con las palabras e incluso pueden aparecer como opuestos a ellas (si nos está diciendo que le gusta un regalo, por ejemplo, a continuación, fruncirá el ceño ). A veces Mueven la cabeza en signo de negación mientras que verbalmente se dice algo afirmativo.
6. Otro síntoma significativo es que la persona mentirosa cambiará de tema en cuanto se le brinde la mínima oportunidad. La persona que es inocente de lo que se le acusa tratará de dejarlo bien aclarado, mientras que el culpable se verá encantado de abandonar el asunto . También podemos notar que el mentiroso hablará mucho , en exceso, ya que se siente incómodo con los silencios y, con frecuencia, utilizará el sarcasmo para respondernos. O por el contrario utilizará Sutiles silencios.
Independientemente de los movimientos, verbalizaciones, actitudes, el mentiroso, rapidamente cae en su propia trampa. Yo creo que no vale la pena estar a la expectativa con la finalidad de detectar si estamos o no ante un mentiroso, simplemente permitirle hablar, con toda la capacidad de fantasear, que les es característica y a la vuelta de la esquina, nos percatamos que todo su cuento es una mentira, sin necesidad de esforzarnos, ya que con facilidad olvidan su cuento anterior y con facilidad también, tejen su propia trampa. Percibo en estas personas, una necesidad tremenda de reconocimiento, el cual creen ganarlo mediante sus fantasías, sin pensar que es este medio el camino mas fácil, no solo para autoengañarse, sino también para quedarse solo, sin amistades y sin el reconocimiento, que tanto necesitan.

V
Si la mentira es útil, ser capaz de detectar a un mentiroso es igualmente útil.
Cuando se miente se dejan pistas en tres ámbitos.
1.- El físico.
La respiración, se enrojecen y sudan, e incluso tiemblan, las manos.
2.- Gestos de conducta.
Aunque si no se conoce a la persona es más difícil, pues cada uno tiene sus propios gestos. No obstante, cuando se miente no se mira a los ojos y se mueven menos las manos y los pies. Se tarda más en contestar y el que miente hace más pausas. Otros indicios, menos fiables, son taparse la boca o tocarse la nariz.
3.- En el mensaje que se trasmite durante la mentira.
Se dan pocos detalles; si se hace referencia a conversaciones no se repiten citas textuales; no se hacen referencias temporales o espaciales, ni se aportan percepciones sensoriales (olores, ruidos, sabores). Ni se dan detalles de situaciones imprevistas pero secundarias durante la historia. El que miente incluye en la historia la mayor proporción de verdades posibles, intercalando las mentiras.
De todas formas, hay mentiras y mentiras. Están los que preparan la historia, la premeditan, y los que la improvisan para salir de algún aprieto. Estos últimos son más fáciles de detectar.
Hay que también fijarse en La mirada. 'Mírame a los ojos y dímelo otra vez'…….. Quién no ha dicho esto alguna vez. Y lo dice con una base científica detrás.
El mentiroso, cuando miente, no suele aguantar la mirada de su interlocutor.Pies y manos inmóviles. Se reduce el movimiento de los pies y de las manos. Otros síntomas físicos. Además de los gestos, el cuerpo tiene otras reacciones incontrolables que pueden dar pistas, aunque varían en cada persona. Se trata de un enrojecimiento de la cara, un aumento de la sudoración de las manos y en algunos casos un temblor de las manos o de la mandíbula
ROSTRO INANIMADO
Al mentir, "el movimiento de la cara se limita solamente a la boca, no a los ojos, que normalmente se mueven con la boca". Después de mentir, los labios se aprietan y la mirada suele mantenerse fija, para evitar desviarla o pestañear de más.
MANOS EN LA CARA
Debido a la ansiedad, quien dice una mentira no sabrá bien qué hacer con sus manos mientras lo hace. Puede poner una mano sobre su boca o sobre los ojos. Otros tocan sus orejas o escarban en ellas. Inconscientemente, suelen arrugar suavemente la nariz o la frotan con la mano como si se fueran a estornudar.
OJOS DELATORES
Cuando tratamos de recordar un hecho, los ojos de la mayoría se mueven hacia arriba y a la izquierda, explican en Warning Signs. En cambio, cuando pensamos en algo que planeamos hacer en el futuro, los movemos para arriba y a la derecha. El ejercicio es hacerle al sospechoso una pregunta que ponga en evidencia su mentira. Si dice la verdad, sus ojos se ubicarán arriba y a la izquierda, pero si piensa en algo que no ha pasado, adoptará la posición contraria.
EXTREMIDADES INQUIETAS
"Si las manos se esconden en los bolsillos o las palmas se ubican hacia adentro, el nerviosismo queda en evidencia. Las palmas hacia la cara de las personas es un signo universal de inocencia y verdad", afirman los autores. Las piernas también revelan incomodidad si se mueven rítmicamente o golpean el piso.
ESCONDER EL CUERPO
Si se está sentado junto al sospechoso y se le pregunta algo que lo incomoda, probablemente él se parará y se moverá por el lugar. "Es difícil mentirle a alguien estando cerca", explica el libro. Quien miente probablemente dará vuelta su cabeza o su cuerpo entero. O pondrá el cuerpo rígido para parecer más honesto.
SONIDO DE LA MENTIRA
Cuando no dicen la verdad, las personas se demoran más en responder a las preguntas, para así fabricar la mentira. Las respuestas verdaderas son casi automáticas y sin pausas. Otra pista es que la voz aparezca más aguda de lo normal. "La tensión afecta las cuerdas vocales, estrechándolas más de lo usual y resultando una voz más aguda", aseguran los autores.
MENTIRAS CON ECO
Según Warning Signs, la mayoría de los mentirosos responden con las mismas palabras de la pregunta. "Es más simple que inventar una respuesta", dicen. El lenguaje suele ser menos coloquial y, para aumentar su credibilidad, quien miente entrega una abundancia innecesaria de información. También es probable que pronuncie mal. "Como las mentiras confunden el cerebro de quien las dice, las primeras letras o palabras pueden ser cambiadas", explican.
TEST RÁPIDO
Para observar más gestos reveladores, los autores sugieren una prueba simple: discutir un tema conflictivo con la pareja y cambiar rápidamente a otro agradable y relajado. Quien realmente miente, se sentirá notoriamente más aliviado y entusiasta con este tema menos intimidatorio. Si está diciendo la verdad, no querrá cambiar la conversación.

VI
escrito por Laura Garanados el 20/04/2008
El mitómano miente en cosas pequeñas y grandes, su vida en una pura mentira, y a veces ni se acuerdan.
Su principal característica es que se sienten superiores, porque no están contentos con su realidad, suelen decir que vienen de un status social mucho mayor del que en realidad vienen. Egocéntricos, egoístas y encantadores a la vez.
Su mecanismo es la negación a sus mentiras, y si los pillas sacan otra para cubrir la que han dicho, cosa que en poco tiempo te das perfecta cuenta. Se enfadan mucho cuando les pillas mintiendo y no quieren hablar de ello. Lo siguen negando.
Vivir con un mitómano, es morirse en vida, desconfianza en todo, ataques de ansiedad, querer y no saber si te quieren o fingen, en fin, ... Si puedes soportarlo o no te queda mas remedio... Pues te deseo la mayor suerte del mundo.
Sobre la grafología no puedo decirte nada, sólo siquiatra y rezar para que no lleguen a la paranoia, que es el final en el mitomano.
escrito por Laura Garanados el 20/04/2008
Ha sido una persona que proclamaba su amor incondicional por mi, por encima de todo. Muy amorosa y encantadora, pero “alguien que está pero no está”. Que es imposible que reconozca sus fallos. Que no quiere ni oír hablar de su ausencias. Que demuestra pertenecer a otro gremio que la realza y la hace sentir importante. Una persona que se ofrece para escuchar y ayudar los problemas de cualquiera para sentirse importante y especial. Una persona que te muestra un evidente desprecio y que su actitud encantadora oculta su egoísmo. Es una locura vivir con alguien así, es surrealista. Ahora se ha ido de casa, como escapando de mi presión y culpándome a mí de todo. Haciéndose el ofendido. Ahora se siente libre. Es una locura haber vivido con alguien así.

jueves, 1 de abril de 2010

Haberlas haylas, y son atropellables.

(Publicado en diario Sierra)

A las once de anoche, después de llevar días enteros resistiendo bravamente en el interior de su pazo, Pascual no lo pudo soportar más y se precipitó al interior de su Renault Kangoo para emprender una huida frenética a la gallega.
Pascual Oubiño, natural de Pontiño, provincia de Pontevedra, localidad cercana a Campanales según se tuerce a la derecha por la corredoira, huía de las brujas. De unas meigas espantosas con nariz de zanahoria, que desde hacía casi un año asediaban su casa y su vida, acongojando su cristiano corazón y trastornando su juicio, (ya de por sí peculiar) hasta el punto de obligarlo a refugiarse en aquella carrera sin control.
Pascualiño conducía más pendiente de lo que le acechaba por detrás que de lo que devoraba entre las ruedas por delante y por eso no vio que se adentraba en Campanales, que un semáforo se ruborizaba al verle, que el paso de cebra de la plaza estaba recién pintado y que una octogenária enlutada atravesaba por él. A Pascualiño le perseguían las peores meigas de toda galicia para apoderarse de su alma, y lo único que veía era lo que quería ver. Así que creyó horrorizado que una de sus perseguidoras habíale adelantado y que ahora le cortaba el paso pretendiendo que se detuviera. De manera que Pascualiño no se paró. Aceleró más todavía apretando los dientes a falta de otra cosa y apuntó la pegatina de agip que adornaba su capó contra aquella aberración de la naturaleza.
-Era una bruja - declararía con toda la satisfacción del mundo a la benemérita rato después, cuando veintitrés kilómetros más adelante, tampoco vio una curva a izquierdas y trás encaramarse al olmo que había detrás (y que quedó como herido por el rayo y en su mitad partido) al fin se detuvo.
Pascualiño ahora esta bien. Vive en un cuarto muy limpio y luminoso, todo pintado de blanco, en el que ya no le asedian las brujas y todas las tardes, mientras juega al parchís con otros compañeros del frenopático (que a veces se comen de verdad las fichas), les relata lleno de orgullo como él sólo, una vez, atropelló a una espeluznante meiga que lo perseguía.
Y algunos otros días también, cuando se levanta un poco revoltoso y se hace el longis con la medicación, tienen que hacérsela tragar entre cuatro, o cinco enfermeros. Después lo atan a la cama un rato, hasta que le van haciendo efecto las pastillas.

Antonio Flores

(Publicado en el periódico Sierra)
Yo no conocí a Antonio Flores y nunca compré un disco suyo. Seguramente por eso, pensaba que sólo era un niño grande de mamá con pretensiones de artista. Un apellido con derecho a público por herencia. Otra víctima frívola y banal del gen de la fama, al que más que ayudarle, le podía.
Ahora, tras su muerte, oyendo hablar a los que si le conocían, uno descubre, demasiado tarde como casi siempre, que había algo hermoso dentro de Antonio. Que Antonio Flores tenía el corazón muy grande, que cabía mucha gente en él. Dicen que Antonio sufría por ello, que tenía el anhelo imperioso de darse y de recibir. De querer y ser querido. De ser él por sí mismo y de que lo aceptaran así.
Y es que Antonio Flores, el hijo del folclore, de la puerta abierta a la fama tobogán, en el fondo quería lo mismo que queremos todos. Amor. Esa palabra que ahora ruboriza y que encierra nuestro más noble y disfrazado sentimiento.
" Si no eres capaz de sacar todo lo que llevas dentro, lo que llevas dentro te destruirá". Lo leía hace poco para mí, pero hoy recuerdo esta frase de nuevo para Antonio. Porque Antonio nació con un corazón equivocado para el mundo de hoy. Con un corazón desprotegido y sin recambio, que al final se le paró porque lo usaba demasiado.
Yo no conocí a Antonio Flores y nunca lo tuve entre mi música, pero en esta mañana de su muerte siento haber perdido todas esas canciones que ya nadie podrá escuchar. Todos esos discos que le hubieran salido tan de adentro, aunque yo no los hubiera comprado.
"La muerte de Antonio Flores", trae ecos de García Lorca. De tragedia absurda que hubiera podido evitarse, de margarita marchita que quedó sin deshojar.

La Barca de Maestro Juan (hasta el final)

El primer pez que mordió el anzuelo lo hizo con ganas. Una vieja de tamaño más que regular y bastante bien nutrida, engulló ávidamente la carnaza hasta el fondo de su abultado vientre negro y rojo y Maestro Juan tuvo que matarla deprisa y abrirla luego con el cuchillo en canal, para poder rescatar el engaño de las entrañas de su gula. Más tarde capturó un pequeño sargo, al que fiel a su código de tamaños, devolvió a la segunda oportunidad del agua con las agallas palpitantes de terror y, a continuación transcurrió un rato sin suerte que se le fumó el tabaco, por lo que al cabo del cual, aburrido de esperar, se dispuso a recuperar el ancla con idea de probar suerte en otro sitio. Y fue en ese momento, mientras se distraía de la caña para atender a la cuerda, cuando la suave brisa del sur se detuvo en un instante de calma, sembrando el mar de silencio y, súbitamente, el viento cambió. Una potente ráfaga del nordeste estuvo a punto de acabar con cuarenta años de idilio de sombrero y las olas sobre el agua empezaron a crecer. Algo imperceptible se cernió a continuación por encima del susto y del sombrero, vistiendo la tarde con un velo gris y, el revuelto mar se transformó violentamente en el océano furioso.
El viejo pescador, dejó de tararear sobresaltado. Apartó a un lado la caña como si de pronto le quemara entre las manos y, miró hacia arriba clavando en las negras nubes sus ojos intranquilos. Cuando volvió a bajar la vista, su cara curtida se había puesto lívida y en su semblante ya no quedaba ni rastro de la dicha que un momento antes sintiera. A su alrededor el aire de la tarde se perfumó con ozono, el agua se tornó oscura y opaca y, en la atmósfera cargada, casi pudo oír el zumbido de moscarda que producía la electricidad.
- Ahora sí que la liaste- le recriminó al cielo y, el cielo, espeso, cargado de tregua rota, le enseño que por todo el largo de la costa que abarcaba su visión, hacía ya un buen rato que no volaban las gaviotas. Con toda seguridad se avecinaba un temporal de los fuertes y Maestro Juan, llevaba demasiados años de barca y de truenos, como para no saber que una tormenta así, en el agua de su isla, se llamaba tempestad.
- Seré pendejo - se lamentó, arrancándose con un brusco gesto de angustia la cachimba de la boca. Moviéndose deprisa, cogió de nuevo la caña y comenzó a enrollar velozmente el sedal, mientras hacía un esfuerzo por tranquilizarse y pensar con claridad. El viejo Maestro Juan no estaba acostumbrado a tener que discurrir deprisa. Cada vez que un problema le obligaba a sentarse y meditar, él le prendía fuego a la pipa y se daba el tiempo necesario para rumiar las cosas a gusto, del derecho y del revés, hasta que conseguía verlas totalmente nítidas. Pero ahora ese tiempo le faltaba. La furia del océano iba en aumento, el agua aquí y allá se salpicaba de espuma, formando blancos rebaños de borregos que correteaban por la superficie y Abenchara, merced a las olas, empezaba a bailar peligrosamente, convertida en una minúscula y frágil, cáscara de nuez. Consternado por la alarma y la desazón, abrumado por el peso de la culpabilidad, el anciano Maestro Juan mandó la caña al olvido y, se dejó caer contra el fondo del bote, buscado un amparo y un respiro, en la débil firmeza de su tierra de madera. En ese momento, el cielo atormentado de lágrimas de lluvia, se resquebrajó de parte a parte con el estampido del primer trueno y, sobre la isla, la furia del océano y el mundo que los abarcaba, el firmamento rompió a llorar torrencialmente, como si antes no hubiera llorado nunca.
La tromba de agua, enseguida borró las olas rotas de la orilla y la raya lejana del horizonte, pintó el desamparo del mar de color violeta y anegó la confusión de Maestro Juan, sumiéndole más todavía en la zozobra y la desesperación. Empapado de lluvia y de miedo, agarrado con ambas manos a las bordas para evitar salir despedido de la barca, no pudo dejar de recriminarse su inconsciente y pueril osadía, mientras hacía ímprobos esfuerzos por evadirse del pánico y no empezar a gritar como un condenado. En todos sus años de marinería, jamás se le habían puesto tan feas las cosas, ni su afición y amor por la pesca, le habían llevado nunca a una tan precaria y estúpida situación. Nunca tampoco, en ninguna de sus noches, o sus tardes de melancolía, deseó tanto, como lo anhelaba ahora, ver aparecer en la distancia el regreso de aquel barco, con los tres marineros a bordo, que se fueron de su vida a medir la inmensidad.
Pero aquel barco no llegaba, el temporal arreciaba y la situación iba volviéndose más crítica con cada minuto de indecisión que dejaba transcurrir. Gigantescas olas se erguían alrededor de la barca, como infranqueables muros, poniendo de manifiesto que en cualquier momento, súbita y traicioneramente, podrían precipitarse sobre ella y sepultarla sin esfuerzo bajo el mar. Por otra parte, el aguacero que vaciaba el cielo, obligaba a la pequeña chalana, a tragar peligrosas cantidades de agua dulce, que tenía que ir alojando en su panza de riga con desalentadora rapidez y, la cuerda que sujetaba el ancla, todavía garreada en algún punto invisible de los pies del océano, podía rebasar con la crecida de una ola el límite de su máxima extensión y mandar a pique la cáscara de nuez, arrastrándola hasta el fondo. Como remate a su cúmulo de desdichas, el sol, ajeno y naranja al otro lado de la tronada, declinaba su poderío por la cuesta del día y pronto, empezaría a anochecer.
La repentina idea de que su amado bote llegara a perder el contacto con sus pies y desapareciera en el océano, sentenciándolo a perecer ahogado en medio de la oscuridad y el temporal, consiguió sacar finalmente a Maestro Juan del anonadamiento que le paralizaba, e impulsarlo como movido por resortes, en pos de la soga que terminaba en ancla. Mientras sus grandes manos calludas se afanaban y tiraban de ella hacia arriba sin descanso, se hizo prometer a si mismo, que si gracias a un milagro, lograba pisar tierra firme de nuevo, costara lo que costase y, así fuese lo último que hiciera en su vida, aprendería a nadar. No obstante en su subconsciente, Maestro Juan sabía muy bien que en una situación como esa, le hubiera servido de muy poco, o de nada, poder flotar.
Cuando el pequeño ancla asomó chorreando a la superficie y cayó al interior de la barca haciéndola resonar como un tambor, el anciano se apoderó del viejo cubo de zinc y, sin solución de continuidad, se aplicó a la tarea de achicar, el cristal líquido, que ya le cubría las pantorrillas, sin darse cuenta, hasta que fue demasiado tarde, que con la prisa irreflexiva del primer baldeo, acababa de tirar por la borda también, su única pieza pescada.
- ¡Maldita sea! - gritó, al ver flotando fuera de su alcance los restos de la vieja acanalada - Toda esta mierda y esta vaina de agua, para nada.
Sin dejar que descansara el cubo, chilló entonces un par de pecados mortales contra su negra suerte y el no menos negro cielo y luego, mirando en lontananza, intentó identificar a través de la espesa lluvia, el contorno brumoso de la isla. Si por culpa de la escasa visibilidad o por cualquier otro motivo, se desorientaba bajo aquel aguacero, estaría definitivamente perdido y, con la casi galerna que tan inoportunamente había irrumpido en su tarde de pesca, más el huracanado viento, que en unión de la corriente, arrastraban hacia el sur, todo cuanto pillaban a su paso, le iba a resultar punto menos que imposible, remar hasta la costa. En el improbable caso de que consiguiera acercarse a ella lo suficiente, comprendía que sería un disparate pretender ganar la orilla, porque olas intratables de cuatro y cinco metros de altura, estarían esperándole allí, para alzarlo como a una pluma sobre sus crestas y sus espumarajos de ira y despedazarlo contra las rompientes de las rocas. Maestro Juan estaba seguro de que, ni tan siquiera en el plácido sosiego de su cala, tendría opción a desembarcar, porque en el plácido sosiego de su cala, no podían existir ni paz, ni sosiego, con semejante mar.
Aparte de empezar a rezar todo lo que supiera, la decisión más sensata que se le ocurrió, después de cavilar un rato, fue la de bogar, dejándose ir en la dirección que imponía la corriente, con la vaga esperanza de que una vez rebasado el cabo de tierra negra, el océano estuviera menos furioso en la amplia rada que se formaba y condescendiera en dejarle arrimarse hasta la rivera de la salvación.
Sacando fuerzas de flaqueza y los dos remos que descansaban en la anegada barriga de Abenchara, orientó la proa del bote a favor de la corriente y procurando mantenerse lo más firme posible en su asiento de tablas, empezó a subir y a bajar peligrosamente, avanzando sobre las bamboleantes dunas del desierto de agua.
La noche llegó deprisa. Unos raudos minutos de crepúsculo rodaron ligeros tras la ausencia del sol y luego la oscuridad, reinó a sus anchas. El viejo pescador se sintió envolver por la penumbra y, en la sequedad de su garganta, se apretó de nuevo el nudo de la congoja. Era obvio que tenía que trabajar los remos con más ardor si quería salir de allí y acuciado por el miedo, no se entretuvo en pensárselo dos veces. Guiado por las tenues luces de la costa, los brazos ateridos por el esfuerzo y el frío, remó y rezó como no lo había hecho nunca hasta entonces, mientras Abenchara progresaba penosamente de ola en ola, hacia la lengua de Tierra Negra, partiendo a tajamar la tempestad. Y aunque la lengua de Tierra Negra resaltó contra el fondo de la noche, como una mancha mucho más oscura que la propia oscuridad, él siguió hundiendo furiosamente los gaones en el agua y avanzando, hasta que el dolor de los brazos se hizo tan intenso que dejó de sentirlos y, ya no se tuvo que preocupar más por ellos. Entonces, el cielo, dejó de llorar.
De la misma inopinada forma en que había comenzado, el llanto cesó, el silencio se adueñó otra vez del mundo y la tronada se fue marchando, envuelta en vientos y alumbrando con rayos esporádicos, trozos de la noche, cada vez más diminutos.
Desde el otro lado de la punta de Tierra Negra, Maestro Juan miró hacia Dios y respiró profundamente agradecido. Extenuado por la tensión y el esfuerzo, se derrumbó finalmente sobre sí mismo y sobre el banco que lo sentaba y, permaneció jadeante, colgados los brazos de los remos, sintiendo pesar como nunca sobre su cuerpo, la losa enorme de sus setenta años.

La media luna que se encendió en la ya madura noche, descubrió a los ojos del pescador unas aguas mucho más tranquilas y tratables. No se había equivocado en absoluto al suponer que en la pequeña rada que formaba el cabo, la furiosa turbulencia del océano, no cabía y, tenía que conformarse con ser simplemente, el revuelto mar. La luz que llegaba de la luna, abrió entre las curvas de la superficie un sendero de plata y de sombras, por el que Maestro Juan, al comprender que no entrañaba peligro y consciente de estar al límite de sus fuerzas, se dejó llevar de Abenchara, que segura en el buen camino, continuó aproximándose a la silueta de la costa, sorteando las fluctuaciones del agua con precavida tranquilidad.
Cobijándose del frío bajo la línea de flotación, el aterido anciano empezó a despegarse del cuerpo la ropa ensopada y mientras iba escurriéndola entre las doloridas manos, se sintió más orgulloso que nunca del valiente comportamiento de su barca, ya que haber logrado soportar aquel tremendo oleaje, sin irse a pique y, haberlo llevado además sano y salvo, a la protección de la cala, constituía sin lugar a dudas una hazaña admirable y muy difícil de superar.
- A poco más mi hija y no la contamos, ¿eh?.
Con los ojos entrecerrados, recuperando poco a poco el ritmo normal de la respiración, Maestro Juan se dejó guiar acunado en el balanceo del bote, hasta que el eco repentino de un cercano estruendo, le obligó a incorporarse de nuevo y a mirar hacia el final del agua, con los ojos abiertos de par en par. Entonces se dio cuenta, de que tampoco iba a poder desembarcar. Apenas a un centenar de metros, entre el revuelto mar y las negras piedras de la orilla, una bruma espumosa de olas rotas golpeaba tozudamente la tierra una y otra vez, volcando sobre ella los últimos coletazos de la reciente tempestad. Otra vez decepcionado por la adversidad de su suerte, el pescador frenó el avance de Abenchara gobernando los remos hacia atrás y volvió a separarse de las ávidas rompientes hasta una distancia prudente. Luego se echó el sombrero hacia atrás para rascarse la frente a modo y, en tanto que empezaba a asimilar la nueva contingencia, sintió por primera vez unas ganas irreprimibles de llorar.
- Está visto chacho que hoy no es mi día -se dijo tristemente, enterrando la confusión de su cabeza entre las manos.
Convertido en una mota apenas visible entre el maremagno de agua y de mala suerte, se fue haciendo lentamente a la idea de tener que esperar. Más allá de la cala y su desamparo, el océano furioso seguía empecinado rugiendo sus motivos y, en dirección hacia tierra, era evidente que no se podía avanzar más. La relativa quietud que reinaba en la rada, era por tanto la única opción inteligente que se le brindaba, a la espera del sosiego de la mañana, con el que presumiblemente Abenchara, podría arribar a alguna playa.
Disponiéndose a pasar el resto de la noche lo mejor posible, un resignado Maestro Juan mandó otra vez el ancla a la búsqueda del fondo y luego de cerciorarse que estuviera bien sujeta, trató de acomodarse lo mejor posible y por enésima vez, en el reducido espacio de la brava chalana. Cuando hubo conseguido algo parecido a lo que quería, rebuscó por entre los bolsillos del pantalón, la compañía de su cachimba.
La primera punzada de hambre, le sorprendió contemplando las dispersas luces de la isla y la cálida, engañosa tranquilidad, que emanaba de ellas. Se le antojaba completamente absurdo que estando tan cerca de su brillo como parecía estar, al mismo tiempo se supiera tan remotamente lejos de poder alcanzarlo. Acordándose entonces del pez desperdiciado por la borda a causa de su nerviosismo, no pudo evitar recriminarse una vez más la atolondrada reacción que le había llevado a aquel ayuno involuntario, así como el otro impulso anterior, con el que aparte de perder los aperos de pesca, había eliminado también la posibilidad de conseguir nuevo alimento.
- Si al menos no hubiera tirado la caña -se dijo- ahora tendría algo que hacer.
Conformándose con seguir vivo aunque fuera de milagro, continuó fumándose la pipa sin humo que la humedad no le dejaba prender y, mientras escuchaba el chapoteo del agua golpear el costado de la barca con infantiles besos de ventosa, se fué dejando vencer por el sueño y el cansancio, hasta que apoyando la cabeza en la almohada de su brazo, se arropó con el cielo cuajado de estrellas y se durmió soñando que nacían ensaladas enormes en el centro de su huerta. Por segunda vez en el mismo día, el viejo Maestro Juan había cometido un gravísimo error.

Durante el tiempo que estuvieron germinando ensaladas oníricas en su hambre despierto, el océano furioso aplacó su ira hasta hacerse revuelto mar y, el revuelto mar de la ensenada, se volvió agua suave y silenciosa. Las olas rotas de la orilla se partieron en menos trozos al llegar y la cautela que Abenchara acostumbraba, se relajó también confiada en esa paz. Más tarde se apagó la media luna, después el lucero del alba se extinguió, confundido en la creciente claridad, y las primeras luces rojizas del amanecer, comenzaron a asomarse tímidamente, por el borde de un océano Atlántico, pacífico, pero resacoso.
Maestro Juan se despertó ensordecido por el silencio, preguntándose medio alelado todavía, en donde se habrían metido las gaviotas. Le extrañaba sobremanera que no armaran el alboroto de todas las mañanas y que, Bardino, tampoco anduviera ya, como solía hacer a esas horas, despabilándole los pies a lengüetazos. Por eso, cuando abrió los ojos y se encontró con que en lugar de la familiar pared de adobe de la choza, sólo había una tabla de madera frente a su nariz, permaneció mirándola perplejo durante unos instantes, esforzándose por tomar conciencia de sí mismo y averiguar donde se encontraba. Notaba la ropa húmeda, molestamente pegada a la piel y le dolía espantosamente todo el cuerpo, como si en lugar de dormir hubiera pasado toda la noche peleándose con alguien. Sentía además, un vacío hambriento con regusto de ensalada en el cielo del paladar, y tenía una sed atroz. Con todo y con eso, lo que más llamaba su atención y al tiempo, maravillaba y confundía, de aquel raro amanecer, era la absurda, la incomprensible sensación, de que su camastro de palmeras no sólo estaba más duro de lo normal, sino que además, se balanceaba de un lado para otro como si estuviera navegando en su cáscara de nuez.
Con la velocidad de un relámpago, la memoria pareció explotar entonces dentro de su cerebro y el pescador se despabiló de golpe, volviendo en un susto a su realidad. Entonces un aciago presentimiento, cruzó como una flecha amarga la puerta de la sospecha y sus dos corazones se encogieron a la vez. Olvidado del dolor que entumecía su cuerpo, mucho más que simplemente alarmado por aquel silencio aterrador, se irguió poniéndose en pie de un salto y empezó a mirar ansiosamente en todas direcciones, girando sobre la cama navegante con frenética rapidez. Y eso fue lo último que hizo, porque cuando luego de mirar y remirar no encontró lo que buscaba, siguió como ido, dando vuelta tras vuelta con los ojos desorbitados y la sangre parada en las venas, sin querer aceptar lo que ya entendía. Y así prosiguió volteándose enajenado, como si nunca fuera a parar, hasta más allá del mareo y, hasta mucho rato después de haberse rendido finalmente a la evidencia, de que su ancla le había traicionado vendiéndole al capricho de la resaca y de que por su culpa, la lejana raya del horizonte, se había vuelto redonda.
La isla, su esperanza y el mundo que las abarcaba, habían desaparecido.

Abenchara apareció treinta y tres días más tarde frente al islote de Lobos, volviendo de la deriva por el mismo rumbo que llevaba la patrullera del guardacostas. Venía sin tripulación, un poco escorada sobre el peso de un remo, y en su interior no encontraron nada, salvo un gastado sombrero de paja, que todos identificaron como perteneciente a la cabeza de Maestro Juan. La consternación que produjo la noticia entre las gentes de la isla, hizo que muchos empujaran sus barcas al agua y organizaran largas expediciones de búsqueda, de las que todos regresaron al cabo de un tiempo, con los ojos cansados y sin nada que enseñar. Los comentarios de Lanzarote, siguieron hablando mucho de él durante unos días y después como es lógico, poco a poco fueron surgiendo nuevos temas para charlar. A los más ancianos les costó algo más de trabajo encontrarlos, porque negándose a la evidencia, tardaron algún tiempo en ponerse de acuerdo, sobre si el viejo pescador se habría topado con el barco de los tres marineros, o si por el contrario, cansado ya de aguardarlo, habría preferido marcharse con los peces amigos de la segunda oportunidad. Cuando finalmente las autoridades lo dieron por desaparecido y los otros pescadores lo dejaron de buscar, fueron ellos quienes llenaron con piedras la barriga de Abenchara y, quienes, en un entierro simbólico, la hundieron en el centro sosegado de la cala, donde pudiera ser hallada, por si algún día Maestro Juan regresaba del misterio y la quería rescatar. Pero Maestro Juan nunca volvió del misterio y la flaca memoria de las gentes, distraída por los continuos avatares del mundo turbulento de hoy, se olvidó muy temprano del viejo solitario de la pipa y la huella descalza de aquel hombre, a quién el capricho poco gentil del océano furioso no quiso corresponder con una segunda oportunidad, dejó de hollar camino para siempre y acabó por borrarse, con su historia, de la arena de las playas.
Solamente algunas veces a la hora del crepúsculo, mientras el esplendor del sol desaparecía y las primeras sombras de la noche, empezaban a dibujar fantasmas entre las piedras de la orilla, un perro famélico y vagabundo, bajaba trotando por la furia olvidada de un volcán hasta el sosiego de la cala y después de perseguir un rato a su hocico, husmeando de acá para allá como si buscara, se tumbaba en el tibio secreto de una roca con los ojos puestos al final del horizonte y, escuchando el complicado monólogo del agua, esperaba y esperaba.