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domingo, 30 de mayo de 2010

La Memoria del Elefante III

Tocábale el turno a ella y así, poco a poco, fue asomándose segura y tranquila entre las nubes. Media luna llena, de media cara boba y sonriente como esas que alumbran el cielo de los cuentos, flotó otra vez sobre la noche.
A la luna le gusta hacerse esperar en estas últimas veladas de África. Sale tarde, se sube al tejado a eso de las dos o las tres de la mañana y luego rueda por la pendiente hasta caer al interior de la piscina del Standford, donde permanece horas y horas nadando.
Yo la miro desde mi balcón. Sin prisas, recreándome en sus reflejos, estudiando la forma de su contoneo, en como lo estira y recoge sobre la piel del agua para amoldarlo al suave compás de sus ondulaciones, y no me canso. Por primera vez a lo largo del día me abandono a la blandura de la despreocupación, al sosiego. Por primera vez a lo largo de otra murria, más que sacudirme de encima la sensación apremiante de tener que ejecutar una decisión largamente aplazada, se me escurre. Y me quedo embobado, encantado de tener una excusa para no pensar en ello, hasta que la luna cruza la piscina, se desliza a lo largo del jardín y salta la cancela. Entonces, vuelven los fantasmas.
Llegan subrepticiamente y como la música rancia que se dejó olvidada Isabel, se adueñan del cuarto llenando su espectro con notas cada vez más afiladas que se entrometen por los poros de mi memoria y empiezan a sonsacarme dolorosos recuerdos.
En un rincón, tal y como las dejé hace un año cuando la razón me hizo comprender que lo mejor era volver a Madrid; Tres maletas, un sobre de estraza y dos bolsas de mano. Once años apilados, esperan el regreso que habré de emprender mañana, aunque Mañana llegó hace ya doce meses y desde entonces todos los días sean víspera de viaje y yo no haga sino esperar. Esperar y mirar la luna mientras me escribo.

“La luna no es de nadie, mas que de quien la mira- dice el Sabio Buba- La luna no es patrimonio de los soñadores, ni de los que pasan muchas noches especulando acerca de su naturaleza, o haciendo conjeturas esotéricas sobre la influencia que pueda ejercer en su futuro. La luna es de los que aguardan simplemente a que salga y se zambulla en mil hilachas de plata dentro de una piscina y de los que temen que si dejan de mirarla se esfume, y con ella su inspiración”.

sábado, 29 de mayo de 2010

¡Qué gilipollas era!

Es verdad que una vez te quise, hace ya mucho, cuando aún eramos idiotas. cuando yo aún creía que querer significaba no hacer daño, y que el matrimonio, por encima de dioses y jueces, era un compromiso de lealtad inquebrantable entre dos personas. Cuando yo creía que esa lealtad significaba: "Con razón, o sin ella, contigo siempre, con la verdad por delante y así, hasta el fin del mundo".
¡Qué gilipollas era!.

Cuando...

Cuando te quedas de pie, en medio de la madrugada, y escuchas embelesado lo que no se oye durante el día dentro de tu cabeza, te das cuenta de que eres un noctámbulo incorregible.

viernes, 28 de mayo de 2010

Crónica del Pozo

El autor advierte de que el contenido y el lenguaje empleado en esta crónica, pueden herir la sensibilidad del lector.
I
La noche que Rafael Díaz, alias Lefo se tatuó el logotipo de Chupa Chups en la piel del prepucio, iba pensando que con eso ya podía dar por concluida la obra de arte que durante años había venido perpetrando contra su propio cuerpo.
-"Dudo mucho Tron, –era la primera frase suya que tenía apuntada en mi bloc de notas- de que tanto en el arrabal aquel en que vivíamos cuando yo era un nano, como en el otro al que poco después nos trasladamos cuando mi vieja conoció a Chulo Galiana, hubiera un solo centímetro cuadrado de acera en el que no hubiera escupido, vomitao, meao, cagao, o sangrao algún pringao alguna vez. Y hacía bien El Chulo, qué coño, en darla de ostias a mi vieja por meterse a puta siendo tan fea y por tener la ocurrencia de haberme parido en una ful de sitio como ese. "
Y es que así, como una colilla más entre los desperdicios de la acera de un barrio sin aceras de Madrid, había brotado de un día para otro Rafael Díaz, alias Lefo, que descalzo y mocovela, desapercibido entre la demás inmundicia, había logrado crecer lo suficiente como para ponerse en pie por sus propios medios y darse cuenta de que el mundo continuaba más allá del arrabal. Fuera de él, enseguida descubrió también por sus propios medios que la vida no era igual en todas partes, que había otras calles de aceras limpias y que existía algo llamado Normas de Convivencia, que no iban con él. Él era una colilla más tirada al suelo y tras los lógicos encontronazos con el orden establecido que fuera de aquel alfoz imperaba, no había tardado en convencerse a sí mismo de que en realidad era un privilegiado que podía presumir de vivir en un submundo llamado Charco del Perro, donde no existían más normas de convivencia que la de no inmiscuirse en los asuntos de los demás y la de solucionar los problemas sin jueces, ni policías.
-"Yo sí que nací en un Pozo de puta madre Tron, o sea, y no en una ful de pozo, como ese del Tío Raimundo, que es un pozo pa señoritos y pa gitanos con merce-des. Que va. Yo, Tron, soy del único y auténtico pozo de la mierda, osá, directamente, ¿Mexplico? Yo nací en el Charco del Perro, donde lo único agradable de la vida ocurre cuando te duermes tan colocao, que ni siquiera sueñas con todo lo que te falta ¡Y puta chiripa la mía! –seguía felicitándose- que hasta en un sitio de chamba como ese fui a nacer en el mejor sitio posible ¿Sabes dónde Tron? pues a mitad de camino entre la chabola de lata de bidones que tenía mi vieja y la de contrachapado y uralitas, de una que sabía de comadrona. La mu colgá de la vieja se creyó que le iba a dar tiempo a llegar, pero se equivocó. Mi vieja es que además de puta y fea siempre ha sío un poco gilipollas, ¿sabes? El Chulo Galiana, que tiene más gracia que darle una ostia a un cura, me dice siempre que la perra de mi madre me cagó en la acera, que es donde cagan los perros ¿Sabes cómo te digo, no? En la puta acera que no era ni acera, de la puta calle que no era ni calle, sino namás que tierra sucia y potas de borracho ¡Menuda pringada de vieja, la mía, ¿qué no?¡ Por eso dudo mucho Tron que haya por ahí otro punk más auténtico que yo. Ni el mismísimo Sid Vicious se hubiera podido montar un nacimiento más dabuten, porque un punk debe ser un pringado desde que lo cagan, hasta que lo pisan y no debe descollar nunca, ni siquiera por encima de los lapos de las aceras. Un punk es un eructo en la mesa y un pie sucio metido en el agua del baño de un bebé. Esa es la esencia del orgullo punk. No sólo estar en la mierda, sino serla..., y hacer lo que de te de la gana, claro. Y yo hago lo que se me pone en lo güevos y soy una mierda auténtica Tron, una más de las muchas que se pisan si no miras, y por eso el día que la espiche quiero que me dejen tirado en la acera como la mierda de perra que soy hasta que venga la motocaca y me lleve al vertedero municipal. Mientras tanto, nadie notará la diferencia cuando me pise".
Así hablaba de su vida a los veintitrés años de edad Rafael Díaz, alias Lefo, mientras cumplía una condena de dos años y medio en la tercera galería de la cárcel de Soto, y fueron muchas las tardes que pasé con él en aquella celda de paredes salpicadas de desidias, oyéndole recitar su vida como una letanía, como si se la contara a sí mismo para recordarse mejor, o como si por primera vez y a través de la introspección a la que le obligaban mis preguntas, tratara de entenderla. Fueron muchas las tardes que le oí desgranar su mundo de sordidez con la voz del hastío y la sin prisa del condenado, antes de que un buen día, sin previo aviso y como si por el mero hecho de haber cumplido ya la mitad de su condena estuviera realmente preparado para ser reintegrado poco a poco en la sociedad, le fuera concedido un permiso de tres días para ir a pasar la navidad con su madre, y yo me quedara sin historia. Me alegré por él y lo sentí por mi libro, pues desde ese preciso instante ni yo, ni la prisión, le volveríamos a ver la cresta del pelo. Ni siquiera traté de buscarle y no quise aceptar a los otros presos que el Director me ofreció entrevistar a cambio. A esas alturas el protagonista indiscutible de mi libro era el Lefo y por nada del mundo iba a dejar que se contaminara su personaje haciendo mezcolanzas. Opté por dejar dormir la historia y dedicarme a otros proyectos, hasta que seis meses después, recibí una llamada telefónica de alguien que me aseguró conocerle, haberle visto recientemente y saber dónde se encontraba en ese momento. Se trataba nada menos que de su madre y lo que me dijo exactamente fue que los hombres del Concejal Rejón, se lo habían llevado a la fábrica de gallinas.

martes, 25 de mayo de 2010

La Memoria del Elefante (II)

África no sabe leer, pero tiene memoria de elefante.

Buba, el Hombre Memoria, había estado en Europa cuando sólo era Buba y había visto el futuro. El confortable futuro que según él aguardaba a su pueblo en un plazo de tiempo más o menos impredecible, pero certero, y el que según yo, no les llegaría nunca, o al menos, no, como ellos se lo imaginaban. Una vez desentrañado el misterio del progreso, Buba a secas, había regresado a sus raíces, se había convertido en hechicero y con el tiem-po, se había transformado en Buba el Griot, el sabio contador de historias del pasado y del futuro, que al igual que su padre y antes su abuelo, compendiaba toda la historia y sabiduría de su gente.
"África no sabe leer y sin embargo conoce los detalles de innumerables sucesos. Recordar y contar, son necesidades esenciales para nuestra historia. Por eso, cuando muere algún Griot, es como si ardiera una biblioteca "
Aquellas frases que había leído sobre los contadores de cuentos africanos en el Quilici, retratan a la perfección el espíritu que embarga al sabio Buba. Alto, de miembros largos y parsimoniosos, con más hueso que carne y no tan fuertes como membrudos, Buba cuenta sus historias con la voz redonda y marrón del ensalmo. Cuando yo lo conocí, su cara ya tenía esa edad escurridiza entre los cincuenta y los setenta años, que tienen para los blancos algunos rostros africanos. En realidad, hasta él mismo había perdido la cuenta en el ínterin.
• "No importan los años que uno tiene, sino lo que ha hecho con ellos, Blanquito. Haber vivido más años que los demás no encierra mérito alguno si no han sido bien aprovechados."
Buba, al igual que su padre y antes su abuelo, necesitó largos años de aprendizaje para poder ser biblioteca, tuvo que ir de boca en boca con los oídos alerta y viajó hasta encontrar el lugar donde están todas las palabras que se fue llevando el viento. Cuando al fin se doctoró, dejó para siempre su tierra y se marchó a sembrar sus historias en la memoria de la gente. Ahora, bajo la acacia en la que vive a las afueras de Mwanza, pregona también el devenir de los nuevos tiempos, tirando al aire unos huesos mágicos que le permiten calcular mucho mejor que con la radio el impacto de los acontecimientos venideros.
• "Amanecerán días confusos, nacerá un ñu con tres cabezas y lloverá durante mil años en el desierto. Para entonces Pemba, el pensamiento continuo, la palabra eterna, estará cansado de su soledad y querrá fabricarse un compañero. Envolverá con saliva de mono un balbuceo y se lo dará en custodia a Faro, su doble visible, para que lo convierta en un murmullo continuo y lo esparza sobre las aguas. Cuando el murmullo se interrumpa nacerá Musso Koroni, el hombre sin color, que será rebelde y querrá hacer lo mismo que Pemba. Construirá un hombre incompleto de barro y orgulloso, se lo mostrará. Mas Pemba al verlo, odiara a Musso Koroni y no pudiendo contenerse lo asirá por el cuello y se lo apretará. Arrepentido, Musso Koroni emitirá sonidos confusos, que serán las primeras palabras pronunciadas otra vez sobre la tierra. Entonces el mundo empezara de nuevo y el hombre blanco volverá a la casa del hombre negro y de su relación nacerá la cebra. Pero esta vez no será blanca con rayas negras, sino al revés. "
• Amén ¿Lo ves Buba? Dios aprieta pero no ahoga. Si no, no podría apretarnos otra vez.
• El único Dios que Buba conoce, su única inspiración, es Pemba y ese somos todas las cosas, porque Pemba es el centro de todo y todo cuanto le rodea. En el centro justo del calor el fuego no quema. Hacia el centro justo de la luz se puede mirar sin daño. En el mismo centro del frío está el calor, igual que en el centro del calor habi-ta el frío. De la misma forma que en medio de la oscuridad hay luz y viceversa. Y todas las cosas habitan un mismo centro y sólo uno. Y sólo ahí. Un poco más allá el fuego ya quema y la oscuridad es ciega. Un poco más lejos, la luz no se puede mirar y el frío se llama hielo.
La acacia de Buba se encuentra siempre con la puerta abierta a un kilómetro escaso del hotel Standford por el camino de tierra pisada que lleva a Ubam-balá, la montaña roja de los rinocerontes azules, a los que nadie se ha encontrado todavía. Hasta ese árbol en tierra de nadie, llegó el Griot huyendo de la peste rápida que asolaba Mali y según él, aquel enorme árbol le había prometido redirigir la circulación del aire y esparcir mejor su voz a los cuatro vientos, si fijaba su residencia bajo su copa.

viernes, 21 de mayo de 2010

¿Querer?

Querer, es no tener que esconder nunca la mirada.

sábado, 15 de mayo de 2010

Yo soy (Monologos del loco...) II

A Napoleón Bonaparte, que fue
el primero que se creyó que
era Napoleón Bonaparte.

I
Al principio todo era una sensación espesa, la vaguedad de una nebulosa primitiva, básica, formada por clarioscuros de consciencia inconsciente que me envolvía, o a la que yo abarcaba. Sin tiempos mensurables, sin puntos de referencia, sólo espasmódicos ser y no ser a ratos, un tener ego para al instante siguiente perderlo y sumirme de nuevo en el olvido de mí mismo. De eso que aún no sabía, era mi existencia.
Más adelante, -intente seguirme doctor- los ratos de esta sensación divergente dejaron de transcurrir al cincuenta por ciento y los momentos de consciencia se fueron imponiendo a los de inopia absoluta. Aun así, todo se limitaba a un mero instinto primario, a ligeras variaciones de temperatura y humedad en la superficie de mi cuerpo, de cuya forma, tamaño o peso, no tenía noción alguna. Ni siquiera tenía noción de ser un cuerpo, un tamaño, o un peso. No necesitaba hacer nada, pedir nada, querer nada. Una fuerza blanda y tibia, una energía tierna y protectora, asumía cualquier necesidad por mí y me la proporcionaba. Dependía de ella y a ella me confiaba en la seguridad del instinto. Por eso, me costaba trabajo discernir entre ambos y saber donde empezábamos uno y otro. En qué instante de que tiempo y en cuál espacio, yo había dejado de ser algo que crecía de su cuerpo y había empezado a ser ego a sus expensas.
Esto, claro, comprenderá usted, era un acertijo que aún no podía resolver. Un abracadabra que ni siquiera me podía plantear, pero que paradójicamente ahí estaba. Existía por si solo en una entelequia sin palabras. Aparte de él, ningún otro sentido tenía a mi servicio, ningún concepto o conclusión me asistía, salvo esa endeble certidumbre de haber empezado a ser, de estar en el sitio correcto, sin otra misión que la de ser egoísta para crecer y esperar pacientemente, meciéndome en los vaivenes de la nebulosa protectora, hasta que llegara el momento de poder hacer algo por propia voluntad.
Supongo que hasta aquí todo era normal y corriente en mi gestación, todo era previsible y programado, en la medida que lo eran estas cosas en el año sesenta y tres, pero había algo más. Una intuición inconcreta que se abría paso, transcendiendo de la víscera y de la mera función orgánica, confiriéndome la facultad de darme cuenta de todo, hasta de los ratos de inopia, como si aparte la lógica, poseyera otra consciencia espectadora paralela. Gracias a ella intuía lo que era. Intuía donde me encontraba y que tarde o temprano saldría de allí, comprendía que no podía hacer nada para acelerar el proceso que me vinculaba a aquel cordón umbilical y comprendía, además, que no era normal que supiera todo eso.
A medida que fue transcurriendo el tiempo, el espacio que me cobijaba y en el que parecía flotar ingrávido, se fue volviendo más y más angosto y los ratos de inconsciencia se fueron reduciendo hasta tornarse esporádicos. De forma casi obligada, esto me brindaba una gran cantidad de momentos ociosos que yo no sabía muy bien como emplear. Aparte de hacerme las consabidas preguntas de: ¿Cómo será el exterior? ¿Para qué estará ahí? ¿Adónde me llevará cuando salga?, es decir, aparte de imaginarme la imaginación, no podía hacer gran cosa más. Día a día notaba que mi cuerpo se perfeccionaba, ensamblándose en infinitas cadenas de elementos minúsculos que formaban otros elementos mayores que, a su vez, se ensamblaban infinitamente hasta completar un simple eslabón más, diminuto, complejo e independiente de la gran cadena cósmica. Entonces sabía y sabía también que más adelante yo sí lo recordaría, que todo aquello no era más que un círculo cuyos extremos en ese momento, se tocaban en mí. En ese punto yo era el principio y el final de la existencia, el ciclo completo entre el ser y el no ser. Estaba en el centro del todo, asomado al borde de la nada y el universo entero cabía en mí. Esto lo comprendí de pronto con un violento espasmo que vino a interrumpir uno de los escasos ratos de inopia y que fue seguido de un extraño retumbar de vibraciones que no procedía de fuera, sino del interior de mi ser. Una especie de convulsión, que puso sonido al ritmo de las pulsiones que me acompañaban desde el principio. En ese mismo instante, supe que aquellos rítmicos retumbos no dejarían ya de acompañarme mientras durara mi existencia y que el día que cesaran, esta terminaría.
Ahora sé que aquello fue lo primero que me dijo el corazón en esta existencia y que después no volvió a decirme nada más, hasta que llegó el momento de salir y tratar de resolver todas aquellas dudas que tenía.
Por alguna razón que no recuerdo, a última hora quise no tener que hacerlo. Quizá por miedo, me resistí y deseé quedarme envuelto en aquella seguridad íntima, permanentemente. Y eso que para entonces el feto, o sea yo, aún no sabía cómo se llamaba lo que sentía pero se aburría soberanamente en su universo placentario. Llevaba aburrido ya un buen tiempo y por hacer algo se puso a jugar con el cordón umbilical, lo fue siguiendo, tirando de él hasta que llegó al final, donde se topó con una pared blanda y flexible, a la que pese a propinar varios golpes y empujones con sus manos recién formadas, no pudo derribar. Aquella era una pared muy resistente, acolchada y blanda, pero muy resistente. Sin otro divertimento, el fetoseayo, se entretuvo entonces en colgarse del cordón y columpiarse por su universo amniótico desde esa pared mullida hasta otra pared igualmente mullida y luego de regreso. Así lo hizo unas cuantas veces, hasta que el cordón empezó a resbalársele entre los dedos, con lo que enseguida se cansó y volvió a estar aburrido. Su universo placentario se estaba haciendo demasiado reducido. Para intentar ensancharlo, golpeó con los pies la pared durante un rato y al no lograr nada desistió y probó a chuparse un dedo, él que le pareció más gordo y apetecible de su pie izquierdo, pero a esto tampoco le encontró excesivo divertimento y en realidad sólo logró producirse unas irritantes cosquillas eléctricas. Harto y algo fatigado por el ejercicio, durmió entonces dejándose flotar en el líquido que lo envolvía, sabiéndose seguro, protegido entre las resistentes paredes blandas y acolchadas que no había forma de derribar. Y durmió así, sosegado durante horas, hasta que una segunda y repentina conmoción lo despertó con la desagradable sensación de ser empujado, comprimido y empujado, hacia no sabía muy bien qué lugar, en la dirección que apuntaba su cabeza. Alarmado, se agarró al cordón nuevamente para evitar ser arrastrado, mas no le sirvió de nada, ya que este era arrastrado a su vez y ambos cogían velocidad. Tras ellos, había una fuerza nueva y poderosa, una fuerza resuelta y apremiante que pugnaba por echarlos de allí.
El espeso líquido que hasta entonces siempre le había rodeado, había desaparecido súbitamente como por arte de magia y las blandas paredes comenzaban a oprimirlo en un abrazo un tanto angustioso. El instinto le hizo comprender que no le quedaba otro remedio que ceder a la fuerza y dejarse llevar y así lo hizo aunque el resultado fue peor y pronto se vio encajado en lo que parecía ser un angostísimo túnel, donde apenas se pudo mover. Tampoco podía dar marcha atrás ya que la fuerza no cejaba y lo incrustaba en el túnel cada vez más. Entonces, lo recuerdo vívidamente doctor, sí que el pobre feto se asustó de verdad, viendo como la cabeza se le aprisionaba sin remedio y que enseguida sucedía lo mismo con los hombros, los brazos y el resto de su incomprensible anatomía. Imagíneselo. Por unos momentos se sintió tan mal, que se arrepintió de haberse aburrido. Estaba convencido de que todo aquello le pasaba por haberse columpiado del cordón y por haberle propinado patadas y empujones a la pared mullida. ¡Ojalá me hubiese estado quieto y ahora seguiría a salvo y caliente, en lugar de estar atrapado aquí! Cosas de críos. Se veía a sí mismo tan desdichado que ya estaba pensando en aprender a llorar, cuando sucedió lo más inesperado.
La oscuridad que hasta entonces siempre le había envuelto, se rompió por un agujerito y este se fue haciendo cada vez más y más grande, hasta que toda la oscuridad se vació por él. Sin duda un gran acontecimiento, doctor, y sólo entonces aquel feto comprendió lo que había sucedido, comprendió que al fin había salido fuera de la nebulosa y que la fuerza que lo empujaba lo había depositado sobre otra pared, antes de cesar en su empujón para siempre. La nueva pared le pareció mucho mejor que la vieja, porque era capaz de abrazar con la misma ternura pero sin angustiarle y también comprendió que esa pared era la misma pared blanda y redonda que hasta ahora le había protegido, sólo que por el otro lado. Y con todas estas cosas, se alegró enormemente de haberse columpiado.
Y así, casi como todos, fue mi querido doctor como este loco que ahora habla para las paredes acolchadas de su cuarto, llegó a un mundo en el que por entonces el Lute se fugaba de la prisión de Santa María, Julio Iglesias e Isabel Preysler se casaban en Illescas, se moría Cocó Chanel y a Pirelella la llamaban desde las discotecas para decirle que todos estaban tomando combinaciones vulgares; Y pese a ser uno de los pocos mortales con conciencia plena de su nacimiento, o quizá precisamente debido a ello, tuvo que vivir siendo un hombre frustrado los siguientes treinta años de su vida. ¿Cómo lo ve? De haberlo sabido, creo que me hubiera quedado en el útero materno para siempre y me hubiera resistido a la fuerza, se pusiera como se pusiese. Quiero decir que cosas como esta deberían avisarlas, ¿no le parece? Tanto que dicen de los signos y los augurios y ni siquiera en las líneas de la mano me venía puesta una miserable advertencia.
Las líneas de la mano son el primer estigma que nos marca el cuerpo cuando recorremos el breve tramo de la vida. Significan que nacer es sufrir y que nuestras manos una vez estuvieron cerradas y debimos abrirlas con dolor, para poder agarrar y recibir las cosas que la existencia nos brindaba. Para que nunca olvidáramos el esfuerzo que hizo por nosotros la naturaleza, esta nos dejó esas cicatrices que nosotros llamamos líneas y que unos cuantos liántes autosugestionados se empecinan en interpretar. Si Dios hubiera querido que pudiéramos leer nuestro destino, nos lo hubiera escrito en la frente, en relieve y en cristiano. Aun así, yo creo que lo mío debían habérmelo hecho saber poco a poco, con suavidad. Bien es verdad que ahora me he resarcido, pero no vea usted doctor si lo pasé mal hasta encontrar mi camino. ¡Treinta años me llevó el empeño!
Durante esos treinta años intenté sobrevivir en este mundo de locos, convenciéndome a duras penas de que las cosas algún día tendrían que cambiar, ya que tarde o temprano el hombre no tendría más remedio que acabar por aprender. Sin embargo el hombre, !qué desilusión¡, parecía estar irremediablemente condenado a aprenderse lo mismo y a olvidarlo, una y otra vez. -Seguramente a estas alturas habríamos inventado la rueda ya cientos de veces- Aparte de este, claro, a su debido tiempo sufrí los pertinentes desengaños existenciales propios de la especie y ya entonces, comprendí que el mundo no iba a dar marcha atrás ni por mí ni por nadie, ni aunque lo que peligrase fuera su propia existencia. Y de esta conceptual perogrullada que llegó a tenerme seriamente preocupado, sólo saqué en conclusión que el mundo era así y que así había de tomarlo. Aprendí en definitiva que la realidad, que en buena justicia y respeto debería ser siempre subjetiva, no era otra cosa que la mentira de la mayoría y que no iba a tener más remedio que encontrarme un sitio para vivir en medio de ella. De alguna manera, tenía que participar de esa sociedad de realidades inventadas. De modo que acepté sin recato la mentira de la mayoría y la hice mi propia realidad. Y realidad no eran las cosas tal cual sucedían, sino lo que de ellas te contaban. Realidad eran los bulos y los rumores, la radio y la televisión, los periódicos y la publicidad. Realidad era la verdad impuesta, la opinión de los que no tenían opinión y la costumbre casi compulsiva de pensar mal y desconfiar de todo el mundo. Cada vez el hombre vivía más diluido, manipulado y vulnerable entre la gran masa ciudadana, a merced del sistema. Esa era la pura, la triste realidad de aquella mañana definitiva de mi vida, cuando ya había logrado sobrevivir con la mentira treinta años y cuando tras largos y penosos esfuerzos había logrado creérmela e integrarme en ella y de buenas a primeras, los del ministerio me inflaron las narices, me echaron abajo el proyecto que era perfecto, aparcaron en la cuneta mis ilusiones y enloquecí para no tener que sufrir tanto.

Pec@dos Postales II

LA ELEGIDA
Lucía llegaba tarde. El atasco, la despistada dependienta de aquella boutique que no se aclaraba para cobrar con una tarjeta, ¡las siete y cuarto! Giselle, la canguro, debía estar acordándose de todos sus muertos, pensando que se perdería otra vez la clase de arte dramático por su culpa. Y con esta, ya iban tres.
Aparcó donde pudo, entró como un tiro en el portal sin reparar en Feliciano, el portero físico que tanto vestía y que en ese momento se entretenía en borrar huellas de dedos del cristal de la puerta y se metió en el ascensor, maniobrando como un juguete mecánico de los que se chocan y dan la vuelta.
-Perdone que no la ayude doña Lucía, pero es que me ha pillado usted con el trapo en la mano.
No quiso llamar al timbre. Abrió con sus llaves y soltó enseguida el cargamento de paquetes en el armario de los abrigos, más por que no los viera Giselle, que por el peso. Cuando entró en el cuarto de estar, se encontró a esta de pie, con el agobio puesto.
-Holaperdonaeltráfico, ya sabes...empezó con la retahíla de disculpas habitual , pero su impaciente canguro no estaba para originalidades.
-Oye, o le enseñas a tu hijo buenos modales, o no vuelvo. Ha estado toda la tarde insoportable, no ha querido merendar, ha pegado a una niña en el parque, ha pasado olímpicamente de hacer los deberes y no ha dejado de llamarme guarra, puta, bocamierda y cosas por el estilo en todo el rato.
Lucía le contestó con tres muecas encadenadas, una de desesperación, otra de compasión y una última y más marcada, de impotencia, mientras empezaba a explicar algo sobre lo nocivo de ciertos programas de televisión. Borjita, cinco años, cara de consentido integral, apareció corriendo desde el fondo del pasillo y se abrazó a la pierna de su madre como si por fin se hubiesen dignado devolverle algo de su exclusiva propiedad. Giselle lo fusiló primero con la mirada y a continuación le apuntó severamente con el dedo.
-Acuérdate de lo que hemos hablado muchachito, si quieres que sigamos siendo amigos.- y luego para su madre dijo- Bueno, me piro que llevo la hora pegada. Si sales el viernes, vengo, pero el sábado no puedo.
Ya se iba cuando al salir al recibidor recordó algo más.
-¡Ah! El portero ha subido este sobre para ti hace un rato. Decía que no cabía en el buzón y que por eso lo traía. Giselle le tendió el abultado sobre que acaba de recoger de la mesita de la entrada y después salió definitivamente con un suave cloc. Nada más escucharlo, Borjita empezó con uno de sus habituales interrogatorios.
-¿Y por qué no venías? Di, idiota. –su tono era ofendido y ofensivo, el del amo mal educado que le pide explicaciones al esclavo pillado en falta. Desde que Lucía se había divorciado de su padre, año y medio atrás, este solía ser el tono de su discurso habitualmente.
-Porque estaba trabajando Borja –dijo cansinamente ella dejando la carta sobre la mesa del comedor- Mamá tiene que trabajar para ganar dinero y poder comprarte cosas bonitas. –y enseguida cambiando el tono por otro mucho más entusiasta, le dijo- ¿Quieres ver lo que te he comprado hoy? Ven, ya verás que bonito -Lucía arrastró a su hijo, hasta el armario del recibidor y allí le alargó un par de paquetes que el niño cambió por su pierna de mala gana y con brusquedad. Una vez en su poder los abrió a zarpazos, disfrutando, recreándose más de lo necesario con el estropicio del papel para dedicar luego a su contenido apenas unos segundos. Lo uno era un polo de rayas y lo otro unas zapatillas deportivas multicolores.
-No me gustan-los despreció, arrojándolos al suelo sobre los papeles y echando a andar con decisión hacia la cocina, como si la cocina estuviera en el fin del mundo y él no pensara volver nunca más de allí de tan ofendido como estaba.
-¡Pero qué dices, hombre! –le persiguió su madre tras recoger el desparrame del suelo- si son preciosos y vas a estar guapísimo- Las zapatillas me han costado un ojo de la cara. ¿Las has mirado bien?. Son las que tú querías. -Y a mí que me importa, bocamierda. Ya no las quiero.
Lucía resopló y miró hacia el techo buscando allí paciencia adicional.
-No digas eso. Sabes que no me gusta que me hables así. Y tampoco me gusta que insultes a Giselle. Ella es buena contigo y si la enfadas no querrá venir a cuidarte ¿Quieres quedarte solo cuando yo no esté?
Borjita frunció las cejas y se le posó entre ellas un arrugado instante de preocupación. Le aterraba quedarse solo sin nadie a quién torturar. Su madre, entonces pensó que a lo mejor se había pasado.
-Anda ven aquí -tendió la mano conciliadora- vamos a probarnos las zapatillas.
-¡No! – volvió a rechazarla el niño, echando a correr. Lucía intentó asirlo y él la esquivó ágilmente para ir a chocarse contra la puerta del frigorífico que se quejó con angustiosos tintineos de vidrio intestinal.
-¿Ves?. Ya te has hecho daño. –Se apresuró Lucía a levantarle. Pero Borja no se había hecho daño, así que se puso en pie por su cuenta y salió disparado hacia el cuarto de estar, iniciando una persecución que empezó con amenazas y advertencias y terminó llena de risas y resbalones de alfombra, en el sofá. Allí por fin, se probó las zapatillas.
Rato después, Borja entraba con sus deportivas nuevas en la cocina, donde su madre miraba distraída a través del humo de una taza de té con leche y enseguida la sacó de su ensimismamiento abriendo y cerrando bruscamente la nevera y luego el cajón de los cubiertos, del que extrajo un tenedor para clavárselo por dos veces a la tapa del petit-suisse de chocolate que primero había sacado del sufrido frigorífico. A continuación estrujo el envase y empezó a lamer los rizos de chocolate que asomaban por los poros abiertos.
-¿Por qué te lo comes de esa forma? ¿No lo puedes hacer con una cucharilla como todo el mundo?-Le recriminó Lucía amablemente.
-A mí me gusta así- fue la seca respuesta del niño- que volvió a apretar el envase retadoramente y luego abandonó la cocina en dirección al cuarto de estar. Allí se repantigó a sus anchas y empezó a ejercitar el dedo sobre el mando a distancia del televisor, cuyos botones aparecían recubiertos por varias capas de chocolate y grasa de patatas fritas. Cuando encontró una de tiros, se detuvo. Al rato, entró su madre mordisqueando una galleta integral.
-Me ha dicho Giselle que hoy tampoco has querido hacer los deberes ¿Quieres que los hagamos ahora, juntos?. Borja, no contestó, siguió mirando para la pantalla, haciendo caso omiso. Lucía se lo preguntó dos veces más con idéntico resultado.
-¿Quieres que hagamos palomitas? – Preguntó entonces, en tono irónico.
-¡No! –berreó literalmente el niño esta vez, haciéndole dar un cómico respingo. Sin embargo Borja no se rió.
-¿Por qué estás hoy tan enfadado? ¿Te ha pasado algo en el cole? –Quiso saber Lucía ensayando una voz conciliadora y melosa. Borja, por toda respuesta le dedicó una cara de infinito fastidio- El otro día decías que los niños eran todos idiotas. ¿Ya vais siendo más amigos? –Lucía se sentó a su lado en el sofá, Borja se apartó hacia el extremo opuesto. –¿No me vas a contestar? Insistió ella.
-¡No! – abrió por fin la boca, para decir lo de siempre, pero esta vez con un tono de supremo hastío. En los pocos años que llevaba hablando había conseguido imprimir a este monosílabo una enorme variedad de matices. Difícilmente podía sacársele más jugo al idioma con menos letras. Lucía se aproximó a él y le puso una mano blanda en la cabeza.
-¡No me toques!- La rechazó con un esquivo manotazo.
-¡Pero por qué estas así? –Lucía trató de atraerlo hacia su regazo, de cambiarle el humor haciéndole cosquillas pero él reaccionó y se zafó pataleando contra su pecho y su cara con fuerza desmedida.
-¡Déjame bocamierda!.
En vista de ello su madre desistió, levantándose.
-Está bien. Veo que estas hecho un tonto y paso de ti.
-Y tu tienes cara de mierda –le enseñó la lengua hasta darse con ella en la barbilla.
-Borja. Que no me hables así. ¿Te quieres bañar?
-No.
-Yo me voy a bañar. ¿No quieres venir a leerme cuentos mientras tanto?
-¡Nooo!
-Anda tonto. Así después podrías ayudarme a probarme un vestido que me he comprado yo también. Quiero que tú me digas si me ves guapa con él, o no. ¿Vienes?
-No, no quiero, cara culo.
-¿Pues sabes lo que te digo? Que eres un tonto y un antipático y que ahí te quedas.
Cuando Borja vio que su madre se marchaba, se puso en pie de un rabioso y despechado brinco sobre el sofá.
-¡Y tú eres una gorda foca puta de la mierda de tu culo!
Esta vez Lucía se quedó clavada en seco y se volvió hacia él con los ojos del psicópata al borde del descontrol. En dos zancadas pegó su nariz contra la del niño, que no obstante sostuvo la suya retadora, rayántemente.
-Borja, -le masculló añadiendo a sus mejillas unas pecas adicionales de partículas de galleta y de rabia contenida -si me vuelves a llamar gorda, te rompo la cara.
Y no fue hasta entonces, al abandonar el salón camino de la bañera, cuando volvió a reparar en el sobre que había dejado encima de la mesa.

domingo, 9 de mayo de 2010

Generación Ni Ni = PadresTranxilium 10.

-Anda Mari, dale dos tortas a la niña que yo tengo las manos ocupadas.
-¿Cómo? ¿Pero, qué ha hecho?
-Tirar la leche
-¿ Nada más?
-Tirar la leche... encima de tu ordenador.
-¡¿Cómo?!
-Que ha tirado el vaso de leche encima de tu ordenador, Mari, y más concretamente por encima del teclado.
-¿Y por qué estaba merendando encima de mi ordenador?
-Porque estaba chateando y porque el suyo se le ha perdido.
-¡¿Qué?! ¿En dónde?
-No está muy segura, pero cree que en la facultad.
-Esta chica es idiota. ¿Pero no le tenemos dicho que no queremos que lo saque de casa? Y además, ¿para qué se lo ha llevado, si ya tiene uno allí para ella sola?
-Dice que está estropeado, que se le ha metido un virus y que se lo tienen que formatear.
-O sea, que se ha cargado tres ordenadores en un día, pues que carrerón lleva, a este paso la van a llamar de la IBM antes de fin de curso. No sé yo si no nos habremos equivocado dejándola estudiar informática.
-Probablemente sí, pero de haber estudiado piano, también lo hubiera perdido. El problema no es lo que hace, sino como lo hace. Me refiero a esa pose de niñata despreocupada que considera que es una horterada saber lo que valen las cosas. Y lo mejor no te lo he contado aún, pues no contenta con eso, todavía se me descuelga con que tiene un trabajo muy urgente que entregar mañana y que necesita que le deje mi portátil de la oficina.
-¿Y no le habrás dicho que sí?
- No, claro, le he dicho que ni de coña, pero también le he dado la excusa perfecta para suspender en Prácticas. Según ella, si no lleva el trabajo no la van a dejar examinarse, así que no merece la pena perder el tiempo estudiando. A cambio de eso, ha quedado esta tarde en Cibeles con Rocío y con Sara. Todo por culpa mía.
-¿Le habrás contestado que na nai?
-Por supuesto Mari, y también le he cuatripitido aquello de que mientras que viva en esta casa tendrá que cumplir con sus normas aunque sea mayor de edad, y luego, por hacerle la función completa, hasta le he recordado dónde estaba la puerta, si decidía que no estaba de acuerdo.
-¿Y?
-Pues que vale, que sí, que tiene diecinueve años y que se larga a vivir hoy mismo con unos okupas de Chueca que conoce.
- De eso nada, vamos. Hasta ahí podíamos llegar con la broma ¿Dónde está?
- Se ha metido en el baño a lavarse la cabeza.
-Pues ya está saliendo y poniéndose a estudiar, o la saco yo de los pelos sin abrir la puerta, fíjate.
-Eso tampoco funciona. Ya lo he probado yo antes y me ha amenazado con denunciarme por malos tratos, o con algo peor, palabras textuales, si oso descolocarle siquiera uno solo de sus bonitos cabellos castaños teñidos de morado.
-¿Me lo dices en serio?
-¿A ti que te parece?
-¿Pero esta niña se ha vuelto loca o qué le pasa? ¿No se estará drogando?
-No me cabe la menor duda, pero no creo que lo de hoy sea por eso, ahora es que son así de natural. Es el resultado de la política educacional de los últimos veinte años. De “Eso” tan moderno y tan instructivo de; “déjalos hacer lo que les dé la gana, no les castigues y no les regañes, que ya madurarán”, y que ellos han interpretado como que tienen muchos derechos, todos los derechos para ser exactos, por lo que ya no les queda ningún sitio para los deberes.
-¿Y por qué no le has dado un par de guantazos directamente?
-Porque tengo las manos ocupadas, ya te lo he dicho. Y porque con lo descerebrada que está tu hija y el desquicie este de la ley de malos tratos, prefiero poder seguirla de cerca a tener que hacerlo desde una pensión. Sólo es cuestión de tiempo y de paciencia, ¿no? de esperar a que madure la semilla educacional de la nación. Creo que ahora les germina sobre los treinta y seis, o así.
-Ya...bueno. No sé... ¿y en qué es en lo que estás tan ocupado tú?
-Pues en intentar volver a abrir la tapa de mi portátil Mari, que la niña me la ha cerrado de un manotazo cuando le he dicho que no se lo iba a prestar y se ha quedado encajada.
-¿Lo ves? A esta cría le pasa algo. Te lo digo en serio Juan, esto no es normal.
-Yo creo que sí Mari, que esto está a la orden del día.
-¿En qué nos hemos equivocado?
-En la mitad, justo en la mitad.
-¿En la mitad de qué? ¿de qué hablas?
-De que no se puede abrir así la mano, si al mismo tiempo no proporcionas la debida educación.

sábado, 1 de mayo de 2010

Lo que trajo el tren

Publicado en el La revista Apuntes De la Sierra
Desde que en el gracioso año de su majestad (don Felipe IV) de 1 630, doña Ana Hurtado de Mendoza de la Vega y Luna, sexta Duquesa del Infantado...y entre otros muchos títulos, Señora del Real de Manzanares, otorgara el privilegio y posesión de la carta de villazgo a Collado Mediano, así como a otros cuantos pueblos limítrofes que dependían de el Real, los nuevos villanos, que desde hacía días danzaban por las primeras páginas de su independencia, se aprestaron jubilosos a nombrar alcalde, instalaron en la plaza con gran pompa y ceremonia la horca y la picota como era menester y después siguieron a lo suyo, viviendo pacíficamente en la edad media, hasta que en el año 1 888 y en otro día no menos memorable, apareció pitando tras la tapia del cementerio una escandalosa máquina que echaba humo.
El tren había llegado a Collado Mediano, por primera vez y sin un sólo minuto de retraso. Doscientos carrilanos, hombres forjados con maza y barreno, pendencieros y peligrosos, a los que su capataz había de hablar pistola al cinto, habían trabajado diez duros años para llevarlo hasta allí en aquella mañana y cuando semanas más tarde prosiguieron su camino de hierro hacia los Molinos, Cercedilla, y los montes de Siete Picos, la historia del pueblo había sido cambiada para siempre.
Por esa época, según reza en su entrañable libro de Collado Mediano, don Fernando González Bernáldez, la economía del pueblo no es que fuera muy boyante y a menudo se solían comer sopas de aire, patatas unas con otras y mucha gente tenía por costumbre comer antes de desayunar. Estas escaseces tampoco es que acabaran de un día para otro con la llegada del tren, pero sí podemos decir que fue el primer paso hacia el variado y merecido menú que se disfruta hoy no sólo allí, si no en todo el ámbito serrano.
Las diversiones hasta entonces tampoco eran muchas. Básicamente consistían en dar azotainas a "culo visto" en la Poza del Maillo, a las chicas que ese año pasaban a mozas, entrando así en edad casadera, lo que les permitía lucir el pelo recogido en los bailes, mientras que las chicas se tenían que conformar con llevarlo suelto o en trenzas. Por su parte los mozos noveles, pagaban el vino de un convite a los que ya lo eran, so pena de acabar en el pilón y a partir de entonces, adquirían la potestad de zurrar con el cinto a los chavales que salían de su casa por las noches. El resto de festejos, divididos en ocho días, se destinaban a la patrona, al patrón, a las casadas, a los casados, a los pastores y a los cabreros, y todos iban acompañados de misa y de bailes de gaita y tamboríl, que se efectuaban bajo la complaciente mirada del patrono. O sea, de San Ildefonso.
La luz eléctrica llegó algo después, en 1 917, y aunque con gran decepción descubrieron que era muy cara (2,30 pts por bombilla y mes) y que encima no servía para encender los cigarros, sí sirvió en cambio para que, unida al tren, al poco se estableciera en el pueblo la primera colonia de veraneantes, con lo que definitivamente una nueva industria se abrió paso hasta las cocinas y empezó a llenar los pucheros.
Atrás fueron quedando poco a poco las hambrunas de la guerra, las demoledoras jornadas en las canteras de granito, las interminables búsquedas de trabajo de pueblo en pueblo, las tediosas, ingratas labores de campo bajo el frío o el calor. Atrás quedaron los madrugones de vaquero, las solitarias caminatas tras los pastos con las cabras y las ovejas. Atrás los montes pelados y las berzas. Atrás quedaron la enfermedad y la incultura, la inseguridad y la desigualdad social. Atrás quedaron las viejas casas de piedra, bonitas, pintorescas por fuera, pero gélidas y sin condiciones por dentro... Atrás.

Hoy el tren parece que siempre estuvo ahí. Que siempre llegó puntual los fines de semana, para hacer brotar de sus tripas un colorido aluvión de excursionistas, que se diseminara por la geografía serrana mochila al hombro. Que siempre hubo veraneantes y urbanizaciones con piscina. Que Madrid siempre estuvo a una hora de distancia y que a cada rato llegaron vagones desde todos los puntos de España, trayendo lo último y lo mejor.
Así que cuando hoy en día ve uno tiendas surtidas de todo lo necesario, abastecidas de toda clase de artículos y alimentos, y hasta oye que alguien protesta porque el pescado no está lo suficientemente fresco, se acuerda de que hubo un tiempo no muy lejano en el que todo aquello parecía sólo un sueño. Una quimera imposible, que nadie se atrevía a pensar y que muy pocos soñaban, porque un sueño de locos es lo que les pareció a todos que era, aquello que una buena mañana llegó en tren para hacerse realidad.