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domingo, 29 de agosto de 2010

Erotik-On (IV)

Una semana eran muchos días para Patricia, así que tras dejar a propios y extraños colgados en la redacción, intentando ajustar a mi criterio la maquetación del reportaje de Marcha Sanz para el dominical, me encaminé hacia la ducha de mi apartamento y luego, pertrechado de una botella de rioja y dos docenas de langostinos a la marinera, al de Patricia.
Sabía que ella había regresado de Barcelona la tarde anterior y no había querido llamarla. Me apetecía la idea de la sorpresa y tenía cierta curiosidad por pillarla de sopetón, para variar. Aún así la idea de que pudiera estar con alguien, se me ocurrió por primera vez en el ascensor. Ese tipo de sorpresas, a veces se volvían contra uno y te dejaban boquiabierto una semana.
Por otra parte no dejaba de tener su morbo, la idea de una Patricia con doble vida en su apartamento. Y entonces pensé que en realidad aunque intensamente, no nos conocíamos demasiado.
No llamé al timbre. Un estruendo operístico brotaba bajo la puerta y probablemente hubiera dado igual hacerlo. Aún a riesgo de que se cabreara y con razón, usé la llave que me había confiado para que le regara las plantas cuando no estaba. procurando no hacer ruido. Pensé en abrir una rendija, lo justo para echar un rápido vistazo del distribuidor, y si la puerta de este estaba abierta, de una porción del salón, pero hubo suerte. La cadenita no estaba echada y la puerta se abrió sin ruido, por propia inercia. La suerte siguió de mi lado y la puerta que daba al salón estaba abierta pero entornada, lo que me venía de maravilla, para asomarme sin descubrirme.
En el salón no había nadie, sólo ópera a unos decibelios insanos, exagerados y en la televisión encendida y sin volumen una pareja de macacos fornicando en silencio para las cámaras del National Geographic, sin que pareciera cohibirles lo más mínimo la presencia de las cámaras. Me estaba haciendo viejo para oír tan alto el desorden controlado habitual de Patricia.
A mi izquierda, cerrada y a oscuras quedaba la cocina. Patricia por lo tanto, sólo podía estar en el baño o en el dormitorio. Demasiado tarde para una siesta, se me antojó oír un ruido de agua corriendo en el baño. Que se estuviera bañando a esa hora me pareció más probable, aunque también cabía la posibilidad de que no estuviera. Igual que las luces, no era raro que se dejara la música o la televisión puesta – “Para los cacos”– se justificaba ante sí misma.
A punto de empujar la puerta del salón para asomarme a la del dormitorio, algo me detuvo y puso mi corazón al galope. Un gemido. Claro, profundo, perfectamente distinguible del coro de voces de Carmen, y que nada que tenía que ver con él. La imagen de Patricia enroscada a alguien bajo el chorro de la ducha me asaltó con la nitidez de una fotografía. Sin embargo, lejos de sentir celos, decepción o algo por el estilo, me invadió una excitante y morbosa curiosidad que me empujó a seguir avanzando. Ya en el salón, amortiguando los crujidos de la tarima con la música y la alfombra volví a escuchar un segundo gemido aún más nítido. Era Patricia, no cabía duda con lo que la última posibilidad de que fuera una amiga suya a la que le hubiera prestado las llaves para que le regara las plantas también, se desvanecía. Además, para eso, me las había dejado a mí. De la puerta del dormitorio abierta de par en par para que pudieran circular los decibelios libremente, brotaba la familiar luz anaranjada de las lámparas de la mesilla de noche. Pegado a la pared, intentando controlar el volumen de mi respiración y más que otra cosa, sorprendido por el intenso grado de excitación que me estaba deparando aquella experiencia voyeur, lancé una rápida mirada al interior.
Aunque un poco revuelta, la cama estaba vacía y salvo que se estuviera revolcando por el suelo, al otro lado del somier, la habitación estaba desierta. Una barrita de incienso se consumía en la mesilla de su lado y un fino hilo de humo se alzaba hasta toparse con la tulipa de la lámpara, Abandonado a medias en un cenicero había medio canuto apagado liado con papel de Biblia. Bien, no quedaba más que la opción del baño y ya desde donde estaba pude ver que la puerta correspondiente también estaba abierta de par en par. Dos nuevos gemidos vinieron a corroborar lo que parecía evidente. Patricia me los estaba poniendo en un ambiente acuático.
Dos pasos más hacía el frente me permitieron verla de perfil, reflejada en el espejo del lavabo y tardé unos segundos en entender lo que veía. En lugar de encontrarse en la bañera como había supuesto parecía estar sentada en el bidé de cara a la pared, y en lugar de estar enroscada al cuerpo atlético de algún maromo, parecía estar sola. ¿Entonces que hacía? La única posibilidad que se me ocurrió es que se estuviera masturbando con los chorritos del grifo a presión, pero ahora que estaba allí, el agua no corría y sus manos permanecían unidas en su nuca ensortijando los dedos entre su melena negro azulada. Su cuerpo desnudo salvo por los zapatos y el sujetador oscilaba en un movimiento rotatorio , tenía los ojos cerrados en una placentera ensoñación y se mordía lascivamente el labio inferior dejando una luna blanqueada allí donde sus dientes se clavaban. En ese momento me pareció la imagen más voluptuosa que había visto en mi vida y me jodió profundamente que Patricia se la guardara sólo para ella. Nunca había echado tanto de menos mi máquina de fotos.
Demasiado absorbida en sus propias ensoñaciones internas como para oírme, continuó incrementando la frecuencia de sus gemidos y la rapidez de sus movimientos pélvicos sin revelarme con qué se lo hacía. Por pensar en algo había imaginado que pudiera ser uno de esos dildos provistos de una ventosa en la base, pero tras avanzar otro poco más y situarme donde no pudiera verme salvo que girara la cabeza, comprobé que no era así. Ahorcajada en el bidé sus nalgas alternaban ahora los movimientos rotatorios con otros arriba y abajo que me permitieron comprobar que nada entraba ni salía de su vagina.
Se me ocurrió entonces que no estaba bien espiar a la gente así, aunque la gente fuera Patricia y ya estaba pensando en volver sobre mis pasos hasta la entrada y llamar al timbre, cuando un grito casi desgarrador me dejó clavado donde estaba y ya no fui capaz de apartar los ojos de ella. Esta vez Patricia se había superado a sí misma y a este primer grito le fueron siguiendo otros en cadena que se fueron pareciendo cada vez más a un aullido, mientras todo su cuerpo se estremecía y llenaba de convulsiones y espasmos que hicieron peligrar su estabilidad sobre el resbaladizo asiento. Una de sus manos se soltó del pelo y golpeó con el puño dos veces en la pared. Luego como con prisa, ambas volvieron a juntarse en su espalda sobre el cierre del sujetador y se deshicieron de él con un rápido movimiento de los hombros. Antes de que hubiera caído al suelo sus manos se habían ceñido alrededor de cada uno de sus pechos y los empujaban hacía su boca que se aprestó a acogerlos ávidamente. Sentí encontrarme a su espalda y no poder ver exactamente lo que hacía, aunque por los movimientos de su cabeza supe que trataba de introducirse ambos pezones a la vez en la boca, para succionarlos y mordisquearlos a la vez, como a menudo le hacía yo. Así continuó por espacio de varios minutos ante mis atónitos ojos, al cabo de los cuales poco a poco la intensidad de su gritos fue perdiendo volumen hasta que se quedó silenciosa y desmadejada, la frente apoyada contra la pared y ambos brazos caídos a los lados del cuerpo.
Con la certeza de que aquella imagen sicalíptica se quedaría para siempre grabada en mi retina, y en previsión de que pudiera levantarse, retrocedí hasta recuperar la posición anterior en la que la veía a través del espejo. Ahora más que nunca quería saber que clase de adminículo, sustancia, o ente producía en ella tal catarata de placer. Minutos más tarde, desde allí, cuando Patricia recuperó las fuerzas suficientes para girar el grifo, oí correr el agua y los gorjeos propios de las abluciones en este sanitario. A través del espejo que se empezaba a empañar no pude ver que se extrajera nada de entre las piernas. ¿Sería posible que Patricia hubiera descubierto una nueva técnica onanista y que no hubiera usado nada, ni siquiera las manos para volverse loca de gusto? ¿Qué lo hiciera por simple sugestión o algo así? ¿Y entonces para qué le servía el bidé? ¿No se estaba más cómodo en la cama? No tenía sentido, aunque con Patricia casi nada solía tenerlo y conociéndola como la conocía, lo mismo se había sentado a lavarse, le había entrado una de sus urgencias y se la había despachado allí mismo. A lo mejor, siempre se desfogaba así cuando se encontraba sola.
En ese momento el grifo se cerró y entonces fue cuando lo hizo. Cuando tras haberse enjabonado descabalgó del bidé y se acuclilló junto a él en el suelo. Luego la vi hacer fuerza, contraer los músculos abdominales y apretar las piernas hasta que algo, una especie de rosario de bolas transparentes unidas entre sí por un cordón se descolgó hacia el suelo. ¿Unas bolas chinas? ¿Eso era lo que le hacía gritar como una loca y pegarle puñetazos a las paredes? No podía ser, tenía que haber algo más. Una vez fuera de su cuerpo, Patricia volvió a sentarse en el bidé con ellas en la mano, las lavó cuidadosamente, se terminó de lavar ella después y sin soltar las bolitas se acercó al espejo y alzándolas las miró al trasluz. Al hacerlo yo también pude ver que cada una de ellas contenía un somormujo, uno de esos grandes abejorros listados que parecían una enorme avispa peluda.
- Bichitos bonitos -oí que les decía- no sabéis como me habéis hecho de feliz. Sois una verdadera maravilla. –mientras reculaba a una zona de sombra, también pude oír el zumbido que emitían las bolitas. Una a una les fue dando un sonoro beso y tras acercarse a la ventana empezó a abrir las esferas y a echarlas a volar. En total había seis y cuando soltó a la tercera, yo recuperé el seso, la compostura y salí del apartamento.
Tenía la frente perlada de sudor nervioso cuando me miré en el espejo del ascensor y notaba la boca seca como si acabara de subirme corriendo un monte. Mi corazón retumbaba aún contra mis sienes, presa de una eufórica excitación y me sentía algo conmocionado tanto por eso, como por las desconocidas aficiones autocomplacientes de Patricia. ¿Sería zoofilia también eso que hacía? Necesitaba beberme algo con urgencia antes de poder volver a enfrentarme con ella.
No estaba bien espiar así a la gente. No estaba bien pero me había encantado. No estaba bien irrumpir de aquella manera en la intimidad ajena y sin embargo no podía dejar de alegrarme de haber sido copartícipe de aquella autocomplacencia supina. Las mujeres siempre estaban pendientes de algo cuando estaban con un hombre y rara vez conseguía uno verlas en semejante estado de enajenación desinhibida. Sentí que ahora, de alguna manera, también poseía su intimidad, su verdadero yo contemplándose en el espejo de la concupiscencia y decidí que no debía decirle nada. Lo más probable es que le hubiera dado igual, que se hubiera reído con mi osadía, o se hubiera excitado con mi calentón y que me hubiera recriminado que me fuera sin habérsela metido allí mismo. Le hubiera dado igual y a lo mejor hasta se hubiera sentido halagada, pero también la habría puesto sobre aviso. Apresuré mi segundo vodka con naranja y me dirigí al teléfono público que había al fondo del local junto a los aseos. La voz de Patricia me pareció somnolienta.
- ¿No estarías durmiendo no?
- ¡Hola! –exclamó una voz mucho más animada- estaba tumbada en la cama, en bolas, pensando en ti. No te lo vas a creer pero llevo toda la tarde matándome a pajas y cada vez estoy más caliente. ¿Dónde estás? ¿Vas a venir? Ndoma me ha dicho que te ha visto esta mañana en el aeropuerto. Has llegado hoy, ¿no?
Una vez más su franqueza me dejó desarmado.
- Sí, estoy en Ibiza, pero no he podido escaparme de la redacción hasta las siete. Dime con qué te estabas matando a pajas, quiero saberlo.
- Primero con la mano y luego con unas bolas chinas que tienen dentro unos abejorros, que me he traído de Barcelona. Los vendían en el Raval y son la rehostia, pero los he soltado porque me daban pena y... bueno, pero vas a venir o qué.
Después de aquella desinhibida confesión, no podía mentirle.
- En realidad ya he estado ahí... hace un rato –le confesé- pero te he encontrado tan entretenida cabalgando sobre tu bidé que me ha parecido que estaba de más. Ya sabes que yo monto fatal a caballo. Sin embargo tengo que reconocer que no he podido evitar quedarme mirándote un rato.
- ¿Has preferido mirarme a decirme que estabas allí? –se hizo la escandalizada- Eres un mirón ¿Cómo cuánto, rato me has estado mirando?
- Desde que has empezado a chillar más alto que Carmen en el equipo, hasta que has liberado a los abejorros por la ventana. Al principio he pensado que estabas con un tío en la ducha y todo y luego como no te veía hacer nada con las manos, no acababa de entender qué te traías entre las piernas y entonces me ha entrado la curiosidad por ver que era. No sabes lo que he echado de menos mi cámara de fotos.
- ¡Menudo sinvergüenza! –rió al otro lado-, pues menos mal que me has dicho la verdad porque yo ya sabía que habías estado aquí.
Di por sentado que se estaba tirando un farol.
- ¿Ah, sí? –me hice el sorprendido ahora yo- No me ha parecido que me vieras.
- Y no te he visto, pero te has dejado sobre la mesa del salón una botella de vino blanco dulce del nuestro y una caja de langostinos.
Ni me había vuelto a acordar, así que me la envainé y me alegré infinito de haberle contado la verdad.
- ¿Has puesto el vino a enfriar?
- ¿Tú qué crees?
- Tardo cinco minutos.
¡¿Tánto?! –exclamó fingiendo un mar de desconsuelo-, no sé si me podré esperar, lo tengo casi derretido y está empezando a salir humo. Mira, escucha. -Unos ruiditos, como de pompas salivosas me llegaron a través del auricular. Estuve casi seguro de que los hacía con la boca, pero con ella nunca se sabía.

sábado, 21 de agosto de 2010

Cronica del Pozo (II)

Cuando le pegó la segunda patada ya ni siquiera pensó en hacerle daño, sino en amoldar los más posible el empeine de su bota de tacón cubano, a la curva invertida de su entrepier­na. Era algo más estético que físico lo que impelía ya sus movimientos, porque en esto de repartir golpes, Galiana, más que por el dolor o la contundencia, se inclinaba por lo artístico. Según Lefo, tratar de alcanzar una técnica estéti­camente tan depurada como efectiva, era un aspecto del apiolamiento importante para El Chulo, que afirmaba que eso contribuía a infundir respeto y a reforzar su reputación y su clase. Así que con ese propósito, El Chulo diseñaba unas ostias preciosas y exclusivas, como dibujadas en el aire y sumamente efectivas.
Aquella le salió bien. Ambas partes entraron en contacto plena, íntima y estrechamente, pero el Argentino –del que ya le traía sin cuidado que le doliera o no- tuvo mala suerte y en uno de los aspavientos que hacía con los brazos, entre resoplidos y agarramientos pelvianos, fue a impactar de lleno con una mano en la cara de El Chulo, tirándole al suelo las gafas. Si había algo que El Chulo no aguantaba era que le tocaran las gafas, y si había algo que no aguantaba de verdad, era que le tocaran la cara. Así que el Argentino tuvo mala suerte y un cuarto de hora más tarde, convertido ya en un guiñapo informe, el Chulo seguía estampando patadas artísticas en la suya mientras le gritaba:
-"¡Levantáte cabrón, que todavía no he terminado contigo!
-Está muerto -le decían Lefo y los suyos, pero sin osar apartarle.
-Pues que resucite. Aún no ha cobrado bastante.
-Está mollao Galiana -insistía Lefo- muerto del to. Mira sus ojos".
Los ojos del Argentino llevaban un rato abiertos, ciegos y obstinadamente fijos en un hilillo de baba que parecía unir su intestino con el suelo.
-"¿De qué hacen ahora a los hijos de puta?, ¿esto es todo lo que aguantan? ¿Cuatro patadas de nada? ¡Menuda mierda si son así los que me quieren echar a mí de la calle!"
Mientras se componía la americana, el tupé del pelo y las gafas de espejo con forma de riñón, le propinó una nueva patada, más que por ver si estaba muerto de verdad, por dar rienda suelta a su frustración.
-¡Cago en su madre! Si un tío no reacciona cuando le das una patada en los huevos como esa, es que la ha espichado de verdad. Sin duda.
-¿Y ahora qué hacemos con él? -quiso saber Marcelo.
El Chulo puso un pitillo en su boquilla de plata, lo encendió con parsimonia y dijo lacónicamente:
-Lo llevaremos a la fábrica de gallinas.
Esa fue la primera vez que Lefo oyó hablar de la fábrica de gallinas del Concejal Rejón.

viernes, 20 de agosto de 2010

El Erotik-On (III)

A la mañana siguiente no había ni rastro de Patricia. Un levísimo olor a vapor en el baño de varias horas antes y una taza con restos de Cola-Cao sobre las cáscaras de la noche anterior. La tibieza de su ausencia en la piel fue lo que me despertó, la sensación desagradable de que el sueño nos ha robado a alguien que debería amanecer a nuestro lado. Me estaba acostumbrando a Patricia demasiado deprisa. Prácticamente no me había despegado de ella desde que había aterrizado. Intuí que lo había hecho a propósito, para dejarme con ganas y para no desgastar el juego, porque si algo tenía claro con ella es que Patricia jugaba al despiste y no cabía duda de que lo hacía bien. Así que después de la maratón de las dos primeras semanas, Patricia empezó a levantarse sin ruido y a marcharse en silencio con la llegada del sol. Al mismo tiempo que este se hinchaba como un gran bollo horneado en el mar, ella asomaba bajo el horizonte de las sábanas, se deslizaba de mi abrazo e iba a vestirse frente al ventanal de la terraza, de cara al sol. Se enfundaba el vestido hindú por la cabeza, estirando hacia arriba los brazos y alzándose de puntillas como si se zambullera dentro de él. Era un movimiento rápido, mecánico, cargado de una voluptuosidad casi hiriente y que duraba apenas un segundo. Yo la miraba al trasluz y ella, cómplice, me sonreía antes de irse, pero no me hablaba.

lunes, 9 de agosto de 2010

Mientras... (fragmento de la memoria del elefante)

...ella hacía todo eso, yo me quedé a descubrir las llanuras asfaltadas de un tórrido Madrid recalentado, que roncaba con la ventana abierta de par en par. Y me gustó aquel otro Madrid, huérfano de estrés y ciudadanía, que puso aquellos días en la calle el ayuntamiento. Me ensimismó ver crecer ante mis ojos las avenidas y ensancharse el horizonte de los parques y las plazas de siempre, y me ensordeció ese Madrid de silencio y en despoblado, sin alarmas ni sirenas, tan perplejo y desubicado como yo. Madrid tenía el aire insólito de un jubilado repentino, dispuesto a quedarse sentado en un banco cual­quiera, sin objetivos inmediatos, ni gana de tenerlos, cautivo del estado de contemplación. Me gustó aquel Madrid letárgico y modorro, que se miraba el ombligo y se abando­naba a la indolencia de un pantalón corto y una camiseta, un Madrid sin calcetines que trasnochaba de calor y trabajaba de juguete, un Madrid de Rodríguez, relajado y permisivo, que vivía de cervezas y alternaba terracitas con despachos financieros. Madrid de pronto había recuperado el placer de la conversación y hasta había encon­trado un hueco para ser amable.
Así que mientras duró el verano volví a reconciliarme con ese Madrid chapado por vacaciones, enorme para unos pocos, que volvía a parecerse a ese otro Madrid afable y propio que aún llevaba dentro. Me gustó habitar ese Madrid íntimo que no se veía con los ojos de la prisa, ni se perdía bajo el asfalto, ni bajo millones de zapatos que tapaban a la vista tantas cosas.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Sin ti

(a mi primera novia, allá por el 80)
Ya no me haces falta para quererte.
Te puedo querer sin ti,
sin tu voz,
sin tu cuerpo,...
te puedo querer sin verte.
No hacen falta más miradas,
no hace falta que me hables con los dedos.
No necesito tu tiempo,
no necesito olvidarte,
ni necesito perderte,
para saber que te tengo.
Te puedo querer sin ti,
te puedo querer...
por eso.

lunes, 2 de agosto de 2010

La Memoria del Elefante (fragmento)

A Ana la había querido como sólo se quieren dos gotas de mercurio y a Isabel como se quieren los imanes, que tan pronto se atraen como se repelen.