Fotogalería

miércoles, 20 de octubre de 2010

Erotik-On V

Patricia se tocaba para mí. Esta vez, sentada en el sillón del despacho de su tío. La blusa abierta, las piernas abiertas, la boca abierta en un gemido congelado. Luego de pronto cambiaba. Se mordía el labio inferior, se tocaba arriba en lugar de abajo y apretaba las rodillas como si quisiera retener entre los muslos algún placer escurridizo. En ningún momento dejaba de mirarme.

sábado, 16 de octubre de 2010

El Motor

He visto demasiadas veces como la vida premiaba al sinvergüenza y maltrataba al honesto, como para no saber que el verdadero motor de la humanidad son la avaricia, el afán de poder y la notoriedad, y no precisamente el amor por los semejantes. Hay poco altruismo y esfuerzo desinteresado en las páginas de la historia y he visto muy pocas veces que alguien minimice los méritos que se le abrogan.

jueves, 14 de octubre de 2010

La Memoria del Elefante (fragmento)

Donde el cielo se tropieza con la tierra, en un lugar con anorexia llamado Línea del Horizonte, crece una flor sin nombre que nunca se marchita. Tiene siete hojas, siete centímetros de altura y siete pétalos con siete colores diferentes, que nadie riega durante siete veces a la semana. A su lado, apenas a siete palmos de mano de niño de siete años, se encuentra el caldero siete veces repleto de monedas de oro, del que nace el arco iris que se cuelga en los paisajes. Por detrás de ambos, en un lecho infinito de estrellas y silencio, se tumba el sol todas las tardes para mirar por debajo de las faldas a la luna.

martes, 12 de octubre de 2010

Monologos del Loco..(III)

¿Enloquecí? ¿Realmente enloquecí? Bueno, eso es lo que dicen los doctores. Los sabios doctores que me atienden y que se pasan el día diciendo chorradas, cambiando de diagnóstico y de opinión y haciéndose la picha un lío con su ciencia. Tan pronto me cuentan que sufro una enajenación mental transitoria, como que las alucinaciones van a terminar conmigo antes de que yo termine con las alucinaciones y se empeñan en que padezco un brote esquizofrénico en fase aguda permanente. Yo, por si acaso les diera por prestarme atención, les aseguro sin perder la compostura, que no veo enfermeras rosas volando por los pasillos, ni escucho voces, pífanos o trompetas celestiales dentro de mi cabeza, que tampoco he notado que se me quiera aparecer la virgen, ni que me sienta el Cid, y que menos aún tengo obsesiones o monomanías, por lo que tampoco debo ser un paranoico. Pero ellos no se apean de la burra. Para este tipo de razonamientos son completamente sordos y siguen empeñados en subirme la medicación, como si de esa forma fueran a solucionar algo. Ya han alcanzado el máximo prudente con cuatro medicamentos distintos y no consiguen dejarme la voluntad en ruinas como al resto de los internos. No dan crédito a sus libros clínicos y yo, naturalmente, me desgüevo de ellos todo lo que puedo. A veces, cuando les veo demasiado perdidos en su ciencia, me dan pena y les hago un poco el caldo gordo, fingiendo una crisis de arrebato místico o algo por el estilo y después del válium en vena, les lleno de gozo, mirando estúpidamente a la pared durante horas. Me maravilla la paciencia que tengo con ellos. Son como niños. Yo soy la paciencia, soy la paciencia infinita y tengo un secreto que ellos, los pobres e ineptos doctores, no quieren aceptar. No pueden imaginar siquiera que yo realmente sea inmune a todo medicamento o sustancia existente y que, desde que a los cinco años me mordiera aquella víbora sin que me ocurriera nada en absoluto, ni un leve mareo, mi organismo sea capaz de metabolizar cualquier cosa que por cualquier vía lo invada, como si de agua se tratase. Hasta no hace demasiado, aún me entretenía jugando con avispas y alacranes y debí ser el único progre de mi generación que nunca consiguió sacarle una risa a un porro, ni a nada. Jamás he podido notar esa sensación de ir pisando sobre goma espuma, ni ese mareillo peculiar, similar al que te produce dar vueltas a toda prisa sobre ti mismo. Por eso, difícilmente encontrarán los doctores alguien más sereno que yo. Yo soy la sobriedad mientras que por el contrario el aliento de los doctores parece un muestrario de partículas bodegueras, toneleras a veces, de puro exceso alcohólico. Estoy seguro de que si analizaran su saliva, podrían embotellarla como orujo de primera calidad. Así de parajódico es el mundo de las cosas verdaderas.
El doctor Beefeater, el doctor Rioja y el doctor Solisombra, son los galenos que más a menudo se ocupan de mí. Ellos son el trío de los doc's on the rocks y los que más insisten¬temente expelen, restriegan, su vicio por mis narices. El doctor Beefeater a última hora de la jornada suele ponerse un poco espeso y cuando contemplo su andar gomoespumoso por el pasillo, reconozco que me da un poco de envidia. A lo mejor yo también soy la envidia.
Soy la envidia del pedo, del ceguerón y del descoloque. Pero que me echaran abajo el proyecto que era perfecto fue sólo el detonante, la gota que colmó el vaso del asqueamiento sociovital. Aún así, nadie se vuelve loco por eso, se vuelve de espaldas a la sociedad, que es mucho más explícito y se dedica a hacer lo que le pide el cuerpo. Los demás, es decir, la sociedad, se mosquean claro y rápidamente catalogan tu actitud de excéntrica, caprichosa, cobarde e inmadura. La tildan de frustrada, despechada y marginada y por último y a manera de etiqueta global y simplista, de loca, orate y/o trastornada. Por eso estoy aquí.
Yo soy el loco porqué los demás son más y aunque podría hacerlo fácilmente y con toda probabilidad saldría victorioso, no tengo tiempo, ni ganas, de pelearme con el juicio de cada uno de ellos. Antes lo hacía, antes sí, pero ahora ya no lucho por hacerme entender y por eso estoy aquí, jugando a los médicos con los doctores destilados en barrica de roble, viviendo una vida confinada en la habitación sesenta y nueve del pabellón de los iluminados. A las diez y media en punto, nos apagan la luz.

sábado, 9 de octubre de 2010

La Memoria del Elefante (fragmento)

Dejé caer mis ojos desde el cielo y allí, diminuto, como perdido en el negro centro del cosmos, palpitaba lejano en la explosión de su tiempo un puntito brillante y azul; La tierra. Esforcé la vista inclinándome sobre el borde de Dios y taladré la distancia, bajando envuelto en un rayo de luz que aterrizó mi mirada ansiosa contra el cristal de tu ventana. Dormías.
Tímidamente rocé con los nudillos el vidrio empañado y te oí rebullir amodorrada, lejana en tu sueño. Llamé de nuevo un poco más fuerte, esperé y volví a llamar insistiendo, pero nada pareció despertar en ti. Me propuse entonces meterme en tu sueño, sintonizando mi mente a la tuya para fundirme con tu imaginación y otras dos veces más tuve que probar sin conseguirlo, hasta que por fin a la tercera, una losa blanda con olor a almohada, giró sobre goznes silenciosos e invisibles, la dimensión de los sueños se abrió y un celador sin nombre de semblante cuadrangulado, llenó el hueco de la puerta interponiendo sus brazos musculosos entre tú y yo. Apenas quise dar un paso, una mano dura, de plomo, cayó sobre mi hombro y rodé de espaldas por el suelo, otra vez lejos de ti. Asustado, te llamé por tu nombre desde el fondo de mi amor y de mi miedo con la vana esperanza de que me oyeras y acudieras a mí, pero sólo un eco mudo en su cara hosca de bruto sordo me respondió. Intenté entonces convencerle, confesando mis deseos, explicando mis motivos, intentando razonar hasta más allá de las razones, y sólo una tapia lerda de músculos sin seso me escuchó. Después ya simplemente pedí, luego rogué y al final acabé implorando más allá de la vergüenza hasta que al fin loco de rabia, chillé. Chillé cien veces tu nombre, atroné con él el cielo, hasta que se me resquebrajo en ronqueras, mientras sentía como una fuerza inmensa que nacía de mi cólera, se engendraba y agigantaba rápidamente en mi corazón. Noté la furia eterna del hombre reventarme llena de odios en el pecho, estrellando mis ojos contra su mirada huérfana de ideas. Cerré los puños, apreté rabiosamente su imagen entre los dientes y antes de abalanzarme contra ella, apunté el golpe hacia su boca. Enseguida bajé la cara y embestí con todo el peso de mi ira, amparado en la sorpresa.
Un chasquido a hueso roto retumbó en mi cerebro envuelto en un regusto de polvo y pedernal, dejándome aturdido durante un momento. Sacudí la cabeza para despejarme y le vi tambalearse, las manos unidas en la boca, cediendo terreno en cada traspié. Sin dar tiempo a que reaccionara, arremetí de nuevo contra él, hundiendo esta vez mi frente en su estómago fofo de eunuco de sueños y vi después como una patada sucia, que ya no gobernaba, se perdía implacable entre sus piernas de hierro. De su boca abierta, de entre sus dientes sanguinolentos, brotó un grito exento de sonido y cayó de rodillas ante mí, juntando esta vez las manos bajo el vientre, sin fuerza. Durante un segundo de incredulidad sus ojos hueros me miraron desorbitados desde el umbral de la inconsciencia y se desplomó hacia adelante, chocando pesadamente de bruces contra el suelo.
Aún aturdido aunque con paso seguro, dejé atrás la puerta y me adentré confiadamente en tu sueño. Un vasto paraje sin cielo ni tierra, apareció ante mí como un enorme desierto vacío de color. Indeciso, miré en todas direcciones, aguzando los sentidos a la espera de algún indicio revelador, pero ningún olor, ninguna imagen conocida, ningún recuerdo o forma que yo pudiera identificar contigo, salió a mi encuentro. Sólo un murmullo de mar tranquilo, lejano y amortiguado, llegaba hasta mis oídos desde ninguna dirección. Haciendo bocina con las manos, te llamé otra vez con todas mis fuerzas, mientras trataba de no hundirme en aquel suelo movedizo que se tragaba tu nombre, seguro de estar caminando en línea recta pero guiado tan sólo por el impulso de andar. Y caminé sin avanzar durante un tiempo de goma, hundiendo más y más los pies en el agobio de aquel desierto blando que olía a suela de cuero gastada y a gotas de sudor sin dueño, a ese olor neutro e impersonal, que tienen los caminos en el aire.
Al cabo de un rato, de un trozo de sueño, coroné una escarpada duna solitaria y el rumor de agua se dejó sentir con mayor claridad. Algo más animado, bajé del otro lado la pendiente, dejándome rodar sobre su costado y de pronto, justo delante de mí, sentí el calor de una pisada. Agachado sobre ella, examiné la forma de la huella que casi no se hundía y con inmensa alegría reconocí en ella tu andar perezoso. Luego descubrí otra pisada y más adelante otra y otra más. Y así continuaron sucediéndose hasta llegar a un extraño bosquecillo en el que unos árboles no plantados todavía, levantaban sus raíces hacia el cielo inexistente y anclaban a la tierra sus troncos de piedra, sujetándose a él por tupidas copas que se mecían estáticas a merced del viento. Lo atravesé no sin dificultad y salí por el otro extremo a un paisaje diferente, cuyo suelo de césped azul, se dejaba caminar mucho mejor. Sucesivamente, fui dejando a los lados varias casas sin puertas ni ventanas y un molino de tiempo con las aspas de cristal que giraba en sentido contrario a las agujas del reloj. Tras él, llegué a lo que parecía ser una alta pared hecha con papeles viejos de periódicos y recortes de calendario. Decidido empecé a encaramarme por él, agarrándome a los salientes de las letras, mientras inconscientemente intuía tu proximidad y mi corazón redoblaba su latido. No era fácil. Resbalé al apoyar el pie en una ese y tuve que sujetarme a una jota de caracteres góticos para no caer, pero continué trepando y tras columpiarme peligrosamente en una te capital, alcancé la parte superior de la muralla y me senté, sano y salvo, sobre un ejemplar atrasado del diario AYER. El murmullo del agua creció entonces notablemente a mi alrededor, un remolino de aire embriagado de ternura llegó revolviéndome el pelo como una mano amiga y en ese momento, te vi.
Agachada en cuclillas como una niña, justo en la raya del mundo donde empezaba el mar y acababa la tierra, con una mano lánguida y suave extendida hacia la espuma, acariciando una ola tímida y rizada, que iba y venía indecisa entre tus pies. Un tibio rayo de luz, robado del día más claro de un mes de abril cayó sobre ti, inundando tu sueño con mil colores que no conocías y un olor fresco, a vida nueva, te hizo entornar los ojos y pensar en un deseo "¿Cuál?" La brisa te peinaba, miré tu espalda cubierta de largas y finas hebras de oro y oí como el sol que alumbraba en ningún sitio, chasqueaba su lengua con envidia. Sonreí. Moviéndome despacio para no hacer ruido, quise acercarme a traición y taparte los ojos por la espalda para preguntarte; ¿Quién soy? Pero algo me detuvo.
Tu otro brazo, el que no se extendía acariciando el mar, se alargaba a tu costado sujetando levemente entre los dedos, algo que adiviné importante para ti. Otra mano. Y a esa otra mano seguía otro brazo que subía otro costado hasta otro hombro, y más arriba, había unos ojos negros y profundos, que miraban recelosos por lo bajo mi alegría, sospechando mi intención.
Detuve los pasos en seco y mi ilusión cayó sobre la playa, estrellándose en mil pedazos de cristal contra la última huella tuya que atrapé. Te volviste sobresaltada y me miraste confundida, otra vez desde lejos y sin alegría. Me dolió. Entonces te miré como yo sé y por un momento te vi tambalearte en el vértigo de la duda, tentada con la dulce miel de la traición. Los ojos oscuros se aferraban a tu mano, interrogantes, buscando el motivo de tu duda en el laberinto silencioso de mi cara. Azorada, le escondiste la mirada dejándola caer contra la arena justo delante de mí y yo entonces dejé de mirarte como sé. Tú apretaste su mano con más fuerza entre la tuya, su cara se relajó iluminada por una sonrisa, y yo comprendí. Ya no era conmigo con quien soñabas.
De la punta de tus dedos, vi salir minúsculas gotas de agua que se esparcieron en mil destellos de olvido, cuando tu mano se agitó en el aire para decirme adiós. Luego os girasteis de espaldas y anduvisteis hacía el mar con los dedos cogidos por ese nudo que yo no pude soltar. Un murmullo de agua siguió a vuestra ausencia, unas cuantas burbujas se abrieron explotando al aire de la superficie, la ola indecisa que tú acariciaste lamió la orilla borrando hasta la última huella de ti y de nuevo volvió el silencio. La luz que yo robé para tu playa del día más claro de un mes abril, se fue apagando poco a poco hasta extinguirse en el paraje de tu sueño, y yo me alejé pesaroso de allí, con la molesta sensación de no haber sido para ti más que una simple casualidad de dos genes, apenas un montón de células ilusas, perdidas en la vasta soledad de aquel inmenso planeta diminuto.

El Error

Si yo fuera un Einstein de la vida, condensaría toda mi sapiencia en una puta formula, escueta, redonda y alfanumérica, y luego me tumbaría a la bartola, poniendo cara de "yo sólo soy un señor distraído y despeinado que pasaba por aquí" Pero como no lo soy, resulta que tengo que trabajar cada día, concretando mi teoría existencial, a través de la única fórmula que conozco; El error.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Cualquier día...



... de estos, uno de mis hijos tendrá un hijo, y será capaz de ver el asunto desde el otro lado del espejo.

martes, 5 de octubre de 2010

Cronica del Pozo III

Hasta los quince años El chulo Galiana le daba consejos en esto y en aquello y cuatro días de cada mes tundía a palos a su madre por no querer salir a trabajar con la regla.
-"La puta vieja iba a cumplir treinta y tres tacos, estaba muy estropeada y no le quedaba mucho tiempo para andarse con tonterías, ¿sabes?"
Desgraciadamente lo sabía porque ya me lo había tratado de justificar alguna que otra vez y también me había contado como él mismo se tronchaba de risa cuando la veía salir corriendo hacia el baño, con El Chulo detrás, arreándole patadas en las nalgas.
-Si no es por no ir -gimoteaba ella,- si es que los clientes así no me quieren, Gali.
Y el Chulo Gali le daba una de izquierdas para doblegarle la voluntad y otra de derechas para volver a ponerla en su sitio. Luego le tiraba el bolso a la cara y la echaba a la calle.
-Y no se te ocurra volver sin hacer por lo menos diez mil. Aunque estés con el tomate siempre se la puedes chupar a un viejo. Ahí fuera hay gente para to.
-Si es que estoy mu cansá Gali -probaba a hacer ella un último intento echándose a llorar.
-¡Qué no me llames Gali, coño, que me suena a maricón francés! –zanjaba entonces él la discusión antes de cerrarle la puerta en las narices y dejarla del otro lado con su llanto, sus patéticas lagrimas de rimel barato y su eterno aspecto frágil e inestable sobre los tacones.
-"Mi madre jamás ponía los pies derechos. O caminaba con ellos hacia adentro, o se tumba con ellos hacia fuera. El Chulo le daba la bronca to los días y le compraba zapatos para que le pusiera al paso un poco más de gracia, pero al final siempre le decía que se parecía a la Olivia de Popeye".
Pronto, también yo tendría la ocasión de comprobar en persona lo exacto de aquella zahiriente comparación y también a mí, al verla subida en una de aquellas plataformas que debía mercarle El Chulo en la red de San Luis, me pareció que de un momento a otro, en cualquier giro forzado o torsión, sus frágiles tobillos se troncharían y se quedaría tirada en el suelo como si se hubiera despeñado desde ellos.
-"¿Por qué me miras tanto los zapatos?- le preguntaba a su hijo, ante la cara de sorna que solía ponerle.
-Pues por que molan mazo, tronca -le mentía este- dime, ¿te los pones tú sóla o te ayuda alguien a subirte?
-¿A qué me quedan bien? Gali dice que me resaltan el culo.
-¿De qué culo hablas tía? Tustás colgá. Si es que no me extraña na que el Chulo te meta de yoyas. Te lo tienes merecido por ser tan tonta y tan colgá. Todo lo que te pasa, en realidad te está bien empleado por tonta y por yonky".
Desde luego tener una madre poco agraciada, prostituta y encima corta de luces, era de las peores cosas que le podían tocar a uno. Hasta ahí yo también le ofrecía mi comprensión, pero El Chulo iba más lejos en sus reclamaciones y le decía que a las madres como la suya, las tenían que sacar los ovarios por el ombligo antes de que les crecieran las tetas, para que luego no fueran dejando cagadas por ahí. Como consecuencia lógica de aquellas enseñanzas, lo único que Lefo creía tener que agradecerle a su madre era que le hubiese parido en una acera, colmando así de honores y autenticidad su alma de punk. A veces Lefo, de tan desgraciada y tirada como la veía, sentía pena de sí mismo.

viernes, 1 de octubre de 2010

Mirada nublada (fragmento de la Memoria del Elefante)

Tarde gris en tus pupilas,
viento de borrasca en tu mirada,
nubes contrariadas,
lágrimas de lluvia,
en el paisaje desolado de tu cara.

Sombra de muecas torcidas,
remolinos,
hojarasca.
Ya no se ríe tu risa,
ya no comprendo tu cara,
todo en ti es turbio y ajeno,
todo mirada nublada.

La sopa de la existencia (fragmento de la Memoria del Elefante)

Bien, mal, horror y belleza,... son los cuatro ingredientes fundamentales del caldo de la existencia,... y nosotros no hacemos, sino vivir y comernos lo que nos toca.