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martes, 30 de noviembre de 2010

Mastín



Quizá sea esa mirada de párpados caídos, esos ojos a punto de despertarse, o de dormirse del todo, lo que mejor habla del carácter apacible del mastín. Todos los molosos en general tienen su propio tempo y jamás se dejan contagiar por las prisas de nadie. Si pretendes tener un mastín para tirarle un palo y que corra a buscarlo, te has equivocado de perro. Lo más que conseguirás, será que siga con la vista su trayectoria y que bostece explícitamente cuando le pidas que vaya a recogerlo. Más juguetón al principio, más serio y sedentario a medida que se le vaya apilando la edad, el mastín desde luego, se toma la vida con calma.
El mastín no malgastará esfuerzos diciéndose lindezas con el perro del vecino a través del seto. Ladrará cuando tenga que ladrar, dormirá con un ojo abierto y una oreja levantada y, en este sentido, difícilmente conseguirás pillarle en un renuncio. Un mastín nunca se arredra ante nada. Si hay algo que este cánido se haya ganado a pulso, es su reputación de perfecto guardián, su arrojo y su fiereza, y nadie pone en duda a estas alturas la efectividad o el poder de persuasión que tienen los doscientos kilos de presión por centímetro cuadrado que es capaz de ejercer con sus mandíbulas. El mastín sabe que pertenece a otra escala de perro, y si bien su nobleza le impide abusar de ello con sus congéneres, tampoco conviene olvidar que ya en los circos romanos, se vio a dos o tres ejemplares de esta raza enfrentarse a osos y a leones, y que no siempre fueron ellos precisamente los que salieron peor parados. Un mastín dejará que lo acaricies, e incluso se prestará a jugar contigo de buen grado aunque no seas su dueño, pero tampoco dudará en enseñarte unos dientes de escalofrío si al día siguiente su dueño no está en casa cuando vuelvas a visitarlo.
Espartano como el que más, soportará sin rechistar las condiciones climatológicas más adversas, y si es preciso se alimentará del aire. En pleno invierno lo verás tumbado al raso de la noche más fría, estirado a sus anchas en mitad del patio como si se encontrase en la cama más confortable y grande del mundo. Por contra, el calor es su único enemigo y en verano lo verás huir del sol como del champú, y no se moverá de la sombra hasta que se haya puesto. ¿Pero qué se puede esperar de un perro que tiene como juego preferido revolcarse por la nieve y que es más de campo que las excursiones?
El mastín es un animal de amplitudes, de espacios abiertos y sumamente territorialista. Detesta por tanto sentirse confinado y desde luego lo peor que le puedes hacer es condenarlo a vivir en un piso. Pero no te dejes engañar. Aunque su independentismo y su amor por la libertad sean casi proverbiales, y generalmente preferirá quedarse en la calle, también le gustará tumbarse un ratito de vez en cuando entre tus pies y la chimenea, para recordarte que él es uno más de la familia. Todo lo que tienen de grandes y de fieros, lo tienen también de nobleza y de necesidad de afecto, y si no le das cariño y una misión en la vida (algo o alguien, a quien cuidar) no dudará en marcharse a buscarlo en otro sitio. Y es que aparentemente serios, debajo de ese aspecto demoledor y de esas fauces capaces de tronchar un fémur humano como si fuera un palo seco, se esconde un cachorro perpetuo, ávido de caricias y retoces. Sesenta u ochenta kilos de pellejos peludos que jamás se cansaran de que los acaricies. Podrás dejar a tus hijos a su cuidado con toda la confianza del mundo, sabiendo que cuando vuelvas te lo encontrarás haciendo de caballito para ellos, soportando toda clase de "perrerías" con la misma expresión de paciencia indulgente en la cara, que debió elevar al santo Job a los altares.
Dale a tu mastín una familia, un territorio que defender y un poco de cariño y tendrás al mejor amigo de los amigos del hombre incondicionalmente de tu parte. Cuando oigas su ladrido retumbón en mitad de la noche, imponiéndose al de los demás, sabrás también que tienes al mejor de los guardianes posibles de cuatro patas, patrullando a muerte por tu feudo. Las hembras incluso, lo hacen con más celo.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Teléfonos

Los teléfonos son fríos y asépticos, o todo lo contrario. Los teléfonos hablan sin dar la cara o transmiten las expresiones de quién nos habla, más allá del tono de su voz. Dentro de los teléfonos, las voces cobran propiedades de plastilina y se amoldan a la gama de las circunstancias. Un teléfono puede ser todo lo próximo y todo lo distante que uno “le diga”, porque los teléfonos saltan continentes, o abren océanos con el poder de la palabra. A través de los teléfonos, las verdades pueden tener la misma voz que las mentiras.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Despilfarro ( fragmento de la Memoria del Elefante)

Para alguien que llegaba de un sitio donde comer una vez al día todos los días, era un lujo, y donde comer tres veces en menos de veinticuatro horas, era un fenómeno paranormal, la dejadez de la nevera de Oscar y el trato que dispensaba a los alimentos, llegaba a ser casi constitutivo de delito. El sabio Buba se lo hubiera hecho entender enseguida con su mejor voz de tango.
• “Mira Blanquito Pintor, cuando has visto a un niño de tu poblado rebañar una lata de comida para perros con más deleite del que manifiestan en Europa muchos a la hora de comerse un solomillo, se te hace incluso ofensivo ver tanto restaurante, supermercado, bar, hamburguesería, pastelería... y al mismo tiempo tanto aburrimiento y desgana de comer tanto. En occidente a menudo confundís el hambre con el apetito y a lo que no es sino gula, le llamáis “matar el gusanillo”. Trastornos como la anorexia o la bulimia, adquieren un tinte de ridícula bisoñéz, totalmente incomprensible para un africano. Guardar la línea, hacer dieta, ponerse a régimen, son conceptos que en el país de Buba sólo tienen por traducción un bochornoso sentimiento de vergüenza ajena. Un bocadillo a medio comer tirado a una papelera, es un grito que nadie escucha, un pecado mortal del que todos os hacéis culpables, porque el peor insulto que puede hacerle un rico a un pobre, es su despilfarro.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Monologos del Loco (fragmento)

...Yo en cambio, ya no escucho música por la misma razón que ya no leo libros, doctor; porque embargan, duelen o hipnotizan, y eso me confunde y me distrae de mi misión. Yo soy el oído que todo lo escucha. Vivo dentro del ruido. En el meollo del embrollo del cogollo del ruido de la vida, porque todo en la vida hace ruido, doc Beefeater. La vida suena, retumba en mi habitación con ecos de soledad y confinado en ella bullo yo, moviéndome por la inmensidad de mi portentosa imaginación, lanzándole mis monólogos a las paredes, que también tienen su propio ruido y crujen de manera casi imperceptible con el ejercicio de sus dilataciones. Cruje el suelo de madera vieja bajo mis pies, murmura el agua en el lavabo, en la gota que cae del grifo y que contiene un universo efímero en el que caben mil millones de existencias como la nuestra, suena la cisterna del inodoro que está ida de la “boya” y nunca se da por satisfecha y mientras tanto, silva el viento que se da de bruces contra el aire sólido que nos empeñamos en llamar “el cristal de la ventana”. Dentro y fuera de mi cuarto, cerca y lejos de mi oreja, suena cada cosa que existe porque hasta el silencio suena. Y yo no puedo dejar de oírlos. Yo soy el pabellón auditivo, el tímpano cósmico, la antena parabólica que todo lo detecta, desde la caída de una simple hoja en el bosque, hasta eco de la radiación de fondo del Big-bang que hace rayas en la tele y crepita en la radio, cuando no se sintoniza ninguna emisora o ninguna cadena. Quince mil millones de años de ruido se cuelan sin tregua en mis oídos, doc Beefeater, y por lo visto usted, ni se entera. Usted también podría oírlo si quisiera, si prestara un poco más de atención y los vapores etílicos que le empozoñan el cerebro no le impidieran aprender a disociarlos. Usted sólo oye el ruido ambiental y escucha lo que le conviene, como casi todos, pero el runrún general está formado por millones de sonidos, de la misma manera que los millones de individuos conforman la humanidad y sólo yo parezco estar atento a ellos. Así que yo soy la oreja que todo lo escucha. La Oreja. Y por eso puedo afirmar que cada estrella y cada planeta tienen su propio sonido y que no suena igual el sol que la tierra, como no suena igual la noche que el día. -¿ A qué huelen las nubes? -pregunta cada dos por tres la caja tonta. ¡Vaya pregunta más gilipollas! Las nuebes huelen a lluvia, a H2O condensado, ¿a qué van a oler si no? ...Pero, ¿quién sabe decir a qué suenan?, ¿a truenos que no han caído todavía y a relámpagos mudos, criogenizados en bolitas de granizo al acecho de las cosechas? ¡Y qué más da, si lo que importa es que cada cosa que existe mete ruido por su cuenta! El mundo tiene su propio sonido, sí, y este está conformado , además de por la eufonía que producen los humanos, por todas y por cada una de las cosas que contiene, aunque cada una suene a su manera, sin coordinación, sin armonía, sin cadencia. El mundo es un ruido caótico, cacofónico, huérfano de partitura y por eso la vida se hace desquiciante a medida que aumenta el ruido, ese ruido anárquico que nos rodea. ¿Cómo vamos a ser felices dentro de ese alboroto sónico sin concierto? ¿Nadie se da cuenta de que cada vez estamos más “desconcertados”? Armonía, ese es el quid de la cuestión. Armonía y orden. Sólo hay que seguir las reglas de la melodía para que el ruido del mundo se convierta en sinfonía. Cada ser, cada máquina, cada elemento que lo conforma, coordinados bajo una única batuta. Así debería sonar el mundo, doc amigo, esa podría ser la concordancia de la Tierra y entonces la Tierra volvería a ser el Edén que una vez perdimos. Ya sabe, Dios se cabreó con nosotros por haber tomado consciencia de nosotros mismos y nos castigó a vivir en un mundo cada vez más retumbante y desarmornizado. La Tierra tenía música, tenía ritmo, compás y concordancia, tenía una partitura magistral que había compuesto Dios en siete días, y entre todos la jodimos por no saber interpretarla. ¿Y sabe usted porqué era perfecta?, pues porque de la misma manera que la suma de todos los colores da como resultado el color blanco, la suma de todos los sonidos da como resultado el silencio.