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viernes, 29 de julio de 2011

El Ritmo de la Ciudad (fragmento de La Memoria del Elefante)

“...En algún lugar bajo la ciudad, más abajo aún de las toperas que surca el suburbano y de las alcantarillas que surca la elegante mierda de los hombres blancos, hay un gigante amasado con huesos podridos, que sostiene un mazo en las manos, con el que golpea rítmicamente un gong de dimensiones descomunales. No obstante, arriba, a la superficie, sólo llega el sonido amortiguado de ese golpeteo como una pulsión, como un latido que cala en nosotros por los pies, se transmite a través del tuétano por la osamenta, va mutando de glándula en glándula hasta el cerebro y allí se nos incrusta en el hipotálamo como una garrapata, imprimiendo para siempre el compás de nuestra glándula pineal. Así imponen su ritmo de vida todas las ciudades.

Cuando uno sale de las aglomeraciones urbanas y le da a su organismo el tiempo suficiente para desintoxicarse, empieza a sentir ese otro ritmo que tiene la tierra, o sea el del planeta y si aún le da un poco más de tiempo, hasta puede que acabe comprendiendo la armonía.

miércoles, 20 de julio de 2011

Egolatría (frases)















      Lo más molesto de un ególatra es que se diga lo que se diga, siempre piensa que lo dicen de él.

      A algunas personas la SGAE deberían cobrarles un cannon especial por el uso abusivo que hacen de la palabra yo.

       Es fácil detectar al ególatra compulsivo, siempre que tú hagas algo él dirá "Hemos hecho" y si le dejas que te ayude, entonces usará el  "He hecho" . 

     Estas personas se sienten tan incómodas con los silencios que son capaces de contar cualquier majadería con tal de espantarlo. No es grave, sólo es un problema añadido de superficialidad.

     Si de verdad fueras el alma de las fiestas, de vez en cuando te invitarían a alguna.

       Es verdad que se te puede considerar un amigo seguro, siempre fallas.

      Eso tan grande que no te cabe dentro se llama Ego Desmedido y es malísimo tener que cargárselo a la espalda. Sobre todo por lo que cansa a los otros.

      Si miras a los demás como si fueran el mero decorado de tu vida, no te extrañe que tu vida les parezca un puro teatro.

      El peor de los ególatras es el que encima no posee ninguna habilidad especial. Esos, generalmente y a falta de otra cosa, suelen presumir de inteligencia y hasta son capaces de decir que pertenecen a alguna asociación de superdotados del estilo de MENSA, AGORA, EPSA, etc.

      Los ególatras sienten un terror cerval por la soledad, no soportan estar consigo mismos ni una hora.

       En una conversación, el ególatra es el que no escucha, porque está simplemente esperando a que te calles para hablar él. Si tardas en callarte, entonces te acabará interrumpiendo. Además, si la conversación no trata de él, la cambiará.

   Generalmente dentro de un ególatra, habita un complejo sublimado de inferioridad.




domingo, 17 de julio de 2011

Monologos del Loco ( fragmento, chinos)

En la cera de enfrente, al otro lado de la calle que no duerme y un poco más abajo de la parada del autobús, hay una tienda de todo a cien, regentada por unos chinos, que se llama El Jardín de flores de la Montaña de Sol. Te giñas, vamos. La mujer que se ocupa del mostrador es alta y robusta pero sin ángulos rectos. Tiene la misma cara, ancha y redonda que tenía Mao Tse Tung, pero ella lleva el pelo recogido en un moño pequeño y apretado contra la coronilla, que luce brillante como si usara pintura negra en lugar de fijador. Nunca sonríe, nunca cierra la tienda y nunca se cambia de ropa. La china del todo a cien, quizá duerma de pie o quizá ni siquiera duerma y por eso la oscura raya que son sus ojos nunca deja ver del todo si están abiertos o cerrados. El chino del todo a cien por el contrario es un chino menudo, casi escuálido, tiene la cara alargada y el gesto sufrido de quien hace fuerza o sufre penosas fatigas para subsistir y de hecho siempre está moviendo cajas y paquetes de un lado para otro, subiéndolas del sótano, bajándolas al sótano o trayéndolas de la calle igual que una hormiga laboriosa que jamás consiguiera llenar la despensa del hormiguero. El chino del todo a cien vive pegado a un carrito saquero como si fuera su propio culi y se viera obligado a tener que transportar el peso de su propia existencia de acá para allá. Lunes, martes, miércoles... domingos, todos los días son días laborables en el calendario del todo a cien y quizá para hacerlo más llevadero y volcar contra algo lo rutinario de su existencia, uno y otra discuten a todas horas cruzándose unas palabras rápidas y silbantes que aunque no sé lo que significan deben de hacer cortes muy profundos. A medio día y por las tardes, cuando sale del colegio, les ayuda una niña de unos trece años, que tiene la misma cara de bollo horneado que su madre, pero con trenzas, y el mismo cuerpo membrudo de su padre pero con faldita a cuadros escocesa. No sé muy bien porque y eso que yo siempre sé los porqués de cada cosa, albergo contra ellos una cierta antipatía. Tal vez por su desmedido afán mercantilista, por ser tan prisioneros y vivir tan encerrados en su tienda como yo en la habitación sesenta y nueve, sin disfrutar ni un solo día de lo que tan afanosamente se trabajan. Son raros, los chinos son raros. Yo soy el mestizaje entre los pueblos y el azote del racismo, pero los chinos son raros de cojones y misteriosos. Su cara nunca dice nada, la expresión de sus ojos nunca dice nada, nunca se ve un perro cerca de un restaurante chino y nadie ha conseguido averiguar nunca lo que hacen con sus muertos. Además son silenciosos, casi furtivos en su manera de establecerse en un sitio. Nadie sabe cuando llegaron, ni cuántos son en realidad en cada clan. Viven en una sociedad paralela dentro de la sociedad, con su propio sistema, sus propias costumbres y sus propias leyes. De vez en cuando organizan una degollina por un ajuste de cuentas y entonces uno se entera de que están aquí, hacinados entre nosotros, en algún lugar del subsuelo compartiendo un metro cuadrado de almacén entre diecisiete y exentos de pagar impuestos.

Yo, que ya sé que el hombre es un experimento extraterrestre de la combinación entre monos, cerdos y ratas, he descubierto desde mi ventana que los chinos tienen más de rata, que por ejemplo los ingleses, que tienen más de cerdo… Sin ofender, claro, una cosa meramente científica.

sábado, 16 de julio de 2011

La Pelusa

Me tienen intrigado las pelusas. Uno barre, uno aspira, uno le da una paliza a las alfombras periódicanente como es preceptivo y ya con eso se siente rodeado por la asepsia y, se confía, se arrellana en la molicie del Pronto y de la mopa rinconera giratoria, sin saber que cualquier día y sin previo aviso, al retirar un mueble para rescatar una carta de esas que parecen haberle pillado afición a las ranuras, ahí estará... ¡La Pelusa!. Dependiendo del tamaño y del tono de su color, incluso podrás llegar a confundirla fácilmente con un ratón, lo que llevará acarreado un susto adicional fuera de toda recomendación feng shui, con lo que ya de entrada la pelusa te resultará irreconciliablemente antipática de por vida. El resto ya lo sabemos, al cubo y punto... Mas ¿Para qué sirve una pelusa en realidad? ¿Cuál es la finalidad y el proyecto último de una pelusa? ¿Son un ecosistema en sí mismas las pelusas? ¿Existen ciudades de ácaros que van y vienen de un lado para otro de la pelusa haciéndo cometidos y mandados? ¿Cuántos ácaros asociados se necesitan para ser un New York de las pelusas? Y ¿Por qué les gusta tanto a las pelusas la electicidad estática? ¿Les mola vivir amogollonadas encima de las regletas de los enchufes y enroscadas a los cables, igual que a nosotros nos petan los adosados? ¿Y por qué corren de acá para allá, como pollos sin cabeza, en cuanto que ven una corriente de aire?

Bien, pues no hay manera de saberlo, he estado hablando con un pelusón que le pirria instalarse detrás de la puerta de la cocina y no ha habido manera de sacarle nada en claro. Al final he llegado a la conclusión de que las pelusas son como los políticos, es decir, nunca aclaran nada, parecen un poco ratas y siempre acumulan mierda a escondidas por los rincones.